cae la noche

...y las palabras emergen por los rincones de la ciudad...

Helio divino

Publicado el 17 de Mayo, 2008, 8:17. en minirelatos.
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  • Hijos míos, cuando vuestras buenas acciones superen en cantidad  a las malas, en la hora de vuestra muerte, el cuerpo se quedará en la tierra, elevándose el alma hasta el Infinito. Imaginad que soy el alma. (Agarra con fuerza una cantidad nada despreciable de globos inflados con Helio. Elevándole como una pluma). ¿Lo véis?, mi alma es tan pura que se eleva sin obstáculo alguno.

Los niños miran atónitos como el cuerpo del cura se eleva sin encomendarse a Dios ni a nadie, perdiéndose entre las nubes.

Hoy, 8 días después algunos hablan del poder de sus palabras, considerando un milagro su desaparición y elevación en los cielos. Las malas lenguas hacen referencia a un cuerpo no identificado enmarañado entre la porquería espacial que orbita alrededor de la Tierra.

 

Por: Jimul


Cascabeles

Publicado el 17 de Mayo, 2008, 8:00. en Alaprima.
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Voy a dormir en la casa de unos amigos. Una enorme casa de campo. Pequeñas colinas interrumpen el horizonte de un día gris.

Nos han asignado una enorme cama para tres. Me cubro con la manta. Busco el calor en los cuerpos de mis hermanas. Cuando me siento relajada algo se desliza sobre mi vientre. Me pongo rígida, miro hacía mis piernas y a la altura de las rodillas emerge la cabeza de una serpiente moviéndose sinuosamente mientras asoma y oculta su larga lengua bífida.

El terror me paraliza. Mis hermanas me tranquilizan: esas serpientes no son venenosas. Es cuestión de acostumbrarse.

Yo no puedo fingir que eso no se desliza por mi cuerpo, pero intento ignorarla. Cierro los ojos, al cabo de un rato, cuando los vuelvo a abrir veo que mi cuerpo está totalmente cubierto de diminutas serpientes cascabel, han nacido sobre mí millones de ellas.

Mi hermana para calmarme me acerca el teléfono, llamamos al médico, mi madre dice que no puede pagar el costo extra de que él venga a casa. El médico me contesta y me dice que no pasa nada, que no le haga caso.

Yo les hago un gesto de silencio con la mano y me quedo totalmente rígida esperando que desaparezcan las serpientes.

Por: Selvática


Puro teatro

Publicado el 17 de Mayo, 2008, 7:54. en General.
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Desde que se despertó sintió que este viernes sería perfecto. Tenía el ánimo optimista, su cuerpo respondía a los estiramientos matinales de forma adecuada, un poco como agradeciéndole  ponerlo a punto; el desayuno le supo delicioso y la ropa que decidió lucir era de lo mejor que contenía su armario.
    Al llegar a la oficina se enteró de que el jefe estaba de viaje, lo que significaba poco trabajo y le ahorraría el esfuerzo de disimular que se hallaba desbordado. Los compañeros también se hallaban de buen humor, bromeaban por cualquier cosa, las secretarias parecían más sexis que Angelina Jolie y en el ambiente se palpaba la expectación de lo que podría traerle la noche.
    Después del almuerzo lo llamó Manuel, su amigo de las grandes juergas, quedaron para ir al teatro a ver a una famosa cantante de jazz que estaba de gira por el país, luego irían a bailar con unas amigas y terminarían la noche…
    Cumplió toda la tarde con las pocas labores que le quedaban, incluso tuvo tiempo de actualizar el archivo de los recibos de caja menor, una actividad que detestaba, pero que ese día, incluso le causó placer. No jugó al solitario, y se asombró por ello, pero no tenía ganas - es un juego insulso y tonto - que sólo le sube la adrenalina cuando está el jefe pues tiene que estar pendiente de que no lo descubra. Jugar al solitario con absoluta libertad no tiene gracia, concluyó.
    Cuando dieron las seis, el sentimiento de libertad y felicidad fue tan abrumador que tuvo que esperar un rato frente al espejo para poder asimilarlo. Al cabo de unos minutos reconoció ese rostro como suyo,  se supo atractivo, bien vestido, con dinero, aunque no le sobraba, no se quejaba y lo mejor: toda la noche de un maravilloso viernes por delante.
    Salió, fue al encuentro de su amigo. Caminaron por la Jiménez en medio de la humanidad que se apresuraba para empezar la noche, confundidos en sus millones de historias, como decía aquella canción del salsero famoso; entraron a un bar de la zona,  empezaron a paladear el sabor de la cerveza mientras esperaban la hora de entrar al teatro, contemplando por la ventana el ir y venir de la gente, susurrándose apenas sucesos sin importancia que les habían ocurrido durante la semana que no se habían visto, pues la amistad con Manuel se reducía a las juergas, él trabajaba en una empresa de comercio exterior, cerca de su propia oficina, se veían sólo los fines de semana y lo pasaban bien, les gustaba la misma música, las mismas discotecas, además algún que otro evento, preferentemente musical, por eso iban esa noche al teatro Colón. Habían estudiado en la misma universidad, empezaron juntos el primer semestre, pero Manuel lo adelantó casi un año, cuando él perdió un semestre que lo obligó a actualizar asignaturas y ya no pudo alcanzarlo, desde esa época su relación se había estabilizado  nutriéndose de los fines de semana, ¿Cuándo fue la primera vez que salieron juntos? Debió ser como en el noventa y nueve o dos mil, la fecha no la recordaba, pero si tenía y hasta saboreaba lo que hicieron, fue una noche lluviosa, de esas jartas noches bogotanas en que la llovizna empapa en cámara lenta todos los resquicios de la ciudad, habían salido de la universidad, se encontraron en un bar de chapinero con otros compañeros de la facultad y de pronto uno de ellos dijo que había una fiesta en Cajica, en casa de una buena amiga y que todos estaban invitados. Manuel y él por supuesto no la conocían, pero no importaba, los viernes uno es amigo de todo el mundo. Salieron del bar, caminaron hasta la parada de la flota y se encaminaron a la tal fiesta. El bus los dejó en la mitad de la población, pero nadie estaba muy seguro de dónde quedaba la casa, empezaron a dar vueltas por el pueblo hasta que sus pasos los llevaron fuera de la población y así, sin darse cuenta empezaron a caminar por un sendero enfangado, los zapatos se les quedaban pegados, las botas de los pantalones empezaron a pesarles y la llovizna ya les estaba calando las costillas mientras las luces del pueblo iban quedando a sus espaldas. Por estar mirando donde ponían los pies, casi tropiezan con un hombre montado en un burro que los contemplaba en silencio, totalmente estático en medio de la noche y bajo la lluvia. Cuando lograron espabilarse del susto preguntaron por la casa y el campesino los condujo hasta allí. Eso era todo lo que recordaba de aquella primera vez que salieron juntos, lo de después fue lo típico de una fiesta donde casi nadie se conoce, todo el mundo quiere aparecer simpático y se bebe más de la cuenta para olvidar las propias soledades.
        Ya es hora – le dijo Manuel –
    Se encaminaron al Colón, se confundieron con la gente y disfrutaban del ambiente mientras buscaban su lugar. Poco a poco la gente ocupó sus respectivos asientos y palcos, los murmullos se fueron acallando, las luces se atenuaron. Manuel se recostó en su silla y se relajó para disfrutar del concierto. Él, en cambio se sentía incómodo, parecía que la cerveza le había sentado mal, empezó a temer que la excesiva alegría de todo el día iba a terminar precisamente cuando la noche comenzaba tan bien. Su incomodidad se debía a un ardor de estómago, una llama en la mitad de su barriga le quemaba las tripas, que en su defensa, se endurecían duplicando su tamaño y por lo tanto, inflaban su estómago. Tuvo que desabrocharse el primer botón del pantalón y ni aún así alivió la presión. Disimuladamente se daba masajes sobre la barriga y por algunos instantes el dolor desaparecía pero era un alivio muy fugaz, en menos de un segundo éste le atacaba con más virulencia; entre tanto una luz se encendió en el centro del escenario descubriendo a una hermosa mujer rubia vestida con un traje de color plata que se inclinaba ante él - bueno a él le parecía que ella se dirigía en exclusiva a su persona – luego le guiñó un ojo y se encaminó sensualmente hasta el piano que la esperaba a la izquierda del escenario, se sentó y sus manos acariciaban las teclas, mientras él sentía que tenía el piano en su pecho y que cada una de sus costillas eran las teclas de ese instrumento maravilloso, que con su sonido aliviaba todas sus tristezas. Luego surgió la voz ronca de ella, una voz surgida de los ancestrales gargantas  negras del Mississipi, rasgándole el alma, despedazándosela y lanzando los jirones al aire. Él se desintegró, perdió la conciencia, por un tiempo, cantante-música, cantante-hombre, fueron la misma esencia ascendiendo hasta el techo rococó del teatro Colón para traspasarlo hasta el infinito de la noche bogotana. Cuando se encontraba a millones de kilómetros luz de la tierra un ruido sordo lo fue rescatando de su abstracción, era como si le hubiesen lanzado una soga y ésta se hubiera arrollado a su vientre atrayéndolo a la realidad, rescatando cada una de sus partículas, cohesionándolas en un todo que tenía una vida terrenal, un trabajo tradicional y un amigo que pateaba enfurecido el piso del teatro Colón en compañía de toda una muchedumbre que gritaba enfurecida improperios que él no lograba entender.
    Esto es el colmo, exigía Manuel, nos tienen que devolver las entradas, es una estafa, un insulto que no vamos a tolerar y su grito se ahogaba entre los gritos de la multitud que exigía la devolución del dinero.

 

Vámonos de aquí – le dijo Manuel enfurecido – cómo se atreven a cancelar el concierto sin avisarnos con tiempo.


Por: Gladys    

 

 


Dostoievski... eterno

Publicado el 17 de Mayo, 2008, 7:45. en Un libro para ti.
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Volver...

Lo excitante de partir es el regreso, y no es solamente una frase hecha, como casi todo lo que oímos por ahí, en el ascensor, en los encuentros furtivos con conocidos, de los cuales ni el nombre recordamos. No hablo del regreso físico de un lugar geográfico a otro, me refiero a los espacios imaginarios, a ese territorio inmenso que solemos abandonar por ocho horas de trabajo o tonterías de ese tipo con demasiada ligereza.

Ese regreso siempre es excitante, nos preguntamos ansiosos si volveremos a sentir, con la misma intensidad las emociones ya vividas, si los olores, las texturas o los sabores serán los mismos y nos producirán ese placer que nos impulsa a sonreír cuando caminamos a solas por la calle.

Ese nerviosismo y esa ansiedad me asaltaron cuando me paseaba por los pasillos de la biblioteca pública y me detuve ante Dostoievski. ¿Cómo sería leerlo ahora después de tantos años? Me detuve un rato dudando, mi mano iba por sus libros sin decidirme a tomar ninguno, mientras mi mente revivía los años universitarios cuando todos amábamos la literatura rusa, cuando todo el mundo era nuevo y uno desarrugaba pliegues para observarlos con atención. Era consciente de que ya había visto mucho, de que ya había llenado vacíos con los clásicos y había dado paso a los nuevos, algunos con mejor fortuna que otros, pero no podía decidirme. Cerré los ojos y dejé que mi mano decidiera por mí: Crimen y castigo fue en mi cartera a casa.

No voy a hablar del libro, ni del autor, no tiene sentido, dado su carácter de clásico de la literatura universal, lo que si quiero compartir con ustedes, son los sentimientos que volvieron a aflorar mientras lo leía y los sucesos que estaban en la actualidad, justo esa semana habían capturado al hombre que encerró veinticuatro años a su hija en un sótano, que la violó y mantuvo en cautiverio a los hijos que concibió con ella. ¿Qué lo llevó a actuar así? y sobre todo, ¿por qué piensa que no hizo nada malo?.

¿Qué que tiene esto que ver con el libro?

La naturaleza humana, la capacidad de hacer o no daño, los motivos que nos impulsan a tales extremos y por último, la certeza de que en nuestra condición humana conviven la maldad y la bondad en igual medida. Por eso, volviendo al libro, en mi imaginario infinito, supe que no hay que abandonar a los clásicos tanto tiempo.

Por: Ágata

 


Imaginarios

Publicado el 17 de Mayo, 2008, 7:38. en Hablando de....
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"Fruto de nuestra pasividad son las incongruencias de nuestra sociedad"

"Transmitir el sentir de nuestros sentidos renueva la capacidad de los mismos y deja espacio a más experiencias, viejas por el mundo y nuevas por la vida."

"Que decidan los pensamientos si desean continuar siendo nuestros"

"Entretenidos en elucubraciones y actos perdemos la coraza de la retaguardia."

"En la versátil lucidez de un segundo de inspiración se encuentra el momento liberador del prisionero que llevamos dentro."

"Las pasiones desvelan el verdadero rostro del paseante anónimo."

Por:Charo González





Voyeuristas Inc.

Publicado el 17 de Mayo, 2008, 7:22. en General.
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Lo que hacemos es observar a la gente y no le voy a dar más vueltas al asunto. Nos gusta y a nadie le hacemos daño, porque nadie sabe que desde el último piso de un edificio del barrio Terrazas dominamos Bucaramanga. ¿Algo de miedo? Sí, por supuesto, un amigo medio paranoico dice que el miedo siempre triunfa y algún día esto terminará y tal vez termine mal, pero mientras tanto las pasamos bien. Martín, que es el dueño del telescopio, aunque últimamente soy yo el que más lo utiliza, dijo que deberíamos inventar un nombre para nuestro pequeño club de observadores, pero yo no creo que eso sea tan importante. A Johanna Bach, que desde hace un tiempo es la novia de Martín, sí le parece bien lo del nombre, pero no se le ocurre ninguno. Así que por ahora somos voyeuristas anónimos.

“¿Voyeuristas Inc. no sonaría bien?”.

No del todo. No se puede poner un nombre a la ligera.
La primera noche llegué a visitar a Eduardo y Martín me abrió la puerta. Me dijo que Eduardo estaba encerrado con Ilana en el cuarto y que no los molestáramos, que mejor mirara lo que había conseguido. En el balcón nos esperaba Johanna con un montón de tubos y lentes que trataba de ajustar de alguna manera, parando sólo para tomar algo de vino de la botella de Moscatel que tenía al lado. Con una ronda compartida por los tres el equipo estuvo completo y desde entonces hemos seguido siendo los mismos con tal cual invitado que se aburre rápido. Una noche vinieron Alejandra de Merak y Dani C. con el cuento de que querían ver las estrellas y nos descuadraron el equipo para al final decidir ir a verlas de cerca al Páramo de
Berlín. Al otro día regresar a contarnos que la lluvia no los perdonó y casi mueren de hipotermia. Ilana y Eduardo también nos acompañan a veces, pero tienen como mala suerte para este asunto y nunca logran ver nada. Las ciudades, y Bucaramanga sobre todo, exigen algo de coqueteo antes de desnudarse y por supuesto, se necesita saber coquetear. Las primeras noches las gastamos ajustando todas las piezas que el señor Brownstone, el papá de Martín, le había enviado desde Nirvana. Armar un telescopio no es fácil y menos para un ebrio y menos para tres ebrios: Martín y yo con los cócteles que él preparaba con licor robado del bar donde trabajaba y Johanna con su Moscato o Dubbonet o Nightrain o Grajales o St. Emillion o lo que fuera porque ella veía el beber exclusivamente vino como un destino independiente del precio y la marca. Esos días prácticamente vivimos donde Eduardo y Martín, pero últimamente sólo me reúno con ellos los viernes y los sábados, que son los días en que hay más para ver. Johanna en cambio más o menos se quedó a vivir del todo, aunque me parece que el asunto de la observación ya no le despierta el mismo entusiasmo que le vi la noche que terminamos de unir todas las piezas marca SODAL OPAR TX-E, que supusimos importadas de algún ya inexistente país de Europa Oriental. Hacer que a través del telescopio se logrará ver algo diferente a una mancha fuera de foco tomo al menos la misma cantidad de tiempo, pero superadas las cuestiones técnicas (que incluyen las cuestiones ópticas) comienza la parte realmente difícil que es encontrar escenas que valgan la pena para ser observadas. Digo situaciones porque, salvo la sesión sin éxito de Dani y Alejandra, nuestra intención nunca fue que el telescopio sirviera para mirar al cielo. Lo interesante está en la tierra, las cosas de los hombres, no de las estrellas que los rigen. El apartamento, en el último piso de un edificio en la Carrera 45, tenía de entrada una buena panorámica, pero una buena panorámica es nada para quien no tiene ojos abiertos, buenos músculos en el cuello y paciencia de pastilla en el frasco de un seguro suicida. Un proverbio Tuareg dice “Los detalles se aprenden en la práctica” y lo que vale para los cazadores de gacelas del Sahara vale para quien caza con un telescopio de segunda. Hay, por ejemplo, que favorecer las cortinas traslúcidas sobre las abiertas, que seguramente serían el primer objetivo de un inexperto: Nadie hace nada interesante frente a una cortina abierta, pero las traslúcidas dan una confianza que invita casi a hacer algo que no esté del todo bien, meterse los dedos en las orejas por ejemplo, sólo por el hecho de saber que nadie podrá observar ese acto. Las primeras noches desmoralizan y también nos pasó a nosotros al punto de que estábamos a punta de desarmar y empacar de nuevo el telescopio en un gesto que significaría nuestra adhesión a la creencia casi unánime de que en Bucaramanga nunca pasa nada. Entonces vimos dos escenas, un tipo calvo navegando en Internet y una pareja de ancianos viendo televisión. Ninguna de las dos situaciones tenía nada de particular, pero eso era parte de su encanto. No que las personas hicieran sus cosas de siempre mientras las observábamos, sino que las hacían aunque los observáramos. De ahí lo inofensivo del pasatiempo. El calvo trabajó en el computador hasta que se aburrió y los ancianos vieron televisión hasta que nosotros nos aburrimos. En las semanas siguientes vimos una partida de crucigrama animada con tequila, un tipo llorando por teléfono y pateando la pared, una mujer joven bailando mientras barría su cuarto, una dama que preparó para el almuerzo salmón ahumado y para la noche sopa de pajarilla, dos jóvenes, él sin camisa y ella con blusa negra, que se hacían señas de un edificio a otro y una familia perfecta: padres jóvenes y dos niñas monitas como de ocho y tres años, auto rojo estacionado frente a la casa, comiendo cereal importado y sonrientes a la mesa. Vivían en un tercer piso cerca de nuestro puesto de observación y aunque aparte de las cortinas traslúcidas tenían otras gruesas no las cerraban nunca. Eduardo los vio una vez y dijo que parecían salidos de una propaganda de televisores. Yo en ese momento no entendí la comparación.
Esas eran las cosas de todos los días.
El sueño, o mejor, los sueños de los observadores como nosotros, pueden resumirse en captar una instantánea de sexo o crimen, las dos fuerzas románticas por excelencia. Para la primera no necesitamos esperar mucho tiempo. Cinco semanas después de empezar nuestras observaciones nos dimos cuenta que con algo de trabajo y dependiendo de si el viento movía una palma que nos cortaba la línea directa podíamos enfocar sobre las ventanas de tres cuartos en un motel sobre la carretera antigua a Floridablanca. Siempre son las mujeres quienes cierran la cortina y si me lo preguntan diría que no es que los hombres no la noten abierta sino que les encantaría que los vieran, pero eso lo pienso sin saber lo que se dice en los cuartos. La única vez que una cortina permaneció abierta fue, entonces, porque ella decidió abrirla. Los dos jugaron en la bañera y se persiguieron por todo el cuarto hasta atraparse, pero luego, cuando Martín y Johanna ya habían decidido imitarlos y yo seguía solo en el balcón, sacaron no sé de dónde dos libros y se pusieron a leer en el momento en que la pequeña complicidad, de la que yo debería ser testigo, parecía inevitable. Amaneció, en todo caso y siguieron leyendo y se fueron ya bien entrada la mañana.
Ilana decía, luego supe que la idea no era de ella, que somos piezas con las que Dios juega ajedrez y que Dios es la pieza de ajedrez con la que juega un Dios más grande. Desde nuestra torre de vigías hemos visto sobretodo gente que juega póker y ventiuna. Hemos visto discusiones, esfuerzos culinarios, bailes y un par de robos pequeños. Niños que juegan video durante horas, un violinista que mira todo el tiempo la partitura con su instrumento en la mano pero no toca jamás y un gordo de gafas que gasta sus noches mirando pornografía dura en Internet. Una noche muy clara alcanzamos a ver un tropel en Provenza y a tres borrachos mechudos de saco y corbata huyéndole a otro en pantaloneta y con un machete en la mano. De todo esto importa sobre todo el gordo, porque él fue la primera persona en la que nos interesamos, digamos que de manera constante. El protagonista, no el hecho, no lo que pasa un en un día sino lo que le pasa siempre aunque entonces nos movía una pregunta más bien concreta ¿Es posible que alguien pase todas sus noches viendo porno? y la respuesta es sí. El gordo las pasaba, de lunes a domingo, una y otra vez. Con el tiempo y agotada la pregunta, dejamos de observarlo, pero esa idea de observación constante la aplicamos a la familia perfecta por la casualidad simple de que el auto se les dañó al día siguiente a aquel en el que habíamos decidido dejar de mirar al gordo.
Así nos fuimos dando cuenta, por ejemplo, que el papá se enciende un porro todos los días después de que su esposa sale con las niñas para el colegio (creemos que ella es profesora o psicóloga porque siempre sale y regresa con las niñas en el bus escolar) y después el tipo sale a trabajar vestido con saco y levando en la mano la corbata que debe ponerse antes de entrar a la ofician y que no se quita al regresar a casa, cuando las niñas están listas para irse a dormir.
“Se los dije” dijo Eduardo cuando le contamos acerca de la familia perfecta en una noche en la que la niebla que sube de Ciudad Norte hacía imposible cualquier observación “como de propaganda de televisores”.
Esa fue la primera gran noche, porque entonces entendí lo que Eduardo había querido decir.
La segunda gran noche fue hace tres meses. Johanna había sido la primera en notar que la mamá de la familia perfecta ya no llegaba con las niñas y ahora la traía un tipo que la dejaba a media cuadra de la casa despidiéndola con un beso en la boca. No creo que llevaran mucho tiempo, porque nos hubiéramos enterado y al papá de la familia perfecta tampoco debió costarle mucho trabajo descubrirlo. Era sábado, la mamá de la familia perfecta salió temprano con las niñas y nosotros cumplíamos un año de observaciones. Martín, para conmemorar la ocasión, preparó un cóctel que llamó “Voyeur” y con el primera trago supe que debía tener hasta whisky Indio Pedro porque lo sentí bajar por mi garganta tratando de frenar su caída agarrándose con uñas de ácido sulfúrico, pero al otro lado del tubo el papá de la familia perfecta bebía tanto como nosotros. Hay noches que avanzan como avalanchas, convencidas desde el principio de que no dejarán sobrevivientes. Hacia la madrugada, ya ebrios en el punto de que dormíamos por ratos, Martín dio la voz de alarma. El papá de la familia perfecta caminaba de un lado a otro de la habitación con un revólver en la mano. A veces se detenía apuntando hacia una silla vacía y luego se metía el revólver a la boca. La situación exigía por supuesto que hiciéramos algo.
“¿Cómo qué?” dijo Martín mientras servía aún otro vaso de su coctel.
“No podemos llamar a la policía” dijo Johanna. “¿Cómo les vamos a explicar?”
“Van a pensar que si los vigilamos es para secuestrarlos”
En eso tenía razón. La gente andaba muy paranoica en Bucaramanga. Había comenzado a pensar en ir frente a la puerta para advertir a la mamá de la familia perfecta en cuanto llegara.
“No podemos hacer eso” dijo Johanna.
“Él no está preparando un regalo de cumpleaños” dije. Johanna y Martín me miraron casi con lástima y apostaría que pensaron expulsarme antes de que Martín me explicara con tono de profesor de primaria.
“No podemos hacer nada más que observar” dijo. Johanna tomaba otro trago de vino mientras miraba.
“La policía no va a creer que queríamos secuestrar a la persona a la que le vamos a salvar la vida” dije.
“Dije lo de la policía por decirlo” dijo Johanna y pasó para pasar el trago “la razón es que nosotros no somos del tipo de los bomberos voluntarios que miran desde el cerro Morrorrico para avisar de los incendios”
“Somos observadores, lo que hacemos es ob-ser-var”
Pocas cosas son tan ofensivas como una palabra dicha por sílabas.
“No estamos haciendo un documental” dije “tampoco tenemos estatutos o algo así”
“¿Por qué la gente odia los policías?” dijo Martín.
“¿Porque le pegan a los demás?”
“Porque intervienen. El ladrón tiene unas causas que lo explican. Roba por algo. La víctima debería defenderse, el policía rompe el equilibrio”
A Johanna no le quedaba mucha paciencia cuando dijo que finalmente había dos razones.
“La ética y la práctica y conste que odio ponerme a utilizar palabras complicadas. La ética es la del camarógrafo de la National Geographic que sabe que no puede salvar un hipopotamito. La práctica es que si intervenimos hoy, en dos semanas estaremos ayudando a resolverle los problemas al mundo
“Otra cosa” dijo Martín “No sabemos lo que ha pasado antes. Sólo una parte. A lo mejor ella ha hecho cosas horribles”
Era el “sólo una parte” lo que más me sonaba de todo. Sólo sabía, para empezar, lo que Martín y Johanna habían hablado frente a mí, pero ignoraba lo que se habían dicho cada vez que se iban al cuarto de Martín o cuando ella lo esperaba a la salida del bar y subían caminando de la mano por el atajo que uno toma para llegar a Terrazas. A ellos los había mirado tan de lejos como al papá de la familia perfecta, al otro lado del telescopio.
Ya casi amanecía cuando la mamá de la familia perfecta bajó del carro que la traía todos los días dando un portazo y sin besar al conductor. Se supone que sólo podía verla pero me parecía escuchar sus pasos mientras subía las escaleras hacia su apartamento justo mientras el papá abría del todo la cortina traslucida y apuntaba hacia la puerta.
“Está llorando” dijo Johanna y aunque ya me había convencido de que Dios no sabe jugar ajedrez y sólo ve la partida pensando que existen reglas, me sentí tranquilo pensando que después de llorar nadie dispara.

Por: Ricardo Abdahllah

 


Absurdos en tonos rojo, ocre y azul marino

Publicado el 1 de Mayo, 2008, 9:40. en General.
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Bajo la luz de las imponentes lámparas, los objetos cotidianos adquieren un halo mágico, el cristal de las copas y la porcelana de la vajilla lanzan destellos luminosos sobre los rostros de los elegantes comensales, los cubiertos exhiben orgullosos el mimo a que son sometidos después de cada comida por las ásperas manos de los sirvientes, los manteles caen impecablemente sobre el abismo de la mesa para depositarse suavemente sobre las rodillas de esos seres humanos que, indiferentes a todo ese que hacer cotidiano, se disponen a engullir unos alimentos por los que pagaran un precio exorbitante, pero que consideran como una especie de señal que los hace sentirse  únicos, privilegiados y que les permite saborear de antemano un sentimiento de superioridad sobre los demás “pobres mortales”.

Y allí están, en un rincón del salón  principal, junto a una ventana que les permite admirar el bien iluminado y bien cuidado jardín, tres mujeres de cierta edad, elegantemente vestidas para la ocasión, perfumadas, maquilladas y peinadas, estudiándose mutuamente, analizando cada movimiento de las manos, del cuello al girar la cabeza, la leve inclinación de la cintura al sentarse, el gesto de la mano enjoyada retirando la servilleta, el aire mundano de sus ojos recorriendo la estancia en una búsqueda disimulada de viejos conocidos.

Elena ronda los sesenta, exhibe descaradamente cinco cirugías desde el torso hasta la cabeza, luce un traje sastre rojo, un tanto clásico pero que se adapta maravillosamente a su cuerpo recién esculpido por el bisturí de moda; en este momento está leyendo atentamente el menú, repite en un susurro los nombres de los platos y se pregunta si ese omelette estará tan espumoso como lo recuerda de aquellos tiempos en que la abuela batía ruidosamente los huevos en la cocina de la casa paterna.

Marta, a sus cincuenta y ocho, luce como una estrella de cine con un traje de cóctel color ocre muy escotado y ha escogido un enorme collar de bisutería fina, terminado en una gran piedra irisdicente que dirige todas las miradas hacía esa voluptuosa zanja entre pecho y pecho. Sin embargo disimula muy bien las manchas oscuras de sus manos. Es una lastima que tenga programada esa cirugía hasta dentro de seis meses. Marta también lee el menú y se imagina una sopa tibia de verduras, con trocitos de carne flotando al lado de trozos de zanahoria cocida, y tiritas de queso salado sobre la superficie del plato, mientras el aroma a hierbas penetra suavemente por su nariz.

Beatriz, la más joven de ellas, siente un especial placer al saberse nacida unos cuantos años después que sus amigas, eso no quita que las quiera profundamente, al contrario le permite agradecerles esa especie de afecto maternal que siempre le deparan. Ella ha escogido un top de terciopelo azul marino y una falda de seda blanca que cae justo encima de sus rodillas lo que le permite exhibir unas piernas aún firmes y sin ninguna vena delatora, igualmente lee el menú pero no logra traer a su mente la imagen de platos cotidianos, ni el aroma de especias amorosamente mezcladas, aquellos omelettes, aquellos patès, fromages, vius, salades y demás “curiositès” son a sus sentidos como el Esperanto, por eso no se decide, mientras lamenta su absoluta incapacidad para entregarse a placeres nuevos, así que termina recurriendo a lo tradicional, una ensalada, un caldo, dos o tres clases de queso y el vino… pues que aconseje el camarero.

Ahí están nuestras tres mujeres, las que vemos al fondo del salón, las que se destacan por su imponente presencia en medio de aquellos hombres sebosos forrados en trajes de fino paño. El susurro de las conversaciones se confunde con el alegre tintineo del cristal, con el efervescente gorgoteo del vino generoso cayendo en el vientre de las copas.

Al cabo de un rato, el camarero trae los platos, los coloca elegantemente delante de cada una de las tres mujeres y ni la buena crianza, ni los rígidos modales impiden el gesto de desilusión de cada de una de ellas al contemplar sus respectivos platos.

 

 

En el Museo Moderno:

Manuel se retira prudentemente del lienzo. Piensa que quizás viendo el cuadro a una distancia des-usual logre encontrar algún sentido a aquellas manchas roja, ocre y azul marino, que parecen cambiar de forma a medida que él cambia de posición, ya son mujeres, ya son manchas; Ileana en cambio se acerca hasta casi rozar la superficie del cuadro con su nariz.

- ¿Qué haces? le pregunta Manuel

- Es que creo que huele a comida, como a tortilla, sopa de verduras o quesos…

Por: Gladys

 

 

 


Caminando (parte 1: de dia)

Publicado el 1 de Mayo, 2008, 8:34. en General.
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caminaré con mi bandera de sombras
dentro de tu jardín de piedra

Pearl Jam
“Garden”
 

Ya está atardeciendo y estoy algo cansado. Es lógico que lo esté, hoy caminé bastante. Ignoro si la gente de Bucaramanga tiene todavía la costumbre de salir a caminar porque sí y la verdad tampoco me importa. A mí, al menos, me gusta. Hoy caminé hasta el centro, a muchas personas no adoran pasar por ahí pero a mí me parece bacano. Todo, hasta la olla de la treinta, tiene su gracia. Lo importante es caminar despacio, cuando uno camina despacio lucen todos se ven desesperados. Todos en realidad están desesperados y gritan y se detienen para mirar el accidente de tráfico y lo que hay que hacer es lo contrario, pasar en silencio, ignorar los comentarios que dicen que la atropellada es una mujer joven y que el tipo que se bajó del bus es el novio. Ignorar incluso al tipo que se desbarata gritando. La idea es siempre hacerse el idiota. La idea es bajar despacio por el lado de la Compañía de Tabaco, sentir el aroma de las hojas secas y leer los graffitis que los estudiantes de la UIS escribieron en la última marcha. Caminar por el separador de la avenida con los brazos abiertos a la brisa de la tarde, nada hace tanto bien, no hay desfiladero en el mundo, ni acantilado ni ribera de río ni cúpula de edificio donde pueda sentirse la libertad que se siente al caminar con los brazos abiertos por el separador de la Avenida 27.
Luego giras en la 36, en sentido contrario sube un ladrón esposado corriendo un paso adelante de los policías que lo escoltan hasta el CAI donde se efectuará la repartición del botín, y más allá hay almacenes de colchones y de electrodomésticos y una salsamentaria que alguien trató sin suerte de hacer parecer un chalet suizo, lo que además es tonto porque los propietarios deben ser herederos de esas familias alemanas, los Harders, los Schicksals, a lo mejor hasta es de gringos, de los hermanos Usher, toda esa gente que pasó por aquí y ya no se fue, pero pasó de todas maneras y luego está la 21 y el Parque Santander, porque aquí a todo le ponemos “parque” y don Isidoro Bosnio atravesando el parque, él, el mensajero eterno, los fotógrafos del Parque Santander y los niños que se suben en un caballo de mentiras que hace una cara de sufrimiento de verdad para una fotografía y los fotógrafos se quejan de que usted sabe la fotografía digital está acabando con esto. El vendedor de tiza china para matar las hormigas y el que vende forros para el control remoto. El ciego, el sordo, el que llegó desplazado de un pueblito de la costa. El poeta que imita ruidos de pájaros, el mendigo que se baña en la fuente y la señora de los pinchos de carne de caballo que inundan con su aroma, que no está mal, todo el aire del parque. El anciano que pide limosna sentado frente al edificio de la Lotería de Santander y a media cuadra del Club del Comercio y el predicador que te dice que le dice a la gente que se aleje de la mala vida, que el domingo hay culto en la Sagrada Iglesia del Reino. El tragafuego que maldice los aguaceros porque no lo dejan trabajar y la vendedora de mango verde con sal. Ahí están, desfilando frente a la catedral que sigue siendo blanca, el loquito de rastas y sin camisa que insulta a los transeúntes de la calle treinta y seis y el estudiante que va tarde a hacer las vueltas para pedirle al ICETEX un crédito que no acaba de pagar y los blackers, con sus camisetas negras decoradas con manchas rojas y símbolos de Baphtomet, leyendo el cartel que anuncia el concierto de death metal - Blasphemator, Satanizer y Profanum Devil-  que se llevará a cabo en dos semanas en el Coliseo Peralta. Boletas en Café Jazz con el auspicio de “Proyecto Rock”. Ahí está el artesano con su siempre fiel botella de Moscatel de Pasas y la casetica amarilla con verde donde el vendedor, ya que ese es el acuerdo, introduce disimuladamente el último número de “Suecas” dentro del más reciente ejemplar de The Economist.
El centro de Bucaramanga es distinto a cada segundo del día pero igual en el mismo segundo del día siguiente.
Donde estoy ahora es diferente. Aquí todas las calles se parecen, son muy empinadas y hay muchas escaleras. Cuando uno sube siente como si estuviera subiendo al cielo, pero cuando uno llega le dan ganas de llorar porque el cielo está vacío. El horizonte ha enrojecido pero los tonos rojos no alcanzan a quitarle la monotonía a este atardecer y a este cielo vacío que, como cumpliendo un deber, como quien lo hace de mala gana, cubre una ciudad que también se ve vacía.
Como no puedo hacer parte de esos colores, maldigo mi ascenso, pero tengo una recompensa: La ciudad está vacía, los humanos desaparecieron y la naturaleza vuelve lentamente para tomar posesión de todo lo que le fue arrebatado.
Y sólo quedan como testigos las luces del alumbrado público que, dentro de unos meses, o unos años quién sabe, también terminarán por apagarse.

Por: Ricardo Abdahllah


Tirofijo, presidente.

Publicado el 1 de Mayo, 2008, 7:28. en Hablando de....
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La imagen de Ingrid Betancourt, senadora colombiana secuestrada por las FARC, es la de la desolación, la tristeza y el desencanto. Viéndola uno siente la necesidad imperiosa de parar el mundo. Acabar con esa situación, no consentir que se cometan más atrocidades y la pregunta es obvia ¿cómo?

Esta claro que no es posible un acuerdo humanitario, pues en vez de razón e inteligencia, se imponen los intereses personales. Tampoco habrá despeje de territorio, ya se dio hace unos años y se probó que a la guerrilla le parece insuficiente. La renuncia de Alvaro Uribe no solucionaría nada, pues la derecha radical no se condensa en un solo hombre. Políticos de la oposición como Carlos Gaviria o Gustavo Petro,  no tienen la fuerza política para gobernar un país como Colombia, un país que rápidamente se está  transformando en un desierto, no sólo a causa de los gravísimos atentados ecológicos contra sus bosques y ríos, sino por los asesinatos masivos de sus campesinos y la migración excesiva de sus habitantes.

¿Qué queda entonces?

Una sombra terrible se cierne sobre los cielos colombianos, está ahí, aun cuando nadie se atreva a nombrarla, es la imagen del máximo jefe de la guerrilla de las FARC: Manuel Marulanda – alias Tirofijo – como presidente del país.

Vale la pena plantarle cara, preguntarse, cómo sería el país gobernado por un hombre que ha vivido el ochenta por ciento de su vida agazapado entre la maleza, un hombre que sólo practica el lenguaje de las balas y los gritos de la violencia, cuyo carácter ha sido tallado en condiciones infrahumanas, sus experiencias vivénciales y su contacto con los demás se limita al avasallaje, la cohersión, la intimidación, sus amores son fugaces encuentros y hasta sus necesidades fisiológicas están determinadas por los accidentes geográficos de una existencia en fuga. ¿Qué vida puede ofrecer a los futuros colombianos quien no disfruta de ella?

Y cómo él, son sus colaboradores, gente nacida en la violencia, educada y adiestrada en tales artes. Imaginen por un momento al Mono Jojoy ejerciendo de Ministro de la Salud, o a Joaquín Gómez o Alfonso Cano negociando el nuevo salario mínimo de todos los colombianos.

Ante tal futuro no es de extrañar que los colombianos huyan del país, pues cualquier cosa es preferible a morir con un tiro fijo en la nuca o en el palacio de Nariño, que vendría a ser lo mismo.

Por: L.D.

 


Bryce Echenique y el plagio

Publicado el 1 de Mayo, 2008, 7:23. en General.
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Son ya muchas las voces que acusan al escritor peruano de incurrir en plagio. Cuando se presentó la primera reclamación nadie hizo caso de ella por proceder de un autor desconocido, sin embargo, con el paso del tiempo, medios de comunicación peruanos como el diario El Comercio y  Perú 21 presentaron sendas denuncias, es ahí cuando la noticia empieza a trascender y se habla de hasta 27 casos, 16 de los cuales se han demostrado plenamente.

Por su parte, las explicaciones del propio autor (acusa a su secretaria) son, por decir lo menos, infantiles.

Apartándonos del delito, ya las autoridades harán su trabajo – espero - me pregunto sobre los motivos qué pueden llevar a un autor al plagio: podría ser pereza, falta de inspiración, ligereza al elegir, pensar e investigar acerca de un tema, o simplemente oportunismo, ¿para qué reinventar la rueda?

Cualquiera que sea la causa, es innegable que se incurre en un fraude, que conlleva a una pérdida de credibilidad por parte de sus lectores y conocidos, pues los artistas, desde la antigüedad inspiran un halo especial que los ubica por encima del bien y del mal. La gente generalmente cree que son inmunes a las debilidades de los demás mortales, los encuentran objetivos, o poseedores de una inteligencia superdotada que les permite ver más allá de lo que a los otros les es negado, por eso, sus seguidores creen a pie juntillas sus teorías, debaten fervorosamente sus tesis, analizan los posibles motivos que los llevan a culminar en determinadas teorías e incluso se han convertido en íconos culturales decisivos en el desarrollo histórico de la humanidad.

Por eso, no es raro que a un artista caído, las masas lo apabullen, es lógico, los ha defraudado, ha mostrado sus pies de barro y eso es inaceptable.

¿Por qué?  Sencillamente porque con sus actos fraudulentos nos grita que es igual a nosotros, que no posee nada divino y que, en el fondo, era una ilusión a la que nos aferrábamos para creer que en nuestra existencia podría suceder, algún día, algo maravilloso. No hay salvación, nuestros pies dejan huellas de lodo… a menos que renuncie a su “divinidad” y reconozca públicamente su fraude.

La Dirección.