Desde la ventana de su habitación contemplaba el cielo completamente oscurecido por densos nubarrones. El cielo se había convertido en un gran velo negro que cubría íntegramente la ciudad y que en la lejanía, debido a los relámpagos parecía rasgarse como atacado por unas filosas y poderosas garras. Gruesas gotas de lluvia empezaron a bailar sobre los tejados, el murmullo era atronador y le evocaba los patios de recreo en los días de su lejana infancia, cuando las voces salían veloces de las aulas, se esparcían por los corredores para desembocar finalmente en el patio confundiéndose unas con otras, como las olas de un río desembocando en el mar. Cuantos recuerdos embargaban su mente mientras los ojos seguían adheridos a esos techos bañados por la lluvia. ¡Cuantas vidas se le salían de la memoria en esa noche! era como si su cuerpo, después de tantos años de ser un baúl cerrado a cal y canto, de repente, y gracias a la lluvia se hubiera abierto y de él emanaran todas las emociones reprimidas allí desde su infancia, su existencia pasada  cobraba un sentido diferente, hasta el más mínimo detalle adquiría vida propia en ese instante; por una extraña razón sentía que cualquier cosa que imaginara podía perfectamente ser posible, creíble, palpable y real, ella tenía la capacidad, el don de crear, por eso no le extrañó nada que de pronto su cuerpo se hubiera estrellado contra la teja, al contrario, le gustó esa sensación, primero de vértigo al desprenderse de aquello que la mantenía cohesionada, luego el vacío de la caída y finalmente el golpe seco contra las tejas, los pequeños saltos involuntarios entre canal y canal, que a cada ascenso le producían una gran felicidad, después vino el deslizamiento por una canal un poco más ancha que las demás, ese dejarse llevar la embriagó de tal manera que a punto estuvo de perder la conciencia, pero sus instintos, todas las fibras de sus músculos y algo en su cerebro le gritaron, le llamaron la atención para que no se dejara llevar por la inconsciencia; entonces ella reaccionó y dejó que las emociones fueran creciendo, así fue como sintió la fuerza de su cuerpo al deslizarse, el aire golpeándola de abajo a arriba hasta que tuvo la idea de asirse a una saliente y parar un momento para asimilar, todas las emociones que la estaban avasallando en ese instante. Desde allí pudo sentir y ver como otras gotas hacían lo mismo que ella, y en ese descubrimiento supo lo que era la universalidad y a punto estuvo de derretirse con su calor, allí desde ese pequeño altibajo de la teja disfrutaba de la maravillosa sinfonía que componían sus compañeras al estrellar sus cuerpos contra los tejados, cuerpos que saltaban sin parar, para luego rodar hasta otro infinito que desde su posición le estaba vedado. ¿Qué habría allí? ¿A dónde iban a parar todas sus compañeras?

La curiosidad pudo más que su razón y se soltó de la saliente, dejó que su redondo cuerpo girara siguiendo el destino de las demás; el vértigo que siguió a su caída  le hizo perder por unos instantes la conciencia, cuando la recobró se dio cuenta que se hallaba en la blanca y tibia palma de una mano de una mujer… ¿acaso esa mujer no era ella misma?