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7.30 A.M.

 

Debo darme prisa, el autobús para la universidad pasará en quince minutos y apenas estoy despegándome las telarañas del sueño, tengo tanto que hacer antes de salir que no sé si me dará tiempo; me levanto como impulsado por un resorte y escarbo entre las sábanas – ¡esa maldita manía mía de moverme tanto por las noches! – finalmente encuentro mi piel hecha un ovillo a los pies de la cama. Menos mal que aún está tibia, lo que hará más fácil el ponérmela.

La voy tirando con cuidado, aún me da miedo romperla y eso que llevo realizando este ritual desde hace un par de años, pero no termino de acostumbrarme. Siempre es lo mismo, tengo que ir sacándola poco a poco de entre las sábanas, luego la aliso y la voy estirando muy lentamente hasta que la dejo sin una arruga. ¡Impecable! como diría mi madre, y en ese proceso suelo tardar unos quince minutos en situación normal, cuando la serenidad me acompaña y no tengo a nadie abajo gritándome que el desayuno está listo y que debo apresurarme, lo cual es el caso de hoy. Ya siento los berridos de mi compañero de piso – él también viaja conmigo en el mismo autobús – y lo que más me preocupa, es que entre abruptamente en mi habitación y me vea en estas condiciones, seguro que empezaría a proferir gritos de espanto o lo que es peor, se desmayaría y ahí si que estaría listo, ¿cómo voy a llamar yo a una ambulancia en estas condiciones? Debo tranquilizarme, cierro los ojos, invoco mis escasos conocimientos de yoga a ver si mi pulso se mantiene estable, por lo menos el tiempo necesario para poder ponérmela. Pero nada; no logro calmarme, el nerviosismo aumenta igual que los alaridos de mi compañero. Creo que voy a pasar de alisarla, más bien la iré estirando a medida que se va adaptando a mi cuerpo.

La tomo suavemente; con extremo cuidado voy acomodando los dedos de mis pies, desde el meñique hasta el gordiflón – siempre temo que se me rompa accidentalmente – y luego paso sobre el tobillo, después repito la operación con el otro pie y voy halando hacía arriba hasta llegar a las rodillas. Ya está, por fin me puedo poner de pie, así la operación será más fácil y rápida, subo hasta los muslos, llego a las caderas y,- abajo mi amigo da un portazo y dice que se larga solo - lo cual me da algo de alivio y respiro tranquilo. Continúo con la operación de recubrimiento, pero algo empieza a funcionar mal, es como si de la noche a la mañana se hubiera estirado y me quedara demasiado grande. Me sobra por todas partes y no sé cómo rellenar esas bolsas.

No importa, si me doy prisa alcanzaré el autobús, llegaré temprano al trabajo y todo será igual que ayer, igual que siempre.

Ah, allá está el autobús, tendré correr, menos mal que un señor se ha dado cuenta de que tengo intenciones de tomar el vehículo, seguramente le habrá dicho al conductor que me espere… Dios, casi no puedo respirar, el corazón me late a mil por segundo, ya está, un poquito más rápido y llegaré.

         - Pase señor, pase.

         - Perdone, casi lo pierdo.

         - No pasa nada, no se preocupe, usted ya no tiene edad para esos trotes y perdone la confianza.

Yo me quedo mirándolo desconcertado, ¿por qué ha dicho eso? pago el billete y me encamino al medio del autobús. Una chica joven se levanta y me deja el sitio. Trato de mirarme en el vidrio de la ventana pero hay demasiada luz fuera. Quizás lo dijo al ver mi apresuramiento, quizás no tenga nada que ver con mi piel.

Por: Gladys