cae la noche

...y las palabras emergen por los rincones de la ciudad...

16 de Noviembre, 2006


Recomendado

Publicado el 16 de Noviembre, 2006, 16:13. en Un libro para ti.
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A los amigos que sólo piensan en ver cómo “Cae la noche” para poder disfrutar de la vida, recomiendo un libro de un autor español titulado “Sin noticias de Gurb” de Eduardo Mendoza. Una novela corta y delirante en el que el lector se identificará con los hechos que suceden. Dedicados a todos los blogeros “nocturnos”

 

Jimul


El zapato...

Publicado el 16 de Noviembre, 2006, 15:59. en General.
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                               EL ZAPATO DE CHAROL ROJO

 

  Se llamaría Mercedes, porque era nombre de reina. Misericordiosa, agradecida. Como lo estaba ella por engendrar de nuevo vida en su cuerpo decadente.

  Pero cuando a Estrella Serrano le  pusieron a la niña en su seno, a aquel bebé sorpresa del que no supo nada hasta los seis meses de gestación, atribuyendo las faltas  a la menopausia, al mirarle  los ojos supo que no podría llamarse Mercedes. Porque no había parido una reina, había parido un trozo de mar. Los ojos de la niña eran azules, de un azul vivo casi insultante. Aquella niña se llamaría Marina.

  Marina creció feliz entre arrumacos, canciones de sirenas, caracolas, arena y sal en una humilde casa de pescadores. Sus ojos garzos cambiaban de color al antojo de las aguas. Eran intensamente azules en los días de sol, grises cuando las nubes amenazaban desplomarse sobre el mar, plomizos cuando las olas empleaban su furia.

Pasaba horas en la playa. Buscaba objetos que las olas devolvían a la tierra, tras haber sido cautivos durante un tiempo incierto. Encontraba todo tipo de cosas: anzuelos de pesca, botellas, trozos destrozados de redes, pulseras, anillos, medallas, pelotas, pequeños juguetes y principalmente, zapatos. De todos los tamaños y formas ¡Qué extraña manía tenía la gente de ir perdiendo los zapatos por la vida! Los guardaba bajo una barca vieja que descansaba sus restos impregnados de tormentas y madrugadas en la arena, ubicada en un sitio privilegiado, desde donde la línea que marcaba el sol al atardecer fundiéndose con el horizonte parecía gritar de dolor -ella habría dicho que de alivio- al desaparecer en la calma de las aguas, apagándose. También el mar emitía un sonido al acoger ese sol redondo anaranjado. Parecía un gemido ahogado, un grito solapado, un aullido singular, rozando el silencio. Pero si afinaba el oído y contenía la respiración por unos segundos, Marina podía alcanzar a entenderlo: el mar gritaba de placer.

  Cada atardecer, la niña se colocaba de pie subida en la barca. Utilizando su mano como visera arrugaba la frente, fruncía los ojos y apretaba los labios en una mueca que desparecía cuando los colores por fin se hacían uno solo de nuevo, tras la explosión de matices que reflejaba el espejo de aguas previa al ocaso. El mar engullía al sol sin piedad, como cada tarde. No había perdón. Nunca se saciaba. Parecía querer devorarlo todo. Debía tener unas fauces enormes en lo más profundo de sus adentros para abarcar todo aquello que pertenecía a la tierra y que no tenía por costumbre devolver. A veces, se le escapaban cosas, pequeños detalles. Aparecían después en la orilla, exhaustos y maltrechos. Ella los recogía, intentaba recomponerlos y les inventaba un pasado. Tenía facilidad para imaginar historias. Al contarlas, desaparecía la timidez  y se engrandecía mientras actuaba. Nunca tuvo más espectadores que las aguas, las sandalias, las deportivas, el zapato de cuero oscuro acartonado o aquel otro zapato de charol rojo que mostraba con insolencia su superficie brillante, a pesar del salitre y el castigo de las olas.

Cada objeto tenía un pasado particular y único ¿Cómo podrían existir de otro modo? Procuraba llenarlos de complementos para que fuesen pretéritos creíbles, para que  no llegaran tan siquiera a sospechar que ella era la cuentista de los sueños que ellos pudiesen tener.  Resultaba  fácil jugar con sueños ajenos.

   Pasaba muchas horas sola, actuando frente al mar para un público inanimado vomitado a la arena por él, tal vez hastiado de su absurda presencia.  Pensaba que, tal vez así,  aquel mar cruel que se había apoderado hasta de sus ojos, se cansaría de retener a su padre y lo devolvería a la tierra, sentado a lomos  de una ola encrestada. Ella estaría allí para regalarle un pasado por todos los días que llevaba perdido. Trazaría las mañanas malgastadas y lo llenaría de atardeceres anaranjados.

Él, tomaría asiento al lado del descarado zapato rojo. Probablemente no diría nada- recordaba ahora con tristeza que había olvidado su voz- la oiría en silencio y aplaudiría al final. Después la abrazaría y simularía llevarse con él un tirabuzón de su pelo rizado.

   Marina se llevó las manos a la cabeza. Su cabello había crecido mucho desde que su padre se llevó aquel  rizo, la última vez que lo vio.

Dirigió una mirada hacia la orilla. Vio algo  en la arena que brillaba. Lo recogió con curiosidad. Era una medalla de grandes proporciones de la Virgen del Carmen. Por detrás, tenía grabadas unas iniciales ilegibles y una fecha. Avanzó hacia su casa a paso ligero. Su madre levantó la cabeza y miró por la ventana. Los ojos de Estrella se encontraron con los de su hija y sonrió orgullosa. Pronto se levantaría a encender la luz, la noche estaba a punto de llegar. Dio unas cuantas puntadas, aseguró el hilo y dejó la labor sobre la mesa. Emitió un largo suspiro. Esta hora de la tarde era la peor del día. Cuando los brillos se aliaban con la oscuridad para pintar  las paredes de color nostalgia. Echaba de menos a su marido, a los hijos mayores que emigraron a la ciudad desesperados por las pocas atenciones que aquel pueblecito de costa ofrecía a sus habitantes aparte de la pesca. Pero Estrella no quiso marcharse. Aquella casa guardaba en sus cimientos todo cuanto le pertenecía. Allí se entregó al hombre que amaba mil veces, al lado de la chimenea ahora sin fuego. Allí parió a todos sus hijos. Entre las paredes cuarteadas por la humedad quedó marcado todo lo vivido. Aquellos tabiques tenían memoria y eran capaces de recodarle que fue feliz. La casa mantenía intacto el aroma de él, su olor a sal y pescado fresco cuando regresaba por las mañanas al salir el sol. Almacenaba también los besos cedidos a la aurora, esos que podían llegar a sobrar en las noches de marejada cuando los barcos se quedaban en puerto. Estrella se debía a aquella casa. Además, no se iría jamás sin su marido.

 Habían pasado dos años de su desaparición y seguía esperándolo como le juró el día que su barca encalló en la arena. Y no era Estrella Serrano mujer de romper promesas.

 Marina entró en la casa y mostró emocionada el hallazgo a su madre. La mujer reconoció al instante la medalla.  Se tambaleó sobre sus pies, palideció por unos instantes perdiendo ligeramente el equilibrio mientras se llevaba las manos a la boca, interrumpiendo el paso de un gemido de dolor. Supo entonces que ya no podría vivir en aquel lugar. Ya no le quedaba nadie a quien esperar.

Por: Mercedes Muñoz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


sin titulo

Publicado el 16 de Noviembre, 2006, 15:48. en minirelatos.
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Decidió que ya era hora de manifestar sus sentimientos. Se miró al espejo, respiró hondo, y dirigiéndose al teclado comenzó a mover los dedos febrilmente. No había marcha atrás, los pensamientos brotaban atropelladamente. Los dedos se tropezaban ante las teclas de aquel aparato endiablado, dibujando los pensamientos de una mujer que deseaba terminar con los fantasmas del pasado.

 

Jimul