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VIUDA II

No le guardé luto, aunque los vecinos murmuraran por lo que les pudiera parecer falta de decoro tras la muerte de mi marido.

Después de todo yo solo pretendía recordar de él los primeros tiempos, cuando me conquistó su distinción y buen carácter, su capacidad de entusiasmar a los demás por la labor que desarrollaba y las atenciones que tenía conmigo y nuestro hijo.

Pero todo aquello se vino abajo con una enfermedad terrible que nos envolvió a los dos en el dolor y la certidumbre de su inevitable decadencia. Después de años de sufrimiento murió y aquello significó una liberación. Había pasado demasiado tiempo encerrada en casa, sin intercambiar palabras con nadie, tan solo cuidándole y oyendo sus gemidos.

 

Sentí deseos de cambiarlo todo, de que nada me hiciera recordar los últimos años pasados a su lado. Comencé a tirar todo lo que me recordara sus últimos momentos junto a mí. Luego decidí empezar por mi misma, por mi aspecto, me cambié el color del pelo, modernicé mi vestuario e incluso conseguí un trabajo de telefonista. De la pesadumbre pasé a las expectativas de una nueva vida. La sonrisa volvió a mi rostro.

 

Fue tan generoso que no soportaba la idea de que le guardara luto y para que ni yo ni nuestro hijo tuviéramos la más mínima dificultad, me hizo prometer que trataría de encontrar un hombre que pudiera ser buen marido y buen padre, con el que poder solventar aquella época dura de posguerra. De manera ingenua, me indicó meses antes de morir que su hermano pequeño, le había confesado que siempre estuvo enamorado de mí y que no le parecía mala idea que mi cuñado y yo pudiéramos construir un futuro junto y lejos de esta casa plagada de vecinos maledicentes.

Por: Amelia Ruiz