Nos Negamos a Morir

 

Espesura de verdes, de techos multicolores, azulosos, brillantes, de ocaso candoroso y caluroso cobijar; un baño altivo que vierte tus arterias de sales mutantes tornadas en dulzura, vistita tus montes a impetuosa rebeldía, saciando su sed  y alentando la fiereza de sus tres brazos. La fértil prestancia de esas tierras benditas sobrepuebla de frutos  tu suelo inmarcesible; se hastía tu energía de vigor combativo, trazando los rumbos de aves cantoras, que siembran la semilla de tan impoluto jardín.

 

Tus valles sudorosos se muestran susurrantes a los coqueteos sensuales de especimenes hambrientos. De gentes afables, anfitrionas insuperables, se cuecen tus escenarios en brioso condimento. Sus manos artísticas, laboriosas incansables, acarician tus pieles y las llenan de vida, manteniendo tu belleza e inmortalizando tus órganos. Cubierto de embeleso, me siento en tu regazo, observando tu contorno de tan fina elaboración. Extasiado, me embarco en tu presencia, absorbido por tu fuerza de vitalidad inconmensurable. Me pierdo en tus formas sin guía discernible y me hago  esclavo de tu sabia voluntad.

 

Entonces, cierro mis ojos, temiendo que tu magia me lleve a tu eterno gobierno. Ya no taciturno y volviendo en mí, se cubre mi mente de odioso pragmatismo y me surge de inmediato una reflexión agobiante. Recuerdo tu insinuante figura y me niego a escuchar las verdades que indudablemente me sumergirán en la pena de saberte ofendida. Lucho contra venenosos ataques de larguísimo alcance, de inhumanas consecuencias, de estrepitoso vuelo, de mortuoria respuesta y, en fin, tan desgarradores al internarse en tí, que rompo en un llanto casi pueril. Suplicante, le grito a esas fuerzas despóticas que cesen su viaje y en medio de pasiones que inmovilizan mi juicio, las invito a pactar la tregua, sin antes percatarme de su vil misantropía.

 

Todo se torna más dramático, pero tristemente verídico. Pareciese que mis ojos, al abrirse, lanzaran sobre mí efectos narcóticos, que me llevan a la alucinación. Una vez cerrados, esos ojos mentirosos me revelan la situación: tu rozagante imagen se encuentra sometida por siniestros personajes de demagógicas exclamaciones. Su pavorosa actitud irrumpe en la cautivadora campiña que es tu cuerpo apaciguante: Son aves carroñeras de insaciable apetito y te rondan en manada, buscando tus inefables fortunas. Te absorben con premura, concientes de que tu semilla no traería frutos  al enclavarse en tierras ajenas. La ambrosía que consumen se les hace más deliciosa, cuando recuerdan la nauseabunda sustancia que emerge de sus paisajes.

 

Yo, mientras tanto, me hundo en una pena insuperable, pues sufro como mías esas crueles vejaciones. En sangre, dolor y explotación  se traducen los saqueos. Las furibundas aguas de tus vertientes admirables no transportan ya su almíbar sino rojizas sustancias que al terror invocan, causando escalofríos y pavidez paralizante. Tus cantoras aves, al exilio se dirigen, mientras tus gentes entregadas se someten a las órdenes de cuervos y otras indeseables criaturas que, amenazantes, apuntan sus picos a la humedad de sus ojos. Siento cómo mi oxígeno se agota en respuesta y cómo el llanto parece ahogarme en su torno abundante. Se enfrascan mis sentires en un dolor insoportable, cuando se rasgan mis pieles, se tensionan mis músculos, se cristalizan mis huesos en gélido clima, me hierve la cabeza que parece explotarme y ni mis ojos se salvan, cayendo en ardores. Un canto fúnebre me ronda los oídos y los sufrimientos me acogen en prolijo establecimiento.

 

Cómo duele la tierra, pero más duele el dolor, el dolor de ser tan tuyo y tú tan mártir. Entre tanto, se agudiza la crisis que me condena a este estado, cuando las aves invasoras engendran su descendencia. Evoluciona esta última a paso vertiginoso, asumiendo el gobierno de tu suelo inmaculado e instalando sus lacayos en la espesura de tus montes. Un verde olivo se cuela en tu verde original, difuminando tu siembra grandiosa y sustituyéndola, por execrables semillas. Se ríen a carcajadas, soslayando su cinismo con novelescos mensajes de benefactor pacifista

 

Se revuelven en plétoras que producen tu desahucio, pues el botín lo sustraen de tu opulencia irretratable. Se regocijan al verte abatida, humillada y sin fe, mientras se hinchan como globos comiendo tus manjares. Brindan por su suerte de encontrarte virgen, sin que resistencia alguna impusieras en defensa, pues tan puro fue tu espíritu que no conocías el mal, quien inesperadamente te hizo prisionera. Tus flores se marchitan, tu cielo llora a borbotones y tu aire se hace irrespirable, mientras yo continúo proclive a tan crueles padecimientos.

 

Banderas libertarias, anhelo me cobijen, revitalizando mi existencia de fuerzas ya casi agotadas. A ritmo imperceptible, se mantiene latente, mi corazón melancólico, como vestigio indecible de mis signos vitales y me es suficiente, para mantenerme combativo. A esfuerzos sobrehumanos expreso mi grito, en consigna emancipadora. Convoco a Guevaras, Torres, Cienfuegos, Bolívares, Trotskys, Gaitanes y cuanto altruismo heroico inspire mi lucha. Pero mi voz es inaudible y mi fe nociva, pues olvido su condición de simples hombres, ya inscritos en una historia irrepetible.

 

Entonces reflexiono y vuelvo a pensar en tus hijos amorosos, aún oprimidos por fuerzas hegemónicas. Los invito a la pugna, sin dudar de su respaldo, pero la frustración me invade al tenerlos en contacto. Las aves invasoras, les mantienen alienados, garantizando con ello, la permanencia ilegítima de su autócrata gobierno. Aún más indignante, advertir que es tu propia descendencia quien te destruye a pedazos.

 

Se nos agotan las fuerzas y no vislumbro soluciones. Tu sangre y mi sangre se mezclan en tu suelo ya casi desierto. Se convierte este en un crisol de fluidos putrefactos, que atestiguan la tragedia a la que nos vemos sometidos. Las marcas de nuestros cuerpos nos muestran moribundos, ya resueltos al deceso final, en medio del goce de las aves carroñeras. Febriles, cansados y entregados. Parecemos vencidos, prácticamente inexistentes.

 

Aún condenados, resistimos su ímpetu, resistimos nuestra enfermedad mortal y nos aferramos con ahínco a los tenues signos que prueban nuestra vida. Desde el ocaso, mantenemos la esperanza y nos negamos a la derrota, conservando la quimera de la libertad.

 

Por Giovanni González Arango