OFF/ON

En la oscuridad de la madrugada una mujer se detiene ante la puerta de su casa. - quinto piso - Toma la llave y la aprieta con fuerza entre la palma de su mano para calentarla.

En el tercero, una mujer se aferra al pestillo de la ventana y teme que el movimiento de  la cortina la delate ante sus vecinos, aunque recuerda perfectamente haber apagado todos los bombillos de su apartamento desde las diez de la noche.

En el edificio de enfrente, sobre la baranda del balcón del segundo, una mosca balancea sus patas sobre el frío metal.

En el portal de la entrada una joven lucha con el frío ganchillo de su sostén. La oscuridad la vuelve un poco torpe.

En la calle, el frío de un cuchillo se hunde en las costillas hasta el cabo. Dos siluetas corren calle abajo.

Un hombre se tambalea mientras siente que algo caliente corre por sus caderas.

La mujer del quinto construye un ángulo de cuarenta y cinco grados con la puerta, y siente.

La mujer del segundo, baja la mano del pestillo, acerca su cara al cristal de la ventana, y siente.

Las patas de la mosca abandonan el frío barandal del balcón, y sienten.

La joven se quita el sostén y lo mete en el bolso, y siente.

El hombre finalmente cae sobre el asfalto, y siente.

La mujer del quinto siente que el apartamento huele a lavanda y recuerda disgustada, el millón de veces que le ha dicho a la asistenta que no le gustan los olores artificiales, pero nada, la chica insiste alegando que como la casa está cerrada todo el día, los muebles se impregnan con olor a flores muertas. Supersticiones, lógico, pero no hay quien se las quite de la cabeza.

La del segundo siente la dureza del cristal pegada a su cara mientras intenta averiguar qué es lo que pasa en la calle y quién es ese que cae sobre el asfalto, pero su ademán  se ve frustrado cuando la mosca se estrella contra la ventana, muy cerquita de su nariz.

La mosca advierte la suave brisa que juguetea entre sus patas, por unos segundos la dureza del metal pierde consistencia, lo que la obliga a agitar sus alas, pero la noche es tan negra y al parecer su radar ya está un poco defectuoso, por eso no le avisa con suficiente antelación la presencia de un cristal contra el que choca.

La joven carraspea e intenta quitarle a su voz el ritmo que le ha dado el amor apenas unos segundos antes, sabe que las madres tienen un olfato especialmente delicado cuando del sexo de sus hijas se trata. Por eso se detiene ante la entrada e intenta olvidar el cosquilleo de las yemas de los dedos correteando en ese lugar impreciso, entre su sobaco y el nacimiento de los senos. Su cuerpo se vuelve a estremecer y siente que su cuerpo es como una casa totalmente inundada en agua vital y que esos dedos la han alborotado y ahora se lanzan contra los cristales, los rompen y se precipitan fuera arrasando con todo a su paso.

Un segundo antes de morir, en la oscuridad del límite entre la vida y la muerte, el hombre piensa en esos senos que acaba de recorrer y sus manos aún conservan esa ovalada forma.

El ángulo de cuarenta y cinco grados se cierra, la mano se detiene antes de oprimir el interruptor y en ese segundo aparece ante sus ojos, el día del adiós, la frialdad de la cama, el silencio del teléfono, las risas sin tono de las amigas ahora convertidas en muecas burlonas de su soledad y la mano sube lentamente hasta la altura del interruptor.

El terror de tragarse una mosca la hace retroceder, un grito muere en su garganta porque su muy arraigada buena educación le impide tales libertades a esa hora de la madrugada, y en la oscuridad. ¿Qué pensarían los vecinos? Una vieja loca y mirona, sin duda la llamarían así y así la nombrarían cuando la vieran salir por la mañana a comprar el pan, o en las tardes cuando se sienta a ver morir las horas de luz lanzándole granos de maíz a las palomas, seres asquerosos y revoloteadores, pero que le sirven de pretexto para no estar en esa casa donde ya no sabe en qué sitio poner tantas carpetas de ganchillo tejidas a lo largo de cuarenta años.

La mosca cae en lenta espiral hasta el asfalto, sin embargo, unos segundos antes de estrellarse contra el cemento, sus alas vuelven a agitarse, endereza su cabeza y el radar ronronea en su cerebro, quizás sea el olor a sangre caliente.

El bus, que no pasaba a esas horas en el barrio de aquella amiga, donde había estado haciendo el trabajo para la universidad, surge como una excusa creíble, perfecta, fácil y hasta sincera. Seguro que la madre se lo cree. Sólo espera que no le pida que se acerque a darle un beso porque entonces... y se pregunta, enciendo o no?

Los faros del carro de policía inundan la calle de luz y simultáneamente se dibuja un recuadro en el quinto, en el tercero y en el segundo...

Por: Gladys