Él es feliz viviendo en su Páramo. Todos los días camina entre la niebla acompañado de una luz juguetona y saltarina que rebota ya en su cabeza, sus hombros o su pecho, para luego correr alegre un metro justo delante de él.

El ríe mostrando sus rojas encías y siente que su pecho se estalla de la felicidad.

Una mañana la lucesita  se alejó un poco más de lo acostumbrado. Él sintió estallar su pecho pero supo que eso no era felicidad. Corrió hasta su rancho. En la puerta, su mujer, su suegra y su hija menor lloran en silencio.

Frente a ellas el cadáver de su hija mayor envuelta en un paño blanco adornada con una lucesita amarilla que se va apagando poco a poco.

Cuando la luz se extinguió él supo que ese era el precio que debía pagar por tanta felicidad.

Por: Gladys