29 de Diciembre, 2006, 12:23: SelváticaGeneral

DESPEDIDA DE AÑO EN caelanoche

No se hagan ilusiones. No somos más creativos que el resto de los mortales, ni más rebeldes, ni más buenos, ni más malos… somos tan humanos como todos los demás. Por eso haremos las mismas cosas este 31 de diciembre, nos vestiremos con esmero, comeremos hasta hartarnos, beberemos hasta  perder la razón, nos perfumaremos, seremos ligeros y mantendremos la risa fácil, aunque no podamos olvidar que el dolor y la miseria se encuentra ahí, que no por una noche de juerga e irresponsabilidades van a desaparecer y sentiremos también con cierta amargura, que tal vez no hicimos lo suficiente para que este mundo fuera mejor.

Igualmente prometeremos mejorar, nos trazaremos metas que nunca cumpliremos, como todos los años, como todos los seres humanos.

Sin embargo, antes de que la desesperanza nos paralice, recordemos que los días son hojas en blanco y que este 31 de diciembre tendremos un legajo de 365 páginas por llenar. ¿Cómo o de qué? depende de nosotros y nuestras circunstancias.

 

La Dirección.

FELIZ AÑO.

29 de Diciembre, 2006, 11:57: RafaelGeneral

A continuación y para cerrar

nuestra programación del año, tenemos el honor de publicar

el cuento ganador del concurso de cuentos de Navidad

organizado por La Bella Varsovia,

agrupación cultural muy activa de Córdoba - España

Diciembre de 2006.

NEGRA, NEGRA NAVIDAD

 

            Aquél año no me enteré de la llegada de la Navidad hasta que cierto tipo achaparrado llegó a mi casa, a mediados de Diciembre, para hacerme entrega del regalo de mi tío muerto. Ahora, cuando pienso en ello, me sorprende no haber reparado antes en estas fiestas.

            Y me sorprende porque recuerdo que precisamente ese año al Ayuntamiento le había dado por colgar, desde mi ventana hasta la de los vecinos de enfrente, uno de esos alumbrados de alambre que cruzan las calles. Yo ni me enteré, la verdad; sólo me sobresalté un poco una noche en la que me sorprendió ver de repente un haz luminoso y amarillo que provenía del exterior. Era el encendido de las bombillas. Y no unas bombillas cualquiera, nada que ver con esas que ponen ahora de bajo consumo que apenas brillan, apagaditas como velas. No señor; las mías eran de las que cada vez que se encienden producen la subida de las acciones de las eléctricas y la desaparición de dos o tres ballenas. Porque en mi barrio siempre han pensado que mariconadas las justas. Y así, desde aquella noche, al menos supe que algo se andaba cociendo por ahí. Pero juro que se me había olvidado que en Diciembre se celebra la Navidad hasta que apareció aquél tipo.

            Vestía de negro. Era calvo, aunque eso sólo lo supe cuando le invité a entrar en casa y se quitó el sombrero, porque llevaba hasta sombrero, de esos hongos y pequeños, como él mismo. Aún siendo corto de estatura su cuerpo resultaba ancho, con un cuello grueso de buey. La piel parecía tenerla teñida por una finísima capa de ceniza y dos bolsas marrones colgaban bajo sus ojos, oscuros también. Cuando llamó a la puerta y se presentó como agente de Seguros Ocaso pensé que había personas que nacían predestinadas para ciertos empleos.

            -¿Ya me toca pagar la cuota? –pregunté inocente. El tipo titubeó un poco y, sin mirarme directamente a la cara, me aseguró que sí.

            -¿Puedo entrar? –dijo con, quizás, cierta premura. Vi que echaba mano de una raída carpetita de cartón azul y sacaba una pluma de su bolsillo derecho. El abrigo largo, que le llegaba por debajo de las rodillas, revoleteaba sin parar-. Es que tendría usted que firmarme... porque usted es Doña...

            -Sí, sí –dije yo rápidamente al oír mi nombre-. Pase usted, será un momento.

            Le introduje con cierta educación hasta mi saloncito y le invité a tomar asiento. Lo hizo, juntando las piernas como expectante. Yo me quedé mirándolo de pie.

            -Me tiene que dar un recibo, ¿no?

            El tipo aquél abrió los ojos de forma desmesurada.

            -¿Tendría un café? –dio por respuesta.

            -Pues... –comencé a murmurar, buscando tiempo para intentar comprender qué coño hacía un desconocido fofo y ojeroso sentado en mi salón pidiéndome café.

            -Una tacita nada más. Es que le he mentido, no soy del Ocaso y necesito un café.

            -¿Cómo? ¿Qué no es usted...? –pero el tipo no me dejó seguir.

            -No –respondió con un extraño aplomo-. No trabajo para ninguna casa de seguros.

            -¿Y qué hace usted aquí? ¿Qué quiere? Es más, ¿cómo narices sabe que yo tengo el Ocaso?–estallé.

            -Ah, pero ¿hay otras aseguradoras?

            -Joder, joder, Santa Lucía, por ejemplo.

            -¡Es verdad! –dijo el tipo, dándose una palmada en la frente-, no había caído. Qué suerte, acerté a la primera.

            -Bueno, ¡ya está bien! –estallé yo por segunda vez-. Quién es usted y qué quiere. O mejor, lárguese de aquí o le atizo con algo.

            -No se enfade, se lo pido por favor –dijo, perdiendo parte de su recién adquirido optimismo-. He venido para hacerle entrega de un regalo.

            Comencé a considerar seriamente que, si en algún lugar de mi ser había un colmo, una frontera, ésta estaba a punto de ser rebasada. Apreté tanto los dientes que éstos comenzaron a rechinar. Realmente estaba muy enfadada... lo que ocurre es que una ve a diario la tele y sabe que hay mucho loco suelto. Y los locos suelen ser peligrosos. Así que pensé de repente que quizás el hombre que tenía en mi salón guardaba uno de esos cuchillos grandes de carnicero atado a la cintura con una cuerda, como el destripador de Alcorcón, y mi ira fue cediendo para dar paso a un mitigado temor. Preferí ser prudente.

            -Vaya –comenté-. No me diga, un regalo. ¿Y su nombre me dijo que era...?

            -Albricio. Pero eso no importa. ¡Mire! –me dijo, abriendo mucho los ojos- aquí está el regalo-. En ese momento introdujo su manaza bajo el abrigo y mis piernas comenzaron a flaquear. Pero lo que vio la luz de mi salón no fue ningún cuchillo jamonero, sino un paquete envuelto en el basto papel que se utiliza en las pescaderías. Lo depositó con reverencial cuidado en la mesita. “Es de su tío”, dijo con una sonrisa.

            -De mi tío.

            -Sí, de su tío Godofredo.

            Miré el paquete, miré al tipo y me mordí el labio de abajo.

            -Mi tío Godofredo lleva muerto veinte años. No ha podido regalarme nada –aduje sombría.

            -Claro que sí, lleva veinte años ahorrando para hacerle este regalo. Le quería mucho a usted, nunca la ha olvidado, veinte años ahorrando, qué barbaridad. Es que los muertos cobramos muy poco, yo no habría sido capaz, desde luego.

            -¿Los muertos...? –tartamudeé yo.

            -Sí, sí, los muertos no hacemos nada más que trabajar por una miseria. Trabajar y trabajar, ese es nuestro pan de cada día. Porque no descansamos ni los domingos. ¡Ah! –exclamó, y sus ojos tomaron una expresión soñadora- ¡aproveche usted! –me dijo-. Aproveche ahora, que está viva. Cuando se muera no va a parar.

            -Pero me está diciendo que está usted muerto –volví a repetir. Más el tipo seguía con su cháchara.

            -¡Qué envidia la vida que llevan ustedes! –decía-. ¡Quién estuviera vivo de nuevo, así cualquiera! Jornadas de 8 horas, descansos de fin de semana... claro, es lo que tiene el estar sindicado. Porque nosotros... algunos, los más desfavorecidos, desde luego, pasan hasta hambre. Y porque no nos dejan, que si no ya estaríamos todos aquí; pero vivimos en un mundo de fronteras, qué le vamos a hacer. Algunos ilegales tienen ustedes, creo que los llaman fantasmas. Ya sé que son gente problemática, no se adaptan, no. Pero yo siempre abogué por la multiculturalidad.

            -¿Y de qué conoce usted a mi tío Godofredo? –tartamudée, aturdida por la palabrería de mi invitado-. Y ya de paso que hace aquí, ¿es usted también un fantasm... digo, un ilegal?

            -No, no, yo trabajo en esto. Soy recadero intermundial. Paso de un mundo a otro para llevar recados, paquetetes, ya sabe. Las mercancías sí son libres, siempre lo han sido. Pero no tienen patas.

            -Ajá –musité; y la verdad es que no se me ocurría otra cosa qué decir. Todo mi pensamiento era, en esos instantes, una sucesión de “ajás” interminables... hasta que finalmente opté por articular algo más, cualquier cosa.

            -¿Y el subterfugio este de hacerse pasar por un agente del Ocaso? –pregunté como embotada.

            -Es que verá –respondió solícito-, yo entiendo que de estas cosas no se habla, que mi trabajo es muy desconocido y puede desconcertar al principio. Por eso voy de mentirijillas por ahí. Digo “vengo por tal cosa” y la gente me abre la puerta. Aunque... si fuera un ladrón o un asesino utilizaría la misma estrategia, qué gracioso, lo mismo la asusté a usted.

            -Pero no lo es.

            -¿El qué?

            -Un ladrón, o un asesino.

            El tipo sonrió y dejó entrever unos dientes podridos, casi de madera.

            -No, ya no.

            Finalmente logré desembarazarme de él; mientras salía a empollones empujado por mí y reclamando su taza de café, logré hacerle entender que su visita me había sido muy agradable pero que el tiempo, incluso para los vivos, también es a veces escaso.

            -Espere, espere –protestaba-, déjeme ver al menos el regalo... ni se imagina lo que me ha costado encontrarla, la de tiempo que he llevado ese paquete esmeradamente envuelto pegado a mi, con la continua tentación de desenvolverlo...

            -Nada, no puede ser, va a empezar ya mismo McGuiver en Cuatro y no me lo puedo perder.

            -Pero... ¿y el café?

            -Sólo bebo Cola Cao, lo siento.

            Y se fue, milagrosamente.

            Hubo un momento de sepulcral silencio. Tras la berborrea de mi increíble invitado sólo quedaba un paquete envuelto en papel de estraza sobre mi mesa. Estaba allí y parecía como si me mirara con pena. Me acerqué cuidadosamente a él. Iba a cogerlo pero me lo pensé mejor y me senté frente a la mesa sin quitarle ojo. Toda aquella historia de muertos, visitas y seguros Ocaso aún formaban un torbellino en mi mente que me hacían sentir turbada. Pero sin más dilación, y pensando en McGuiver, que estaría a punto de comenzar, alargué la mano y lo cogí. Comprobé que no pesaba mucho; con destreza y algo de nerviosismo deslié el basto papel gris y abrí el paquete. Ante mí apareció un par de zapatos negros, acharolados, brillantes como la mismísima plata bruñida y con dos pequeños tacones remachados en terciopelo. Sin duda, el sueño de cualquier niña preadolescente de trece años. Con abatimiento coloqué el zapato derecho bajo la planta de mi pié y comprobé, por si acaso, que me sobraban los dedos. Mi tío Godofredo, cómo no, veinte años ahorrando para esto. Suspiré, los eché a un lado y ya me disponía a encender el televisor cuando vi brillar algo más en el fondo del paquete. Asomé la nariz y me di cuenta de lo que era: una postalita horrorosamente hortera en la que, con purpurina y lentejas, se había escrito un torcido “Feliz Navidad”.

            -¡Hostias! –exclamé sin poder reprimirlo- ¡que ya es Navidad!

 

 

Rafael P. Calmaestra

29 de Diciembre, 2006, 11:46: GladysGeneral

 

AUTOVIA

Desde el último puesto del autobús sólo alcanza a ver un pie demasiado blanco, con el dedo gordo exageradamente grande, en comparación a los demás que parecen atrofiados por el uso excesivo de zapatos terminados en punta. ¡Como nos torturamos las mujeres!

La uña está pintada de marrón oscuro y el esmalte está descascarillado. Una buena pedicura le hace falta.

Ya no.

La cubren con un paño blanco y se la llevan en una ambulancia.

El cuello le duele a causa del esfuerzo por mirar hacía atrás. La sirena de la ambulancia la aturde y la marea un poco. Nunca le ha gustado estar cerca de nada que evoque un hospital.

¿A dónde iba?

No lo recuerda. Sólo sabe que se le perdió un zapato en las prisas por  bajarse del autobús y el grito de un hombre advirtiéndole del otro carro que…

Por: Gladys

27 de Diciembre, 2006, 10:32: SelváticaHablando de...

NUEVE VIDAS

Director: Rodrigo García

Nueve historias de vidas, de emociones, de remordimientos, nueve cuentos cortos que trascienden el universo literario en un cruce, al parecer casual de personas y de cotidianidades; nueve testimonios sobre el universo femenino interpretado por mujeres como Kathy Baker, Amy Brenneman. Epidia Carrillo, Glenn Close, Lisa Gay Hamilton, Holly Hunter, Sissy Spacek y Dakota Fanning, entre otras.

 

26 de Diciembre, 2006, 10:54: ÁgataHablando de...

FIN DE AÑO

Uno: Está lleno de dudas, se le vienen 365 días encima.

Dos: ¿Cómo diablos reducir a doce los deseos? Si son tantos.

Tres: Sudor en las manos, sumas y restas.

Cuatro: Ese no, ese no, ese no, este si.

Cinco: Diosito, qué no se me olvide alguno importante.

Seis: ¿Estaré siendo egoísta pensando sólo en mí?

Siete: Rápido, rápido.

Ocho: Mejor pájaro en mano que… ¿cómo era la vaina?

Nueve: Ahora si

Diez: Bueno, incluiré uno para toda la familia, por si acaso, pero ¿cuál quito?

Once: ¡Listo!

Doce: Cof cof cof.

Por: Ágata

26 de Diciembre, 2006, 10:25: SelváticaUn libro para ti

“…Tratando de no despertarla me senté desnudo en la cama con la vista ya acostumbrada a los engaños de la luz roja, y la revisé palmo a palmo. Deslicé la yema del índice a lo largo de su cerviz empapada y toda ella se estremeció por dentro como un acorde de arpa,...”

Memoria de mis putas tristes.

Gabriel García Márquez.

***

“No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido”.

La casa de las bellas dormidas.

Yasunari Kawabata

***

“Lolita, luz de mi vida, juego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lolita: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta.”

Lolita

Vladimir Nabokov

*** 

Cuando se rebasan los límites de “cierta edad”, bien podemos darle la espalda a la vida y hacer lo que nos dé la gana. Esto no implica desde luego, una actitud displicente por parte del autor, más bien es una manifestación de su absoluta libertad.

Libertad para reflexionar en voz alta sobre ciertos temas, no muy populares entre nuestra sociedad caracterizada por su doble moral. A eso es lo que nos enfrentan estos autores con sus respectivas y muy particulares obras, obras que en algunos lugares del mundo enfurecieron a feministas, repelieron a algunos ciudadanos “de bien” o que simplemente silenciaron la boca a los intelectuales.

Y es que el tema común en estos libros, nos enfrenta a los “imposibles” de algunos ancianos obligados a quemar sus últimos cartuchos viriles de una sola vez, acostados al calor del cuerpo de una jovencita, mientras repasan mentalmente su impotencia.

El mundo externo pasa a un segundo lugar mientras el escritor da rienda suelta a su imaginación, juntando palabras con minuciosa atención, alineando situaciones, perfilando protagonistas, tallando caracteres y eligiendo la materia prima de éstos desde la profundidad de sus entrañas, impregnando sutilmente a sus personajes de la magia que caracteriza a las auténticas obras de arte, realizadas única y exclusivamente para la degustación estética. Así de sencillo.

Por: Selvatica

 

 

26 de Diciembre, 2006, 10:11: Gladysminirelatos

Los nuevos santos

- ¿Qué es ese ruido ahí fuera? – preguntó Dios –

San Pedro, como siempre, temiendo la ira divina, alzó los hombros mientras se acercaba a la ventana y corría las nubes que hacían de cortina.

Véalo usted mismo señor.

- ¿Y por qué protestan todos esos?

Porque los muertos jóvenes les han quitado el trabajo. Y son ellos quienes ahora les hacen los milagros a los vivos.

Un terrible trueno estremeció el cielo. 

Y en la tierra, los seres humanos perdieron la memoria.

Por: Gladys

25 de Diciembre, 2006, 17:47: GladysGeneral

¡ME MIRA! ¿ME MIRA?

Ya se puso en rojo. No alcanzo a pasar. Ojos en el retrovisor. Ojos que se deslumbran. Boca que sonríe. Cerebro que se dispara.

¿Y si fingiera que se me averió el auto? ¿Si abriera la puerta, caminara hasta él y le diera un beso?

¡Me mira!

¡Me sonríe!

Me envía mensajes con todo su cuerpo, me desea, eso se nota en la curvatura de sus labios, en la dirección que toman sus ojos como hablando bajito, como reservando la intimidad para nosotros dos.

¿Qué hacer?

Ahora el semáforo cambiará y los autos se alinearán a nuestra derecha o izquierda, me adelantará o lo adelantaré y no seremos más que dos personajes en una autopista como en un cuento de Cortázar.

O tal vez no. Tal vez pasará algo, se detendrá el tiempo. El universo se paralizará nos quedaremos congelados en este instante. Pero si nos quedamos congelados no podremos hablarnos, besarnos, tocarnos… no, debe haber un tercer tiempo, un no pasado y no futuro en el que podamos amarnos. Si no, entonces para qué el destino lo trajo a esta autopista, el tráfico lo colocó justo detrás de mi auto. Tiene que ser por algo, tiene que ser una señal, un aviso divino, algo importante que está fuera de nuestro limitado alcance humano. ¿Y si no es? Tendría que reprocharle a mi madre la educación que me dio, demandar a mis profesores, solicitar indemnizaciones a los escritores que llenaron mi cabeza de mariposas, a los poetas que me insinuaron que otro mundo es posible.

No es verdad. Otro mundo no existe. Ojos que se cierran. Párpados que se aprietan. Manos sudorosas que se aferran al volante.

Y cuando abre los ojos, el auto ya no está, el hombre no está, ni siquiera existe atasco pues el semáforo sigue en verde y ella va a ciento noventa por la autopista.

Por: Gladys

 

 

25 de Diciembre, 2006, 16:54: Selváticabogotá

El 2007 se presenta como un año movidito en cuestiones literarias, con una seríe de eventos y convocatorias para todos aquellos que hayan hecho del libro su centro vital.

En días pasados tuve la oportunidad de asistir a una reunión en la que se divulgó el proyecto: Bogotá, un libro abierto. Después de la exposición se abrió la seríe de preguntas pertinentes; yo, con ojos desorbitados advertí que ni una sola de las intervenciones realizadas proponía algo creativo, práctico, útil o constructivo. Todas, absolutamente todas las personas criticaron el proyecto viendo sólo lo negativo que ha pasado en el acerbo cultural de la ciudad. Lamenté que el evento en sí y lo esencial del asunto se diluyeran en lamentaciones por los errores cometidos, en vez de colocar su granito de arena para corregir esos errores o prevenir los futuros.

Desde aqui propongo a los amigos blogueros de la ciudad, que si de verdad desean que las cosas puedan cambiar, se interesen por el proyecto informándose de las actividades convocadas en el IDCT.

He aquí algunos de los proyectos:

Cartas de la persistencia:  pretende promover la escritura a través de cartas.

Lanzamiento del premio literario Juan de Castellanos.

Bogotá por Bogotá, donde el ciudadano anónimo puede colaborar para construir la memoria de la ciudad.

Fomento de la lectura, denominado LIBRO AL VIENTO que volverá al transmilenio, a los colegios distritales, los parques, supermercados y plazas de mercado.

Bogotá 39, selección de escritores de menos de 39 años.

Hay además un aparte para internet.

Como ven hay mucho por hacer y no podemos quedarnos cruzados de brazos.

La Dirección

23 de Diciembre, 2006, 10:49: ÁgataHablando de...

Un hombre de hojalata.

Ojos profundos.

Pecho adornado con arándelas metálicas.

La gente lo critica, lo hace llorar.

Se oxida.

Por: Ágata

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