PARPADEO

María avanzaba lentamente por la autovía que bordeaba el gran parque de diversiones recién inaugurado, y que constituía el orgullo de los políticos de turno, y de la ciudadanía en general. Sobre el cielo profundamente azul se recortaba el armazón desafiante de la montaña rusa, que como roja serpentina se elevaba sobre el horizonte para hundirse en desniveles de vértigo, obligando a las gargantas humanas a rugir en cuanto el vagón iniciaba el descenso, justo después de asomar su trompa sobre el borde más alto; parecía como si por una milésima de segundo, la montaña mecánica regalara a sus pasajeros un paréntesis de calma antes de lanzarse al vacío.

María casi presentía los alaridos de la gente en cuanto el vagón caía y sonreía pensando en lo que ella disfrutaba con esa atracción, en cómo cerraba los ojos y se entregaba sin voluntad alguna a la explosión de adrenalina que su cuerpo producía y que la devolvía renovaba a sus rutinas de funcionaria del Estado.

         En el espejo del retrovisor de su automóvil apareció el vagón de la montaña lleno de gente y como impreso sobre el cielo azul, sin duda se hallaba en ese estado medio entre el ascenso y el descenso, donde los pasajeros se preparan para saltar al vacío aferrándose con todas sus fuerzas a la barra de hierro. María disminuyó la velocidad y dio gracias al cielo por ese semáforo en rojo que le regalaría la fascinante visión del raudo descenso del vagón. Su pie se posó firmemente sobre el freno y lanzó un suspiro de alivio, pero al mismo tiempo sintió miedo, un miedo repentino que como tenaza de acero le apretó el corazón y tuvo el presentimiento de la inminente desgracia que de un momento a otro se produciría, y su cerebro, para más desazón de su entendimiento, le permitió percibir la magnitud de su responsabilidad. Sí, por insólito que parezca María sintió que de ella dependía el variar el cauce de los acontecimientos próximos a suceder, supo que tendría que mantener los ojos abiertos para atrapar en su retina la mayor cantidad de variables, estar alerta a como diera lugar y pasara lo que pasara, de lo contrario todo se desmadraría, pero sus ojos se le resistían, le escocían produciéndole un ardor insoportable, como si dos gruesas gotas de limón hubieran caído sobre sus pupilas, en vano intentaba mantenerlos abiertos en una lucha en la que su voluntad estaba perdiendo la batalla contra la fatalidad y ya no pudo más; la visión se le nubló y en un acto involuntario parpadeó. Cuando sus pestañas superiores se tocaron con las inferiores, el vagón de la montaña rusa salió disparado de su carril y fue a estrellarse contra el otro vagón que acababa de iniciar su ruta; una enorme profusión de chispas anaranjadas nubló la visión y al ir desapareciendo permitió ver pedazos de hierro retorcido mezclándose con miembros humanos mutilados que iban cayendo a la velocidad de un meteorito, para impactar inmediatamente sobre la tierra.

         María sintió alivio en sus ojos, el semáforo cambió a verde y el pie derecho se hundió en el acelerador.

 

 Por: Gladys