3 de Diciembre, 2006, 19:12: SelváticaGeneral

Cuento ganador


Se acabó noviembre, atrás dejamos a los espíritus de los difuntos.
El jurado, constituido por miembros del más allá, declara ganador, por su belleza, estilo y elegancia..."A la luz de la luna en un cementerio" Por la señorita Gladys Fuentes...
Por favor, pásese por la administración del concurso a recoger su "espíritu de
oro" . La dirección en el cementerio de su localidad cualquier dia a las
24.00hras.

3 de Diciembre, 2006, 18:49: Amelia RuizGeneral

Sin Título

Todas las mañanas se cruzaba con él en un cruce de una de las calles principales por las que pasaba para acudir a su trabajo. Cuando se detenía ante el semáforo, como sus caminos eran opuestos, se permitía observarlo durante el tiempo en que la luz roja impedía el paso a los que se encontraban a ambos lados de la carretera.

Él también se había fijado en ella. El juego de mantener sus miradas se mantuvo durante varios meses. A ella le gustaba el aspecto juvenil y deportivo que tenía aunque a veces le desconcertaba su conducta, pues solía con mucha frecuencia cruzar con la luz roja, sorteando los coches, corriendo ante los gritos y bocinazos que los conductores le dirigían con indignación. Entonces ella procuraba mirar para otra parte. En otras ocasiones él se quedaba quieto, mientras todos cruzaban con la premura que la luz verde les exigía, entonces él le sonreía y ella le devolvía con timidez el saludo. Sabía que no tardaría en dirigirse a ella y por fin una mañana de primavera él corrió más que nunca, desafiando el tráfico y ella no pudo reprimir un grito: ¡Estas loco! – le dijo y él sin dejar de sonreír le contestó – Si, estoy loco por ti.

Aquello fue el comienzo de una bonita y a veces alocada amistad. Ahora él la esperaba en la esquina de su casa y la acompañaba hasta la puerta del trabajo. Al llegar al semáforo, ella le sujetaba fuertemente la mano para impedirle su tendencia a desafiar las normas de tráfico y el le devolvía el apretón con un gesto de complicidad. Cuando cruzaban él la arrastraba corriendo y al llegar a la acera contraria invariablemente la rodeaba con su brazo y acercando su cara le plantaba un rápido beso sin dejar de reír y de sentirse pleno de vitalidad.

Así era él, alegre, cariñoso y con esa pizca de locura infantil que a ella a ratos le encantaba y a ratos la desconcertaba. Ella por el contrario era una persona muy recta en su proceder, casi convencional, pero con un punto de romanticismo que se adaptaba perfectamente a aquel muchacho de comportamiento tan atolondrado. La solía sorprender con pequeños detalles que iban derribando poco a poco las ya escasas prevenciones que ella mantenía ante la perspectiva de una relación más seria. Unas veces aparecía con un ramo de flores de papel que él mismo había elaborado la noche anterior, otras con un libro de poesías, una invitación al cine o a un espectáculo teatral.

Las manifestaciones de cariño eran cada vez más numerosas e íntimas y aunque ambos pensaron que  las cosas habían ocurrido de manera espontánea, lo cierto es que  llevaban esperando la ocasión con varios días de antelación. Fue ella la que dio el primer paso, cuando al despedirse una noche tras una velada romántica en un bonito restaurante, ella retuvo su mano y le miró en silencio. No fueron necesarias las palabras, corrieron como niños, saltándose todos los semáforos y riéndose ante la expectación que su comportamiento despertaba en los escasos transeúntes con los que se cruzaban a aquellas horas. Al llegar a la casa y mientras él elegía un disco, ella lo sorprendió cuando al darse la vuelta comprobó que se había despojado de su falda y su blusa. Era preciosa, tenía un cuerpo fresco y sinuoso que envolvía con un minúsculo conjunto de lencería roja que ella con evidente coquetería consideraba el máximo de la picardía.

Él la miró conteniendo el aliento. Acercándose a ella, rodeó su cintura con sus brazos y escondió su rostro en la rubia cabellera de su amada. Aspirando el aroma de su pelo y saboreando el momento de ternura susurró:

 

-          Mi loca transeúnte, solo tú podías lucir ese bonito conjunto de bragas y sujetador del mismo color que tus ojos.

 

Entonces ella sin poder contenerse rompió a reír,soltándose del abrazo para dar rienda suelta a sus carcajadas ante la perplejidad de su pareja que cada vez se sentía más confuso. Lágrimas de risa brotaban de sus verdes ojos. Desde entonces, cada vez que tenía que detenerse ante la luz roja de un semáforo, no podía impedir que una sonrisa se escapara de su rostro.    

 

Por: Amelia Ruiz

3 de Diciembre, 2006, 18:32: Daniel ValeroUn libro para ti

http://img225.imageshack.us/img225/2114/tedpreuss8gx.jpg

TÍTULO: Señora de la miel

AUTOR: Fanny Buitrago

GENERO: Ficción

 

 

 

UNA TAN MUJER TAN DULCE COMO LA MIEL

 

Hay que tener en cuenta que para estar vivos se deben mantener unos niveles demasiado altos de deseo y sensibilidad, el poder aproximarse a otro cuerpo nos da la certeza de que el calor que emanamos los humanos es una de las pruebas que más deseamos conocer desde que comenzamos a desarrollar nuestra conciencia.

La proximidad de los cuerpos, independientemente del sexo o de cómo cada quien lo quiera disfrutar, es inmiscuirse en un viaje por la magnificencia de la piel, es poder desarmar poco a poco cada parte del rompecabezas que es la sensualidad.

El indescriptible paraíso al que somos transportados al sentir el suave aliento de quien nos presta su cuerpo para disfrutarlo, el rose de las caricias delineando la figura que Dios quiso fuera humana, la textura del romance, de una noche o de varias, desfogando la llama interior de las pasiones y el fuego perpetuo que existe al hacerse uno con el otro, son las posibilidades que nos brinda el dejarnos sorprender por el placer.

Los límites siempre se trasgreden en ese, corto o largo, momento que logramos compartir, sudar, llorar, gemir, despertar, en fin, disfrutar con quien ha dejado de lado sus ropas para prestarse y entregarse a los interminables juegos de la carne.

El dulce, durante el trasegar del erotismo en el mundo, ha marcado una parte importante del preludio a la entrega total al otro; poder esparcir la miel o el vino sobre la piel de una pareja, recorrer el camino que nos demarca con la punta de la lengua hasta encontrar su principio o su final, siempre logra erizar la piel y hacer que todos los órganos que conforman el cuerpo humano reaccionen placenteramente ante tal corrientazo de lujuria.

Teodora es una mujer que puede conseguir ser deseada gracias a las travesuras que permite le hagan mientras prepara sus platos, y, claro está, también desea la carnalidad y fuego que esconden las prendas con las que viste Galaor Ucrós, confiado a sus cuidados por encargo pero jamás advertida de que podía ser envuelta por el delirio de sentirse atraída sexualmente por un hombre.

Las delicias que pueden causar los juegos de la carne no siempre vienen solas, pueden ser acompañadas por ese otro genial ingrediente que permite más llevadera la vida, e incluso, disfrutar más la cercanía del otro, el humor.

La vida de Teodora es narrada de una forma cómica que nos permite reír ante la tragedia de que una mujer tan inocente, sensual y caritativa, caiga en los oscuros deseos de un hombre que no quiere su cuerpo sino su dinero, mientras otro fiel acompañante, el doctor Amiel, se contenta con los pocos roces que consigue al acompañarla en los momentos de creación y expresión de una culinaria cargada de ardor y pasión, no solo por los ingredientes que utilizan, sino por las texturas y formas que logran para sus comidas.

Nuestro Caribe colombiano ha sido caracterizado, no solo en la literatura sino en la realidad misma, como un punto perfecto para la entrega a los delirios que siempre sufre la piel al sentir al deseo de visita en el cuerpo que recubre, y, por ende, sus habitantes han sido catalogados como unos y unas excelentes amantes y, por supuesto, admiradores de la belleza y de la variedad de cuerpos en que la puedan encontrar.

 

La mujer inocente nunca es ajena al deseo y mucho menos al deleite del cuerpo, y esto se refleja totalmente en Teodora (¿será ese personaje que siempre quiso recrear Fanny Buitrago para exorcizar el demonio de la entrega mal correspondida?), una mujer que independientemente a su forma de vida, a sus sueños y a su forma de crianza no deja de lado las señales que el cuerpo envía cuando quiere conseguir, o mejor, disfrutar de otro cuerpo y convertirse en uno con la piel de quien logre leer esas señales.

Si a mí me lo preguntan, no dejaría de lado este tipo de códigos con los que podemos comunicarnos de una forma diferente en el ejercicio intersubjetivo de compartir el mundo con más gente. Soy un convencido de la forma de belleza que tanto predicaba Oscar Wilde, aunque no me niego a disfrutar otro estilo cuando éste me atrae, pienso que la mujer también es un ser humano propositivo y que puede llevar perfecta y pasionalmente la batuta del deseo físico y sentimental, independientemente de sea bien o mal correspondida (este es un riesgo que corremos tanto ellas como nosotros), es más, muchas veces es mejor la guía femenina para alcanzar el tan anhelado clímax, el mismo que siempre queremos disfrutar cuando nos entregamos a la fascinación proveniente de la unión de los cuerpos.

Formalmente estoy convencido que la mejor fórmula de vida se encuentra en el placer que se logra alcanzar al encontrar un espíritu dispuesto a jugárselo todo, con tal de volar mil veces al cielo del deseo y regresar dispuestos a más cuando volvemos a ese momento realmente íntimo de sentir la cercanía del otro por medio de una caricia suave y placentera y de un sonoro roce de su aliento.

Que bueno es encontrar líneas de la literatura que aún tratan y cautivan con este tipo de temas, sobre todo cuando son expresadas desde el punto de vista de una mujer, así Juan Rulfo alguna vez haya dicho que ‘Fanny Buitrago era la mejor escritora latinoamericana porque escribía como un hombre’.

 

Por: Daniel Valero