Sin Título

Todas las mañanas se cruzaba con él en un cruce de una de las calles principales por las que pasaba para acudir a su trabajo. Cuando se detenía ante el semáforo, como sus caminos eran opuestos, se permitía observarlo durante el tiempo en que la luz roja impedía el paso a los que se encontraban a ambos lados de la carretera.

Él también se había fijado en ella. El juego de mantener sus miradas se mantuvo durante varios meses. A ella le gustaba el aspecto juvenil y deportivo que tenía aunque a veces le desconcertaba su conducta, pues solía con mucha frecuencia cruzar con la luz roja, sorteando los coches, corriendo ante los gritos y bocinazos que los conductores le dirigían con indignación. Entonces ella procuraba mirar para otra parte. En otras ocasiones él se quedaba quieto, mientras todos cruzaban con la premura que la luz verde les exigía, entonces él le sonreía y ella le devolvía con timidez el saludo. Sabía que no tardaría en dirigirse a ella y por fin una mañana de primavera él corrió más que nunca, desafiando el tráfico y ella no pudo reprimir un grito: ¡Estas loco! – le dijo y él sin dejar de sonreír le contestó – Si, estoy loco por ti.

Aquello fue el comienzo de una bonita y a veces alocada amistad. Ahora él la esperaba en la esquina de su casa y la acompañaba hasta la puerta del trabajo. Al llegar al semáforo, ella le sujetaba fuertemente la mano para impedirle su tendencia a desafiar las normas de tráfico y el le devolvía el apretón con un gesto de complicidad. Cuando cruzaban él la arrastraba corriendo y al llegar a la acera contraria invariablemente la rodeaba con su brazo y acercando su cara le plantaba un rápido beso sin dejar de reír y de sentirse pleno de vitalidad.

Así era él, alegre, cariñoso y con esa pizca de locura infantil que a ella a ratos le encantaba y a ratos la desconcertaba. Ella por el contrario era una persona muy recta en su proceder, casi convencional, pero con un punto de romanticismo que se adaptaba perfectamente a aquel muchacho de comportamiento tan atolondrado. La solía sorprender con pequeños detalles que iban derribando poco a poco las ya escasas prevenciones que ella mantenía ante la perspectiva de una relación más seria. Unas veces aparecía con un ramo de flores de papel que él mismo había elaborado la noche anterior, otras con un libro de poesías, una invitación al cine o a un espectáculo teatral.

Las manifestaciones de cariño eran cada vez más numerosas e íntimas y aunque ambos pensaron que  las cosas habían ocurrido de manera espontánea, lo cierto es que  llevaban esperando la ocasión con varios días de antelación. Fue ella la que dio el primer paso, cuando al despedirse una noche tras una velada romántica en un bonito restaurante, ella retuvo su mano y le miró en silencio. No fueron necesarias las palabras, corrieron como niños, saltándose todos los semáforos y riéndose ante la expectación que su comportamiento despertaba en los escasos transeúntes con los que se cruzaban a aquellas horas. Al llegar a la casa y mientras él elegía un disco, ella lo sorprendió cuando al darse la vuelta comprobó que se había despojado de su falda y su blusa. Era preciosa, tenía un cuerpo fresco y sinuoso que envolvía con un minúsculo conjunto de lencería roja que ella con evidente coquetería consideraba el máximo de la picardía.

Él la miró conteniendo el aliento. Acercándose a ella, rodeó su cintura con sus brazos y escondió su rostro en la rubia cabellera de su amada. Aspirando el aroma de su pelo y saboreando el momento de ternura susurró:

 

-          Mi loca transeúnte, solo tú podías lucir ese bonito conjunto de bragas y sujetador del mismo color que tus ojos.

 

Entonces ella sin poder contenerse rompió a reír,soltándose del abrazo para dar rienda suelta a sus carcajadas ante la perplejidad de su pareja que cada vez se sentía más confuso. Lágrimas de risa brotaban de sus verdes ojos. Desde entonces, cada vez que tenía que detenerse ante la luz roja de un semáforo, no podía impedir que una sonrisa se escapara de su rostro.    

 

Por: Amelia Ruiz