El botón

 

En la esquina frente a la escuela, el semáforo exhibe los primeros embates de la tecnología: un botón que, al presionarlo, supuestamente acelera la puesta en rojo.

Para la niña es toda una novedad, y lo presiona una y otra vez, aunque no aparente hacer mucha diferencia. Es una niña de ojos brillantes, pero tan delgada que apenas puede con su mochila llena de libros. Oprime el botón ansiosa por volver a casa a jugar con sus amigos imaginarios. De los otros no tiene, pero no le importa, puede inventarlos.

Un poco descolorido, el botón es presionado por una adolescente de ojos tristes, que apenas puede con su bolso repleto de batallas. Lo oprime sin muchas ganas, preferiría quedarse en la escuela, pero tiene que volver al infierno que alguna vez llamó hogar para seguir con su lucha. Sabe que ganará, es valiente, está en lo justo y con eso basta.

Una joven de ojos soñadores pasa por la esquina de su vieja escuela, contiene un suspiro nostálgico al verla, pero no se detiene y presiona apurada el botón agrietado, está ansiosa por recuperar el tiempo. Lleva la cartera atestada de proyectos, no presta atención al cansancio de su ser prematuramente desgastado, tiene mucho qué hacer, toda una vida la espera para ser exprimida al máximo. Su férrea voluntad le garantiza un fulgurante futuro redentor.

Una mujer de ojos huecos como agujeros arrastra sus huesos agotados frente a la escuela. No tiene edad, su paso de anciana desentona con su piel sin arrugas, y las cicatrices están bien ocultas bajo ropas que no renueva desde hace una década. Sólo quien la hubiera conocido desde antes notaría que su melena de león fue reemplazada por unos pocos pelos ralos, pero no hay nadie. Levanta la vista hacia la escuela, y los agujeros parecen cobrar vida por un instante, pero enseguida vuelven a apagarse, apenas puede recordar sus días allí, ya no se reconoce en ese despojo dolorido y bamboleante. Lleva las manos tan vacías como el alma.

Al llegar a la esquina, ve la marca en el poste desnudo del semáforo: el botón ya no está. Todo fue un engaño, siempre lo fue.

Por:NOFRET