AY EL AMOR

 

¡Maldita paloma de mierda! Exclamó Sonia frenando bruscamente mientras el corazón parecía desbocarse en su pecho. Todo sucedió al mismo tiempo: el cambio de luz en el semáforo, la paloma que se estrella contra el cristal, el pie en el freno y la mordida de su lengua.

Trata de calmarse y respira hondo mientas ve como la paloma vuela en círculos alrededor de su vehículo y no se sabe de donde aparece el palomo siguiendo con su vuelo la huella de la hembra. Ya ondean sobre el poste del semáforo, se alejan, se acercan, se toquetean, los picos se enredan y Sonia sonríe. Desde niña ha sido demasiado sensible al amor, su piel en los brazos se eriza, el corazón, ya en calma, ahora se reblandece como una gelatina y los ojos se le llenan de lágrimas.

Imagina que un ojo redondo la mira desde su mundo alado, que una delicada pluma roza su cuello mientras va devorando la distancia, ya huele a amor, en el aire se siente; entonces el cuerpo se despierta, una sonrisa se dibuja en el universo, el cerebro deja de funcionar para dar paso a la piel alerta, para dejarla que hable, que sienta y entonces ya no importa que sea un ojo redondo mirando desde un lado, ¡qué va! Lo esencial es sentir, dejar que sus cuerpos se acoplen, que se suelten las riendas de las buenas maneras, y que el sexo dirija sus destinos, que el mundo entero participe en esa orgía, teniendo como escenario el cielo azul, copular en lo alto del mundo sin complejos… Pero su cerebro, terco e insensible va formando palabras que como enormes avisos de neón le dice: ratas voladoras, ratas voladoras, ratas voladoras, ratas volador…

La luz cambia y Sonia se seca los ojos.

Por: Gladys