LA MUJER
DE LA ORQUIDEA
A los veinte. Con su orquídea en el pecho. Continúa
de pie sin importarle que el cielo se esté despedazando a goterones despiadados,
que los carros pasen a su lado proporcionándole un segundo baño de agua
enlodada, que las varillas de los paraguas de los transeúntes choquen con su
mísera existencia, ella se ha rendido a ese destino y lo cumple rigurosamente
cada mañana hasta el anochecer.
A los treinta. La orquídea es roja y la lleva
en el sombrero. Ella tiene esas cosas, a veces se la pone en el pecho, otras en
el cuello y otras en la cabeza, ahí está viendo como los autos se deslizan
a mi lado, unos se detienen, otros avanzan,
los peatones giran, hablan, pelean, esperan a que la luz cambie y ella no se da
cuenta o finge no hacerlo.
A los cuarenta; ya no recuerdo los años que lleva
cumpliendo esta cita absurda, ni las orquídeas que se ha puesto. Mis tres ojos
han visto cambiar sus facciones, apenas la recuerdo con su cara linda, lisa y
firme de la primera vez, pero con la mirada terriblemente triste, una mirada
que se anegaba en lágrimas a cada segundo… y yo creía que era la polución. Al
poco tiempo sus cabellos se fueron destiñendo, la piel empezó a agrandarse
hasta que le quedó floja y le sobra por todas partes. Sus piernas perdieron
seguridad y ahora, cada vez más seguido tiene que aferrarse a mi cuerpo para no
caer, sobre todo en las horas del atardecer.
A los cincuenta; delante de todo el mundo, pero
nadie sabe de ella, ni siquiera yo, que nací para vigilar la fluidez del
tráfico.
¿Quién sabe entonces dónde lleva su cuerpo a
dormir? ¿Dónde cabalgan sus sueños libres? si aún tiene.
Qué voluntad infranqueable domina a algunas
mujeres para obligarlas a continuar con su triste destino hasta agotar la vida.
Pero hoy ya no vino. En cambio un cortejo
fúnebre se ha detenido ante mí y me han dejado una corona de orquídeas rojas.
Por: Gladys