... se amanece lánguida, triste. Se siente una corriente cálida, que a veces hierbe, recorre las venas buscando el frescor del amor.

No hay nadie a quien amar... personalmente, particularmente, egoístamente, ávidamente.

En estos días todo es globalización, se desean felicidades al taxista, que no conocemos de nada; a la vecina, que vemos de vez en cuando; a las personas que nos encontramos en los pasillos, en las oficinas públicas, en los bancos, en los almacenes...

Somos una fuente de buenos, deseos pero en el fondo estamos solos, aterradoramente vacios en el estrecho límite de nuestro cuarto, la cama se nos queda inmensa, las paredes nos contemplan burlonas y queremos morir.

Como quisiéramos  hablar de esto con alguien, con la seguridad de que no nos llamen tontos... o mejor, no tener necesidad de hacerlo; es en ese momento cuando se nos revela la hipocresia que llevamos dentro, nos odiamos más que de costumbre, todo por estas fechas.

Pero la noche llega y la vida pasa ante nuestra ventana.

Por: Ágata