¡ME MIRA! ¿ME MIRA?

Ya se puso en rojo. No alcanzo a pasar. Ojos en el retrovisor. Ojos que se deslumbran. Boca que sonríe. Cerebro que se dispara.

¿Y si fingiera que se me averió el auto? ¿Si abriera la puerta, caminara hasta él y le diera un beso?

¡Me mira!

¡Me sonríe!

Me envía mensajes con todo su cuerpo, me desea, eso se nota en la curvatura de sus labios, en la dirección que toman sus ojos como hablando bajito, como reservando la intimidad para nosotros dos.

¿Qué hacer?

Ahora el semáforo cambiará y los autos se alinearán a nuestra derecha o izquierda, me adelantará o lo adelantaré y no seremos más que dos personajes en una autopista como en un cuento de Cortázar.

O tal vez no. Tal vez pasará algo, se detendrá el tiempo. El universo se paralizará nos quedaremos congelados en este instante. Pero si nos quedamos congelados no podremos hablarnos, besarnos, tocarnos… no, debe haber un tercer tiempo, un no pasado y no futuro en el que podamos amarnos. Si no, entonces para qué el destino lo trajo a esta autopista, el tráfico lo colocó justo detrás de mi auto. Tiene que ser por algo, tiene que ser una señal, un aviso divino, algo importante que está fuera de nuestro limitado alcance humano. ¿Y si no es? Tendría que reprocharle a mi madre la educación que me dio, demandar a mis profesores, solicitar indemnizaciones a los escritores que llenaron mi cabeza de mariposas, a los poetas que me insinuaron que otro mundo es posible.

No es verdad. Otro mundo no existe. Ojos que se cierran. Párpados que se aprietan. Manos sudorosas que se aferran al volante.

Y cuando abre los ojos, el auto ya no está, el hombre no está, ni siquiera existe atasco pues el semáforo sigue en verde y ella va a ciento noventa por la autopista.

Por: Gladys