A continuación y para cerrar

nuestra programación del año, tenemos el honor de publicar

el cuento ganador del concurso de cuentos de Navidad

organizado por La Bella Varsovia,

agrupación cultural muy activa de Córdoba - España

Diciembre de 2006.

NEGRA, NEGRA NAVIDAD

 

            Aquél año no me enteré de la llegada de la Navidad hasta que cierto tipo achaparrado llegó a mi casa, a mediados de Diciembre, para hacerme entrega del regalo de mi tío muerto. Ahora, cuando pienso en ello, me sorprende no haber reparado antes en estas fiestas.

            Y me sorprende porque recuerdo que precisamente ese año al Ayuntamiento le había dado por colgar, desde mi ventana hasta la de los vecinos de enfrente, uno de esos alumbrados de alambre que cruzan las calles. Yo ni me enteré, la verdad; sólo me sobresalté un poco una noche en la que me sorprendió ver de repente un haz luminoso y amarillo que provenía del exterior. Era el encendido de las bombillas. Y no unas bombillas cualquiera, nada que ver con esas que ponen ahora de bajo consumo que apenas brillan, apagaditas como velas. No señor; las mías eran de las que cada vez que se encienden producen la subida de las acciones de las eléctricas y la desaparición de dos o tres ballenas. Porque en mi barrio siempre han pensado que mariconadas las justas. Y así, desde aquella noche, al menos supe que algo se andaba cociendo por ahí. Pero juro que se me había olvidado que en Diciembre se celebra la Navidad hasta que apareció aquél tipo.

            Vestía de negro. Era calvo, aunque eso sólo lo supe cuando le invité a entrar en casa y se quitó el sombrero, porque llevaba hasta sombrero, de esos hongos y pequeños, como él mismo. Aún siendo corto de estatura su cuerpo resultaba ancho, con un cuello grueso de buey. La piel parecía tenerla teñida por una finísima capa de ceniza y dos bolsas marrones colgaban bajo sus ojos, oscuros también. Cuando llamó a la puerta y se presentó como agente de Seguros Ocaso pensé que había personas que nacían predestinadas para ciertos empleos.

            -¿Ya me toca pagar la cuota? –pregunté inocente. El tipo titubeó un poco y, sin mirarme directamente a la cara, me aseguró que sí.

            -¿Puedo entrar? –dijo con, quizás, cierta premura. Vi que echaba mano de una raída carpetita de cartón azul y sacaba una pluma de su bolsillo derecho. El abrigo largo, que le llegaba por debajo de las rodillas, revoleteaba sin parar-. Es que tendría usted que firmarme... porque usted es Doña...

            -Sí, sí –dije yo rápidamente al oír mi nombre-. Pase usted, será un momento.

            Le introduje con cierta educación hasta mi saloncito y le invité a tomar asiento. Lo hizo, juntando las piernas como expectante. Yo me quedé mirándolo de pie.

            -Me tiene que dar un recibo, ¿no?

            El tipo aquél abrió los ojos de forma desmesurada.

            -¿Tendría un café? –dio por respuesta.

            -Pues... –comencé a murmurar, buscando tiempo para intentar comprender qué coño hacía un desconocido fofo y ojeroso sentado en mi salón pidiéndome café.

            -Una tacita nada más. Es que le he mentido, no soy del Ocaso y necesito un café.

            -¿Cómo? ¿Qué no es usted...? –pero el tipo no me dejó seguir.

            -No –respondió con un extraño aplomo-. No trabajo para ninguna casa de seguros.

            -¿Y qué hace usted aquí? ¿Qué quiere? Es más, ¿cómo narices sabe que yo tengo el Ocaso?–estallé.

            -Ah, pero ¿hay otras aseguradoras?

            -Joder, joder, Santa Lucía, por ejemplo.

            -¡Es verdad! –dijo el tipo, dándose una palmada en la frente-, no había caído. Qué suerte, acerté a la primera.

            -Bueno, ¡ya está bien! –estallé yo por segunda vez-. Quién es usted y qué quiere. O mejor, lárguese de aquí o le atizo con algo.

            -No se enfade, se lo pido por favor –dijo, perdiendo parte de su recién adquirido optimismo-. He venido para hacerle entrega de un regalo.

            Comencé a considerar seriamente que, si en algún lugar de mi ser había un colmo, una frontera, ésta estaba a punto de ser rebasada. Apreté tanto los dientes que éstos comenzaron a rechinar. Realmente estaba muy enfadada... lo que ocurre es que una ve a diario la tele y sabe que hay mucho loco suelto. Y los locos suelen ser peligrosos. Así que pensé de repente que quizás el hombre que tenía en mi salón guardaba uno de esos cuchillos grandes de carnicero atado a la cintura con una cuerda, como el destripador de Alcorcón, y mi ira fue cediendo para dar paso a un mitigado temor. Preferí ser prudente.

            -Vaya –comenté-. No me diga, un regalo. ¿Y su nombre me dijo que era...?

            -Albricio. Pero eso no importa. ¡Mire! –me dijo, abriendo mucho los ojos- aquí está el regalo-. En ese momento introdujo su manaza bajo el abrigo y mis piernas comenzaron a flaquear. Pero lo que vio la luz de mi salón no fue ningún cuchillo jamonero, sino un paquete envuelto en el basto papel que se utiliza en las pescaderías. Lo depositó con reverencial cuidado en la mesita. “Es de su tío”, dijo con una sonrisa.

            -De mi tío.

            -Sí, de su tío Godofredo.

            Miré el paquete, miré al tipo y me mordí el labio de abajo.

            -Mi tío Godofredo lleva muerto veinte años. No ha podido regalarme nada –aduje sombría.

            -Claro que sí, lleva veinte años ahorrando para hacerle este regalo. Le quería mucho a usted, nunca la ha olvidado, veinte años ahorrando, qué barbaridad. Es que los muertos cobramos muy poco, yo no habría sido capaz, desde luego.

            -¿Los muertos...? –tartamudeé yo.

            -Sí, sí, los muertos no hacemos nada más que trabajar por una miseria. Trabajar y trabajar, ese es nuestro pan de cada día. Porque no descansamos ni los domingos. ¡Ah! –exclamó, y sus ojos tomaron una expresión soñadora- ¡aproveche usted! –me dijo-. Aproveche ahora, que está viva. Cuando se muera no va a parar.

            -Pero me está diciendo que está usted muerto –volví a repetir. Más el tipo seguía con su cháchara.

            -¡Qué envidia la vida que llevan ustedes! –decía-. ¡Quién estuviera vivo de nuevo, así cualquiera! Jornadas de 8 horas, descansos de fin de semana... claro, es lo que tiene el estar sindicado. Porque nosotros... algunos, los más desfavorecidos, desde luego, pasan hasta hambre. Y porque no nos dejan, que si no ya estaríamos todos aquí; pero vivimos en un mundo de fronteras, qué le vamos a hacer. Algunos ilegales tienen ustedes, creo que los llaman fantasmas. Ya sé que son gente problemática, no se adaptan, no. Pero yo siempre abogué por la multiculturalidad.

            -¿Y de qué conoce usted a mi tío Godofredo? –tartamudée, aturdida por la palabrería de mi invitado-. Y ya de paso que hace aquí, ¿es usted también un fantasm... digo, un ilegal?

            -No, no, yo trabajo en esto. Soy recadero intermundial. Paso de un mundo a otro para llevar recados, paquetetes, ya sabe. Las mercancías sí son libres, siempre lo han sido. Pero no tienen patas.

            -Ajá –musité; y la verdad es que no se me ocurría otra cosa qué decir. Todo mi pensamiento era, en esos instantes, una sucesión de “ajás” interminables... hasta que finalmente opté por articular algo más, cualquier cosa.

            -¿Y el subterfugio este de hacerse pasar por un agente del Ocaso? –pregunté como embotada.

            -Es que verá –respondió solícito-, yo entiendo que de estas cosas no se habla, que mi trabajo es muy desconocido y puede desconcertar al principio. Por eso voy de mentirijillas por ahí. Digo “vengo por tal cosa” y la gente me abre la puerta. Aunque... si fuera un ladrón o un asesino utilizaría la misma estrategia, qué gracioso, lo mismo la asusté a usted.

            -Pero no lo es.

            -¿El qué?

            -Un ladrón, o un asesino.

            El tipo sonrió y dejó entrever unos dientes podridos, casi de madera.

            -No, ya no.

            Finalmente logré desembarazarme de él; mientras salía a empollones empujado por mí y reclamando su taza de café, logré hacerle entender que su visita me había sido muy agradable pero que el tiempo, incluso para los vivos, también es a veces escaso.

            -Espere, espere –protestaba-, déjeme ver al menos el regalo... ni se imagina lo que me ha costado encontrarla, la de tiempo que he llevado ese paquete esmeradamente envuelto pegado a mi, con la continua tentación de desenvolverlo...

            -Nada, no puede ser, va a empezar ya mismo McGuiver en Cuatro y no me lo puedo perder.

            -Pero... ¿y el café?

            -Sólo bebo Cola Cao, lo siento.

            Y se fue, milagrosamente.

            Hubo un momento de sepulcral silencio. Tras la berborrea de mi increíble invitado sólo quedaba un paquete envuelto en papel de estraza sobre mi mesa. Estaba allí y parecía como si me mirara con pena. Me acerqué cuidadosamente a él. Iba a cogerlo pero me lo pensé mejor y me senté frente a la mesa sin quitarle ojo. Toda aquella historia de muertos, visitas y seguros Ocaso aún formaban un torbellino en mi mente que me hacían sentir turbada. Pero sin más dilación, y pensando en McGuiver, que estaría a punto de comenzar, alargué la mano y lo cogí. Comprobé que no pesaba mucho; con destreza y algo de nerviosismo deslié el basto papel gris y abrí el paquete. Ante mí apareció un par de zapatos negros, acharolados, brillantes como la mismísima plata bruñida y con dos pequeños tacones remachados en terciopelo. Sin duda, el sueño de cualquier niña preadolescente de trece años. Con abatimiento coloqué el zapato derecho bajo la planta de mi pié y comprobé, por si acaso, que me sobraban los dedos. Mi tío Godofredo, cómo no, veinte años ahorrando para esto. Suspiré, los eché a un lado y ya me disponía a encender el televisor cuando vi brillar algo más en el fondo del paquete. Asomé la nariz y me di cuenta de lo que era: una postalita horrorosamente hortera en la que, con purpurina y lentejas, se había escrito un torcido “Feliz Navidad”.

            -¡Hostias! –exclamé sin poder reprimirlo- ¡que ya es Navidad!

 

 

Rafael P. Calmaestra