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Febrero del 2007
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Publicado el 27 de Febrero, 2007, 15:27.
en Un libro para ti.
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 En un recipiente ponemos la cultura milenaria del lejano oriente, luego agregamos una porción de esencia de la cultura occidental. Agitamos fuertemente y ¿qué resulta? Nada más y nada menos que una literatura inteligente, pausada, profunda por momentos pero que sabe elevarse de vez en cuando para dejarnos respirar. Así es la producción de Kazuo Ishiguro, un escritor nacido en Nagasaki pero residente en Inglaterra desde la infancia, y es esa literatura de la cotidianidad más profunda la que lo ha colocado en un lugar privilegiado del mundo literario obteniendo premios tan importantes como el Whitebread, el Winifred Holtby Memorial y el Booker en Gran Bretaña.
Entre sus novelas más conocidas tenemos Pálida luz en las colinas, Un artista del mundo flotante y Los restos del día. Y es precisamente de esta última de la que quiero darles algunas pinceladas a los amigos blogueros de caelanoche. Los restos del día es una novela protagonizada por un mayordomo, quien después de trabajar 35 años para un Lord Inglés se enfrenta a un nuevo patrón, un ciudadano norteaméricano, quien le da unos días de vacaciones y durante los cuales, nuestro mayordomo emprende un viaje en coche por los paisajes nunca contemplados de Inglaterra. En este viaje los recuerdos inundan su memoria, los personajes a la vera del camino le ayudan a armar en su puzzle cerebral algo que nadie puede definir exactamente pero que intuye, es la dignidad. Los restos del día es una novela cotidiana, tranquila, en la que las palabras van formando un claroscuro entre diversión y tristeza que va penetrando en nuestras conciencias. Por: Ágata
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Publicado el 27 de Febrero, 2007, 15:17.
en General.
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Cupido apoyó su arco contra la columna con
desaliento, se sentía extenuado, sin aliento para seguir, sintiendo cada vez
con mayor fuerza una lasitud insoportable en todo su cuerpo mientras se apoyaba
él también contra la fría superficie de mármol.
Sintió un agradable frescor muy cerca de
sus alas, luego fue pegando el resto de su cuerpo para finalmente dejarse escurrir,
pensando sólo en yacer ahí por toda la eternidad.
Al contacto de su cuerpo con el frío mármol
del piso, los músculos se relajaron,
involuntariamente las piernas se extendieron y los brazos se abrieron en cruz
para absorber toda la humedad de que fuera capaz. Su mente quedó igualmente
suspendida en un territorio helado, donde montañas y montañas de nieve impedían
ver el universo pero le daban una sensación de seguridad que hacía tiempo no
sentía. Y así, en medio de la nada, no
era consciente de las consecuencias que traería para la humanidad su actitud,
por primera vez en su vida había logrado no pensar, no ser, no sentir y era
maravilloso, sin embargo, algo en su interior iba cobrando fuerza, era como un
hilito de luz que empezó a retorcerse en su vientre y que poco a poco iba
avanzando rebelándose como una gran luminosidad que empezaba a calentarle todos
los órganos interiores, hasta aquellos compartimientos donde guardaba la razón,
la inteligencia, los sentidos, los afectos y las sensaciones hasta que llegó a
su cerebro y éste a su vez impulsó a sus músculos para iniciar la acción.
Inmediatamente su cuerpo despertó, se irguió, tomó su arco, las flechas y
empezó a correr como un desesperado lamentándose de la inutilidad de esos dos
apéndices que llamaban alas, pues en aquellos momentos era como si hubieran
adquirido vida propia y se negaran a participar en aquello que él iba a hacer.
Corrió todo el día y toda la noche,
atravesó desiertos helados, mares embravecidos, ríos caudalosos, escaló las
montañas más altas del universo, perforó las selvas más inexpugnables y estuvo
a punto de acabar asado en el desierto inmenso, pero no se detenía, al
contrario cada vez su urgencia era mayor por llegar, por acometer su tarea, no
se podía permitir el lujo del desfallecimiento, tenía que estar lucido para el
momento culminante, pero este parecía siempre estar a un palmo de sus
regordetas manos. La memoria empezó a fallarle, ya no podía recordar cuanto
tiempo había pasado desde que empezó a correr, pero esa consciencia no lo
detenía, algo en su interior le aseguraba que una vez cumplido el objetivo, se inmovilizaría
espontáneamente, sin embargo el dolor en
su espalda empezaba a ser agudo, los apéndices parecían a punto de quebrarse,
en cualquier momento sus alas se desprenderían del cuerpo, pero no podía hacer
nada, no podía detenerse para examinar el estado en que se hallaban o
asegurarlas de alguna manera; era como si no le importaran.
La veinteava noche ¿o día? notó que su
cuerpo empezaba a correr a un ritmo más lento, sus piernas trazaban un ángulo
un poco más agudo sobre la tierra en que posaba sus pies y la alegría de la
inminencia empezó a invadirlo. Sí, el final se acercaba, por fin acabaría con
todo, sin embargo el paisaje ante sus ojos era confuso; un enorme cráter empezó
a cobrar forma, el resplandor que cubría su parte superior se hacía cada vez
más cercano, pero a medida que sus pies avanzaban, la luz se iba tornando
amarilla, cálida, casi como de fantasía para dejar ver en su centro una gran
bola de fuego.
A su alrededor la tierra aparecía
negra, y a medida que su mirada ascendía,
la negrura inmensa y absoluta derivaba en filosas estalagmitas de ónix. Su
correr se convirtió en un trotecito lento, luego fue haciéndose más pausado
hasta que se dio cuenta de que llevaba ya un buen rato caminando, pero aún sin
detenerse completamente hasta que se encontró frente a frente con una gran
roca, un enorme ídolo de piedra que parecía desafiar todas las leyes del
universo.
Se detuvo a contemplarlo, la nuca le dolía
al esforzarse por descubrir la cabeza de la esfinge pero sólo alcanzaba a
divisar dos enormes agujeros iluminados por una luz naranja, que supuso, eran
los ojos. Sus miradas se encontraron y en ese instante supo lo que tenía que
hacer, tomó su arco, escogió cuidadosamente
sus flechas y apuntó al ídolo sin fijarse mucho en el lugar donde debían
clavarse sus flechas, en eso no pensaba, únicamente sus manos obedecían,
tomaban la flecha y disparaban, luego otra, otra y otra, parecía que tenía un
inmenso arsenal de ellas pues no acababan nunca y el ídolo seguía como si nada,
hasta que alguna de ellas debió acertar en un lugar especifico y empezó a
despedazarse, las rocas saltaban embravecidas y rodaban cuesta abajo, hasta que
la luz se apagó.
Lo que ahora no entiende cupido es por qué
tanta gente viene a verlo ahora que se ha convertido en piedra.
Por: Gladys
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Publicado el 27 de Febrero, 2007, 15:00.
en minirelatos.
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Como siempre,
aparecieron inesperadamente por la entrada sur del pueblo. Su presencia en
aquel pueblo era muy habitual. En sus flamantes superdeportitos: Rey,
Coleccionista, Militar y Hechicero hacían rugir los caballos de sus
prolongaciones fálicas. El pueblo, atontado por el bramido de los motores y
embobado por la apariencia de su artificial personalidad sale enajenado de
emociones contradictorias a las calles, aclamándolos como la verdadera esencia
de su existencia. Amparados por el plan que ha minuciosamente ideado y estructurado en
secreto por ellos, como si se tratara del libreto de una mala obra teatral. El
Ojo Amigo, que todo lo ve se hace eco de tamaña noticia, anunciándolo a los
cuatro vientos. Con gran pompa y boato llegan a la majestuosa sala, desde la
cual, aleccionaran a la muchedumbre que será guiada a conveniencia de sus
propios intereses, siendo totalmente contrarios al bien común.
Al tiempo, una minoría de aguafiestas,
manifiestan su estado de escepticismo, demostrando con hechos que la
destrucción del pueblo es inminente, al tiempo que provocan la ira de la
muchedumbre. “Las grandes ocasiones no se han hecho para ser destrozadas por cuatro
enemigos iletrados del Sistema”, aclama la mayoría. Pero en este caso los
“iletrados”, desgraciadamente llevan la razón. La resaca de esa fiesta, será la
mecha que provoque el estallido del Caos y el desastre.
Por: Jimul
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Publicado el 27 de Febrero, 2007, 14:49.
en Alaprima.
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En la piscina nacen papeles mojados periódicos empapados de noticias. Algo se me perdió ¿Una residencia para mayores? Suplico a una amiga que me ayude a buscar casa. No me oye. Nadie me oye. Llueve. La piscina se desborda, las calles se inundan El movil se fue al fondo Las noticias emergen, las letras se desunen deshaciendo las noticias El agua de la piscina se va por el desagüe con ella las letras.
Por: Selvática
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Publicado el 22 de Febrero, 2007, 10:22.
en Alaprima.
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Sueño Escribí este texto siguiendo una propuesta. Se trataba de
relatar sueños verdaderos desde la visión onírica, es decir, sin intentar
explicar el absurdo.
Espero el micro junto a la ruta, es un día precioso y tengo
mi valija lista: es una canasta de mimbre, con libros de la escuela y frutas.
Ahí viene el micro, enorme, con un cartelito en el frente “Mar del Plata” ¡Qué
alegría! Hace años que no voy al mar. María Elena, mi amiga
de la infancia, está conmigo. Y trajo al nene, le cabe bien en la cartera. Mi
prima Diana también está, no la había visto, la quiero saludar, pero no me
mira. Subimos al micro, me quiero sentar con María Elena, pero
otra mujer se sentó con ella. ¡Carajo! Me siento atrás. -¿Me tenés el nene? Me lo pasa por entre los asientos, es
muy flaquito. Pero tiene un vestidito: es una nena. Me busca el pecho, María
Elena me mira ¡Ay, Dios! Me tapo como puedo, pero este vestido de cuando tenía
nueve años me deja todo al aire. -Creo que tiene hambre- le digo, con una sonrisota culpable,
y se la alcanzo. -Tenélo, si tengo otro. -¡¿Me lo das?! -Sí, nena ¡Si tengo media docena! ¡Me lo regaló! ¡Tengo un bebé! El corazón se me agranda
tanto que se me va a salir del pecho. Ahora sí le puedo dar, ya no queda mal,
soy la madre, pero me parece que no tengo leche. Creo que tengo una mamadera en
la canasta. No, sólo frutas y pescados. Pero no es tan chiquita, ya puede
comer. Le doy una banana. Es un monito. Me empiezo a deprimir ¡Yo quería un
bebé! Pero es una dulzura, y me habla. Lo acuno. Mi prima se sienta al lado
mío. Le muestro mi nena, orgullosa. -¿La viste?- es una nena otra vez, pero está un poco rígida,
tiene las piernas duras. -Yo también quería uno- dice mi prima, y empieza a llorar.
La abrazo. Las dos lloramos. Le doy más banana a mi nena, pero no le puedo abrir la boca.
La acuno. Se le van los ojos para atrás, y se le sale un brazo. Intento
ponérselo de nuevo, no puedo, así que lo guardo en la canasta para
implantárselo, necesitaría hielo para conservarlo. Se le sale la cabeza. Es una
muñeca. El corazón se me vuelve a encoger. La tiro al piso, ahora es un pájaro
muerto, me da un poco de impresión. -Yo tampoco tengo, era una muñeca- intento abrazarme a mi
prima para seguir llorando, pero se levanta y se va para adelante. Se va a
bajar. -¿Adónde vas?- le grito -¿Adónde va a ser?- y me sonríe ¡Entonces es cierto! La
quiero alcanzar, pero tropiezo con la gente que duerme en el pasillo. Se
quejan, protestan. Les digo las peores groserías que se me ocurren, a uno lo
pateo a propósito. Mi prima se baja, le digo al chofer que espere, pero me
insulta y arranca. Me tiro del micro. Se va a toda velocidad, chirriando
¡Carajo! ¡Yo quería ir a Mar del Plata! Pero hay unos nubarrones horribles, así
no vale la pena ir al mar, menos mal que me bajé. Mi prima va muy rápido ¿No me
puede esperar? Se ve que estuvo lloviendo mucho, está todo empantanado. Estos
charquitos son más profundos de lo que parecía, el agua me llega a las
rodillas. Ahora me llega a la cadera, me estoy hundiendo. -¡Dianaaaaaaaa!- mi prima se ríe desde lejos -¡No sé nadar,
tarada!- me da la mano, pero no tiene fuerza, no me puede sacar, mejor salgo
sola ¡Uf! -Vamos por la tierra, yo al agua no me meto más. -¿Vamos a la casa de la tía Mina?- me dice con picardía. -¿Pero la tía Mina todavía vive? -¡No! -¡Jaaaaaaaaa!-nos matamos de risa. Me agarra de la mano.
Vamos a los saltitos. Estoy contenta, aunque el cielo tan gris me oprime un
poco. -¿Y vos?- le pregunto. No me contesta, no sé cómo decirle ¿Y
si no sabe nada? Mira para adelante. Le veo los ojos. Sí sabe. Me quiero
asegurar. Le pregunto más directo: -¿Vos sabés lo que te pasó? -Más vale. -¿Y? -Y ¿qué?- se está enojando, mejor me callo. Veo la casita, vamos corriendo, yo corro más rápido, casi no
toco el suelo. Menos mal, este pantano me da miedo. Golpeo la puerta. Caroline
me abre, veo a Charles sentado a la mesa, fumando una pipa y leyendo el diario.
Laura también está a la mesa y me sonríe. Les digo que me caí al agua. Caroline
me hace entrar, me arropa con una cobija y me acuesta en la cama. Se va para la
cocina, me dejó sola, y me está costando respirar. Me miro el pecho, la carne
se me hunde entre las costillas cuando inspiro. No me quiero morir así ¡No me
quiero asfixiar! Me da pánico. Quiero llamar a Caroline, pero no me sale la voz.
Me arrastro hasta el comedor, pero no me hacen caso. -¿Qué hacés en el piso?- Laura me mira risueña, le causo
gracia. -Laura, ayudáme- me doy cuenta de que no es Laura Ingalls,
es una actriz, son todos actores. Seré tarada. Intento disimular: -Te digo Laura porque no me acuerdo tu nombre... - parece
que estoy mejor, ya respiro bien, aunque tengo un agujero en el pecho, por ahí
me entra el aire. Respiro hondo. La ventana está abierta, y salgo volando. -¡Chaaaaaau!- los saludo, me responden agitando las manos.
Son tan amorosos. Me encanta volar, me dejo llevar por el viento, aleteo para
tomar más velocidad ¡La capilla de mi escuela! Bajo en el medio del patio, la
hermana Dora viene corriendo a recibirme, se le cae el velo, y el pelo le llega
hasta el piso, le arrastra. -¡Recalde!- me dice con cariño. -¡Qué pelo, hermana! -Es que tenemos prohibido cortárnoslo. María Elena está ahí con el nene. Claro, con ella es de
verdad. Le pregunto por mi prima, y me dice que está en el confesionario. Entro
y me siento en el pupitre de al lado. -¿Querés dejarle algo dicho a tu viejo?- le pregunto. Le
haría bien a mi tío, pobre. -¿Viste que era cierto?- me dice. Me siento feliz ¡Era
cierto! La hermana Dora se asoma y me reta con el dedo. -¿Viste que nosotras te decíamos, Recalde? -Sí, hermana- y se me agranda el corazón de nuevo- Le voy a
decir a mi tío, se va a poner tan contento... -¡Qué le vas a decir, si vos también estás muerta, gil!- mi
prima se ríe, como siempre. No sé si creerle. Salgo afuera y levanto vuelo. Sí,
estoy muerta. Floto, aleteo, avanzo a zancadas. Había vida, después de todo. Me
envuelve una sensación de plenitud, me desborda. Ya es de noche, y veo las
luces de la ciudad brillando debajo de mí ¿Y si intento llegar a Mar del Plata?
No, quiero volver a la escuela. Mi vestido flamea con el viento y se me
adhiere, etéreo. Me siento mujer, me siento joven, fuerte. Tengo brazos
poderosos, con cada aletazo avanzo varias cuadras. Soy toda vitalidad, energía
pura. ¿Qué...? ¿Qué es eso....? ¡Bajen ese ruido, me está dejando
sorda! ¡Es un tango a todo volumen! ¡No lo aguanto! ¡Bastaaaaaaaaaa! Le pego
manotazos ¿A qué? Al radio-reloj. Me revuelvo, me tapo con la sábana, quiero
volver, quiero que sea cierto. Quiero que todo sea cierto. Quiero volar. No
puedo. Se me abren los ojos. Carajo. Me desperté.
Por: Nofret
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Publicado el 20 de Febrero, 2007, 15:03.
en minirelatos.
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¿Cuántos
años guardas en tus entrañas?
Qué halito te insufla de amor la existencia y te da el valor de permanecer
inmutable a pesar de los ataques de los remolinos furiosos, de la voraz
curiosidad de los peces carnívoros; de los diluvios ancestrales. ¿Quién iba a
decir que terminarías aterrada temblando en la palma de mi mano? Imagino que
alguien te contó que los humanos tenemos la fea costumbre de destruir lo que
amamos.
Por: Gladys
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Publicado el 18 de Febrero, 2007, 14:14.
en General.
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Hoy no me iré, quizás mañana vaya
El sol no asoma, tan solo se insinúa El estridente gallo anuncia su llegada El pueblo duerme, Álora calla, Mi amor adormecido me retiene
Yo no he nacido aquí, pero instalé mi casa. El mar me espera, no lejos del castillo Antiguo Camposanto en la colina, Silueta triste, mora, cuelga de mi ventana
Tanto pasado, tanta gallardía... El Hado caprichoso me trajo a este paraje Los lunes bulliciosos, el mercadillo avanza Llenan la plaza baja, la de la Despedía,
Los mercaderes, frutas, verduras Zapatos y camisas, algo de artesanía. Yo no escogí el lugar, mas no me siento extraña. Arriba en la colina, en la falda del Hacho Está el colegio, transcurre mi mañana Entre lecciones, libros y pizarras Armada con mi tiza y mi sonrisa. Los ojos de estos niños me retienen, trenzan mi alma. Valle de naranjales y limones Reino del Guadalhorce que agoniza Ebrio el aire de azahar, con los calores Tiñendo el verde campo de cenizas.
Hoy no me iré, quizás mañana vaya... Por: Mª Teresa Cobos 15-2-07
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Publicado el 16 de Febrero, 2007, 10:54.
en General.
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JUAREZ: CIUDAD DEL SILENCIO
Desde hace varios años se tienen noticias de las desapariciones y asesinatos de mujeres en ciudad Juarez, se han publicado reportajes, se ha denunciado, se han hecho amagos de investigaciones que se pierden en los laberintos de esa justicia entre comillas que campea impune por nuestra América Látina, y sin embargo nada pasa. Los asesinatos continuan, las madres siguen con el alma entre los dientes mientras esperan cada día el regreso de sus hijas, y eso las que tienen tal suerte, porque las otras, las que esperan una noche y otra noche, un mes y otro mes, un año y otro año, hasta que de un momento a otro aparecen unas fosas comunes y entonces ya solo piensa en encontrar los huesos de su hija para tener el mísero consuelo de enterrarlos en un lugar donde se pueda arrodillar a llorar su destino, su triste destino.Los demás, los que sabemos qué está pasando en ciudad Juarez nos contentamos con expresar nuestra indignación a sabiendas de la impotencia y la inutilidad de nuestra voz. Algunos llaman a los periodicos, otros envian mensajes a organizaciones internacionales o esperan que alguien famoso hable de ello a ver si le hacen caso. Mientras, las mujeres siguen desapareciendo. Ahora salta a la palestra Jennifer López interpretando el papel de una periodista estadoudinense en la pelicula presentada en la Berlinale: "Ciudad del silencio".¿Pasará algo? ¿Tomará cartas en el asunto la comunidad internacional o preferirá mirar hacía otro lado? Me inclino, con mi pesimismo acostumbrado que pasará esto último, es más fácil girar la cabeza o declarar como dice la misma actriz:- "Yo no sabía nada del caso, nunca había oído hablar de ello, pero al leer el guión vi que debía hacer algo, aportar mi contribución". En qué mundo ha vivido la actriz los últimos diez años, cuando se empezó a tener noticias de la primera desaparición denunciada."Uno no puede quedarse cruzado de brazos y volver a la rutina sin más, había que hablar de ello", hizo hincapié López, principal protagonista de la película incluida en la sección a competición de la Berlinale y por la cual recibió hoy el premio Artistas por los Derechos Humanos, que concede Amnistía Internacional. Espero que su vestido negro con escote trapecio su collar de brillantes, hagan algo más que acaparar los flashes de los fotógrafos enfocados en su cuerpo y los periodistas se animen a enfilar sus cámaras y computadores sobre el árido terreno de las fosas comunes en aquella ciudad del silencio.O dejen sus grabadoras abiertas para escuchar lo que dice su director: "Primero hablaban de trescientas, luego de cuatrocientas, de 450, finalmente sabremos que serán más de 4.000", explicó el director, para añadir que "todo empezó con la entrada en funcionamiento" de las maquiladoras. Las maquiladoras son las factorías de ensamblaje instaladas a lo largo de la frontera mexicana en virtud del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que emplean a gran número de trabajadoras. Desde 1993, cientos de ellas han sido asesinadas y sus cadáveres aparecieron enterrados. Según Nava, el objetivo del film es "denunciar unos crímenes que las autoridades estadounidenses y mexicanas quisieran silenciar" y para los que se han barajado múltiples hipótesis -desde crímenes organizados a asesinatos rituales-, pero hasta ahora no hubo investigaciones a fondo. Nava insistió en que el compromiso con la denuncia de esos crímenes no es únicamente suyo o de su actriz, "aunque sin Jennifer López no habría película", porque su presencia diluyó problemas de financiación. El equipo entero compartió su convicción, "empezando por Antonio", explicó Nava, que además de con el dúo de lujo del actor español Antonio Banderas y la actriz estadounidense llegó a la Berlinale con Maya Zapata, quien interpreta a una muchacha mexicana que sobrevive casi por milagro a una de esas agresiones. También estuvo ahí el bonaerense Juan Diego Botto -a quien corresponde la única escena de amor del film-, la productora Bárbara Martínez Jitner y una de las personas que mejor conocen el caso, Norma Andrade, cuya hija fue asesinada en 2001. Andrade es una de las fundadoras de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, asociación que agrupa a familiares de las víctimas de los asesinatos de Ciudad Juárez y galardonada el pasado enero con el III premio internacional Abogados de Atocha, que otorga el Gobierno de Castilla-La Mancha. "Por favor, no se callen, escriban. Escriban hoy, esta tarde, pero pregunten también en ocho días qué pasa en Ciudad Juárez", clamó Andrade, quien hizo una emotiva denuncia tanto de las amenazas que ella ha sufrido como de los obstáculos interpuestos por las autoridades políticas y judiciales de su país para investigar. "Nuestro único apoyo ha sido la presión internacional", explicó Andrade con lágrimas en los ojos y portando un retrato de su hija Alejandra con la palabra "justicia" escrita en él. "La verdad es mucho más dura que el film", aseguró. Por eso, desde aqui nos unimos a las voces que vienen gritando desde hace casi diez años por las mujeres desaparecidas de Ciudad Juarez.
La Dirección
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Publicado el 14 de Febrero, 2007, 15:04.
en General.
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- Señora, el comedor quedó
listo ¿Se le ofrece algo más?
- No, mija, gracias.
- Entonces hasta mañana.
- Quizás.
La empleada salió sin
escuchar las últimas palabras de la dueña de
casa, tomó su cartera, se alisó con la palma de las manos el cabello ya canoso
y dio un ultimo vistazo a las mejillas en el espejo del pasillo; mientras
manipulaba con la llave en la cerradura, su otra mano hurgaba en el bolso en
busca de esa muestra gratis de perfume que le había regalado la señora Gisela.
Es verdad que ya le quedaba poco, pero esa noche era el cumpleaños de su
patrona y de paso, algo le caería a ella también, a lo mejor este año tenía
suerte y volvía a quedarse con la colección de muestras gratis de perfume que
le daban a la señora en la elegante tienda de cosméticos. – cruzó los dedos en
señal de buena suerte y se encaminó a la parada del bus –.
A
las ocho en punto de la noche el comedor se iluminó y Gisela, que
hacía de anfitriona dio la bienvenida a sus invitados.
- Durante
años – dijo susurrante Gisela a sus hermanos – hemos disfrutado
del placer de nuestras largas y profundas conversaciones, sin embargo esta noche,
me temo que la brevedad se impone ya que como saben, no disponemos de mucho
tiempo. Perfectamente dijeron casi a coro los
hermanos.
- Empiezo
yo si nadie tiene inconveniente – dijo Gema, la mayor,mientras
sus ojos inspeccionaban los rostros en busca de alguna señal. Al percibir su
tácita aprobación, se miró por un momento las uñas y luego habló con voz suave
- No se rían de mi, por lo menos hasta el final – les advirtió – pero yo
durante años creí que era la barbi. Sí, hasta que el rostro se me llenó de
granos.
- Aquel
debió de ser el absurdo e inútil tiempo de la pubertad – dijo Gloria - no saben el alivio que siento ahora.
Por aquella época, recuerdo que tenía cierta disposición a estar en el sitio
equivocado y eso me causaba verdadero espanto; nunca les conté la de veces que
sorprendí a mi padre detrás de las puertas gimiendo como un condenado mientras
manipulaba su pene.
- ¡Dios
mío! Eso debió ser obsceno para una niña – dijo Gabriel – sin embargo, eso no es nada comparado con la
primera vez que la carne se me desaforó entre las piernas, se levantaba y
sobresalía como tentáculo furioso y yo
no sabía como doblegarlo, porque además dolía horriblemente si intentaba
ocultarlo. ¿qué pasa? Lo de no reírse vale para todas las intervenciones ¿de
acuerdo?
- Esta
bien, - dijo Germán – pero es que no... ya, ya, espera, - y
su risa estalló en medio del comedor como un trueno, risa a la que se sumaron
las demás, incluso la del causante de tanta hilaridad que de un momento a otro
se unió a sus hermanos mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y en medio
de todos esos gorgojeos una especie de hipido estridente, salió de la garganta
de Galatea, lo que hizo que todos los demás se sintieran a punto de reventar -
- Ay, yo
creía que ya habías dejado de reírte así – dijo Gilberto – Dios
mío lo que nos hemos divertido con esos jiiiiiiiiiiii hi entrecortados, si
parece que te estuvieras ahogando.
-
¡Qué
buena idea has tenido Gisela! – dijo Giovanni – pero me temo
que en cualquier momento nuestros polvorientos hue...
-No tienes
que ser tan gráfico repuso ésta, podrías añadir tu también
algo de tu sopera personal.
- La verdad
es que siempre fui un aburrido – dijo Giovanni – bueno, más
bien diría que un ser triste, siempre con un globo en el estómago a punto de
estallar, quejumbroso, y un tanto masoca.
- Vaya,
nunca lo creí – añadió Gilberto – pero ¡ah! Un momento – se detuvo
prevenido – buen intento pero no te vale, ¿verdad que no?
- No, se
nos agota el tiempo y no lo vamos a perder de esa manera tan
aburrida – dijo Gisela –
- Lo tengo,
casi gritó Galatea, ¡ésta vez gano yo! Imagínense que hasta los veinte años creía que hacer el amor
consistía en besarse apasionadamente y después de algunos segundos todo se
quedaba negro y éramos reemplazados por los comerciales de la tele.
¡Por Dios! – exclamaron todos los presentes
mientras una corriente de aire entraba violentamente al abrirse de repente la
puerta. Perdón señora Gisela, pero es que me
olvide de... Señora... ¿dónde está señora? ¿dónde sus invitados? ¿será que no
vino nadie a cenar? – se preguntaba la empleada mientras su mirada, al mismo
tiempo que sus pasos, recorrían el comedor descubriendo solamente ocho soperas
de porcelana fina dispuestas sobre la mesa.
Lentamente se acercó y fue destapando
una a una todas las soperas y descubrió que contenían una buena cantidad de
cenizas grises.
Por: Gladys
Cuento publicado en la antología LETRAS Y VOCES 2006- Narradores Vol. 2 Proyecto Literario de Editorial Nuevo Ser. Buenos Aires - Argentina
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Publicado el 14 de Febrero, 2007, 14:29.
en Hablando de....
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Rueda la Berlinale con un filme dedicado al icono de la 'Chanson', Edith Piaf
La Berlinale cumple su cita anual, y esta vez abre boca con un filme dedicado al icono de la 'Chanson', Edith Piaf.'La môme. La vie en rose', es una película alrededor del universo de Edith Piaf que abrirá con sabor francés el desfile de 22 aspirantes a los Osos del Festival de Cine de Berlín. Por la mullida alfombra roja de la Berlinale desfilarán: Marion Cotillard, la actriz que da vida al icono de la 'Chanson', la mujer de aspecto frágil y voz de oro que inaugurará el festival; Cate Blanchet, Robert de Niro, Angeline Jolie, Matt Damon, Clint Eastwood, Antonio Banderas, Jennifer López, Sharon Stone y varios miembros de la factoría Depardieu, además del veterano director Arthur Penn, que recibirá un Oso de Oro de Honor. A falta del gran papá Gérard, coprotagonista con Cotillard en la película de Olivier Dahan, está anunciada la visita de Julie y Guillaume Depardieu -ella, para 'Les Témoins', de André Techiné; él, para "Ne touchez pas la hache", de Jacques Rivette-. Una cuarta película francesa, 'Angel', de Francois Ozon, cerrará la competición, el 17 de febrero, con otra emocional historia de mujer, una escritora de principios del siglo XX en Inglaterra. EE.UU. apostará fuerte en la Berlinale y entre sus ases tenemos a Robert de Niro, director y actor en 'The good Shepherd', la historia del nacimiento de la CIA a través de un hombre que sí creía en su país. 'The good German', de Steven Soderbergh, traerá la historia del corresponsal de guerra estadounidense en el Berlín en ruinas de la Conferencia de Potsdam, interpretado por George Clooney y Blanchet. 'Goodbye Bafana', de Bille August, pondrá en escena a un Josepfh Fiennes en la piel del carcelero que durante veinte años vigiló a Nelson Mandela. 'Bordertown' hará de Jennifer López, junto a Banderas, una periodista estadounidense que investiga los crímenes de centenares de mujeres en Ciudad Juárez -México-. Y 'When a man falls in the Forest' pondrá a Sharon Stone en el papel de mujer atormentada. SURAMERICA PRESENTE El actor argentino Julio Chávez ofrecerá otro recital interpretativo en 'El otro', de Ariel Rotter, con su personaje de hombre maduro en crisis que asume una identidad ajena, tras el magnífico 'El custodio' que en 2006 le hizo llevarse el Premio Alfred Bauer. La brasileña 'O ano em que meus país saíram de férias', de Cao Hamburger, narrará la historia de un niño de 12 años cuyos padres se ven forzados por la dictadura a irse de "vacaciones", en los 70. Una historia emotiva, en un Brasil ilusionado con la 'Copa do Mondo'. Y habrá asimismo dos presencias destacadas de Cuba: 'Madrigal', de Fernando Pérez, también en Berlinale Special, y los documentales 'Cuban Memories: Fidel cuenta el Che' y 'Cuban Memories: Un día con Fidel', ambos de 1987, en el homenaje al italiano Gianni Milà.
Dieter Kosslick, director de la Berlinale, ha buscado la cuadratura perfecta entre el 'glamour' y las historias potentes, con menos cine alemán que de costumbre, sólo dos películas, 'Yella', de Christian Petzold, y 'Die Faelscher', de Stefan Ruzowitzky. El resto de 22 concursantes, ilustrativos de la voluntad de equilibrar la balanza entre cinematografías, lo forman la israelí 'Beaufort', la británica 'Hallam Foe', la italiana 'Memoria di me', la co'producción europea 'Irina Palm', cuatro producciones asiáticas y una checoslovaca. La Berlinale arranca y Kosslick tiene ante sí una asignatura pendiente: quitarse el sambenito de 'Flopmacher' -"artífice de fiascos"- que le colgó esta semana 'Der Spiegel'. El semanario alude a los dos últimas películas que se llevaron el Oso de Oro, la serbia 'Grbavica', en 2006, y, sobre todo, la sudafricana 'U-carmen', en 2005, que luego no obtuvieron la menor resonancia en taquilla. También se le achaca poco olfato para el cine anfitrión: es decir, no haber luchado el año pasado por tener en su Berlinale 'Das Leben der Anderen', aspirante a los Oscar. A Kosslick se le imputa excesiva influencia sobre sus jurados. El de este año lo preside Paul Schrader, de quien se exhibe fuera de concurso 'The Walker', y tendrá entre sus miembros al actor mexicano Gael García Bernal. Antonio Banderas estará en la Berlinale como director de 'El camino de los ingleses', en Panorama, donde asimismo se proyectará 'Invisibles', firmado por Isabel Coixet, Fernando León de Aranoa, Mariano Barroso y Javier Corcuera, junto al alemán Wim Wenders. Berlinale Special incluirá la producción italiano-española 'La masseria della allodole', de los hermanos Paolo y Vittorio Taviani, con Paz Vega y Angela Molina, centrada en el genocidio armenio.
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Publicado el 14 de Febrero, 2007, 13:27.
en Alaprima.
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En la negra noche mi rostro había tomado el lugar de la luna mi mismo rostro mis ojos la misma curvatura de los labios la redondez de los pómulos la ondulación de la barbilla. Sin embargo los cabellos no terminaban de acomodarse parecían tener vida propia
Por: Gladys
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Publicado el 9 de Febrero, 2007, 10:57.
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A continuación tenemos el honor de publicar el relato ganador de la XI edición de Relato Breve San Juan de Dios España
Silvia miró de soslayo el contador y extendió
un billete de diez euros al taxista. Sin esperar el cambio, salió al
exterior. Su figura envuelta en la gabardina blanca se
perdió entre las calles interiores prácticamente despobladas, buscando un
atajo. Después comenzó a correr todo lo que le permitían los tacones y el
asfalto mojado y resbaladizo. Intentaba en vano no pensar qué se encontraría
cuando llegase a su destino. Tras correr sin noción del tiempo, la imagen del
Hospital Virgen de los Remedios se mostró ante ella, con sus seis plantas recién pintadas y el
pabellón de urgencias, de estilo modernista, añadido como un pegote inarmónico
a uno de los laterales de la construcción. Se dirigió a la entrada. Cuando
subía las escaleras de acceso al interior,
un golpe de aire frío le heló la
cara. Notó cómo la corriente recorría su cuerpo, penetrando por la garganta,
llegando a los pulmones, paralizándole la respiración, para volver a salir de
nuevo, dejándole una sensación de escarcha en las mejillas. Silvia supo que su
hermano estaba mal. Lo supo como tantas veces presintió que le pasaba algo.
Pero esta vez el estremecimiento fue mucho más fuerte, hasta el punto de
asustarla.
Unos
minutos más tarde estaba sentada en la sala de espera de familiares, que no era
más que una continuación del largo pasillo con unos sillones blancos de resina
apoyados en la pared, un teléfono público al fondo y un megáfono bajo una
lámina enmarcada especificando que se encontraban
en un centro libre de humos.
Silvia echó su cuerpo hacia delante,
llevándose las manos a la frente que ahora le ardía. Levantó la mirada,
observando al resto de la gente que aguardaban pacientemente una llamada del
personal sanitario. Algunos debían de llevar días allí, el cansancio de sus
rostros mostraba la paleta de todos los colores del tiempo de espera. Miradas
de resignación, de impotencia, desesperación. Pasos a un lado y otro de la
estancia. Movimientos de piernas nerviosos y descontrolados. Una anciana se
retorcía incómoda en el sillón. Un hombre joven vestido con traje de chaqueta
gris entraba de vez en cuando, miraba hacia el megáfono sin decir nada y volvía
a salir. Una muchacha agotaba sus lágrimas prestadas de otras vidas-debía de ser-,
era imposible que aquellos ojos creasen tanto mar en sólo una de ellas. Vestía
un chándal de felpa azul con los bajos del pantalón gastados por el roce con el
suelo.
La mención del nombre de su hermano rompió el
silencio a través de la megafonía precedida de un fuerte pitido que la
sobresaltó. En silencio, recorrió el corredor que separaba la sala de espera de
la unidad de cuidados intensivos. Tras atravesar unas puertas abatibles, un
celador se reunió con ella, acompañándola. Se apresuró a seguirlo. El pasillo
por el que caminaba ahora era más ancho, con iluminación artificial, las
paredes de amarillo pastel y puertas a cada lado identificadas con carteles a
la derecha de los marcos. El celador se detuvo delante de una de ellas. Un poco
más allá, dando punto y final al posible recorrido, unos portones automáticos metálicos con un
ojo de buey, sellaban el paso al personal no autorizado, con su correspondiente
cartel. El celador abrió la puerta por completo tras llamar dos o tres veces e
hizo un ademán para que pasara dentro de la habitación.
Dos
hombres se pusieron en pie al verla
entrar. Uno de ellos le preguntó si era familiar de Mario Olaya mientras la
invitaba a sentarse. Silvia tenía cada vez más frío.
El más mayor se dirigió hacia ella:
- ¿Es usted su esposa?
La
mujer negó con la cabeza, mientras observaba la tarjeta de identificación del
médico, suspendida de una cinta azul sobre el escote triangular del uniforme.
-
Soy su hermana.
-
Bien, verá. Soy Carlos Solier, el médico encargado de Mario-carraspeó un
poco- Voy a serle franco: su familiar está grave. Según las pruebas que le
hemos efectuado, ha sufrido una hemorragia cerebral masiva y está en coma.
El facultativo continuó hablando en un tono
lineal, sin altibajos:
- Estamos esperando a que vengan a hacerle un
electroencefalograma para ver el alcance de la afección cerebral pero, por las
imágenes del escáner, sinceramente, no tenemos muchas esperanzas. Una
hemorragia cerebral de la magnitud que aparenta la de su hermano, generalmente
desemboca en muerte cerebral.
-
¿Muerte cerebral?-Silvia no podía creerlo. De todo lo que acababa de oír
fue lo único que fue capaz de procesar.
-
Aún nos queda confirmarlo. De ser así, la muerte es inminente en
cuestión de horas, tal vez un día o dos, pero inevitable. Lo siento.
-
¿Puedo verlo? Por favor... ¿Puedo ver a mi hermano?- suplicó.
-
Sí- el médico hizo una leve pausa, extrañado de que no hubiese más
preguntas- en cuanto le avisemos de nuevo podrá entrar a verlo, si así lo
desea.
Silvia
pensó mientras se dirigía a la sala de
espera que aún no estaba todo escrito. Faltaban pruebas que confirmasen lo que
aquél médico le había dicho. Todavía le quedaba una mínima esperanza.
La esperanza, aquella que nunca se pierde
como le decía su madre. Aquella que, también, siempre se convertía en
desencanto.
El
hombre del traje de chaqueta gris se levantó de su asiento al verla. Silvia
rompió a llorar. La anciana que se retorcía en el sillón la miró con compasión,
cerró los ojos y suspiró. La muchacha joven del chándal azul, se enjugó las
lágrimas y dejó de llorar por unos momentos. Aquella mujer, Silvia, acababa de incorporarse a la
representación imprevista de actores de
la ansiedad y el desasosiego. Acababan
de subir el telón para dar paso a su escena. Ya no era una mera espectadora de
las desgracias de los demás. Todos esperaban en aquella continuidad del pasillo
una palabra que les hiciera retomar su vida anterior. Un milagro que los
hiciera salir de aquel lugar, para
olvidar después, que alguna vez estuvieron allí, subidos en el escenario de la
desesperación. Sobre él, la esperanza
iba dictando las pautas a seguir y los partes médicos se encargaban de ir
degollando ilusiones o de dejar una
pequeña apertura por la que entraba un rayo de luz. La angustia se iba modelando
en sus rostros, delimitando las fronteras de su poder, hasta hacer sus gestos
irreconocibles por el dolor y el cansancio. Todos sabían cuándo y cómo había
comenzado su función. Nadie sabía cómo ni cuándo terminaría.
La sala de espera de familiares se fue
despoblando. Se acercaba la hora de comer. Silvia pudo al fin contactar con su
marido. Apenas había colgado el teléfono cuando el megáfono volvió a emitir su
sonido agudo, seguido de la voz desprovista de matices, permitiendo la entrada
a los familiares de Mario Olaya.
Silvia
se levantó con pesadez como si su cuerpo fuese incapaz de acatar órdenes
sencillas y se dirigió hacia la puerta de entrada de la unidad. Sus pies
temblaban. Tuvo que esforzarse para coordinar los pasos y no caer en el suelo
recién pulido.
Qué frío le resultó todo: las paredes
blancas, la ausencia de ventanas, el suelo brillante, la luz artificial de los
tubos fluorescentes, los boxes de los pacientes, perfectamente alineados,
separados por mamparas de cristal y aluminio y, al fondo, Mario- supuso- porque
el celador se detuvo abriéndole paso en el aire mientras le indicaba con gestos
la cama.
La visión que tenía frente a ella la
sobrecogió: el rostro sin expresión de su hermano, los ojos cerrados, el cuerpo
extendido con los brazos a los lados, apenas cubierto con una pequeña sábana
verde, dejando al descubierto el pecho y las piernas. Su primera intención fue
taparlo, acariciarle la cara, cogerle las manos inmóviles y laxas. Así lo hizo.
Mario tenía las manos tan frías como ella.
Estaba
conectado a un aparato para poder respirar. Nunca el sonido de las respiraciones
mecánicas al vacío imaginó percibirlo tan cercano, incluso le resultó armonioso,
era su lazo de unión a la vida. Encima
de la cabecera de la cama, anclados en la pared sobre unas regletas metálicas,
unos monitores mostraban curvas y datos que Silvia desconocía. Sonidos
amortiguados. Todo un mundo incógnito, hostil, congelado. Y su hermano allí, en
medio de todo aquello, sin poder mediar palabra, sin poder decir que tenía frío
tapado con aquella ridícula sábana en aquella habitación helada, sin poder
notar la caricia en las manos, sin
presentir su presencia, sin saber que no estaba solo.
Una
enfermera se acercó. Manipuló entre los aparatos y dejó de sonar un pitido
repetido y monótono de fondo. Silvia se apresuró a preguntarle por las pruebas
que quedaban.
-
Aún no me han dicho nada, pero si quiere, ahora localizo a los médicos y
habla con ellos, acaban de llegarles los resultados-Apretó con gesto cariñoso
el hombro de Silvia mientras con un tono de voz muy cálido le dijo- Todo esto
va a ser muy duro, tiene que ser fuerte.
-
¿Fuerte? ¿Cómo se aprende a ser fuerte ante una situación así? ¿Dónde
está escrita esa fuerza de la que me está hablando? ¿Dónde? ¡Dígame dónde!
La enfermera soportó las palabras
heridas sin desviar su mirada. Silvia se avergonzó por su actitud,
disculpándose de inmediato. Aquella muchacha le recordó a la enfermera de ojos
azules con cofia llevándose los dedos a la boca invitando al silencio, esa foto
que presidía los ambulatorios de su infancia y que Silvia no podía dejar de
mirar cuando era una niña. En ese momento supo por qué. Tras aquella mirada
desconocida estaban escondidas la fe, la calma, la alegría, la pena, la
paciencia, la tolerancia. La fragilidad del tiempo, la labilidad de los
momentos. Aquellos ojos sabían hablar, intentando calmar la angustia de saberse
indefensos ante los sentimientos de los demás. Y eran capaces de decir lo que
no podía tener cuerpo con palabras, eran capaces de llegar donde moría el
sonido.
El
rostro de la enfermera se dulcificó aún más, la mirada se hizo cómplice y dijo:
-
No se preocupe, no pasa nada. Venga conmigo, seguro que los médicos ya
pueden decirle algo más ¿Tiene su hermano más familia? Esposa,
padres…-avanzaban de nuevo al despacho médico.
-
No he podido localizar a su novia. Nuestro padre murió y mi madre…mi
madre no conoce a nadie.
-
Entiendo ¿Quiere esperar a que llegue alguien más para hablar con ellos?
-
No, de verdad. Necesito saber cuanto antes qué está pasando.
En el despacho, Silvia se encontró de nuevo con los médicos
que la informaron anteriormente y un señor vestido con una camisa azul a rayas,
de grandes ojos y bigote espeso, de mediana edad, al que le presentaron como el
coordinador de transplantes. Volvieron a invitarla a que tomara asiento. Silvia
prefirió quedarse en pie. No hubiera podido mover un solo músculo.
El médico mayor le confirmó sin más dilación y ya, sin lugar
a dudas, lo que temían: su
hermano se encontraba en estado de muerte cerebral.
Las palabras cayeron sobre las ya acumuladas casi sin ser
conscientes de su peso, en una Silvia
vacía de memoria.
El coordinador se acercó hacia ella. Tenía una voz calma,
profunda, una voz de radio, habría pensado de haber mantenido intacta la
capacidad de pensar.
-Señora Olaya…- Clavó
sus ojos enormes de un negro intenso en los suyos- lo que voy a pedirle es algo
muy complicado pero a la vez muy necesario…Sé que es difícil asumir lo que le
ha ocurrido a su hermano, mucho más entender lo que voy a pedirle, pero piense
que él puede salvar aún muchas vidas. Sus órganos, su corazón, sus riñones, mucha
gente puede empezar de nuevo gracias a su generosidad...
- ¿No existe ninguna posibilidad? ¿Su
situación es irreversible?- le
interrumpió Silvia mientras se sentaba en la silla con la certeza esta vez de
que caería fulminada al suelo en cualquier momento.
- Su cerebro está muerto- el coordinador
emitió la frase de forma ralentizada,
haciendo énfasis en cada una de sus sílabas. Tomó asiento a su lado mientras su
voz llenaba de sonidos la mente de la mujer, repitiéndose en un eco extraño,
como si rebotaran dentro de ella, queriendo encontrar una salida desesperada
inútilmente.
- Sé que es difícil de entender- aquella voz
de radio seguía sonando- Respira porque un aparato lo hace por él. Su corazón
late, porque le tenemos puestas drogas que impiden que deje de hacerlo.
Llegados a este punto no hay nada más que hacer: sólo mantener sus funciones
vitales de forma artificial o dejar que la naturaleza actúe. Pero la muerte es
inevitable, de una manera o de otra. Usted es su única familia legal, la única
con capacidad de decisión en este caso.
Decidir, decidir.
Silvia siempre estaba dispuesta a encontrar las respuestas a los conflictos de
los demás, se consideraba una persona justa. Pero no cuando se trataba de ella.
Cuando era ella la protagonista del capítulo, era incapaz de hacerlo. Su indecisión,
su inseguridad, camufladas bajo su aspecto impecable y sus gestos -que de tanto
ensayar ante los demás ya le pertenecían-, afloraban ahora con fuerza.
Su vida siempre había
estado marcada por la incertidumbre en los momentos más relevantes de la misma.
Tanto pensaba las cosas que, cuando por fin conseguía una respuesta, ya era demasiado tarde. Mario
siempre tenía claro lo que tenía que hacer, no como ella. Pero ahora, Mario ya
no estaba…
Recordó sin saber
por qué, el día en que su tío Máximo le trajo una caja de bombones de Suiza, un
verdadero regalo. Había bombones de todas clases y formas envueltos
primorosamente en papeles brillantes de colores. El que más llamó su atención
fue el que había en la esquina: un bombón envuelto en papel dorado con rayas
violetas, su color preferido. Cualquier crío se hubiera comido ese bombón el
primero, sin dudar, pero no Silvia. Ella decidió nada más verlo comérselo el
último para poder saborearlo intensamente. Así, cada noche, cogía un bombón,
mientras miraba embelesada el papel dorado de rayas violetas, esperando que
llegara su momento, imaginando de antemano el placer que le produciría su
sabor, tan magnifico como su envoltorio. Una noche, su tía Remedios, antes de
irse a su casa, le pidió un bombón. Silvia asomó contenta con su caja y la
abrió, orgullosa. Remedios, sin dudar, eligió el bombón dorado con rayas
violetas de la esquina y se lo zampó ante la mirada atónita de aquella Silvia
niña, que ni se atrevió a protestar lo más mínimo y se quedó sin su más preciado
tesoro. Los demás bombones dejaron de tener valor para ella. Eran sólo
sucedáneos de ése que guardaba para el final y de hecho, no se los comió
después. Ya no tenían sentido. En ese momento, aquello sólo le sirvió para
odiar a su tía y para que Mario bromeara con el tema durante años. Ahora,
mientras el coordinador de transplantes
esperaba una repuesta, tal vez el inconsciente intentado ordenar sus
pensamientos, o el nombre del hospital “Nuestra Señora de los Remedios”
confabularon para ofrecerle aquella imagen del pasado, y sólo entonces
comprendió que, en realidad, su vida había sido así, una metáfora con forma
cuadrada repleta de chocolate envuelto en papeles brillantes. Nunca fue capaz
de decidir por sí misma, siempre dejó esa responsabilidad a los demás. Ella
siempre llegaba tarde después de tanto recapacitar y darle vueltas a las cosas.
Ahora tenía que
tomar una decisión. Sola. Nadie más que ella. Y no disponía de tiempo para
pensar y rumiar las ideas como era su costumbre.
Era su momento. Era
la protagonista.
Silvia tomó aire con dificultad y se levantó, esta vez
guiada por un impulso que la llamaba desde el fondo del pasillo, tras aquellas
puertas selladas con su ojo de buey.
- Estoy segura de que mi hermano hubiese
querido que su muerte no fuera en vano. Él donaría sus órganos. Quisiera
despedirme de él-concluyó con voz firme.
- Puede pasar usted ahora-intervino casi
susurrando el médico joven que hasta ahora se había limitado a observar a
aquella mujer de aspecto cuidado y rasgos suaves, la frialdad aparente de sus
movimientos, la languidez de sus ojos…- Mientras, nosotros pondremos en marcha
todo el dispositivo para la donación de los órganos. Lo siento mucho. Gracias
por su generosidad. - le tendió la mano,
gesto que imitó el médico más mayor, ademán que Silvia siguió de forma
instintiva. El coordinador la acompañó hacia la unidad dándole las gracias una
vez más, prometiendo mantenerla informada de todo el proceso.
El movimiento de las
puertas automáticas abriéndose a su paso la angustió. Su hermano ya no estaba
allí. Ya no sentía el frío seco en la cara. Los recuerdos, lejanos, invadieron
por completo su mente…
La puerta de la
clase de las niñas se cerró. Silvia lloró y lloró, mientras se agarraba a los
marcos de la puerta con todas sus fuerzas. Mario, con voz improvisada de
hombrecito formal, le decía al otro lado que se verían en el recreo. Ella no
quería ir al colegio. Y mucho menos, quedarse lejos de él, le había prometido que estaría siempre a su
lado. Y ahora la dejaba sola en aquel lugar desconocido.
Las monjas intentaron consolarla en vano, hasta que al
final, a trompicones, acabó entrando en el aula, ocupando su lugar al lado de
una niña pecosa con tirabuzones rojizos que la miró con una mezcla de desafío y
superioridad, mientras sacaba el chicle de su boca para pegarlo bajo el
pupitre.
Acabó pasando la mitad de la mañana en el rincón, cara a la
pared, castigada por llorona. Su hermano la esperaba ansioso en el recreo. Ella
corrió hacia él. Ya nada podía pasarle…
La realidad penetró
en su interior rompiendo en diminutos trozos sus recuerdos. Mario yacía en la
cama inmóvil. Ya no volvería.
Los niños con los
niños, las niñas con las niñas. Los vivos con los vivos, los muertos con los
muertos.
Recorrió su rostro
intentando memorizar los pliegues de su
piel, surco a surco, milímetro a milímetro. Sus dedos se deslizaron por las
espesas pestañas de su hermano,
humedecidas ahora por una especie de gel, bajaron despacio de camino al arco
perfecto de su nariz y rodaron con suavidad hasta caer en los labios generosos
entreabiertos. Cerró los ojos. A través de sus manos los ojos de Mario volvían
a estar muy abiertos, sonriéndole.
Se aproximó a su aliento al que no reconoció dejándole un
beso tembloroso en la mejilla.
La enfermera se
acercó cuando Silvia se abrazó al cuerpo inerte de su hermano con los ojos
perdidos, meciéndose sobre él, repitiendo su nombre con sonidos guturales una y
otra vez. La levantó de la cama asiéndola por los hombros. La debilidad del cuerpo
de Silvia no opuso resistencia. Dejó caer el rostro desvalido de aquella mujer
sobre su pecho tras mirar sus ojos perdidos, vacíos de expresión. Silvia se
dejó llevar, arrastrando los pasos, envuelta en aquella figura blanca de camino
a la salida.
Esta vez, su estado
le impidió devolverle la mirada, de haberlo hecho, habría visto su alma
derramándose en sus ojos claros.
La puerta se cerró a su paso. Su hermano no la esperaría en
el recreo para abrazarla.
Por: Merche
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Publicado el 7 de Febrero, 2007, 10:03.
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Son las 9:45 de la noche y al protagonista de esta historia,
Andrés, lo devora la ansiedad. Es viernes y el
maestro ha dado por finalizada la clase. La respuesta de su cuerpo es
inmediata.: siente un hormigueo delicioso, sus venas se hinchan y un brío
libertario le contagia por completo. Ha llegado la hora de la rumba –piensa-, en medio de un temblor clamoroso
que no logra controlar. Aun no sale del aula cuando convoca al
“parche”. Entonces, parceros, ¿para dónde pegamos hoy? –exclama emocionado-. Se
suscita un ruidaje indescifrable, producto de las respuestas simultáneas de sus
compañeros, en las que se expresa una emotividad deslumbrante. La disertación
se abre camino y el plan, aún desconocido, comienza a moldearse. Todavía ininteligible,
la charla continua su paso, mientras cada uno de los estudiantes abandona el
salón. Bajan las escaleras a acelerado
trasegar, mientras continúan discutiendo cuál es el paso a seguir. Nuestro
protagonista reclama ser escuchado, y en virtud de un liderazgo que le es
propio, da cierre al debate y decide: “Pues no jodamos más y hagamos lo de
siempre: nos metemos debajo del arbolito y empezamos a hacer gala de nuestra
condición de borrachos, que eso es lo que somos. Y orgullosamente, ¿no?”. Una
risa cómplice se produce al unísono, como prueba del asentimiento de todo el
grupo. Sea ha sellado el pacto y la orden no es otra que dejarse llevar por el
deseo. Abandonan por fin la infraestructura
gastada y endeble del centro educativo y su espíritu se revitaliza, viendo la
cercanía del histórico arbolito. Llegan al lugar señalado, donde la noche fría
e insinuante se mezcla con el ritmo, la lujuria y la pasión. La adrenalina comienza a recorrer sus
cuerpos y se inician, entonces, los ritos preeliminares. Es Andrés quien toma
la vocería de la tribu y como tradicionalmente lo hace, propone: “Bueno,
muchachos, vamos a hacer la vaquita para que no muera este amor”. ¿De a cuánto?
–interpela uno de ellos-. De a cinco luquitas, yo creo que está bien, por ahora –responde Andrés-. Como
impulsados por un electrizante choque, todos dirigen sus manos a los bolsillos
para sacar el dinero. Es el mismo Andrés, quien, como llamando a lista, recoge
el aporte de cada uno de sus compañeros. 40 mil pesos es el fruto de la colecta
y como cosa poco común, Andrés se presta para ir a comprar el licor. Antes,
llama a Alexandra, una de sus compañeras, para que lo acompañe. Ella acepta sin
chistar y ambos se disponen a cumplir con la misión. Se enrutan hacia una licorera, que está
a dos cuadras del lugar. Caminan
cándidamente, como si las piernas se les hicieran inmanejables, y
Andrés, que siente una gran atracción por quien lo acompaña, empieza a
cortejarla. Alex, ¿sabes una cosa? Estás
hermosísima –dice él-. ¿De verdad?,
pues, como siempre. ¡Ay! no empiece con la intensidad ahora y apúrele
–responde-. Bueno, ya, pero perdóname por decirte cosas dulces. Mejor,
echémonos los plones, ¿no? –le propone Andrés-.¿No decía que usted no era
vicioso? ¿que sólo fumaba de vez en cuando? Si se ha trabado todos los días de
la semana. A mí me parece que eso es ser vicioso –dice ella-. Pues, yo no creo
eso. Yo fumo bareta, porque me lleva a reflexionar muchas vainas. Es un estado
en el que el intelecto trabaja mucho y puedes ver las cosas con más claridad
–prosigue Andrés-. No en vano, tengo el promedio más alto de la clase
-puntualiza-. En ese momento, entran a la licorera y la discusión se olvida;
compran dos cajas de aguardiente y tres paquetes de cigarrillos; una vez con los
artículos en sus manos, salen del lugar, algo presurosos. De vuelta al arbolito, Andrés saca un
cigarrillo de marihuana, lo enciende y comienza a consumirlo con ahínco. Le
encanta sentir cómo el humo quema su garganta y cómo se expanden sus pulmones,
al contenerlo fervorosamente. Un hedor abrumante los acompaña a él y a
Alexandra, en medio del silencio, que se torna tensionante. Como indignada,
Alexandra frunce el seño, mientras él, indiferentemente, continúa dando fumadas
a la hierba. Están a pocos metros de donde se encuentran sus amigos, cuando
Andrés decide apagar su cigarro, pensando que más adelante, puede hacerle
falta. Es mejor prevenir–piensa-. Se reencuentran con el parche que,
impaciente, espera la llegada de la bebida. No hay tiempo qué perder, asumen, e
inmediatamente, abren una de las cajas de aguardiente. Reparten una copa para
cada uno de los presentes y es Andrés quien advierte: “Bueno, parceros, a beber
hasta morir”. Él mismo sirve las copas y al darse cuenta de que ya nadie hace
falta, pronuncia un simpático y ya típico brindis. “salud, pesetas y una mujer
con.... buenos sentimientos”. Las carcajadas no se hacen esperar y se inicia el
sagrado ritual. Una vez el líquido toca sus gargantas, los rostros se les
tornan rojizos y el gélido clima de la ciudad va perdiendo ímpetu. Sus sentidos
empiezan a parecer ambiguos y el ambiente adquiere una carga vertiginosa. Los
ritmos que se escuchan en los bares se intrincan en un sórdido ruido que parece
reforzar su enjundiosa actitud, mientras los colores de la noche se hacen más
vistosos. En fin, el escenario se vuelve cada vez más cautivador. Ya son tres o, tal vez, cuatro rondas
de licor, cuando el arte de la oratoria comienza a cobijar a los participantes.
Un cúmulo de temáticas se debaten acaloradamente, a diversos tonos dicursivos.
Desde el marxismo, pasando por el uribismo, hasta el generoso escote de la
chica más voluptuosa de la clase, son los núcleos de las conversaciones.
Entretanto, Andrés, empieza a
experimentar los primeros efectos de la explosiva dosis a la cual se ha
sometido. Los sonidos del vértigo le atraviesan los tímpanos y le parece estar
caminando sobre un suelo intangible. Sus ojos desorbitados, la torpeza de sus
movimientos y sus palabras, un tanto incomprensibles, delatan su estado. No
obstante, no desea marginarse del grupo e intenta adherirse a las discusiones. Juan Manuel, uno de los del grupo,
advierte el declive en el semblante de Andrés y lo invita a que lo siga.
Parcero –le dice- “¿por qué no nos metemos unos pasesitos?” Uy, marica, yo
estaba que le decía lo mismo. Pero, ¿sabe qué? No tengo. Va a tocar comprar
–dice Andrés. No. Todo bien. Si usted sabe que yo siempre ando con lo mío.
Fresco que, esta vez, yo lo invito –agregó Juan Manuel-. Camine entonces –dijo
el otro-. Se apartaron del grupo y Juan Manuel sacó de su billetera un diminuto
pedazo de papel, abrió sus pliegues y con la ayuda de la uña de su dedo meñique
derecho, sustrajo una parte del blancuzco polvo que allí se contenía,
llevándolo cerca de una de sus fosas nasales e inhalándolo. Repitió esta
operación unas dos veces más e invitó a Andrés a que lo hiciera también.
Terminada la práctica, Andrés dijo: “magia, magia. A seguir bebiendo y fumando”
y retornaron a la compañía de sus amigos. Continuaba la suntuosa noche,
derrochando en dádivas para el grupo de estudiantes. El licor, el cigarrillo,
la marihuana, la cocaína, la música y hasta el frío, parecían arrullar sus
despreocupadas figuras, algo desentendidas de la esteticidad, como la prueba
fehaciente del excitante momento. El reloj caminaba indeleblemente, mientras
ellos departían a placer como suspendidos en el tiempo; sujetos a un
existencialismo admirable. Eran las tres de la madrugada, cuando
el sonido del silencio los hizo volver a la realidad. Los cantantes callaban y
las guitarras dejaban de vibrar. El frío rompehuesos retornaba, inclemente, y
los bares despachaban a su ebria clientela. Estrepitosamente, volvían de su viaje
para recordar las responsabilidades: Partida de borrachos degenerados, nosotros
farreando y mañana tenemos parcial. Abrámonos ya, porque yo no he estudiado un
culo. ¿Ustedes sí? –se alcanzó a escuchar-. Eso vale mondá. Gocémonos la vida
que no es sino una, en cambio, oportunidades para pasar un semestre, son
muchas. ¡Relajado! –discrepó Andrés-. Además, ustedes me conocen bien y saben
que así esté de lo más loco, no voy a dejar de presentarme a un parcial, pues
si no me perdono sacar menos de un cuatro con cinco, imagínense lo que me
pasaría si la nota es cero. Frescos, que nada va pasar -aseveró-. No, a lo
bien, vámonos –se adhirió Alexandra-. Está bien. Lo que tú digas, princesa.
Pero, eso sí, nos vamos fumando esta “patica” –replicó Andrés-, sacando de su
bolsillo la otra mitad de cigarrillo de marihuana que aún le quedaba. Esas sí
que son sabias palabras, típicas de alguien que reflexiona y ve las cosas con
claridad –le respondió ella-. Haciendo caso omiso de las satíricas
reflexiones de su compañera, a la que deseaba, Andrés volvió a quemar la
hierba, saciándose de placer, al sentir el contacto con el humo. Así empezaron
la marcha de vuelta a casa. Mientras el destronado líder volvía a contagiarse
de excitantes sensaciones, el resto del grupo, discutía lo lamentable de lo
sucedido, pues les consternaba la posibilidad de no llegar a presentar el
examen al que, en pocas horas, debían someterse. Poco a poco, los estudiantes se fueron
embarcando en diferentes taxis, que los llevarían a sus casas, hasta que Andrés
se quedó sólo, inmerso en una travesía por su propio yo. Recorría esos paisajes
que se le antojaban apacibles, y el
furioso latir de su corazón le conducía inequívocamente. Cubierto de embeleso,
se dirigía por la acera que, una vez más, le parecía inexistente. Sin saber cómo, ni porqué, despertó de
mañana en la casa de un viejo amigo. Fue el llamado de aquel lo que lo puso
alerta. Rápidamente, se levantó de la cama, se dirigió al baño que quedaba
justo al frente de la habitación donde se encontraba y se lavó la cara.
Presuroso, bajó las escaleras y casi sin despedirse, intentó abrir la puerta.
¿Para dónde va? –le preguntó su amigo-
que respondía al nombre de Oscar. Parce, qué pena con usted, pero es que hoy
tengo un parcial y ya voy como tarde. Marica, después lo llamo y le cuento –dijo- . ¿Parcial, un domingo? Yo creo
que era el parcial para el que tanto lo llamaron sus amigos de la universidad,
ayer –expresó Oscar- en tono burle |
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