Silvia miró de soslayo el contador y extendió
un billete de diez euros al taxista. Sin esperar el cambio, salió al
exterior. Su figura envuelta en la gabardina blanca se
perdió entre las calles interiores prácticamente despobladas, buscando un
atajo. Después comenzó a correr todo lo que le permitían los tacones y el
asfalto mojado y resbaladizo. Intentaba en vano no pensar qué se encontraría
cuando llegase a su destino. Tras correr sin noción del tiempo, la imagen del
Hospital Virgen de los Remedios se mostró ante ella, con sus seis plantas recién pintadas y el
pabellón de urgencias, de estilo modernista, añadido como un pegote inarmónico
a uno de los laterales de la construcción. Se dirigió a la entrada. Cuando
subía las escaleras de acceso al interior,
un golpe de aire frío le heló la
cara. Notó cómo la corriente recorría su cuerpo, penetrando por la garganta,
llegando a los pulmones, paralizándole la respiración, para volver a salir de
nuevo, dejándole una sensación de escarcha en las mejillas. Silvia supo que su
hermano estaba mal. Lo supo como tantas veces presintió que le pasaba algo.
Pero esta vez el estremecimiento fue mucho más fuerte, hasta el punto de
asustarla.
Unos
minutos más tarde estaba sentada en la sala de espera de familiares, que no era
más que una continuación del largo pasillo con unos sillones blancos de resina
apoyados en la pared, un teléfono público al fondo y un megáfono bajo una
lámina enmarcada especificando que se encontraban
en un centro libre de humos.
Silvia echó su cuerpo hacia delante,
llevándose las manos a la frente que ahora le ardía. Levantó la mirada,
observando al resto de la gente que aguardaban pacientemente una llamada del
personal sanitario. Algunos debían de llevar días allí, el cansancio de sus
rostros mostraba la paleta de todos los colores del tiempo de espera. Miradas
de resignación, de impotencia, desesperación. Pasos a un lado y otro de la
estancia. Movimientos de piernas nerviosos y descontrolados. Una anciana se
retorcía incómoda en el sillón. Un hombre joven vestido con traje de chaqueta
gris entraba de vez en cuando, miraba hacia el megáfono sin decir nada y volvía
a salir. Una muchacha agotaba sus lágrimas prestadas de otras vidas-debía de ser-,
era imposible que aquellos ojos creasen tanto mar en sólo una de ellas. Vestía
un chándal de felpa azul con los bajos del pantalón gastados por el roce con el
suelo.
La mención del nombre de su hermano rompió el
silencio a través de la megafonía precedida de un fuerte pitido que la
sobresaltó. En silencio, recorrió el corredor que separaba la sala de espera de
la unidad de cuidados intensivos. Tras atravesar unas puertas abatibles, un
celador se reunió con ella, acompañándola. Se apresuró a seguirlo. El pasillo
por el que caminaba ahora era más ancho, con iluminación artificial, las
paredes de amarillo pastel y puertas a cada lado identificadas con carteles a
la derecha de los marcos. El celador se detuvo delante de una de ellas. Un poco
más allá, dando punto y final al posible recorrido, unos portones automáticos metálicos con un
ojo de buey, sellaban el paso al personal no autorizado, con su correspondiente
cartel. El celador abrió la puerta por completo tras llamar dos o tres veces e
hizo un ademán para que pasara dentro de la habitación.
Dos
hombres se pusieron en pie al verla
entrar. Uno de ellos le preguntó si era familiar de Mario Olaya mientras la
invitaba a sentarse. Silvia tenía cada vez más frío.
El más mayor se dirigió hacia ella:
- ¿Es usted su esposa?
La
mujer negó con la cabeza, mientras observaba la tarjeta de identificación del
médico, suspendida de una cinta azul sobre el escote triangular del uniforme.
-
Soy su hermana.
-
Bien, verá. Soy Carlos Solier, el médico encargado de Mario-carraspeó un
poco- Voy a serle franco: su familiar está grave. Según las pruebas que le
hemos efectuado, ha sufrido una hemorragia cerebral masiva y está en coma.
El facultativo continuó hablando en un tono
lineal, sin altibajos:
- Estamos esperando a que vengan a hacerle un
electroencefalograma para ver el alcance de la afección cerebral pero, por las
imágenes del escáner, sinceramente, no tenemos muchas esperanzas. Una
hemorragia cerebral de la magnitud que aparenta la de su hermano, generalmente
desemboca en muerte cerebral.
-
¿Muerte cerebral?-Silvia no podía creerlo. De todo lo que acababa de oír
fue lo único que fue capaz de procesar.
-
Aún nos queda confirmarlo. De ser así, la muerte es inminente en
cuestión de horas, tal vez un día o dos, pero inevitable. Lo siento.
-
¿Puedo verlo? Por favor... ¿Puedo ver a mi hermano?- suplicó.
-
Sí- el médico hizo una leve pausa, extrañado de que no hubiese más
preguntas- en cuanto le avisemos de nuevo podrá entrar a verlo, si así lo
desea.
Silvia
pensó mientras se dirigía a la sala de
espera que aún no estaba todo escrito. Faltaban pruebas que confirmasen lo que
aquél médico le había dicho. Todavía le quedaba una mínima esperanza.
La esperanza, aquella que nunca se pierde
como le decía su madre. Aquella que, también, siempre se convertía en
desencanto.
El
hombre del traje de chaqueta gris se levantó de su asiento al verla. Silvia
rompió a llorar. La anciana que se retorcía en el sillón la miró con compasión,
cerró los ojos y suspiró. La muchacha joven del chándal azul, se enjugó las
lágrimas y dejó de llorar por unos momentos. Aquella mujer, Silvia, acababa de incorporarse a la
representación imprevista de actores de
la ansiedad y el desasosiego. Acababan
de subir el telón para dar paso a su escena. Ya no era una mera espectadora de
las desgracias de los demás. Todos esperaban en aquella continuidad del pasillo
una palabra que les hiciera retomar su vida anterior. Un milagro que los
hiciera salir de aquel lugar, para
olvidar después, que alguna vez estuvieron allí, subidos en el escenario de la
desesperación. Sobre él, la esperanza
iba dictando las pautas a seguir y los partes médicos se encargaban de ir
degollando ilusiones o de dejar una
pequeña apertura por la que entraba un rayo de luz. La angustia se iba modelando
en sus rostros, delimitando las fronteras de su poder, hasta hacer sus gestos
irreconocibles por el dolor y el cansancio. Todos sabían cuándo y cómo había
comenzado su función. Nadie sabía cómo ni cuándo terminaría.
La sala de espera de familiares se fue
despoblando. Se acercaba la hora de comer. Silvia pudo al fin contactar con su
marido. Apenas había colgado el teléfono cuando el megáfono volvió a emitir su
sonido agudo, seguido de la voz desprovista de matices, permitiendo la entrada
a los familiares de Mario Olaya.
Silvia
se levantó con pesadez como si su cuerpo fuese incapaz de acatar órdenes
sencillas y se dirigió hacia la puerta de entrada de la unidad. Sus pies
temblaban. Tuvo que esforzarse para coordinar los pasos y no caer en el suelo
recién pulido.
Qué frío le resultó todo: las paredes
blancas, la ausencia de ventanas, el suelo brillante, la luz artificial de los
tubos fluorescentes, los boxes de los pacientes, perfectamente alineados,
separados por mamparas de cristal y aluminio y, al fondo, Mario- supuso- porque
el celador se detuvo abriéndole paso en el aire mientras le indicaba con gestos
la cama.
La visión que tenía frente a ella la
sobrecogió: el rostro sin expresión de su hermano, los ojos cerrados, el cuerpo
extendido con los brazos a los lados, apenas cubierto con una pequeña sábana
verde, dejando al descubierto el pecho y las piernas. Su primera intención fue
taparlo, acariciarle la cara, cogerle las manos inmóviles y laxas. Así lo hizo.
Mario tenía las manos tan frías como ella.
Estaba
conectado a un aparato para poder respirar. Nunca el sonido de las respiraciones
mecánicas al vacío imaginó percibirlo tan cercano, incluso le resultó armonioso,
era su lazo de unión a la vida. Encima
de la cabecera de la cama, anclados en la pared sobre unas regletas metálicas,
unos monitores mostraban curvas y datos que Silvia desconocía. Sonidos
amortiguados. Todo un mundo incógnito, hostil, congelado. Y su hermano allí, en
medio de todo aquello, sin poder mediar palabra, sin poder decir que tenía frío
tapado con aquella ridícula sábana en aquella habitación helada, sin poder
notar la caricia en las manos, sin
presentir su presencia, sin saber que no estaba solo.
Una
enfermera se acercó. Manipuló entre los aparatos y dejó de sonar un pitido
repetido y monótono de fondo. Silvia se apresuró a preguntarle por las pruebas
que quedaban.
-
Aún no me han dicho nada, pero si quiere, ahora localizo a los médicos y
habla con ellos, acaban de llegarles los resultados-Apretó con gesto cariñoso
el hombro de Silvia mientras con un tono de voz muy cálido le dijo- Todo esto
va a ser muy duro, tiene que ser fuerte.
-
¿Fuerte? ¿Cómo se aprende a ser fuerte ante una situación así? ¿Dónde
está escrita esa fuerza de la que me está hablando? ¿Dónde? ¡Dígame dónde!
La enfermera soportó las palabras
heridas sin desviar su mirada. Silvia se avergonzó por su actitud,
disculpándose de inmediato. Aquella muchacha le recordó a la enfermera de ojos
azules con cofia llevándose los dedos a la boca invitando al silencio, esa foto
que presidía los ambulatorios de su infancia y que Silvia no podía dejar de
mirar cuando era una niña. En ese momento supo por qué. Tras aquella mirada
desconocida estaban escondidas la fe, la calma, la alegría, la pena, la
paciencia, la tolerancia. La fragilidad del tiempo, la labilidad de los
momentos. Aquellos ojos sabían hablar, intentando calmar la angustia de saberse
indefensos ante los sentimientos de los demás. Y eran capaces de decir lo que
no podía tener cuerpo con palabras, eran capaces de llegar donde moría el
sonido.
El
rostro de la enfermera se dulcificó aún más, la mirada se hizo cómplice y dijo:
-
No se preocupe, no pasa nada. Venga conmigo, seguro que los médicos ya
pueden decirle algo más ¿Tiene su hermano más familia? Esposa,
padres…-avanzaban de nuevo al despacho médico.
-
No he podido localizar a su novia. Nuestro padre murió y mi madre…mi
madre no conoce a nadie.
-
Entiendo ¿Quiere esperar a que llegue alguien más para hablar con ellos?
-
No, de verdad. Necesito saber cuanto antes qué está pasando.
En el despacho, Silvia se encontró de nuevo con los médicos
que la informaron anteriormente y un señor vestido con una camisa azul a rayas,
de grandes ojos y bigote espeso, de mediana edad, al que le presentaron como el
coordinador de transplantes. Volvieron a invitarla a que tomara asiento. Silvia
prefirió quedarse en pie. No hubiera podido mover un solo músculo.
El médico mayor le confirmó sin más dilación y ya, sin lugar
a dudas, lo que temían: su
hermano se encontraba en estado de muerte cerebral.
Las palabras cayeron sobre las ya acumuladas casi sin ser
conscientes de su peso, en una Silvia
vacía de memoria.
El coordinador se acercó hacia ella. Tenía una voz calma,
profunda, una voz de radio, habría pensado de haber mantenido intacta la
capacidad de pensar.
-Señora Olaya…- Clavó
sus ojos enormes de un negro intenso en los suyos- lo que voy a pedirle es algo
muy complicado pero a la vez muy necesario…Sé que es difícil asumir lo que le
ha ocurrido a su hermano, mucho más entender lo que voy a pedirle, pero piense
que él puede salvar aún muchas vidas. Sus órganos, su corazón, sus riñones, mucha
gente puede empezar de nuevo gracias a su generosidad...
- ¿No existe ninguna posibilidad? ¿Su
situación es irreversible?- le
interrumpió Silvia mientras se sentaba en la silla con la certeza esta vez de
que caería fulminada al suelo en cualquier momento.
- Su cerebro está muerto- el coordinador
emitió la frase de forma ralentizada,
haciendo énfasis en cada una de sus sílabas. Tomó asiento a su lado mientras su
voz llenaba de sonidos la mente de la mujer, repitiéndose en un eco extraño,
como si rebotaran dentro de ella, queriendo encontrar una salida desesperada
inútilmente.
- Sé que es difícil de entender- aquella voz
de radio seguía sonando- Respira porque un aparato lo hace por él. Su corazón
late, porque le tenemos puestas drogas que impiden que deje de hacerlo.
Llegados a este punto no hay nada más que hacer: sólo mantener sus funciones
vitales de forma artificial o dejar que la naturaleza actúe. Pero la muerte es
inevitable, de una manera o de otra. Usted es su única familia legal, la única
con capacidad de decisión en este caso.
Decidir, decidir.
Silvia siempre estaba dispuesta a encontrar las respuestas a los conflictos de
los demás, se consideraba una persona justa. Pero no cuando se trataba de ella.
Cuando era ella la protagonista del capítulo, era incapaz de hacerlo. Su indecisión,
su inseguridad, camufladas bajo su aspecto impecable y sus gestos -que de tanto
ensayar ante los demás ya le pertenecían-, afloraban ahora con fuerza.
Su vida siempre había
estado marcada por la incertidumbre en los momentos más relevantes de la misma.
Tanto pensaba las cosas que, cuando por fin conseguía una respuesta, ya era demasiado tarde. Mario
siempre tenía claro lo que tenía que hacer, no como ella. Pero ahora, Mario ya
no estaba…
Recordó sin saber
por qué, el día en que su tío Máximo le trajo una caja de bombones de Suiza, un
verdadero regalo. Había bombones de todas clases y formas envueltos
primorosamente en papeles brillantes de colores. El que más llamó su atención
fue el que había en la esquina: un bombón envuelto en papel dorado con rayas
violetas, su color preferido. Cualquier crío se hubiera comido ese bombón el
primero, sin dudar, pero no Silvia. Ella decidió nada más verlo comérselo el
último para poder saborearlo intensamente. Así, cada noche, cogía un bombón,
mientras miraba embelesada el papel dorado de rayas violetas, esperando que
llegara su momento, imaginando de antemano el placer que le produciría su
sabor, tan magnifico como su envoltorio. Una noche, su tía Remedios, antes de
irse a su casa, le pidió un bombón. Silvia asomó contenta con su caja y la
abrió, orgullosa. Remedios, sin dudar, eligió el bombón dorado con rayas
violetas de la esquina y se lo zampó ante la mirada atónita de aquella Silvia
niña, que ni se atrevió a protestar lo más mínimo y se quedó sin su más preciado
tesoro. Los demás bombones dejaron de tener valor para ella. Eran sólo
sucedáneos de ése que guardaba para el final y de hecho, no se los comió
después. Ya no tenían sentido. En ese momento, aquello sólo le sirvió para
odiar a su tía y para que Mario bromeara con el tema durante años. Ahora,
mientras el coordinador de transplantes
esperaba una repuesta, tal vez el inconsciente intentado ordenar sus
pensamientos, o el nombre del hospital “Nuestra Señora de los Remedios”
confabularon para ofrecerle aquella imagen del pasado, y sólo entonces
comprendió que, en realidad, su vida había sido así, una metáfora con forma
cuadrada repleta de chocolate envuelto en papeles brillantes. Nunca fue capaz
de decidir por sí misma, siempre dejó esa responsabilidad a los demás. Ella
siempre llegaba tarde después de tanto recapacitar y darle vueltas a las cosas.
Ahora tenía que
tomar una decisión. Sola. Nadie más que ella. Y no disponía de tiempo para
pensar y rumiar las ideas como era su costumbre.
Era su momento. Era
la protagonista.
Silvia tomó aire con dificultad y se levantó, esta vez
guiada por un impulso que la llamaba desde el fondo del pasillo, tras aquellas
puertas selladas con su ojo de buey.
- Estoy segura de que mi hermano hubiese
querido que su muerte no fuera en vano. Él donaría sus órganos. Quisiera
despedirme de él-concluyó con voz firme.
- Puede pasar usted ahora-intervino casi
susurrando el médico joven que hasta ahora se había limitado a observar a
aquella mujer de aspecto cuidado y rasgos suaves, la frialdad aparente de sus
movimientos, la languidez de sus ojos…- Mientras, nosotros pondremos en marcha
todo el dispositivo para la donación de los órganos. Lo siento mucho. Gracias
por su generosidad. - le tendió la mano,
gesto que imitó el médico más mayor, ademán que Silvia siguió de forma
instintiva. El coordinador la acompañó hacia la unidad dándole las gracias una
vez más, prometiendo mantenerla informada de todo el proceso.
El movimiento de las
puertas automáticas abriéndose a su paso la angustió. Su hermano ya no estaba
allí. Ya no sentía el frío seco en la cara. Los recuerdos, lejanos, invadieron
por completo su mente…
La puerta de la
clase de las niñas se cerró. Silvia lloró y lloró, mientras se agarraba a los
marcos de la puerta con todas sus fuerzas. Mario, con voz improvisada de
hombrecito formal, le decía al otro lado que se verían en el recreo. Ella no
quería ir al colegio. Y mucho menos, quedarse lejos de él, le había prometido que estaría siempre a su
lado. Y ahora la dejaba sola en aquel lugar desconocido.
Las monjas intentaron consolarla en vano, hasta que al
final, a trompicones, acabó entrando en el aula, ocupando su lugar al lado de
una niña pecosa con tirabuzones rojizos que la miró con una mezcla de desafío y
superioridad, mientras sacaba el chicle de su boca para pegarlo bajo el
pupitre.
Acabó pasando la mitad de la mañana en el rincón, cara a la
pared, castigada por llorona. Su hermano la esperaba ansioso en el recreo. Ella
corrió hacia él. Ya nada podía pasarle…
La realidad penetró
en su interior rompiendo en diminutos trozos sus recuerdos. Mario yacía en la
cama inmóvil. Ya no volvería.
Los niños con los
niños, las niñas con las niñas. Los vivos con los vivos, los muertos con los
muertos.
Recorrió su rostro
intentando memorizar los pliegues de su
piel, surco a surco, milímetro a milímetro. Sus dedos se deslizaron por las
espesas pestañas de su hermano,
humedecidas ahora por una especie de gel, bajaron despacio de camino al arco
perfecto de su nariz y rodaron con suavidad hasta caer en los labios generosos
entreabiertos. Cerró los ojos. A través de sus manos los ojos de Mario volvían
a estar muy abiertos, sonriéndole.
Se aproximó a su aliento al que no reconoció dejándole un
beso tembloroso en la mejilla.
La enfermera se
acercó cuando Silvia se abrazó al cuerpo inerte de su hermano con los ojos
perdidos, meciéndose sobre él, repitiendo su nombre con sonidos guturales una y
otra vez. La levantó de la cama asiéndola por los hombros. La debilidad del cuerpo
de Silvia no opuso resistencia. Dejó caer el rostro desvalido de aquella mujer
sobre su pecho tras mirar sus ojos perdidos, vacíos de expresión. Silvia se
dejó llevar, arrastrando los pasos, envuelta en aquella figura blanca de camino
a la salida.
Esta vez, su estado
le impidió devolverle la mirada, de haberlo hecho, habría visto su alma
derramándose en sus ojos claros.
La puerta se cerró a su paso. Su hermano no la esperaría en
el recreo para abrazarla.
Por: Merche