- Señora, el comedor quedó listo ¿Se le ofrece algo más?

- No, mija, gracias.

- Entonces hasta mañana.

- Quizás.

La empleada salió sin escuchar las últimas palabras de la dueña de casa, tomó su cartera, se alisó con la palma de las manos el cabello ya canoso y dio un ultimo vistazo a las mejillas en el espejo del pasillo; mientras manipulaba con la llave en la cerradura, su otra mano hurgaba en el bolso en busca de esa muestra gratis de perfume que le había regalado la señora Gisela. Es verdad que ya le quedaba poco, pero esa noche era el cumpleaños de su patrona y de paso, algo le caería a ella también, a lo mejor este año tenía suerte y volvía a quedarse con la colección de muestras gratis de perfume que le daban a la señora en la elegante tienda de cosméticos. – cruzó los dedos en señal de buena suerte y se encaminó a la parada del bus –.

     A las ocho en punto de la noche el comedor se iluminó y Gisela, que hacía de anfitriona dio la bienvenida a sus invitados.

-  Durante años – dijo susurrante Gisela a sus hermanos – hemos disfrutado del placer de nuestras largas y profundas conversaciones, sin embargo esta noche, me temo que la brevedad se impone ya que como saben, no disponemos de mucho tiempo.
Perfectamente dijeron casi a coro los hermanos.

-  Empiezo yo si nadie tiene inconveniente – dijo Gema, la mayor,mientras sus ojos inspeccionaban los rostros en busca de alguna señal. Al percibir su tácita aprobación, se miró por un momento las uñas y luego habló con voz suave - No se rían de mi, por lo menos hasta el final – les advirtió – pero yo durante años creí que era la barbi. Sí, hasta que el rostro se me llenó de granos.

  -  Aquel debió de ser el absurdo e inútil tiempo de la pubertad – dijo Gloria - no saben el alivio que siento ahora. Por aquella época, recuerdo que tenía cierta disposición a estar en el sitio equivocado y eso me causaba verdadero espanto; nunca les conté la de veces que sorprendí a mi padre detrás de las puertas gimiendo como un condenado mientras manipulaba su pene.

    -   ¡Dios mío! Eso debió ser obsceno para una niña – dijo Gabriel – sin embargo, eso no es nada comparado con la primera vez que la carne se me desaforó entre las piernas, se levantaba y sobresalía como tentáculo furioso y  yo no sabía como doblegarlo, porque además dolía horriblemente si intentaba ocultarlo. ¿qué pasa? Lo de no reírse vale para todas las intervenciones ¿de acuerdo?

    -  Esta bien, - dijo Germán – pero es que no... ya, ya, espera, - y su risa estalló en medio del comedor como un trueno, risa a la que se sumaron las demás, incluso la del causante de tanta hilaridad que de un momento a otro se unió a sus hermanos mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y en medio de todos esos gorgojeos una especie de hipido estridente, salió de la garganta de Galatea, lo que hizo que todos los demás se sintieran a punto de reventar -

    -   Ay, yo creía que ya habías dejado de reírte así – dijo Gilberto – Dios mío lo que nos hemos divertido con esos jiiiiiiiiiiii hi entrecortados, si parece que te estuvieras ahogando.  

    -    ¡Qué buena idea has tenido Gisela! – dijo Giovanni – pero me temo que en cualquier momento nuestros polvorientos hue...

    -No tienes que ser tan gráfico repuso ésta, podrías añadir tu también algo de tu sopera personal.

    -  La verdad es que siempre fui un aburrido – dijo Giovanni – bueno, más bien diría que un ser triste, siempre con un globo en el estómago a punto de estallar, quejumbroso, y un tanto masoca.

    -    Vaya, nunca lo creí – añadió Gilberto – pero ¡ah! Un momento – se detuvo prevenido – buen intento pero no te vale, ¿verdad que no?

    -  No, se nos agota el tiempo y no lo vamos a perder de esa manera tan aburrida – dijo Gisela –

    -   Lo tengo, casi gritó Galatea, ¡ésta vez gano yo! Imagínense que hasta los veinte años creía que hacer el amor consistía en besarse apasionadamente y después de algunos segundos todo se quedaba negro y éramos reemplazados por los comerciales de la tele.

     ¡Por Dios! – exclamaron todos los presentes mientras una corriente de aire entraba violentamente al abrirse de repente la puerta.
    Perdón señora Gisela, pero es que me olvide de... Señora...  ¿dónde está  señora? ¿dónde sus invitados? ¿será que no vino nadie a cenar? – se preguntaba la empleada mientras su mirada, al mismo tiempo que sus pasos, recorrían el comedor descubriendo solamente ocho soperas de porcelana fina dispuestas sobre la mesa.

    Lentamente se acercó y fue destapando una a una todas las soperas y descubrió que contenían una buena cantidad de cenizas grises.

Por: Gladys

 Cuento publicado en la antología
LETRAS Y VOCES 2006-
Narradores Vol. 2
Proyecto Literario de Editorial
Nuevo Ser.
Buenos Aires - Argentina