En un recipiente ponemos la cultura milenaria del lejano oriente, luego agregamos una porción de esencia de la cultura occidental. Agitamos fuertemente y ¿qué resulta?
Nada más y nada menos que una literatura inteligente, pausada, profunda por momentos pero que sabe elevarse de vez en cuando para dejarnos respirar. Así es la producción de Kazuo Ishiguro, un escritor nacido en Nagasaki pero residente en Inglaterra desde la infancia, y es esa literatura de la cotidianidad más profunda la que lo ha colocado en un lugar privilegiado del mundo literario obteniendo premios tan importantes como el Whitebread, el Winifred Holtby Memorial y el Booker en Gran Bretaña.

Entre sus novelas más conocidas tenemos Pálida luz en las colinas, Un artista del mundo flotante y Los restos del día. Y es precisamente de esta última de la que quiero darles algunas pinceladas a los amigos blogueros de caelanoche.
Los restos del día es una novela protagonizada por un mayordomo, quien después de trabajar 35 años para un Lord Inglés se enfrenta a un nuevo patrón, un ciudadano norteaméricano, quien le da unos días de vacaciones y durante los cuales, nuestro mayordomo emprende un viaje en coche por los paisajes nunca contemplados de Inglaterra. En este viaje los recuerdos inundan su memoria, los personajes a la vera del camino le ayudan a armar en su puzzle cerebral algo que nadie puede definir exactamente pero que intuye, es la dignidad.
Los restos del día es una novela cotidiana, tranquila, en la que las palabras van formando un claroscuro entre diversión y tristeza que va penetrando en nuestras conciencias.
Por: Ágata