
Cupido apoyó su arco contra la columna con
desaliento, se sentía extenuado, sin aliento para seguir, sintiendo cada vez
con mayor fuerza una lasitud insoportable en todo su cuerpo mientras se apoyaba
él también contra la fría superficie de mármol.
Sintió un agradable frescor muy cerca de
sus alas, luego fue pegando el resto de su cuerpo para finalmente dejarse escurrir,
pensando sólo en yacer ahí por toda la eternidad.
Al contacto de su cuerpo con el frío mármol
del piso, los músculos se relajaron,
involuntariamente las piernas se extendieron y los brazos se abrieron en cruz
para absorber toda la humedad de que fuera capaz. Su mente quedó igualmente
suspendida en un territorio helado, donde montañas y montañas de nieve impedían
ver el universo pero le daban una sensación de seguridad que hacía tiempo no
sentía. Y así, en medio de la nada, no
era consciente de las consecuencias que traería para la humanidad su actitud,
por primera vez en su vida había logrado no pensar, no ser, no sentir y era
maravilloso, sin embargo, algo en su interior iba cobrando fuerza, era como un
hilito de luz que empezó a retorcerse en su vientre y que poco a poco iba
avanzando rebelándose como una gran luminosidad que empezaba a calentarle todos
los órganos interiores, hasta aquellos compartimientos donde guardaba la razón,
la inteligencia, los sentidos, los afectos y las sensaciones hasta que llegó a
su cerebro y éste a su vez impulsó a sus músculos para iniciar la acción.
Inmediatamente su cuerpo despertó, se irguió, tomó su arco, las flechas y
empezó a correr como un desesperado lamentándose de la inutilidad de esos dos
apéndices que llamaban alas, pues en aquellos momentos era como si hubieran
adquirido vida propia y se negaran a participar en aquello que él iba a hacer.
Corrió todo el día y toda la noche,
atravesó desiertos helados, mares embravecidos, ríos caudalosos, escaló las
montañas más altas del universo, perforó las selvas más inexpugnables y estuvo
a punto de acabar asado en el desierto inmenso, pero no se detenía, al
contrario cada vez su urgencia era mayor por llegar, por acometer su tarea, no
se podía permitir el lujo del desfallecimiento, tenía que estar lucido para el
momento culminante, pero este parecía siempre estar a un palmo de sus
regordetas manos. La memoria empezó a fallarle, ya no podía recordar cuanto
tiempo había pasado desde que empezó a correr, pero esa consciencia no lo
detenía, algo en su interior le aseguraba que una vez cumplido el objetivo, se inmovilizaría
espontáneamente, sin embargo el dolor en
su espalda empezaba a ser agudo, los apéndices parecían a punto de quebrarse,
en cualquier momento sus alas se desprenderían del cuerpo, pero no podía hacer
nada, no podía detenerse para examinar el estado en que se hallaban o
asegurarlas de alguna manera; era como si no le importaran.
La veinteava noche ¿o día? notó que su
cuerpo empezaba a correr a un ritmo más lento, sus piernas trazaban un ángulo
un poco más agudo sobre la tierra en que posaba sus pies y la alegría de la
inminencia empezó a invadirlo. Sí, el final se acercaba, por fin acabaría con
todo, sin embargo el paisaje ante sus ojos era confuso; un enorme cráter empezó
a cobrar forma, el resplandor que cubría su parte superior se hacía cada vez
más cercano, pero a medida que sus pies avanzaban, la luz se iba tornando
amarilla, cálida, casi como de fantasía para dejar ver en su centro una gran
bola de fuego.
A su alrededor la tierra aparecía
negra, y a medida que su mirada ascendía,
la negrura inmensa y absoluta derivaba en filosas estalagmitas de ónix. Su
correr se convirtió en un trotecito lento, luego fue haciéndose más pausado
hasta que se dio cuenta de que llevaba ya un buen rato caminando, pero aún sin
detenerse completamente hasta que se encontró frente a frente con una gran
roca, un enorme ídolo de piedra que parecía desafiar todas las leyes del
universo.
Se detuvo a contemplarlo, la nuca le dolía
al esforzarse por descubrir la cabeza de la esfinge pero sólo alcanzaba a
divisar dos enormes agujeros iluminados por una luz naranja, que supuso, eran
los ojos. Sus miradas se encontraron y en ese instante supo lo que tenía que
hacer, tomó su arco, escogió cuidadosamente
sus flechas y apuntó al ídolo sin fijarse mucho en el lugar donde debían
clavarse sus flechas, en eso no pensaba, únicamente sus manos obedecían,
tomaban la flecha y disparaban, luego otra, otra y otra, parecía que tenía un
inmenso arsenal de ellas pues no acababan nunca y el ídolo seguía como si nada,
hasta que alguna de ellas debió acertar en un lugar especifico y empezó a
despedazarse, las rocas saltaban embravecidas y rodaban cuesta abajo, hasta que
la luz se apagó.
Lo que ahora no entiende cupido es por qué
tanta gente viene a verlo ahora que se ha convertido en piedra.
Por: Gladys
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