9 de Marzo, 2007, 14:57: GladysGeneral


      - ¿Virginia?
    - Si.
    - ¿Escuchas eso?
    - Parece el llanto de una mujer
Una mujer llora a la luz de la luna arrodillada frente a una tumba, sus manos temblorosas esconden su cara mientras las lágrimas ruedan por entre los nudillos de sus dedos. En su interior se agitan los demonios del dolor, se pelean y se devoran unos a otros provocando espasmos en el estómago de la mujer, quien de vez en cuando aparta las manos de su rostro y mira al cielo como buscando ayuda.

    - Nadie la va ayudar Virginia, nadie es capaz de colocar una cálida mano sobre su sexo, nadie susurrará a su oído la fórmula mágica para disolver el dolor. Está sola, definitivamente sola, con ese conocimiento anticipado de la frialdad de su futura tumba.
   - ¿Qué hace ahora?
    - Se mueve de manera muy extraña.
    - Creo que es una absoluta grosería espiar de esa manera el dolor ajeno.
    - Deberíamos irnos a donde nos corresponde.
      - Oh no, no tengo ganas de volver a la tumba. Ve tú si quieres. Yo quiero seguir viendo a esa pobre mujer a ver qué hace.
    - Lo que todas hacemos: llorar hasta que los ojos se convierten en dos enormes globos rojos, gemir hasta que la garganta se nos reseque, clamar al cielo pidiendo explicaciones.
    - No entiendo porque las reclamamos si nunca nos satisfacen.
    - Ni yo. Pero quiero seguir mirando, tal vez ésta sea diferente.
    - No, nada cambiará, las mujeres seguiremos llorando hasta el fin de los días.
    - Aquella nube se acerca a la luna, dentro de unos instantes la cubrirá totalmente y no podremos ver nada, por unos instantes el mundo material desaparecerá y entonces...
    - Entonces ya ella se habrá calmado, se secará los ojos, enviará con la punta de los dedos un beso al habitante de la tumba y lentamente se pondrá de pie, caminará unos pasos sin darle la espalda hasta que la prudencia entre en su cerebro y le ordene volver la cabeza del lado correcto, enderezar el cuerpo, erguir la espalda  y seguir adelante.   
Ahora todo es tiniebla, un enorme nubarrón cubre la luna y un extraño aroma  a nardos inunda la tierra.
    - ¿No te gustaban a ti los nardos, Virginia?
    - Si. Pero no es ésta la época.
    - Sería maravilloso llenar nuestros jarrones con nardos frescos,como antes, ¿no te parece?
    - Oh, los nardos sobre el escritorio y la luz del atardecer dibujando los rostros de mis personajes sobre la madera.
    ¡Mira!

 La mujer se endereza lentamente, coloca los brazos a cada lado de su cuerpo y por unos instantes se queda rígida mientras la luz de la luna empieza a bañarla desde su hombro derecho, como si una mano invisible la dibujara con trazo firme pero muy suavemente. Luego, una vez que la figura está definitivamente nítida, su cuerpo empieza a temblar, parece un tallo estremeciéndose al viento al borde de algún lago ignoto, su cuerpo no cesa en su movimiento y parece ensancharse con éste. Al cabo de unos segundos de expansión, el cuerpo se dobla exactamente por el ombligo y se acampana a la altura de las rodillas formando una especie de cáliz negro que poco a poco se va dividiendo en numerosos y delicados pétalos que a impulsos de la brisa se van abriendo dejando en libertad el entrañable aroma a nardos.

- No es hermoso Virginia, que aún después de tantos años, los nardos sigan dibujando personajes.

- ¡Hermoso!

 

 

 

 

 



   

 


9 de Marzo, 2007, 14:46: Daniel ValeroGeneral


ENSUEÑO EN DOS RECUERDOS

(Un Cuadro Solitario)

    Alguna vez, cuando era niño, Él le preguntó a su profesora:¿Que pasa cuándo nos morimos?; Ella, amante de Sartre y concubina literaria de Gonzalo Arango,respondió simple y existencialmente: “no sé, sólo ama y disfruta la vida; ¡quéjate cuando estés muerto! .
Hoy, sentado enfrente de su biblioteca, recuerda aquellas palabras como una sentencia dictada por un ángel para condenarlo a sentir.
Ha observado la luna en busca de la esencia de la belleza, ha envidiado las estrellas por estar tan cerca de los sueños y ha maldecido el cielo por ser esa ventana cósmica que nos separa del universo; en fin, sólo le ha quedado una alternativa para encontrarse, vivir.
Hubo un tiempo (sí, tiempo, el gran señor de ésta locura) en que creyó amar:Ella danzaba sobre las tablas del teatro, él contemplaba desde la silla de su palco; cada movimiento de su cuerpo dejaba en el aire la impalpable magia del enigma…
Sus ojos seguían incrédulos aquella fantasía encarnada en una mujer; su hechizante cabello daba suaves caricias a los sueños en el escenario…
Sus manos se aferraban a un cigarrillo mientras el humo aspirado se convertía en sentimiento; esas manos finas y blancas dejaban mensajes de idilio en el corazón de los espectadores…
Su mente viajaba, al compás de la música, por los mágicos paraísos del placer; su poética silueta le daba vida al engañoso arte…
Su ser deseaba poseer esa hada que conocía el secreto de la trascendencia…
Un momento de quietud y silencio, sus miradas se cruzaron, se enamoraron infelizmente, sonaron los aplausos, sonrisas en los labios de ella, lágrimas en los ojos de él, eran libres, amaban… cayó el telón y se interpuso entre ellos como una muralla de tiempo, el cigarrillo se apagó en el piso del recinto. Nunca se volvieron a ver.
Ahora levanta la copa que se encuentra en la mesa cercana a su sillón y, mientras la bebe, siente como ese instante de su vida viaja en el laberinto de su mente hacía el olvido. Su existencia se desenvuelve entre lo vivido, entre la magia del amor y la fantasía de la infancia, pero al igual que el vino se termina y su sabor queda en los labios, el momento se desvanece y la nostalgia perdura en la memoria.
Quiso recordar más instantes de su vida pero la vejes, ese preámbulo hacía la tumba, lo había borrado todo, excepto esas dos etapas de este lapso en que somos humanos que ni el mismo tiempo puede controlar: la infancia y el sentimiento.
La decisión ya estaba tomada. Dejó su copa vacía sobre la mesa, tomó la pistola que se encontraba sobre la misma; la observó con ilusión y sin pensarlo dos veces la llevó hasta su boca. Disparó.
Luego de que el bullicio que produjo el disparo se desvaneciera, el silencio se tomo el recinto: el fatídico y amenazador silencio posó sus alas en aquel lugar.
A través del humo que salió del revolver, llegaron al ambiente, como un epitafio para su sepultura, las palabras que Liev Tolstoi nunca se canso de repetir: “el hombre sabe realmente quién es, luego de que se libera, para siempre, de su materia corporal”.

 Por: Daniel Valero