- ¿Virginia?
    - Si.
    - ¿Escuchas eso?
    - Parece el llanto de una mujer
Una mujer llora a la luz de la luna arrodillada frente a una tumba, sus manos temblorosas esconden su cara mientras las lágrimas ruedan por entre los nudillos de sus dedos. En su interior se agitan los demonios del dolor, se pelean y se devoran unos a otros provocando espasmos en el estómago de la mujer, quien de vez en cuando aparta las manos de su rostro y mira al cielo como buscando ayuda.

    - Nadie la va ayudar Virginia, nadie es capaz de colocar una cálida mano sobre su sexo, nadie susurrará a su oído la fórmula mágica para disolver el dolor. Está sola, definitivamente sola, con ese conocimiento anticipado de la frialdad de su futura tumba.
   - ¿Qué hace ahora?
    - Se mueve de manera muy extraña.
    - Creo que es una absoluta grosería espiar de esa manera el dolor ajeno.
    - Deberíamos irnos a donde nos corresponde.
      - Oh no, no tengo ganas de volver a la tumba. Ve tú si quieres. Yo quiero seguir viendo a esa pobre mujer a ver qué hace.
    - Lo que todas hacemos: llorar hasta que los ojos se convierten en dos enormes globos rojos, gemir hasta que la garganta se nos reseque, clamar al cielo pidiendo explicaciones.
    - No entiendo porque las reclamamos si nunca nos satisfacen.
    - Ni yo. Pero quiero seguir mirando, tal vez ésta sea diferente.
    - No, nada cambiará, las mujeres seguiremos llorando hasta el fin de los días.
    - Aquella nube se acerca a la luna, dentro de unos instantes la cubrirá totalmente y no podremos ver nada, por unos instantes el mundo material desaparecerá y entonces...
    - Entonces ya ella se habrá calmado, se secará los ojos, enviará con la punta de los dedos un beso al habitante de la tumba y lentamente se pondrá de pie, caminará unos pasos sin darle la espalda hasta que la prudencia entre en su cerebro y le ordene volver la cabeza del lado correcto, enderezar el cuerpo, erguir la espalda  y seguir adelante.   
Ahora todo es tiniebla, un enorme nubarrón cubre la luna y un extraño aroma  a nardos inunda la tierra.
    - ¿No te gustaban a ti los nardos, Virginia?
    - Si. Pero no es ésta la época.
    - Sería maravilloso llenar nuestros jarrones con nardos frescos,como antes, ¿no te parece?
    - Oh, los nardos sobre el escritorio y la luz del atardecer dibujando los rostros de mis personajes sobre la madera.
    ¡Mira!

 La mujer se endereza lentamente, coloca los brazos a cada lado de su cuerpo y por unos instantes se queda rígida mientras la luz de la luna empieza a bañarla desde su hombro derecho, como si una mano invisible la dibujara con trazo firme pero muy suavemente. Luego, una vez que la figura está definitivamente nítida, su cuerpo empieza a temblar, parece un tallo estremeciéndose al viento al borde de algún lago ignoto, su cuerpo no cesa en su movimiento y parece ensancharse con éste. Al cabo de unos segundos de expansión, el cuerpo se dobla exactamente por el ombligo y se acampana a la altura de las rodillas formando una especie de cáliz negro que poco a poco se va dividiendo en numerosos y delicados pétalos que a impulsos de la brisa se van abriendo dejando en libertad el entrañable aroma a nardos.

- No es hermoso Virginia, que aún después de tantos años, los nardos sigan dibujando personajes.

- ¡Hermoso!