ENSUEÑO EN DOS RECUERDOS

(Un Cuadro Solitario)

    Alguna vez, cuando era niño, Él le preguntó a su profesora:¿Que pasa cuándo nos morimos?; Ella, amante de Sartre y concubina literaria de Gonzalo Arango,respondió simple y existencialmente: “no sé, sólo ama y disfruta la vida; ¡quéjate cuando estés muerto! .
Hoy, sentado enfrente de su biblioteca, recuerda aquellas palabras como una sentencia dictada por un ángel para condenarlo a sentir.
Ha observado la luna en busca de la esencia de la belleza, ha envidiado las estrellas por estar tan cerca de los sueños y ha maldecido el cielo por ser esa ventana cósmica que nos separa del universo; en fin, sólo le ha quedado una alternativa para encontrarse, vivir.
Hubo un tiempo (sí, tiempo, el gran señor de ésta locura) en que creyó amar:Ella danzaba sobre las tablas del teatro, él contemplaba desde la silla de su palco; cada movimiento de su cuerpo dejaba en el aire la impalpable magia del enigma…
Sus ojos seguían incrédulos aquella fantasía encarnada en una mujer; su hechizante cabello daba suaves caricias a los sueños en el escenario…
Sus manos se aferraban a un cigarrillo mientras el humo aspirado se convertía en sentimiento; esas manos finas y blancas dejaban mensajes de idilio en el corazón de los espectadores…
Su mente viajaba, al compás de la música, por los mágicos paraísos del placer; su poética silueta le daba vida al engañoso arte…
Su ser deseaba poseer esa hada que conocía el secreto de la trascendencia…
Un momento de quietud y silencio, sus miradas se cruzaron, se enamoraron infelizmente, sonaron los aplausos, sonrisas en los labios de ella, lágrimas en los ojos de él, eran libres, amaban… cayó el telón y se interpuso entre ellos como una muralla de tiempo, el cigarrillo se apagó en el piso del recinto. Nunca se volvieron a ver.
Ahora levanta la copa que se encuentra en la mesa cercana a su sillón y, mientras la bebe, siente como ese instante de su vida viaja en el laberinto de su mente hacía el olvido. Su existencia se desenvuelve entre lo vivido, entre la magia del amor y la fantasía de la infancia, pero al igual que el vino se termina y su sabor queda en los labios, el momento se desvanece y la nostalgia perdura en la memoria.
Quiso recordar más instantes de su vida pero la vejes, ese preámbulo hacía la tumba, lo había borrado todo, excepto esas dos etapas de este lapso en que somos humanos que ni el mismo tiempo puede controlar: la infancia y el sentimiento.
La decisión ya estaba tomada. Dejó su copa vacía sobre la mesa, tomó la pistola que se encontraba sobre la misma; la observó con ilusión y sin pensarlo dos veces la llevó hasta su boca. Disparó.
Luego de que el bullicio que produjo el disparo se desvaneciera, el silencio se tomo el recinto: el fatídico y amenazador silencio posó sus alas en aquel lugar.
A través del humo que salió del revolver, llegaron al ambiente, como un epitafio para su sepultura, las palabras que Liev Tolstoi nunca se canso de repetir: “el hombre sabe realmente quién es, luego de que se libera, para siempre, de su materia corporal”.

 Por: Daniel Valero