
LOS DESTERRADOS Horacio Quiroga Antología publicada por el Áncora Editores
Quienes tenemos la costumbre de husmear por entre los
inclinados anaqueles de las tiendas de libros usados, padecemos de una
enfermedad contagiosa e indefinible pero con unas manifestaciones muy claras:
espalda inclinada, manos sucias de tierra y la garganta reseca por el polvo de
carátulas desenterradas de entre montañas de libros apilados quien sabe cuantos
años.
En uno de esos trances me hallaba cuando mis dedos
tropezaron con un libro de Horacio
Quiroga: Los desterrados.
Mi corazón dio un vuelco, hacía muchos años que no lo leía,
rápidamente lo escondí de los otros lectores enfermos como yo, para que no me
lo arrebataran y salí corriendo a casa, a disfrutar a solas del entrañable
escritor uruguayo.
Mis ojos vagan por sus páginas y algo me empieza a
incomodar, algo se interpone entre escritor y lector. No me rindo, leo Los
Mensú, título del primer cuento y poco a poco la certeza de que la relación
entre el escritor y yo se va resquebrajando toma forma concreta, lo cual me
causa verdadero pánico. Continuo con Una Bofetada, segundo cuento y el algo ya
es una muralla, por tanto debo parar mi lectura y reflexionar. ¿Qué pasa? ¿Por
qué no disfruto de un escritor que me encantaba y por el cual sentía verdadera
devoción?
La respuesta surgió sin ambages, ahora me es difícil leerlo
porque no entiendo muchas de las palabras o términos usados en sus cuentos, lo
cual me obliga a interrumpir la lectura para buscar diccionarios, leer los pies
de página o llamar a amigos y conocidos originarios de esa región a ver si
ellos me aclaran mis dudas y poder así entender, pero también soy consciente de
que la magia me ha abandonado, ya no puedo vagar por esas selvas o por esos
pueblos que me describe el autor, ya no puedo meterme dentro de la intimidad de
unos personajes rudos, toscos, ariscos o imponentes con la libertad que me da
una lectura fluida.
Los culpables de esos tropiezos son los términos
particulares de cada región, por ejemplo: Mensú: Peón contratado por un número
de meses.
Chancelar: Cancelar una deuda; ahijú: apócope de ¡Ah, hijo de…!; bailanta: orgía de gente
pobre (en Argentina); charque: Carne seca.. etc.
Y surgió la pregunta, bueno fueron varias a decir verdad:
¿Por qué antes no me importaba esa cuestión? ¿Cómo pude haber leído a un autor
que no entendía? ¿Lo hacía por moda, por obligación en el colegio, por temor a
que mis amigos intelectuales me tacharan de poco interesada en la literatura
latinoamericana? ¿Leía superficialmente? o
¿Se deben traducir esos términos en aras de una lectura
fluida para el lector?, por el contrario, ¿debería primar la intencionalidad del escritor al usar términos
tan circunscritos a una realidad restringida a mundos pequeños y aislados?
La duda sigue ahí a pesar de las opiniones de críticos,
escritores y lectores y lo que es peor,
parece que todos ellos han optado por su solución personal, es decir a
unos les gusta y a otros no, y cierran el debate. No interesa y prefieren no
peder tiempo en tales cuestiones.
Entre tanto, los lectores como yo nos quedamos con la boca
abierta y la duda rondando en la cabeza y el pesar en el corazón al no haber podido disfrutar de un escritor
maravilloso y un libro excelente en su justa medida.
Por: Selvática
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