Su vida de funcionario transcurría sin ningún tropiezo, llegaba a su hora, se quedaba a trabajar más tiempo cuando el jefe andaba por ahí y había ensayado una serie de trucos para parecer más ocupado de lo que en realidad estaba, en eso podría decirse que era un maestro.
    Sus jefes tenían una excelente opinión de él como trabajador, era colaborador, disciplinado, atento y siempre tenía una palabra amable para todo el mundo, una sonrisa que de tan falsa ya era su identidad personal.
    Sin embargo un día, un mal día, su jefe lo recibió con un abrazo y luciendo también su mejor sonrisa, le notificó que lamentablemente ya no había más trabajo para él.
    Al principio se lo tomó como una broma de mal gusto, pero a medida que su jefe le hablaba y le exponía sus logros y triunfos empezó a hacerse consciente que su destino ya estaba escrito y que él tendría que abandonar el cargo.
    Al igual que su jefe, esbozó una amplía sonrisa y aún a sabiendas de que eso no sucedería jamás, le dejó claro a su superior que podía contar con él más adelante, cuando lo necesitaran. Cordialmente se despidió y salió sin despedirse de sus compañeros.
    El día le pareció eterno, las calles solitarias y enormes le semejaban pasadizos de la muerte y él, el reo que lentamente se encaminaba hasta el fin.
    Veinticuatro horas para hacer lo que le diera la gana, sin embargo ¿qué le daba la gana? No sabía qué hacer, con quién hablar o dónde ir. No tenía amigos, ni conocidos y menos familia.
    Pensó que podría escribir, claro, podría escribir y así le demostraría al mundo que él valía mucho, que tenía mucho talento y muchos de sus compañeros lamentarían el haberlo perdido.
    Llegó a su casa, encendió el ordenador, en la pantalla el clip animado de redondos ojos arqueaba las cejas cómo preguntándole qué vas a hacer, pero su mente era un desierto, las palabras salían de su cerebro, pasaban por sus manos, llegaban a las teclas y de ahí a la pantalla, pero no decían nada, eran frases hechas, algunas ingeniosas, claro que sí, pero ¿qué quería contar?
    ¿La historia de su vida? Cincuenta años vagando por esta tierra y cómo habían pasado tantos años sin hacer nada. Es verdad, no se asombren, no había conocido a nadie, no había tenido experiencias maravillosas ni traumáticas, el amor alguna vez lo había visitado pero después de mirarlo un instante siguió su camino dejándolo de lado.
    Entonces, ¿sobre qué escribir? Ah, un ensayo, leería a algún escritor famoso y escribiría un ensayo para algún periódico, seguro que un suplemento literario se lo publicaría y de ahí a la fama.
    Lo intentó con Joyce, al llegar a la página trescientos lo dejó, no se le ocurría nada, entonces decidió que su desmotivación se debía a la falta de educación, o mejor a la mala educación que se daba en los colegios; una larga diatriba resultó de esas apreciaciones, hojas y hojas que fueron directamente a la basura.
    Las drogas, claro, quedaban las drogas, con ellas alucinaría y podría escribir poemas como Rimbaud, eso era.
    El camino le parecía llano y sin obstáculos, probó cocaína, opio, cigarrillos de marihuana, alucinaba, soñaba cosas maravillosas o terribles, se despertaba gritando y enseguida recurría al ordenador, de ahí salían monstruos de muchas cabezas, persecuciones al mejor estilo de la santa inquisición, relatos más o menos breves que lograban subir su adrenalina y sentirse pleno.
    Sin embargo cuando la resaca de la droga dejaba lugar en su ánimo, releía sus escritos y los borraba lentamente con el cursor.
    No era eso lo que quería escribir, imaginaba una obra que estimulara los sentidos de sus lectores, pero mal podía lograrlo cuando a él mismo le daba pereza leer tanta palabrería insulsa.
    Las cejas del clip del ordenador se unieron en lo que parecía el entrecejo y comprendió. Jamás sería escritor, le quedaba claro su destino, se dedicaría al pillaje.
    En algo tenía que emplear los días que le quedaban de vida.
    Tomó el teléfono, eran las dos de la madrugada y buscó un número en la guía, escogió uno cerca de su casa, llamó. El sonido del teléfono lo transportó a un hogar donde probablemente unos seres humanos dormían placenteramente, los imaginó con las bocas abiertas, babeando su destino, ajenos e inocentes como idiotas.
    Diga.
    Se sobresaltó, por fin una voz respondía a su ring, se aclaró la garganta y pidió disculpas por llamar a esas horas y ser portador de tan malas noticias.
    Un grito desesperado sonó al otro lado, un alboroto de voces, puertas que se abren, mujeres que interrogan, niños que lloran, y en medio de la confusión un cadáver que deben ir a reconocer a una dirección cercana.
    Colgó.
    Desde su ventana vio como salía apresuradamente una pareja a medio vestir, unas ordenes, las llaves del carro, el ruido del motor y los faros que se pierden en la noche. 
    Ahora si podía dormir tranquilo.
    Venticuatro horas después, a la misma hora, en otro lugar cercano, otro teléfono resonó en la noche, casi los mismos ruidos se produjeron, la misma excitación, pero ahora la dirección que debían tomar era el aeropuerto.
    Durante un mes muchos vecinos recibieron una llamada, en algún caso tuvo que admitir que estaba equivocado y que lo lamentaba mucho, despidiéndose cordialmente.
    Una noche sin embargo, después de haber llamado a otra familia y de haber despertado un nuevo dolor, se sintió cansado, el sueño lo rindió y se abandonó por entero a su placidez ensoñadora.
    Por fin tenía algo que hacer: leer un gran libro, esa era una de las ventajas de vivir en la gran ciudad, su listín telefónico da para mucho.
    Pero, ¿y el final? , en eso pensaría luego.

Por: Gladys