Entrevista con John Reed, 87 años después de su muerte

 John Reed será recordado como una de las más nobles figuras d periodismo internacional, no sólo por su impresionante experiencia como reportero de guerra, sino por su incidencia en los importantes hechos de los cuales fue testigo. La delicia de  su prosa y su sincero interés en los más necesitados le merecieron la confianza y admiración de quienes le conocieron, tanto los más sencillos y anónimos personajes, como los más influyentes y venerados. La historia no podrá dejar de concederle un lugar prominente como periodista, literato o líder político, y menos en lo que a sus altruistas cualidades se refiere.
G.G: John, ¿Cómo es que un territorio al que podría considerársele una de las sedes principales del capitalismo de primera mitad del siglo XX es capaz de engendrar a un comunista consagrado como usted?

J.R: Siendo, como tantos lo aseveraron, cuna del capitalismo, Estados Unidos sufre, como ningún otro pueblo, las terribles consecuencias que un sistema de producción de tales magnitudes acarrea, así que lo que sorprende no es la emergencia de ese tipo de personajes sino su visible ausencia, en una nación que vive la misma iniquidad, propia de tan aberrante estructura y que, además, se esfuerza en reproducir y mantener, en otras latitudes.
G.G: Hablando de Norteamérica, ¿por qué no haber promovido una revolución en ese territorio, teniendo en cuenta su condición de nacional estadounidense y lo que este país representaba para el capitalismo, durante el siglo XX?
J.R: Era difícil movilizar a las masas norteamericanas del momento; el movimiento comunista de mi país no despertaba la simpatía requerida. Usted y el mundo observaron cómo fracasaron nuestros esfuerzos en Portland y Colorado, para referirme a un caso particular; todos debieron advertir cómo la llama que un día logramos encender, se apagó, para nunca revivir. Creo que esa fue la más grande frustración de mi vida. Tal vez, me apresuré, uniéndome a una revolución que, como en el caso de la de la revolución bolchevique, ya estaba resuelta, sin antes reevaluar una estrategia revolucionaria para Norteamérica. Si tuviera la oportunidad de devolver el tiempo, lo haría, porque, ¿imagina lo que habría significado una revolución socialista en la Norteamérica de principio del siglo XX?
G.G: Una revolución socialista, a nivel mundial.
J.R: ¡Exacto! Se habría cumplido la predicción de Marx y el planeta habría entrado en una etapa de inconmensurable evolución, donde la lucha de los hombres no abandonaría el escenario inherente a una sociedad sin hambre y sin explotación; por su puesto, hablo del intelecto. Sólo entonces, quienes dejaron la vida en la Francia del siglo XVIII recibirían una justa honra a su sacrificio.
G.G: ¿Cree entonces que la derrota del capitalismo norteamericano habría significado la derrota del capitalismo como ideología?
J.R: Por el momento histórico del que le hablo, muy posiblemente, eso es lo que habría ocurrido. Claro, nadie habría podido garantizar que mi país no repitiera la historia de la otrora gloriosa U.R.S.S. Cuando me refiero a esa etapa evolutiva, para la humanidad, me refiero también a una exitosa evolución del comunismo internacional.
G.G: ¿Qué hizo falta para que los soviéticos lograran consolidar una sociedad marxista-leninista?
J.R: Actuar como tal. Desgraciadamente, el proyecto para el cual el propio Vladimir me convocó, nunca llegó a desarrollarse, pues la U.R.S.S. se convirtió en un Estado guerrerista, radical e imperialista. Para mí, el mensaje de Lenin se difuminó bajo la bruma de un poder insaciable ejercido por algunos falsificadores del marxismo-leninismo. Los excesos que se cometieron, sobrepasan, en demasía, los límites de nuestra doctrina, más humanista que otra cosa, y, como usted lo observó, esa no fue la dirección que tomó el proyecto soviético.
G.G: Para finalizar esta amena charla, que, me encantaría, se prolongara mucho más, John, no podría dejar de preguntarle ¿qué opina del momento que vive Colombia?
J.R: Colombia, para mí, es, tal vez, lo más parecido al México revolucionario que yo tuve la fortuna de vivir y relatar. Un país infinitamente cautivador, con paisajes empalagosamente bellos, de inmejorable condición anfitriona y –es lo lamentable-, indignantemente maltratado. El poder inexpugnable de sus terratenientes y grandes empresarios lo ha sumido en una gran crisis. Históricamente, el país ha estado enmarcado por una terrible iniquidad y la incapacidad operativa de su Estado. Es muy doloroso todo lo que ha ocurrido en Colombia; las organizaciones delictivas, la explotación de sus trabajadores, sus indígenas, sus campesinos y la forma como han sido maltratados. Todo, bajo la prestancia de gobiernos como el norteamericano y la posición lacaya que, ante estos, asume su propio gobierno. Creo que lo se avecina para Colombia es aún más dramático, vista la política librecambista de su actual gobierno, pues imagínese, ¿cómo podría competir una industria como la colombiana ante la estadounidense? Lo único que protegía su producción ante las importaciones emergentes de las grandes potencias, como Estados Unidos, eran los aranceles; el precio de costo medio de la producción estadounidense es infinitamente inferior al precio de costo medio de la colombiana, teniendo en cuenta el tiempo que tarda en efectuarse y sin restricciones arancelarias, la balanza entre sus valores de cambio se hará lo bastante dispar como para hacer invendibles los productos colombianos. Esto, sin contar los numerosos empréstitos que, seguramente, adquirirán industriales y comerciantes colombianos. Su deuda crecerá a niveles insospechados y, casi indudablemente, me atrevo a vaticinarlo, Colombia se hará más vulnerable y dependiente, tanto a nivel político como económico. No sé, podría ser que tal estado de cosas, por fin, produjese una revolución que ha debido estallar hace más de 100 años; eso es lo que desearía yo.

Por Giovanni González Arango