Leaving a note that she hopes will say more

The Beatles, She’s leaving home

Today we escape

Radiohead,  Exit music (for a film)

Escape is never the safest place

Pearl Jam, Dissident

Andrea Camila estiró la mano y apagó el despertador. Fue un acto instantáneo. Primer timbre, mano que lo apaga. Sin embargo pensó que quizás había tardado demasiado y escuchó con atención pesimista pensando que no era la única que se había despertado. Pero ni en la casa ni en la calle había ruido. Se le hizo extraño haber dormido, considerando la expectativa, y pensó en que lo mejor habría sido ser raptada, que su salvador entrara por la ventana o algo así, pero ya los tiempos no dan para caballeros y dragones y, aunque vive en un buen barrio, su casa no es un castillo.

De todas maneras habría sido mejor si él entrara por la ventana y susurrara para despertarla y al menos ese día, el último día, la hubiera salvado del sonido del despertador. Estaba muy oscuro y Andrea Camila encendió la lámpara de la mesa de noche haciendo que el cuarto se llenara de ese amarillo puro que la luz artificial sólo puede lograr en la madrugada. Se frotó los ojos, un gesto inevitable, y siguió haciéndolo mientras caminaba hasta la ventana sobre la baldosa helada. La calle estaba completamente sola y la invadía la niebla que sube desde Ciudad Norte y a veces cubre la meseta antes de la madrugada. Andrea Camila esperaba al menos ver un celador o un repartidor de Vanguardia Liberal pero no había nadie. Nadie andaría por ahí con ese frío y esa niebla.

Clavadas con tachuelas en un corcho colgado en la pared hay varias fotos; la más grande es una de Fernando Barajas. Camila siempre pensó que en esa foto Fercho no se parecía a Fercho, pero la dejó colgada porque, de todas maneras, en esa foto Fercho se veía mejor de lo que era. Tantas veces Fercho llegó junto a su ventana como un caballero al rescate y le gritó “Tira el lazo” y ella tiraba un lazo por la ventana y se escapaba a veces hasta el día siguiente y luego entraba sin saludar y se encerraba en el cuarto, en ese mismo cuarto que ahora le parecía tan frío, y ponía música a todo volumen para no escuchar a su papá regañándola desde el primer piso. Andrea Camila siempre pensó, siempre tuvo por cierto, que un día se escaparía con Fercho y se irían por una carretera donde casi no había árboles y acamparían en el desierto. Andrea Camila pensó si estaría en una carretera al final del día y se contestó que la pregunta no tenía sentido, que uno nunca sabe dónde va a estar cuando termine el día. Uno no sabe si al día siguiente amanecerá bajo la misma niebla.

Fercho Barajas y Andrea Camila se conocieron en el colegio y se hicieron amigos porque cada vez que los sacaban de clase se iban a tomar tinto a la sala de profesores. A Fercho le perdonaron los piercings y los cigarros y a Andrea Camila la manía de fingir cólicos para no entrar al salón, pero el día en que de común acuerdo se negaron a ponerse la cruz en la frente el Miércoles de Ceniza los echaron con humillación pública y todo y ni siquiera el profesor Medina pudo interceder por ellos. Al final del día estaban celebrando su expulsión tomando cerveza en un andén y fumándose una caja completa de cigarros.

Por ejemplo, ese día ellos no sabían que iban a terminar en un andén. Camila caminó hasta el baño, abrió un poquito la llave (“el agua está helada”) y se limpió la cara. Irse siempre es triste así uno se quiera ir. Nunca había pensado dejarle una nota a su papá el día que se fuera, buscó un cuaderno y garrapateó una explicación. La dobló por la mitad y escribió “Papá” y pensó que hace mucho no escribía esa palabra y se sintió un poco como en preescolar. Por fin se había despertado del todo. Su morral estaba empacado desde la noche anterior. Abrió un poco la ventana. Hacía frío. Buscó un cigarro, lo encendió y pensó en que igual podría escaparse con el humo que salía por la ventana y se mezclaba con la neblina.

Uno puede escaparse con el humo de un cigarrillo…

La imagen de la televisión mostraba el cielo ennegrecido y luego uno de los muchos incendios de la ciudad durante los peores días de la guerra, pero el mensaje era optimista: habíamos ganado y la siguiente imagen mostraba un desfile donde, mezclados con los militares que copiaban el paso marcial que, también en la televisión, habían visto hacer al ejército ruso, pasaban mujeres disfrazadas de venados, leopardos y cazadores vestidos con chaleco verde; y luego el ruido que era el ruido de los aviones mezclados con la banda de guerra que tocaba un bambuco viejísimo y con los cañonazos que todavía se escuchaban y la campana, la campana de la noche anterior y la noche anterior a esa, la campana que le gana a todos los ruidos. Él sólo tenía tiempo para despertarse, saltar de la cama, mojarse la cabeza y peinarse con las manos y ni siquiera se acordó que estaba soñando con días de armisticio y desfiles absurdos. Ella ya estaría esperándolo. Las llaves del carro estaban donde siempre y allí, donde estaban, dejó la nota. Bajó en segundos las escaleras del edificio. Encendió el R9 rojo de la familia (no planeaba robarlo, sólo lo necesitaba por lo del escape), bajó hasta el parqueadero del edificio y pitó para que el celador le abriera la puerta. “Pero dónde se metió este desgraciado”, pensó después de pitar por segunda vez y de inmediato pensó que estaría en la esquina tomando tinto o metido en algún apartamento con una empleada. Nada qué hacer, porque no podría salir del edificio hasta que el celador no apareciera. Bajó del auto, sacó un cigarrillo de la chaqueta (hacía frío) y pensó que el humo podría salir sin problema por las rejas de la puerta del parqueadero. Sabe lo que va a suceder y por eso no tiene importancia la pequeña tardanza del celador. Unas horas después él está recorriendo el desierto junto a Andrea Camila, perdiéndose en algún lugar entre el Cañón del Chicamocha y el Paso de Arcabuco. El desierto es la tierra prometida, hay gasolineras con lagartijas gigantes en las paredes y pequeños pueblos donde se esconden ladrones y fugitivos con deudas de sangre, bares donde un hombre de treinta y pico y su amante de dieciséis fuman marihuana todo el día hasta el día en que se vuelven arena y una ciudad sin ley y cementerios indígenas cubiertos de conchas y cruces de caminos que llevan a todas las carreteras el mundo y vodka servido en vasos sucios y hogueras en las noches. Sentada en su vieja ventana, Andrea Camila arroja la colilla que cae sobre la arena (antes había asfalto, ahora hay arena, el desierto está llegando) se pone los zapatos, piensa que lo tomó mucho tiempo aprender a amarrarlos y se coloca el morral. La indescriptible sensación del viaje, el dulce peso que debe sentir el caracol sobre la espalda. Una última mirada por la ventana ya con la carta en la mano. Su padre la descubrirá con el primer tabaco de la mañana, (el tabaco viejo, su único vicio) y no podrá creerlo y buscará más pistas y durará como loco todo el día hasta el tabaco de la noche y pasará derecho hasta la niebla de la madrugada cuando para tratar de dormir va a destapar una botella de vino importado.

Andrea Camila soltó una lágrima que parecía seguir el camino de la colilla. El celador llegó tomándose un tinto caliente y abrió la puerta del garaje. El auto salió despacio pero aceleró apenas llegando a la esquina. Sus padres encontrarían la nota cuando su mamá lo llamara el desayuno está caliente y nadie contestara y de una pensarían en la muchachita esa, en la muchachita esa que siempre supimos le iba a dañar la vida. Su madre no va a llorar (estará más bien histérica), pero a su padre se le aguarán los ojos. Su padre es un buen tipo, es sólo que así son las cosas y hay que huir y sino era él alguien más huiría con Andrea Camila y la esperaría en un cruce de trenes (él sabía que Andrea ya había dejado a alguien porque no fue capaz de escaparse con ella); pero no, Andrea Camila no era una mala persona, sólo estaba asustada y cada vez más asustada. Andrea Camila sólo quiere quemar las naves y una lágrima cae sobre la colilla y se vuelve vapor y desaparece. Todo lo que no se vuelve humo sigue existiendo. Era tanta la rabia. Tantas cosas que no se van a volver a ver, su padre, la ciudad. Los parques repetitivos, el escape no es el lugar más seguro pero es un lugar, tira el lazo somos jóvenes. Fercho Barajas, ¿por qué nunca lo vio vestido con colores alegres?, Fercho, en el andén, Fercho sin ceniza en la frente, Fercho incapaz de encender un fuego. Andrea Camila puso la carta sobre la mesa, sólo unos escalones más y luego la calle que se volverá la carretera interminable, el polvo del camino y la arena del desierto y nuevas ciudades y una gasolinera como las de las películas (porque siempre todo es tan como lo de las películas) como las gasolineras que ya han visto a la orilla del camino. Han visto tantas cosas desde que dejaron la ciudad. Parejas ilegales, asesinos en fuga y varios candidatos a terapias de litio y electrochoques y un letrero que decía

“Larga vida (aquí y en El Desierto) a las almas atormentadas”.

O algo así.

La tierra prometida es un alto en el camino, un cruce de caminos, un rastro de polvo en la carretera “Ojalá no despierte” pensó Andrea Camila mirando a su padre. “Ojalá no despierte” piensa de nuevo mientras baja del auto en la gasolinera. La tradición exigiría un trago fuerte pero ella tiene la garganta seca y bien se conformaría con agua fresca. Un tipo sentado a la entrada, no un vaquero ni nada, un tipo común y corriente, tiene una pistola sobre la mesa y ella piensa en cómo habría sido dispararle al viejo mientras dormía y piensa en la felicidad que traería esa pistola humeante mientras su padre enciende el primer tabaco de la mañana y observa una nota sobre la mesa y de inmediato piensa en el escape y llora de rabia ante lo irremediable de la situación. “Un vaso de agua y cigarrillos” dice Andrea a la mujer tras el mostrador y luego pide un encendedor. La primera bocanada, ¿Cuánto tiempo han viajado?

“¿Cuánto tiempo hemos viajado?”

Él contesta. Cuánto tiempo ha pasado desde el último cigarrillo en casa, con la puerta entreabierta y siempre mirando hacia la esquina, cuando apareció un auto rojo girando lentamente, cortando la niebla, el humo del primer cigarro y la pistola humeante y el polvo del desierto que nubla la vista y no deja ver si uno está realmente durmiendo en el asiento trasero de un auto rojo y los vidrios han comenzado a empañarse (y El Desierto es un cuerpo desnudo), los vidrios del auto que llegó en la madrugada (uno puede escaparse con el humo). Fercho, el viejo Fercho en unos años estará loco y caminará por ahí repitiendo la misma frase (y es la frase de un cuento de horror : “El miedo siempre triunfa”) , pero por supuesto, eso no importa ahora, no en la madrugada del escape, porque a pesar de haber querido tanto a Fercho, a pesar de tener su foto pegada en un corcho y a pesar de haber huido con él un par de veces por un par de días, Andrea Camila sabe que escapar un poco es quedarse y Fercho nunca tendrá la fuerza suficiente. Por eso, en esta madrugada de miércoles, mientras Fercho Barajas duerme tranquilo en su cuarto que ha decorado con relojes, Andrea Camila escapa con Vlacho. No lo quiere tanto, pero es él quien conduce, quien maneja el auto que gira en la esquina que ella cree no volverá a ver y desde ese carro Vlacho mira la luz apagada de la ventana, aspira su cigarro y bota el humo y cuando el humo se dispersa (quizás ha cerrado los ojos mientras tanto) la ve junto a la puerta. Tal vez lo descubran al tiempo en las dos casas.

Tal vez, pero no importa. Andrea Camila pide un cigarrillo, el mismo que tendrá que esperar hasta que lleguen a la gasolinera porque Vlacho está terminando el último cigarro que le quedaba. Sube al auto y toma a Vlacho de la mano y uno puede seguir la trayectoria de la manguera azul brillante que sale por la mínima abertura de la ventana del conductor y empieza o termina en el tubo de escape y es por eso que los dos lloran suave y respiran profundo cuando Vlacho gira la llave y enciende el motor o  en realidad lloran y respiran porque han llegado al desierto, a la gasolinera soñada, y se recuestan para descansar o si lo que sucede es que escapan, se aman en autos viejos y minas abandonadas y llegan a conocerse tanto que terminan por odiarse y cada uno regresa a su casa sin que nada cambie y se ven muy poco hasta que Camila, saturada de todo, hasta de esa respiración profunda, salta por la ventana de su nuevo apartamento en un noveno piso en una noche en la que también llueve. Uno no sabe (tampoco ellos) donde va a estar cuando termine el día. Lo de la noche lluviosa pasará en algunos años porque hoy es un hermoso día soleado y al encender el motor, Vlacho se da cuenta que no vale la pena desperdiciarlo y respira profundo y el humo (cigarro o tubo de escape, no hay manera de saberlo) se mete en sus pulmones mientras Camila sonríe entre lágrimas con cara de libertad recién estrenada.

Por: Ricardo Abdahllah