- Hace tiempo que no hacemos nada los
viernes por la noche.
- Supongo que son los años que se nos
echaron encima sin darnos cuenta.
- Yo antes, desde las tres de la tarde
empezaba a sentir un desasosiego en el estómago y no se me calmaba hasta que no
me tomaba la primera cerveza. ¿Te acuerdas de aquellas juergas? ¿De las
caminatas en la madrugada?
- Yo hace tiempo decidí no recordar… es
menos doloroso.
- No si a mi no me duele.
- Pero extrañas.
- Hombre pues si.
- Extrañar es un dolor encubierto.
- Quiero decir que no me entristece.
- Pero te pierdes en el pasado, te evades.
- ¿Y qué?
- Ya no tenemos nada que perder.
- Por perder que no sea, ya ni nombre
tenemos.
- Y de dónde sacarían aquello de NN
- Ni Puta idea. Como no haya sido un error
de funcionario, que al querer escribir SIN NOMBRE, por abreviar se equivocó y
puso NN – No Nombre. ¿Porqué qué más pudo ser?
- Schits, por ahí viene alguien.
- Ya está, otro beato que quiere un
milagrito.
- Joder, con lo tranquilitos que estábamos.
Ahora nos entretendrá por lo menos dos horas sobándonos el cuerpo y
susurrándonos una sarta de problemas con voz lastimera a ver si se nos ablanda
el corazón.
- La semana pasada casi me vomito con una
vieja que quería un amarre para su marido… casi le pongo en la mano un espejito
y un estuche de cosméticos a ver si con eso se componía un poco.
- ¿Tan fea era?
- Fea no alcanza a describir el cúmulo de
adversidades que tenía en esa cara.
- ¿Y usted qué hizo?
- Lo de las putas, cerré los ojos y me
imaginé a Julia Roberts.
- Eso está bien. Cállese que ahí llega.
- Dónde estarán los nichos de esos dos que
me dijo el compadrito, - se preguntaba Alirio mientras avanzaba con paso
decidido por el cementerio abandonado - según las indicaciones eran cien pasos
a la derecha del ángel de la entrada. Debe ser por aquí, en este muro. Ahora
eran cuatro huecos de arriba para abajo empezando por la izquierda. Uno, dos,
tres…cuatro – se frotó las manos que ya empezaban a chorrear de sudor – ¡sí! es
aquí. Ahí están dos cuerpos NN, ahora si que se me hace el milagrito.
La cara que va poner Violetica cuando me
vea llegar en mi flamante todo-terreno azul tocándole la pita desde la esquina,
pa´que todo dios en la oficina sepa que al pobre mensajero le llegó la buena. Y
después me la llevo a bailar a… no primero le compraré su buena pinta con
joyitas de oro y todo, ya por la noche iremos a cenar a un restaurante de esos
bien caros… o mejor nos vamos a ver el mar, si mejor darles con la puerta en la
cara al jefe y a todos los empleados e irnos al mar, quedarnos en un hotelito
cinco estrellas y tal –
Mientras la mente de Alirio ya saboreaba
las mieles de la costa, sus manos torpes iban desatando una gruesa cobija de
lana que había llevado para ocultar los cadáveres, lo único que tenía que hacer
era llevárselos para su casa y al día siguiente muy tempranito iría donde el
cura, le entregaría los cuerpos, les mandaba decir una misa, ojala la plata le
alcanzara para una cancioncita…. es que el cura últimamente le ha dado por
cobrar las canciones que pone en la iglesia, bueno – reflexionó – no importa,
si hay que gastarse los ahorros en el funeral, pues se gastan y listo, hay que
tomárselo como una inversión.
Así lo hizo, se cargó los cuerpos a la
espalda, caminó hasta su casa y no durmió en toda la noche por temor a que de
repente cobraran vida y se le escaparan, eso era lo de menos, también había que
vigilarlos de los demás hombres del barrio que siempre estaban a la caza de
cadáveres sin nombre para adoptarlos. Desde hace unos años para acá los muertos
sin nombre habían reemplazado a los santos en eso de hacer milagros. Él mismo
era testigo de primera fila, su primo Onofre se había encontrado uno, y a los
tres días, después del entierro… ah lindo entierro le hizo… se le concedió el
milagrito, se ganó el gordo de la lotería.
Alirio espantó el sueño, con sus propios
sueños de grandeza, y cuando los ojos empezaban a obedecer a la naturaleza, él
los forzaba a abrirse imaginando la cara de asombro y envidia de sus colegas de
oficina, los ojos de Violeta cuando el lunes siguiente llegara en su
todo-terreno, estacionara frente a la oficina, donde ella pudiera verlo bajarse
del carro. En esas divagaciones le llegó
la mañana. Sin pensarlo dos veces, sin bañarse la cara ni tomarse el café cogió
los dos cuerpos y se fue para la iglesia.
Todo salió como estaba previsto, ese cura
era un mago para organizar tales eventos, había que ver la carita de felicidad
de sus dos muertitos, digno trabajo el del embalsamador, y los trajes de paño
inglés, la camisa de seda, las corbatas finísimas, claro, todo alquilado, pero
daban el toque de distinción que Alirio deseaba. Y en la iglesia fue lo máximo,
las flores, los cirios encendidos, el incienso, la música, si hasta parecía que
se hubieran dado cita allí los mismísimos monjes de San Bautista salidos de su
ancestral claustro.
¿Qué más podía pedir Alirio?- Pero Alirio
ya no contestó más. Esa noche unas fiebres tropicales acabaron con su fé.
- ¿No crees que nos pasamos con el virus de
las fiebres tropicales?
- Que va se lo merecía por pendejo. Por
creer en tanta mariconada milagrosa. Es que este país anda en muletas.
- Si, - se rió el otro-
- Schisttt ahí viene otro… con este
podríamos probar lo del…
- ¡Cállese carajo que ya se está
arrodillando!
Por: Gladys