28 de Abril, 2007, 13:52: GladysGeneral

Berta, resguardada de la lluvia bajo un portal contempla las ventanas del cuarto piso del edificio que tiene enfrente, la imagen es borrosa debido a la densa lluvia, que como el velo de una cortina, apenas si le deja entrever los tres grandes recuadros negros que concentran toda su atención. Desde ahí ha visto morir la tarde en brazos de un lánguido crepúsculo dorado, como si contemplara el prodigio en una pantalla gigante; al principio el sol enrojeció como los cachetes de una muchacha, luego se fue tornando violeta, como vaticinando el pronto desatar de las furias corporales y los fluidos salados de los habitantes de la ciudad, después todo se consumó en un cálido dorado, como si el rey Midas hubiese rozado con su mano el lienzo del edificio tiñendo sus muros de oro, con la intención de enfurecer al gran creador, quien en un estallido temperamental, de esos que le suelen dar a veces, quiso borrarlo todo de un solo manotazo empleando en ello toda su rabia concentrada en ese desatado aguacero. Sin embargo esos berrinches ya hace tiempo no asustan a nadie, al contrario, a los bogotanos les gusta, les gusta esa ciudad caleidoscopio donde nacieron o donde se refugiaron, vaya usted a saber, pero a todos les pasa lo mismo, al principio la rechazan y luego no se quieren ir, se entregan a sus cambios, aman la vida en multicolor que muere y vuelve a nacer después de cada chaparrón; por eso Berta contempla desde su refugio la vida que late tras las ventanas de aquel edificio, al que hace guardia desde hace tres meses.
    Noventa días que terminan de idéntica manera, a eso de las cinco de la tarde deja el taxi en el parqueadero público, camina hasta una cafetería y se toma un tinto, como para darse tiempo, para esperar que entre las espirales de humo el reloj le indique el segundo justo en el que debe echarse a caminar unas tres cuadras más o menos, hasta llegar frente al edificio objeto de sus vigilancias secretas. Algunas veces la iluminación del escenario cambia, pero no el acto de su protagonista; a eso de las seis de la tarde las tres ventanas únicamente reflejan la luminosidad exterior, cuando dan las seis treinta, el recuadro de la izquierda se ilumina dibujando ante los ojos de Berta una lámpara de tres picos, una estantería con libros, un retazo de pared rojo colonial y al fondo, casi oculto a su visión una máscara africana.

    Transcurren unos diez minutos, el recuadro de la izquierda vuelve a ser negro y pasados unos instantes se dibuja el de la derecha, aquel parece ser un cuarto, aunque Berta no podría precisarlo a pesar de los tres meses de constante vigilia, y ocasionalmente el recuadro del centro se ilumina, generalmente cuando hay visitas, entonces las cortinas se despliegan, y Berta puede entrar un poquitito más en la vida del apartamento 401, calle 54.
 



Hoy Berta siente que el plazo se ha vencido, lo supo desde que despertó a las cinco de la mañana y vio a Diego encogido en el sofá, en la misma posición de abandono que había adoptado desde el momento en que entró a su casa. Nada ha cambiado desde entonces, las manos muertas sobre las rodillas huesudas, la barbilla como escondida entre los hombros, la boca apretada y la mirada perdida en un punto invisible, indiferente a la vida que bulle a su alrededor; con el correr de los días la piel se le fue apergaminando y se le fue adhiriendo a los huesos, los ojos como puntitos luminosos que al principio le insinuaron a ella retacitos de fantasía, como si fueran mundos maravillosos por descubrir y vivir juntos, pronto revelaron su verdadera causa: el alcohol, la sangre avinagrada que enerva y languidece, casi simultáneamente.

En esos primeros días Berta parecía vivir enajenada, haciéndose la desentendida ante ese agujero que se iba abriendo en su mundo, disimulándolo con remedos de caricias, con besos, ternuras y tibiezas que siempre se estrellaban contra el muro de indiferencia donde se escondía Diego y que para Berta representaba un reto, un desafío a su feminidad, esa especie de enemigo que algunos necesitan para dar sentido a su existencia; con el correr de los días,  sin apenas darse cuenta, se vio transportada a un territorio en el que se hallaba totalmente fuera de lugar, un espacio en el que de nada le servía lo aprendido, lo experimentado, lo saboreado y lo palpado hasta ese momento; el vacío que invadió su memoria llegó incluso hasta transformar la imagen que de sí misma tenía, pero no a nivel físico; esa que la miraba desde el espejo era la Berta de siempre, era algo más complejo y difícil de determinar, se desconocía en las cosas cotidianas y simples de su propia vida; aquella tarde, por ejemplo, el pastel de yuca con coca-cola no le supo igual, a eso debió hacer caso desde el principio de su inesperada situación, si así hubiese  sido, tal vez... No, para qué pensar en lo que no se hizo en el momento oportuno. El sabor de la yuca desliéndose en el paladar, ¿cómo pudo cambiarlo por aquella masa apelmazada y sosa que a él le gustaba tanto? Eso sin contar con la ropa, el esmalte de uñas, las horas muertas debajo de aquel secador, qué demonio se le metió en el cuerpo aquella noche, que de un momento a otro sintió que la ternura y eso tibiecito que siempre había habitado su cuerpo tomaban la forma del coraje, henchían su corazón, le alborotaban el cerebro descubriéndole más que una Berta, una desconocida Juana de Arco ante el volante de su “chevito” en medio de la séptima a las siete de la noche, de un maldito viernes en la ciudad caleidoscópica, dispuesta a darlo todo por hacer volver a la vida a ese Diego que le cayó del cielo.

¡Ups! Berta la taxista, la que había empezado a conducir desde los veinte años aquel carrito que pagó con el traqueteo honrado de su taxímetro, que al principio se perdía por aquellos barrios olvidados de la mano de Dios, mentándole la madre al hijueputa ese que la había  llevado hasta allá y encima pagaba con un billete grande y ella sin cambio en el bolsillo. Mundo edificado sobre submundos, maquillajes desteñidos sobre rostros que empezaban a mostrar la barba indómita, alguna que otra teta de goma olvidada debajo del asiento, aunque también, dentro de su arquitectura vivencial encontraba hombres de voz pausada, de manos limpias, cuyos ojos descubría a través del retrovisor y contemplaba con placer hurtando la mirada al tráfico, enviando señales de complacencia y de obediencia hasta el fin del mundo, si se lo pidieran.

¡Nunca lo hicieron!    

Pero Berta tampoco se amargó por ello, todas las mañanas saludaba a su “chevito”, le pasaba la estopa por el capó, le golpeaba las llantas con la puntera de sus botas nuevas, aspiraba el interior, limpiaba los cristales y dejaba que el aire circulara libremente por el interior del carro para dejar que salieran los demonios oscuros y en su lugar entraran los ángeles divinos que la acompañaban todos los días; luego se sentaba ante el volante, colocaba los espejos en el ángulo perfecto, se miraba el rostro en el retrovisor y veía unos ojos verdosos, enmarcados entre pestañas largas y sedosas, la línea de maquillaje perfectamente delineada sobre el párpado, los cachetes sonrosados y los labios. Sí, lo mejor que tenía su cara, eran los labios, más bien gruesos pero con la curvatura perfecta de los besos, por eso, a ellos dedicaba toda la atención de su escaso maquillaje, le gustaba ver como los millones de lucesitas del brillo labial cambiaban de forma a medida que la luz variaba y después estaban sus dientes, sus blanquisimos dientes, ellos también eran su orgullo íntimo de hembra; por último se echaba la bendición, pisaba el acelerador y...

Aquella mañana de hace justo tres meses, Berta cumplió todas sus rutinas, se encontraba con el ánimo alegre, ligera y optimista: su primer pasajero fue una chica universitaria que andaba un poco enredada con la maqueta de un edificio, una preciosa casita de muñecas con todos sus detalles, hasta niños jugando en un parque de liliputs, seguro que el profesor le alabaría el trabajo, ella misma no pudo reprimir su grata sorpresa y así mismo se lo dijo a la chica: “eso es muy lindo, seguro que va a sacar un diez”. “Dios la oiga” le respondió la chica y se fueron enredando entre jergas arquitectónicas que Berta traducía en palabras como armonía, olor de hogar, familia numerosa, niños alborotando sobre en el jardín, hasta que, concluyó que era bonito trabajar con las manos.

Más tarde un joven ejecutivo bañado en colonia de regular aroma, ostentando señales demasiado visibles de la posición que anhelaba conseguir, con una voz de falsete gangoso y un aire de mírame y no me toques, la instaba a que volara por la ciudad pues tenía una cita muy importante – Y a mi que me cuenta – pensaba Berta, haberse levantado más temprano caballero. Pero no se lo dijo, ese maniquí no iba a estropearle el día, con ese sol tan bonito, con esa avenida bordeada de tantos árboles y ese aire fresco que entraba por la ventana, no señor, si sus clientes no lo esperaban, pues mala suerte, mira que arrugar esa cara tan joven por unos clientes de mierda y menos mal que no había empezado el atasco porque si no.

A eso del medio día una parada para almorzar, unos cuantos viajes más y luego a casita, sin embargo las nubes empezaron a tejer su manto a eso de las cuatro de la tarde; la luz se fue tornando gris y el ánimo de Berta empezó a desasosegarse con una extraña inquietud, las manos le empezaron a sudar y hasta ganas de orinar le dieron en medio de la avenida quince. La vejiga a punto de reventar la obligó a introducirse en un centro comercial, eso, y dejar el “chevito” mal estacionado para correr al baño, fueron casi una misma acción.

Cuando la urgencia desapareció, humedeció su rostro frente al espejo y la iluminación mortecina del lugar le desagradó, se vio demasiado pálida, los cabellos aplastados y un poco grasosos en las raíces, el maquillaje opaco y sus labios resecos. ¿Qué carajo había pasado?

Tomó una toalla de papel, la humedeció y la colocó sobre los párpados cansados, estuvo así unos instantes, empezó luego el proceso de retoque y hasta que no quedó algo más contenta de su apariencia no abandonó el baño. Se acercó hasta su carro, abrió las ventanas a ver si los ángeles estaban aún dentro y presintió que no; se perfumó un poco detrás de las orejas y se dijo que lo mejor sería irse a casa, mañana sería otro día.

Berta salió del estacionamiento y dio la vuelta al centro comercial para cambiar de sentido pero al llegar al semáforo una pareja de mediana edad le hizo la señal de parada. Berta sintió el impulso de no llevarlos, casi levantó la mano para indicarles que estaba fuera de servicio, sin embargo, automáticamente frenó suavemente.

La mujer ayudó a sentarse al hombre que parecía enfermo, se le veía  marchito, ajado, con la piel apergaminada, su mirada tenía un aire de desvalidez que a Berta la enterneció, con atención vio el diligente qué hacer de la mujer, al parecer su esposa, empujando el cuerpo del marido, encogiéndole las piernas, enderezándole la espalda y acomodando su cabeza de forma que no chocara contra el cristal de la ventana, luego se sentó ella y con el crujir del cuero al recibir su cuerpo, Berta sintió un olor que le recordaba a Grecia, en su mente se dibujó la imagen de un mar profundamente azul, bordeando una pequeña porción de tierra sembrada de ruinas blancas, como los huesos de la humanidad. A eso olía aquella mujer. Manos expertas y sabias imbuidas de vida, cálidos puentes de un mundo a punto de derribar los diques, cansados ya de resguardar un aliento resignado, abandonado y hostil.

-       ¿Adónde la llevo señora? – Preguntó Berta -.

-       Usted siga que ya le indico.

Berta aceleró con cuidado. El “chevito” respondió como un todo terreno y empezó a deslizarse sobre el asfalto de la quince en dirección norte. Vehículo y conductora formaban un armónico equipo donde cada uno de los procesos viales se cumplía armónicamente; por la ventana desfilaban todos los elementos que componían el atrezzo de una ciudad iluminada con la melancolía de un atardecer gris, lentamente devoraban almacenes, edificios, casas, postes eléctricos, peatones presurosos, de vez en cuando el alboroto de los autobuses escolares rompía el silencio de la escena como un rayo fugaz en la inmensidad.

Por la próxima a la derecha – le indicó la mujer a Berta -.

          Ahora el tránsito era menos fluido, los vehículos formaban una especie de lenta procesión lastimera por toda la calzada. La mujer abstraída miraba a través de la ventana el lento circular del tráfico mientras mecánicamente acariciaba la mano de su marido; éste como si no fuera con él se dejaba hacer. Berta, de vez en cuando los miraba por el retrovisor y la piel se le erizaba cuando contemplaba los ojos fríos del hombre, la mirada resignada y el rictus triste de sus labios. Sí, Berta se sentía incómoda con estos pasajeros, no eran como todo el mundo, un pasajero se sube y dicta la dirección, el chofer la sabe o la pregunta y se encamina, a veces se habla del tiempo, de fútbol, de política, de la novela, pero todo brota armoniosamente, incluso hasta el silencio llegó a ser grato muchas veces en su larga vida de taxista, con éstos en cambio todo era incómodo, fuera de lugar, por eso, y para tratar de suavizar el clima gélido dentro del auto, Berta encendió la radio y la triste melodía de un bolero empezó a invadir el espacio mientras, susurraba a sus oídos: “...seré en tu vida lo mejor de la neblina del ayer cuando me llegues a olvidar...”. Los ojos de Berta se encontraron con los de la mujer en el espejo del retrovisor; los ojos se sorprendieron, se reconocieron en ese verso y las bocas entonaron simultáneamente: “... como es mejor el verso aquel...”, el auto se detuvo, unos jóvenes en otro vehículo se colocaron a su lado y miraron con curiosidad dentro del taxi, Berta subió el volumen: “... que no podemos recordar...”. Los autos empezaron a moverse, el pie derecho de Berta cumplió su cometido y en un segundo los chicos desaparecieron, ahora se detuvo frente a una mujer sola en su vehículo, se miraron, la mujer le hizo una seña a Berta de desesperación por el tráfico; Berta asintió y le hizo un gesto de resignación, otra vez el acelerador y de nuevo la canción: “... seré en tu vida lo mejor...”, miró Berta por el retrovisor, la mujer contestó con los ojos y con su voz:

“... de la neblina del ayer, cuando me llegues a olvidar...”. El tráfico en ese momento se hizo más rápido y Berta prestó atención al vehículo abandonando a la mujer que con lágrimas en los ojos susurraba: “... como es mejor el verso aquél que no podemos recordar...”.

En ese momento el tráfico se deslizaba como por un tobogán: a la derecha las montañas, a la izquierda una hilera de casitas estilo años cincuenta, los árboles pasaban veloces ante la mirada húmeda de la mujer y la indiferencia del hombre a su lado.

    -       En la cincuenta y dos bajamos a la trece por favor – dijo de prontola mujer con un tono extraño en la voz -.

Berta la miró por el retrovisor pero ella volvió al paisaje y a la monótona acción de acariciar la mano del marido. Berta aceleró y se empezó a sentir un poco mejor, ya estaban cerca de la dirección indicada, ese par se bajarían y ella podría irse a su casa, darse una buena ducha y a lo mejor llamar a alguna amiga e irse de juerga; sí eso sería lo que haría, una buena discoteca, salsita para contentar el cuerpo y unos aguardiénticos para pasar el mal rato que éstos dos le...

     - Por aquí puede dejarnos – indicó la mujer mientras buscaba en su cartera el monedero -.

Berta empezó a frenar  – ¿Por aquí le parece bien? – Preguntó a la mujer.

    -       Ay, me va tener que perdonar, pero no llevo suelto, tendré que buscar un cajero automático – dijo la mujer –

    -        Mierda – pensó Berta, pero la miró resignada – y en voz alta añadió: lo mejor va a ser que me parquee un poquito más adelante. Ah, allí hay un cajero, vaya que la espero.

La mujer la miró con pánico, los labios le temblaban y se quedó como paralizada, Berta al verla tampoco supo que hacer por unos instantes, pero reaccionando casi le ordenó que se bajara, que no tenía todo el día para esperarla.

La mujer se bajó, la miró un par de veces hasta quedar de frente al cajero, introdujo la tarjeta e hizo el ademán de teclear la clave; esperó unos instantes y la máquina le devolvió la tarjeta. Volvió donde Berta, le explicó el inconveniente y presurosa se dirigió a la esquina, miró un par de veces hacía el taxi y desapareció.

Las montañas empezaron a perder su contorno, el cielo parecía dispuesto a ofrecer el mejor de sus espectáculos, las nubes se apartaron un poco dejando que el sol agonizara dignamente, que tiñera de naranja la incipiente noche mientras al lado de Berta las luces se encendían y la ciudad se preparaba para el descanso. Berta miró al hombre sentado y silencioso tras ella, a él la noche también le había llegado, en sus mejillas se aparecían y desaparecían las luces de la ciudad temblando en una lágrima que no se decidía a abandonar sus fríos ojos. Y la mujer no aparecía.

 

 

          Una luz en la ventana del cuarto de la izquierda logró sacar a Berta de sus recuerdos, una silueta femenina recortada sobre la cortina iba y venía como buscando algo, entonces supo que tenía que hacerlo, supo que debía caminar, que no debía pensar en nada, simplemente subir la escalinata del andén, abrir el portal, tomar el ascensor... - ¡Dios mío! – estoy empapada, pensó Berta.

Efectivamente, las botas de sus pantalones estaban húmedas hasta las rodillas, la tela era más oscura que en la parte superior, el cuero de sus botas había perdido el lustre, la camisa estaba arrugada y el pelo erizado como si hubiese metido los dedos en un enchufe. Se miró en el cristal del portal y no se gustó, tal vez debería irse, tal vez debería dejar para otro día lo que... no, tenía que hacerlo, era ahora o nunca.

 

          La luz en la ventana de la izquierda recortó la silueta de una mujer sobre la cortina ondeante, una mujer que cantaba en voz alta desentonando con todas sus ganas, una garganta que se expandía como si estrenara músculos, unas manos que se alzaban siguiendo un ritmo espontáneo, unos pies desnudos, ligeros y danzantes dibujaban sobre la alfombra las huellas de una Tina Turner en concierto en el Madison Square Garden. Porque a ella le hubiera gustado ser como Tina Turner, en su juventud soñaba con ser una famosa cantante de rock, imaginaba los conciertos, las silbatinas de la gente, ese océano de ojitos titilantes bailando al ritmo de su música, y ella vomitando todas sus ganas sobre el público, entregándose a esos miles de amantes simultáneos, enloqueciendo con ellos y con el ritmo, estallando en la noche, reventando el corazón, arrancando estrellas; pero había conocido a Diego.

La mujer se detuvo un momento en su danza, estiró los brazos, fijó los ojos en la punta de sus dedos, en esos dedos que desde muy pequeña, pensó, que estaban destinados a coger las estrellas y se vio con treinta años menos guardando sus sueños en un cajón para que no estorbaran los sueños del marido. Sin embargo no podía alegar nada en su favor, la culpa fue enteramente suya, la culpa era de ese carácter blandengue que se iba escudando en pretextos para no arriesgar, para no mostrarse, para no definirse... la mujer sonrió mirándose al espejo y retadoramente le reprochó a su imagen: “¿por qué la fuerza nos llega cuando no la necesitamos?”- sonó el timbre -. ¿Quién podrá ser a estas horas?.

La mujer continuó mirándose al espejo y se alzó de hombros “que se vayan. ¡No quiero ver a nadie!”. Debe ser la vecina pensó, a lo mejor necesita... - otra vez el timbre -. No, no voy a abrir. - de nuevo el timbre, esta vez con mayor fuerza -. Tendré que hacerlo, lo mejor va a ser que le abra y la despida prontito, le diré que estoy agotada, que he tenido un día pésimo y necesito descansar porque mañana... ¿ah, qué carajo?, ¿Por qué tengo que dar explicaciones? Hace noventa días que soy libre, LIBRE por fin y para siempre. Abriré la puerta y la despediré pronto, le haré el favor que quiere y listo. Tampoco debe una enemistarse con los vecinos.

Se encaminó a la puerta y abrió con cierta brusquedad.

 

Berta temblaba convulsivamente, su cuerpo parecía atacado por millones de hormigas carnívoras, sin embargo, al abrirse la puerta empujó a Diego hacía dentro y huyendo escaleras abajo le gritó a la mujer: “Ahí se lo devuelvo”.

Por: Gladys

 

 

28 de Abril, 2007, 11:21: SelváticaHablando de...



Asistir a la Feria del Libro es sumergirse en un marasma de emociones encontradas. De un lado se siente una especie de esperanza alentadora en nuestra sociedad, al ver la multitud de jóvenes caminando presurosos para visitar los stands, participar en los talleres, llevarse una caricatura, una firma o un libro; pero sobre todo, pasear con los amigos, ver chicas o chicos lindos, hacer amistades, pasar el día y de paso comprar libros, que ojalá, lean.
En otro lado están los padres de familia llevando a sus hijos más chicos de la mano, pero igual caminando de prisa como si el tiempo no alcanzara para comprar lo que desean para sí o para sus hijos. Afortunadamente este no es un aspecto que contemple sólo dos lados, al contrario, también encontramos a los editores y libreros, empleando las últimas estategias para vender sus libros, posicionar a sus escritores y abrir mercados; luego están los escritores presentando sus libros, firmando sus lanzamientos recién salidos de la imprenta, comentando, hablando, exponiendo sus puntos de vista para que el público lector los compre.
También, están los conferencistas, esos escritores obligados a hablar de un tema especifíco indicado por la industria. En este punto me quiero detener, porque yo también hago parte de ese gran mercado persa en donde la individualidad se mimetiza en ese monstruo conocido como "consumo masivo" y así, me lanzo igualmente a recorrer la feria en busca de libros para comprar, o sentarme a escuchar a otros escritores, lo cual me lleva a lamentarme siempre por no poseer el don de la ubicuidad, lo que me permitiría estar en mil sitios a la vez y no perderme sus palabras, aunque a veces no sirva para nada, como en el caso concreto de la conferencia dictada en el pabellón de Chile, que además es el invitado de honor a la feria, donde la escritora  chilena Alejandra Costamanga prometía hablar de los JOVENES EN LA NARRATIVA. Una conferencia que se perdió en el limbo pues la citada escritora empezó a hablar con voz entrecortada, nunca supe si por los nervios o por la contrariedad de hallarse sentada ante una cierta cantidad de personas que esperaban de ella mucho más de lo que tenia en mente, y que finalmente resolvió de una manera apenas adecuada leyendo los cuentos de otros autores. Cuando llegó el momento de las preguntas, tan temido por los conferencistas, le soltó el micrófono al presentador para que él resolviera esa papeleta incómoda. De los jovenes en la narrativa no supimos nada.
Nos quedamos inconformes, de un lado tuvimos la certeza de que la conferencia obedecía más los dictados de los hábiles cerebros estrategas de la comuicación masiva, que vieron en los jóvenes un rico filón económico, aprovechando sus ansias de escribir y su curiosidad innata por ver qué hallan de nuevo o de interesante, o de útil para su formación, pues parece que los empresarios de la industria editorial han descubierto que los jóvenes conforman un mercado explotable y muy rentable, por eso recurren a cualquier cosa con tal de atraerlos, no es raro que ahora les haya dado por premiar a los jóvenes narradores con concursos llamativos, a los cuales dotan de gran cantidad de dinero y de publicidad. Todo es válido en este mercado persa.
Sin embargo, no pretendo ser pesimista, es bueno que exista este tipo de actividades, es bueno que la gente asista, por el motivo que sea, es bueno que los escritores hablen de sus libros, que los editores prosperen en su negocio y que la feria se celebre cada año, con la condición de que el público luego de asimilar tanta información, en el camino de regreso a casa, haga una labor de selección que le permita contruir para sí mismo una opinión sólida y muy personal de la cultura que le tocó vivir, desechando lo fatuo que la adorna.
Reflexionando sobre este punto, me pregunto si los organizadores de la feria no han pensado en publicar un libro que recoja las conferencias dictadas por los escritores invitados a lo largo de los años en que ésta ha venido celebrándose, ¿o ya existe? Si no es así, seguro que vale la pena pues no dudo que a lo largo de los años hayan venido a hablar en este escenario, personajes verdaderamente profundos e interesantes.
Eso sería una forma de "dar las gracias" al público por su asistencia, entusiasmo y apoyo económico, pues podría constituirse en una herramienta mucho más útil tanto para los jóvenes, como para los mayores, una publicación de la que se beneficiarían investigadores, historiadores, sociologos, periodistas, profesores, escritores, etc.

Por: Selvática

28 de Abril, 2007, 10:26: ÁgataUn libro para ti

István Szabó

Me encontré este libro de manera casual mientras hurgaba entre una pila de revistas porno, de decoración, de farándula y hasta de ganchillo, en un gran almacén de libros usados en Bogotá. Para ser totalmente sincera, no me llamó mucho la atención porque mis ojos inquietos saltaban hacía otros libros de autores conocidos, o que mi memoria reclamaba con mayor urgencia, sin embargo, una especie de intuición me impulsó a abrir sus páginas y me encontré con que ASÍ DE SIMPLE es una memoria de los talleres de cine que realiza desde 1986 la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños en Cuba. Editado en 2003 por el Grupo Editorial Random House Mondadori, S.L.
Entre sus páginas encontré las voces de varios maestros del cine contemporáneo reflexionando sobre el guión, la dirección, la labor del producor, la actuación y la edición, pero además, descubrí  entre líneas sus íntimas reflexiones, no sólo en cuanto al cine, sino en todo lo que concierne a la realidad que enfrentan los creadores en su qué hacer artístico.
El lector encuentra en ASÍ DE SIMPLE unas interesantes ponencias moderadas por Gabriel García Márquez a personajes como Robert Redforf, George Lucas, Orlando Senna, William Kennedy István Szabó,  Harry Belafonte, Julio García Espinoza,  Jean Claude Carrieré, Senel Paz, Tomás Gutiérrez Altea y Juan Carlos Tabío, Francis Ford Coppola, Constantino Costa-Gavras, Mrinal Sen y Wole Soyinka.
Todos ellos hablan de sus experiencias, de cómo abordaron sus trabajos creativos, sus opiniones acerca de la cultura en general y la latinoaméricana en particular.
Para ponerlos a tono me permito copiar un aparte de la ponencia  del realizador y guionista húngaro István Szabó, conocido por escribir y dirigir películas como Cuentos de Budapest (1976), Confianza (1979), Mephisto (1981), Coronel Redl (1985), Cita con Venus (1991), Dulce Emma (1991) y la más reciente, conociendo a Julia.
Le preguntan: "¿Cómo ve usted la cinematografía de los países latinoamericanos y, con base en esto, qué recomendaciones nos haría a las futuras generaciones de cineastas?"
RESPUESTA:
No conozco el cine latinoamericano porque a Europa casi no llegan sus películas; son muy pocas las obras que conozco y por ello no puedo dar consejos. Además les pido que dejen atrás eso de pedir consejo. Hagan, equivóquense  y así se darán cuenta de cómo hay que hacer cine..."
Más adelante agrega:"Mis consejos no servirían, pídanle consejos a su papá, a su mamá, a los abuelos."
(Abril 27 de 1998)
ASI DE SIMPLE un libro ameno e interesante no sólo para quienes sueñan con escribir guiones.

Por: Ágata


27 de Abril, 2007, 10:14: Selváticaminirelatos



Mientras se lleva la cuchara con agua caliente a la boca, el olor de una deliciosa y nutritiva minestronne, proveniente del comedor de su millonario vecino del piso de abajo alimenta su hambriento estómago.

Por: Selvática
27 de Abril, 2007, 10:09: La direcciónHablando de...








    Adios a Rostropovich.

    Mstislav Rostropovich, falleció este viernes a los 80 años,
"En cuanto comprendí que yo no tenía un verdadero talento para la composición y que mi destino era repetir las fórmulas de esos los maestros  venerados, la comunión de un creador y de un intérprete en música pasó a  ser una pasión para mí", declaró Rostropovich en 2001.

La Dirección
      
23 de Abril, 2007, 19:21: La direcciónse busca lector


El lector más votado por nuestros blogueros resultó ser EL LECTOR OJO, seguido muy de cerca por lector renacuajo. Se le pide al creador de tal descripción, que se acerque hasta el horizonte, allí donde caelanoche, a recibir su jugoso premio.


Gracias por su participación.

La Dirección
23 de Abril, 2007, 19:06: La direcciónGeneral


Vea el resultado de nuestro concurso en:
SE BUSCA LECTOR
Feliz día del libro, del idioma, del escritor, del lector!!!

20 de Abril, 2007, 16:52: Ricardo AbdahllahGeneral


 

    Creo que debieron preguntarse por qué yo venía tan contento, pero igual no les di explicaciones, quiubo Milton Bisagra, quiubo Tucsi (no estaba el otro, el que llaman “poresosmundos”), y ellos quiubo James Douglas y listo. Tampoco me preguntaron por qué llegué quince minutos tarde. Les dije que me había encontrado a una amiga, pero era mentira. La verdad es que ya venía bajando, cuando vi ese sol grande y cansado de atardecer, primero en los ventanales y luego de frente, y sentí la necesidad de buscar alguna terraza para verle la tristeza. Y eso hice, le pagué los dos mil pesos que tenía al celador de una construcción para que me dejara subir y esperé hasta que, como siempre desde que me acuerdo, llegó la noche. Ahí sentí que ese atardecer era el primer acto de una noche que iba a ser grande y sentí mucho miedo, tanto que hasta pensé no encontrarme con Tucsi y Milton Bisagra.Pero uno no debe echarse para atrás.        
    Hace tiempo, cuando salí de la ciudad de Nirvana, tuve malos ratos pero nunca me eché para atrás. “Por qué te metiste en esto James Douglas” escuché dentro de mi cabeza y no supe si era mi conciencia o la voz lejana de mi mamá o de mi amigo Martín Brownstone, que siempre era el que me daba consejos. De  todas maneras me contesté “Porque estoy mamado de vivir en esta puta olla y nunca me la habían pintado tan fácil”. Luego la voz otra vez (o quizás era una voz diferente) que me decía que yo no quería ser ladrón sino cantante y yo la ignoré y respiré profundo para que la luz de la noche se me metiera en los pulmones y me diera fuerza. “Los presagios no existen. Nueve vidas. Ojos de Gato” dije, suficientemente duro como para escucharme, y bajé corriendo. Y corriendo, me ayudó que el camino era de bajada, llegué a la cita. Los dos estaban recostados contra un murito, tranquilos, todos bronceados porque acababan de llegar de la costa. Después de saludarme, me dijeron que la empleada ya había salido, que fuéramos a tomarnos una gaseosa y volviéramos. Y por ahí estuvimos rato buscando una marica tienda abierta pero como no encontramos nada (era domingo) terminamos comiendo papas fritas en un carrito cerca al Cine Riviera. Tucsi no comió. Se limitó a sonreír mostrando los dientes y tenía cara de pensar trajes de sastre, autos con chofer, hoteles finos y grandes tabacos, chicas de rojo que bailan toda la noche, pieles, diamantes locos, pinturas en las paredes, camarera francesa, chef extranjero, casa grande con una cama king size. Con los últimos pesos de pobres que teníamos pagamos las papas y regresamos a la casa. Todas las luces estaban apagadas y Milton Bisagra, que era el que más sabía de la vaina, dijo que era porque el viejo Zacarías Usher ya se había acostado. Entonces saltamos el muro del jardín. La casa era igualita a como Brayan, el hermano de Tucsi que había trabajado ahí, nos la había pintado. Entramos suave, Tucsi era el que tenía que ir a vigilar al viejo Usher y yo tenía que subir al estudio y sacar todo lo que pudiera de los cajones del escritorio. Brayan nos había dicho que ahí estaban los dólares y las joyas y que el viejo Usher las guardaba sin seguro.
    Subir a oscuras por la escalera fue difícil y tropecé con algo que hizo ruido. Y me asusté pero seguí adelante. La puerta del estudio estaba abierta y entré cortando sombras con la luz de la linterna. Había muchos diplomas en las paredes, algunos en inglés y francés, creo, y un escudo de armas con un castillo dibujado. También mapas que me recordaron lo que Brayan nos había contado de la familia, que incluía un hermano aventurero que se internó en el cañón del Chicamocha y nunca volvió a aparecer. Mapas, diplomas y muchas fotos en blanco y negro firmadas “Joe” igual eso no valía nada. Tampoco la copa con un poco de vino que había sobre el escritorio y que desocupé con gusto. Entonces abrí el primer cajón y casi no pude creer que hubiera alguien tan confiado como para dejar semejante cantidad de dólares en un cajón que ni siquiera tenía llave. En ese momento sí me entró el cruel ataque de remordimiento, no sé si era la misma voz de antes, pero uno como que por más que intenta no puede librarse de eso. Me imaginé qué pensaría mi tío Adaulfo que fue el que me financió la salida de Nirvana y me puso a trabajar manejando un bus que tenía. Y qué pensarían mi amigo Andrés y mi amigo Martín, que yo creo que tenían fe de que yo sí iba a ser cantante. Pero cómo cantante sin un puto peso para comer. A Andrés puede que se le hiciera fácil porque él está en la universidad y los papás le dieron para que se comprara una guitarra eléctrica, pero a mí qué. Y mientras pensaba hacía cuentas de cuánto me tocaría cuando dividiéramos todo eso entre tres. Mucho. Hasta para comprar una guitarra eléctrica y formar una banda y algún día hacer un concierto con la banda que estaba formando Andrés, aunque él tocara en inglés y yo en español. Todo bien. Eché la plata en una tula que llevaba y me sentí triunfante. Y pensé en Alex H. y en todos los planes que tenía de casarse con su Yenny, hasta que ella se murió en una accidente de tránsito y él se volvió medio loco. Ahora lo he visto vendiendo dulces. Pensé que yo era un hombre afortunado, quizás el más afortunado del mundo, porque podría darle a mi Magdalena todas las cosas que siempre ha querido. Lo de las velas y la bañera, primero que todo, porque ella decía que quiere estar conmigo en una bañera rodeada de velas y yo le iba a dar gusto. Y hasta le pasaría una plata al Alex H. y otra buena plata a mi tío Hernando y a mis papás en Nirvana. Y así. Pensé “Un acto deshonesto en la vida se justifica de sobra si con eso uno saca de la olla a la gente que quiere” y abrí otro cajón. Nunca he sido bueno para avaluar joyas, pero me pareció que los dólares eran poquito, comparados con los relojes y cadenas que, ordenados en varios estuches, tenía frente a mis ojos. Mi futuro parecía más brillante que todo el oro que destellaba con gracia, como llamas avivadas por la luz de la linterna. Bendije al viejo Usher, a Brayan, a Tucsi y, más que todo, bendije mi suerte.
    Magdalena y yo vivíamos hace dos años en un cuartico pequeño en la carrera ventiuna. Al principio nos alcanzaba hasta para discotequear y tomarnos algo fino de vez en cuando, pero las cosas se habían puesto difíciles desde que mi tío vendió el bus. Ella siguió trabajando en una cafetería del Paseo del Comercio y traía su dinero, pero honestamente no alcanzaba y tocó ir saliendo de las cosas. Hasta varios discos los tuve que regalar por ni mierda para pagar el arriendo. Lo único que me quedaba era la ropa y una guitarra vieja, o mejor, envejecida a punta de años y canciones de todo tipo. Sé que Magdalena estaba cansada y soñaba con volver a su casa; pero le pedía que aguantara un poco más, que algún día, que así yo nunca fuera cantante íbamos a salir de esa. Que teníamos que seguirla guerreando. Al entrar a la casa del viejo Usher no tenía más que ese lance de dados y lo estaba ganando. Lo estábamos ganando. Mientras sacaba las joyas y arrojaba lejos los estuches, volví a sentir en mis venas el fluir acelerado de la sangre adolescente y me llené de sueños. Lo de las velas y la bañera sería sólo el principio.            
    Compraríamos un auto y en él empacaríamos nuestros viejos sueños de jóvenes, y recorreríamos el mundo. Como en las películas. Magdalena compraría mucha ropa bonita y yo no sólo una guitarra sino un bajo y una batería. Alcanzaría de sobra y ya teniendo los instrumentos sería fácil enganchar buenos músicos. Y cuando yo fuera cantante famoso me levantaría a las siete de la noche, estaría en el escenario a las nueve y a las once ya estaría otra vez bebiendo en el bus de gira. Dirían que James Douglas Solano había recorrido medio mundo en automóvil antes de cumplir los venticinco. Que empezó desde cero y salió adelante gracias a su talento y a su compañera la bella Magdalena C.. Que  nació en Nirvana y manejó bus en Bucaramanga y que el papá de ella colecciona cajas de pollo asado. Que su ascenso fue vertiginoso. Y yo grabaría muchos discos e invitaría a Andrés para que le metiera algo del rock viejo que le gusta tanto. Y yo cantaría en español pero tendría un traductor para cuando me entrevistaran en inglés. Y muy en secreto recordaría una noche que comenzó con un atardecer majestuoso. “El futuro ya no es incierto nunca más” pensé mientras echaba el último reloj en la tula. Luego revolqué los demás cajones pero sólo contenían papeles. No pensé que fuera necesario ordenar las cosas y decidí salir. Fue ahí cuando escuché que Tucsi estaba golpeando al señor Usher y eso fue lo primero que no me gustó. Luego vino el escándalo de Milton Bisagra que decía que bajáramos rápido porque había escuchado una patrulla de policía. La oí casi al tiempo pero no me pareció que fuera una sola y en ese momento sentí más miedo que el que nunca había sentido en la vida. Tucsi y Milton Bisagra comenzaron a gritar desesperados “Apúrele James Douglas que nos cayeron” y yo bajé corriendo con la tula apretada entre las manos. Al llegar al primer piso había alguien en el suelo, creo que era el viejo Usher. Le grité a Tucsi que cómo era tan bruto, que si al viejo Usher le pasaba algo nos iban a joder a todos. Estábamos histéricos y gritábamos todos al tiempo. Salimos al patio trasero y notamos nuestro terrible error de apreciación. La pared era mucho más alta por dentro que por fuera y la lluvia de los últimos días la había hecho resbalosa. No sé si fue Tucsi o Milton Bisagra el que, quién sabe cómo, vio una escalera y la recostó contra la pared. El salto al otro lado era para caer duro, pero al menos teníamos una oportunidad. Tucsi comenzó a subir y luego Milton Bisagra, pero los tres quedamos helados y paralizados cuando vimos las linternas y escuchamos las voces de los policías que habían entrado a la casa tumbando la puerta del frente. No pueden tocarme, nunca me van a alcanzar. Tucsi saltó la calle y escapó sin mirar atrás. Luego Milton Bisagra. No sé si fue la fuerza que él hizo para saltar lo que provocó que la escalera se desmoronara, dejándome colgado del muro con una sola mano. Lo escuché gritar varias veces “Qué pasó James Douglas” pero yo, luchando con todas mis fuerzas por terminar la escalada no pude contestarle. Luego echó un hijueputazo y salió corriendo. Entre tanto, comprendí que sólo podría pasar al otro lado impulsándome con mi peso y cruzando el muro sin detenerme para caer como fuera sobre el andén. Respiré profundo, cerré los ojos  y  lo hice. Mi vuelo fue mucho más largo de lo que imaginaba y caí de cara sobre el pavimento. Supuse huesos rotos pero no me importó. Sujeté de nuevo la tula y a pesar del dolor de las contusiones me puse de pie, listo para correr por mi vida.
    Pero no di ni un sólo paso, ni siquiera para tomar rumbo. Ellos eran muchos, tenían autos y motocicletas y me apuntaban con sus armas. Levanté los brazos como he visto que lo hacen en las películas y dejé caer la tula. Desde su interior rodó un reloj de oro tan brillante como hasta hace unos minutos me había parecido el futuro. Tan brillante como el atardecer que sirvió de presagio para esa noche.

    Por: Ricardo Abdahllah

20 de Abril, 2007, 16:28: RafaelGeneral


    Alcancías aparecía siempre a primeros de marzo, cuando la primavera comenzaba a abrirse camino, y quizás fuera por eso por lo que para mí no era un vagabundo más sino el que me traía el sabor de las manzanas. No era como Cucharón, que venía en otoño con su corte de gatos llorones, ni como Panimigas, que volaba cometas en el verano, o Zurrones, el de las lluvias tempranas. Alcancías era de otra manera. Vestía con los siete colores del arcoiris y bailoteaba tocando la pandereta mientras recitaba atroces canciones de ratones con alas y serpientes enamoradas. Yo veía en sus ojos la sabiduría profunda de los lagos. Cuando llegaba, rápidamente un coro de niños lo rodeaban y seguían hasta la plaza del pueblo, donde los mayores también celebraban más en secreto la venida del extranjero que anunciaba las nuevas del ancho mundo. Como en aquella época yo no era ni lo uno ni lo otro podía por disfrutar doblemente de él. Recuerdo que tenía ya casi quince años la última vez que vino, más cansado y achacoso que de costumbre. Lo vi llegar arrastrando los pies por la cuesta de la panadería; al percatarse de mi presencia intentó disimular tocando con brío la pandereta y llamando a todo el mundo a grandes voces, pero para mí ya era tarde pues había contemplado demasiado bien aquella vejez disfrazada. De todas formas también le seguí con los demás entre el barullo de la gente y, en la plaza, mientras se refrescaba, nos reconoció a todos ante la satisfacción de los adultos y acarició nuestros cabellos claros por el sol.

    –Vaya con el pequeño Andrés, que ya no es tan pequeño ¿Cuántos años tienes?  –me preguntó con voz cascada.

    –Cumpliré quince el mes que viene –le respondí algo tímido.

    –¿Y ya trabajas? Con tu padre, claro. ¿Serás boticario? Has de conocer bien las plantas, algo menos los animales, pero mejor que nada a las personas. ¿Las conoces ya, chico? Digo a las personas. Son todas diferentes, ¿verdad? Pero no creas, no, no lo creas. El pequeño Andrés ya no es tan pequeño, vaya, vaya.

     Así solían hablar aquellos vagabundos.

     Mi padre era el boticario del pueblo, una persona importante porque tenía los únicos ocho libros que había y que yo conocía de memoria a base de leerlos y releerlos una y otra vez. Cuando no se le adelantaba el alcalde, invitaba siempre a comer al vagabundo de turno y luego distribuía sus noticias con paciencia al resto de nuestros vecinos. El que mejor nos hacía soñar era Alcancías y, ahora que lo pienso, quizás fuera eso y no el sabor de las manzanas lo que tanto me gustaba de él. Mi padre solía preguntarle con avidez sobre la guerra, la comarca y el tiempo, por ese orden, pero Alcancías respondía sin su orden ni su concierto y, entre noticias verídicas, dejaba caer cuentos de los valles del sur, o la historia que le habían contado en una cantina de Bellasnubes sobre una mujer que era a la vez una flor. Más él no se rendía y volvía erre que erre sobre sus temas de costumbre.

    –¿Y la guerra, qué se cuenta de la guerra? –preguntaba con ansiedad.

    –La guerra, los soldados, siempre iguales. Hacen rum, rum cuando andan y rum, rum cuando comen,  yo he visto muchos.

    –¿Muchos? ¿Y cerca de aquí? –se sobresaltaba.

    –Buen boticario, los soldados son siempre muchos, pero a la vez son pocos, porque en realidad son un solo hombre que se repite muchas veces.

    Como mi padre era un apasionado de los trabalenguas solía enfrascarse con Alcancías en esas cosas. Siempre les tuvo miedo a los soldados; en aquél entonces yo todavía no había visto ninguno, aunque parece ser que una vez, cuando era muy pequeño, habían estado en el pueblo. Por lo visto robaron algunas gallinas y cometieron otras tropelías de la que nadie quiso volver a hablar. La guerra empezó antes de que yo naciera y antes de que naciera mi padre, y si tuvo algún motivo era algo de lo que solía discutirse a la hora del café en la taberna del señor Gori. Para mí ocurría muy lejos, en el cielo. La única vez que vislumbré algo de ella fue cuando tenía seis años, un día que estuvo tronando pese a no haber nubes y las montañas se iluminaron durante toda la noche. A mí me pareció divertido porque nunca me he asustado de las tormentas.

–Las casas se pintan de negro en los pueblos del sur –dijo Alcancías en aquella ocasión–. Cada vez hay más luto por todas partes. Pero cada vez hay también más ratones de campo que cantan durante la noche ¡Se hace difícil conciliar el sueño así, bajo los chaparros!
    Para no perder la costumbre de vivir al raso, los dos o tres días que se quedaba dormía en una esquina de la plaza que los vecinos acondicionaban con paja. Fina y yo le llevábamos de cenar y mi madre, junto con las otras mujeres del pueblo, dejaban su zurrón bien repleto de provisiones para el camino. Fina era mi mejor amiga; tenía dos años menos que yo y el pelo tan negro que parecía de carbón; hasta me sorprendía que no le manchara las manos cuando se lo tocaba. Creo recordar que nos conocimos una tarde de invierno en la que coincidimos los dos camino del horno. Ella iba tirando de un carrito y debía rondar los siete años. Yo tenía ya nueve.

     –¿Dondevás? –me preguntó así, hablando muy rápido.

     –A casa, ¿y tú? Ya es tarde.

     –Yollevoamimuñeca –me dijo casi trabándose la lengua. Me asomé a su carrito y vi que en él había una pequeña muñeca de trapo.

     –¿Llevas a tu muñeca en un carro? ¿Es que no sabe andar sola?

     –Es muy pequeña –me respondió.

     –Se parece a ti.

     –Claro, soysumamá –me espetó terminante. Luego apretó el pasó y se marchó. Fue la primera vez que pensé que en la vida podía haberme secretos vedados, y por eso lo recuerdo. A partir de aquél día ella se me pegó como una lapa y, aunque al principio no me gustaba la idea de que siempre estuviéramos juntos, por lo que pudieran decir los demás chicos del pueblo, luego lo acepté como un castigo que habría de sobrellevar por todas mis travesuras. Terminamos por hacernos amigos precisamente en esa edad en la que los niños y las niñas tendemos a una inamistad natural, antes de la condena definitiva del amor. Ella se convirtió con el tiempo en una niña lista y despierta de un sentido común indudable mientras que yo, por el contrario, siempre anduve perdido en las nubes, fantaseando sobre mil historias que había oído o que yo mismo inventaba. Y por eso nos complementábamos bien.

     La última noche de Alcancías en el pueblo la pasé con él. Esperé a que se disgregara la turba de niños que oían de sus labios las palabras mágicas de los viajes y los sueños y cuando se quedó solo me acerqué. Se encontraba echado sobre el montón de paja con cara de cansancio, esperando a que las últimas luces del día se apagaran. Me senté a su lado sin decir nada y observé largo rato su respiración, regular y ruidosa, y sus ojos, fijos en el cielo que se iba inundando de estrellas. Hasta pensé que no me había visto, pero al rato se dirigió a mí.

    –Joven Andrés, grande para ser un ratón, pequeño para ser una liebre. Te esperaba. ¿Dónde está tu amiga Fina? Ella es verdaderamente la noche que algún día habrás de buscar, querido pájaro. Y no la encontrarás, ya no.

     Calló durante otro rato. Yo no me atreví a decir nada.

     –¿Sabes por qué te esperaba? –me preguntó de nuevo.

     –No, no lo sé –dije al fin.

     –He de darte una cosa. A todos les he hecho algún regalo menos a ti y Alcancías podrá ser viejo y seco como la lengua de una piedra pero no roñoso.

Metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó algo grande, redondo y dorado.

     –¿Sabes lo que es?

Lo miré durante un buen rato antes de contestar.

     –Es un reloj. El señor Farra tiene uno parecido.

     –¿Sí? ¿Y el suyo funciona?

     –Sí, me tomó el pelo una vez con eso. Me dijo que era un animalito y me lo puso en la mano. Yo noté un corazoncillo latir y lo creí; así me tuvo meses...–; Alcancías se sonrió.

      –No deberías ser tan crédulo. Este no anda bien, se me paró hace unos días tras mucho tiempo de buen servicio. Pero no te lo doy porque esté averiado. Te lo doy por otra cosa que quizás algún día descubras. Tómalo, es tuyo.

      Me lo acercó con cuidado. Ya estábamos casi en tinieblas cuando lo cogí. Pero no pude guardarlo en mi bolsillo como era mi intención, pues algo seguía reteniéndolo junto al viejo vagabundo.

      –Perdona –me dijo sonriendo. Sacó un pequeño cortaúñas oxidado y partió la cadenita que lo unía a él por la mitad–. Verdaderamente era mi hijo. ¿No has visto nunca nacer a un niño, cómo lo separan de su madre? No, claro que no. Ve ahora, joven Andrés; tu familia te ha de estar esperando. Y en los días que están por venir sé fuerte y silba canciones de mujeres barbudas.

     Alcancías quedó tendido en el suelo, vencido por el sueño y yo me dirigí a casa con la sensación más extraña que había tenido nunca. A la mañana siguiente ya no estaba e intuí que no volvería a verlo jamás.

     No sé exactamente cuándo me di cuenta de que quería ser un vagabundo; quizás lo supe siempre, aunque puede que poco a poco fuera viéndolo más claro, sobre todo tras aquella noche. No dejaba de pensar en qué habría tras las lejanas montañas, dónde morirían los ríos o a qué lugar llevaban los antiguos caminos, y nadie parecía hacerse esas preguntas salvo yo. Con el paso de los días me sentía quemar por dentro porque quería irme siguiendo al sol. Ansiaba ser un vagabundo pero ¿serviría para ello? Esa era mi mayor duda. Mi familia notaba algo raro, sobre todo mis hermanos pequeños, que pensaron seriamente que me había mordido una serpiente de agua encantándome con el espíritu de los ríos. Pero sólo yo creía saber lo que me ocurría.

     Después de mucho meditarlo, finalmente un día reuní a mis padres en la cocina y se lo anuncié escuetamente.

     –Quiero ser vagabundo.

     Mi madre se ocultó tras el mantel y mi padre dio un salto.

     –¡Vagabundo! –exclamó–. ¿Pero tú sabes lo que estás diciendo?

     –Sí, padre. Lo he pensado mucho.

     –¡Hijo! –sollozó mi madre, con lágrimas en los ojos– No todo el mundo puede ser vagabundo. ¡Cómo se te ocurre! Se ha de ser especial y tener un nombre extraño: Piesligeros, Airefrío... 

      –El nombre lo da el camino, madre.

      –No, no puede ser, eres muy joven –volvió a reiterar mi padre.

      –Todo el mundo sabe que los vagabundos se hacen jóvenes, antes de que haya algo que les ate. 

      –¿Y tus padres, es que no somos nada para ti? –dijo enfadada mi madre. Tras eso se hizo un incómodo silencio. Luego ocurrió algo inesperado.

     –Los pájaros acaban por salir del nido –meditó mi padre con el ceño fruncido mientras buscaba una silla. Parecía derrotado pero yo sabía que en el fondo comenzaba a sentirse orgulloso ¡Uno de sus hijos, vagabundo! Era un honor para cualquier familia. Un vagabundo, el hombre que lleva las nuevas a todos los lugares, el que une, en los tiempos de las desgracias y las soledades, los corazones de las gentes. El hombre al que reservan en los pueblos y ciudades los honores de los reyes perdidos. Sabía que lo único que le disgustaba era la posibilidad de que yo no estuviera a la altura y fracasara. Tras una tensa espera se dirigió a mí, apoyando sus manos sobre mis hombros:

      –Hijo, piénsalo bien y sobre todo, toma tu decisión sólo si estás seguro. Tienes mi bendición y la de tu madre–. Así terminó aquella charla, con una esperanza.

     Siguieron pasando los días y mi convicción fue haciéndose más fuerte. Siempre me había gustado pasear por el campo, hacia las colinas rojas de amapolas que se encontraban tras la vieja ermita. Ahora lo hacía más que nunca, imaginándome que escalaba lejanas montañas o caminaba por las antiguas sendas negras y agrietadas que, dicen, aún pueden verse en el norte. Acababa muy cansado y solía tomarme un respiro en alguna de aquellas pequeñas cumbres. Un atardecer me encontré allí con Fina. Llevábamos muchos días sin vernos y era la primera vez que nos ocurría. La vi ascender ligera por el camino amarillo de los abedules y dirigirse resuelta hacia mí. Su pelo negro dejaba hilos oscuros en el aire suave de la primavera. Cuando llegó se sentó en silencio.

     –Dicen en el pueblo que te vas a ir, que vas a ser vagabundo­ –señaló al cabo de un rato.

      –Sí, eso dicen.

      –No me habías comentado nada.

      –Aún no estoy seguro –le contesté.

      –¿Por qué? –me preguntó ella, mientras ocultaba su rostro tras el pelo.

       –Porque aún no sé si de verdad sirvo para vagabundo.

       –Oh, yo creo que sí.

       –¿Sí? –le pregunté vivamente.

       –Sí. Los vagabundos saben muchas historias, igual que tú.

       –Yo me las invento.

       –¡Ellos también, no seas iluso! Y los vagabundos son muy cariñosos con los niños... como tú –dijo tímida.

       - Es cierto, yo siempre he sido muy cariñoso contigo, ¿verdad?

       –Sí, siempre lo has sido, Andrés. Y a los vagabundos les gusta besar a los niños en las mejillas.

       –Es cierto, yo te he besado muchas veces, Fina. Me gusta besar tus mejillas porque siempre están calientes y rojas como las manzanas de caramelo.

       –Y los vagabundos tienen tibias manos con las que acarician el pelo –prosiguió.

       –¡Como yo, Fina! ¿Acaso no he acariciado miles de veces tus cabellos negros, tan negros y largos?

       –Sí, Andrés, muchas veces he sentido tus manos en mi pelo, tus suaves manos y tus suaves labios. Serás un gran vagabundo.

       –Claro –exclamé yo más animado–. Gracias Fina, ahora estoy seguro de que lo seré. Me marcharé y veré las montañas, y los pueblos del sur, y hasta las grandes ciudades devastadas de las que hablan, llenas de silencios.

       –¿Y cuando te irás, Andrés?

       –Pronto.

       –¿Y cuando volverás?

       –Tarde. Al menos pasarán varios años antes de que regrese, para luego volver a partir en seguida... así será las primeras veces, pues he de viajar hasta muy lejos antes de volver. Luego espero venir más a menudo. Es la vida del vagabundo.

       Fina volvió a quedar en silencio un buen rato. En toda la conversación creo que no le vi la cara ni una sola vez. Luego lanzó un suspiro y se levantó.

       –He de irme, ya anochece.

       –Está bien. Yo... –de repente me quedé sin palabras. Pensé extrañado que todo el miedo que debía haber sentido al hablar con mis padres estaba presente ahora–. No te preocupes, Fina; cuando regrese tú serás la primera persona a quién vea, y besaré tus mejillas como hago ahora.

       –No, Andrés, no lo harás.

       –¡Claro que sí! Si lo haré con todos los niños, con más razón contigo, y también acariciaré tu pelo, con lo que me gusta.

        –No, te digo que no lo harás.

        –¿Pero por qué no? –dije enfadado. La agarré de un brazo y la obligué a que me mirara. Entonces me di cuenta de que tenía los ojos húmedos.

        –Porque yo ya no seré una niña, porque yo no te dejaré.

        Estuve un rato sin decir nada; solté su brazo y la observé mientras se iba yendo el sol.

        –Es cierto, Fina. Como siempre, tienes razón. Entonces algún día besaré a tus hijos, y acariciaré sus cabellos negros.

        –O rubios.

        –Eso es, rubios.

        –O castaños.

        –O como quieras, pero dime ¿es que piensas tener muchos niños? –le pregunté sombrío.

        –Sí, para que puedas acariciarlos en las primaveras, Andrés –asintió con la cabeza mientras dejaba escapar una sonrisa de sus labios. Tras eso volvió a quedarse seria; se giró lentamente y comenzó a caminar por el camino amarillo de vuelta al pueblo. La seguí con los ojos, esperando en cada momento a que ella se volviera para mirarme. Pero no lo hizo y al fin terminó de anochecer.

       Ya sólo me quedaba partir. Sabía que tenía que hacerlo en la noche, en cualquier noche, pero aún no me sentía llamado por, supongo, el camino. Mis padres ya se habían hecho a la idea y esperaban no verme tras algún amanecer, pero ahora era yo el que no me atrevía a marchar. Tenía todas mis cosas empacadas; el zurrón y una gran mochila, el sombrero de ala ancha que yo mismo me había confeccionado y un largo cayado esperaban, impávidos, a que finalmente me atreviera. Pero me faltaba el coraje para enfrentar la partida. Le daba mil vueltas a mis pensamientos y el temor me incapacitaba para tomar una decisión. Cada mañana que mis padres me veían con ellos era, a la vez que un gran alivio, un pequeño desengaño. Hasta que llegó la noche señalada.

Como tantas otras, yo me debatía en la cama. Como alguna vez, ya me había vestido y tenía todo el equipaje preparado pero, también como de costumbre, antes incluso de salir por la puerta algo me volvía a echar para atrás. Sólo que en aquella ocasión crucé el quicio y anduve algunos pasos más hasta las últimas casas del pueblo. El cielo despejado de mayo me saludó con el candor de los grillos. Me detuve a la altura de la última casa, la de Alberto el albañil, porque sabía que si iba más allá me marcharía. Dudé, de pié, bajo la luz de una luna llena del color de la arena. Y ya me iba a dar la vuelta cuando sentí algo nuevo y extraño, un segundo corazón latir al lado del mío. Saqué el reloj de Alcancías y observé, con asombro, que se había puesto en marcha. Con cuidado, y como a menudo había visto hacer al señor Farra, giré su ruedecilla hasta que lo puse más o menos en hora. A lo lejos me pareció oír el aullido lejano de una sirena que me llamaba. Comencé a andar a pequeños pasos y así comencé mi vida de vagabundo.

      En los pueblos y las ciudades se me conoció siempre como Ciencaminos, y ya nadie recordó nunca que una vez tuve otro nombre. Mi fama llegaba antes que yo y los hombres, las mujeres y los niños celebraron siempre mi llegada. He visto tantas cosas... los cuarenta gigantes de hierro pudriéndose bajo el sol varados en las playas de Roquel, las ciudades enormes y en ruinas donde las gentes no se conocen, las montañas azules de los monjes, las sonrisas de niños sin dientes, tan rosadas, e incluso alguna vez unos ojos que no me miraban en un largo camino amarillo, en algún sueño también amarillo. Fui testigo del final de la guerra, cuando el General San Juan, al mando de sus diez mil soldados descalzos, aceptó como prenda de buena voluntad el fusil de plata del Coronel Guajardo, y la reanudación de la misma, tras el furioso asalto de sus veinte hijos. He visto ennegrecer el cielo con los aviones asesinos, he visto el mar, enorme, hervir en hombres, he visto tantas caras, tantas lágrimas, tanto dolor y tanta felicidad que nunca he podido olvidar nada. Y ahora que soy viejo, tan viejo al menos como lo fue en su día Alcancías, me doy cuenta de que los años que a unos hacen fuertes y hermosos a otros nos marchitan. Y creo que ya va siendo hora de descansar. Me lo dijo su gastado reloj cuando dejó de funcionar tras toda una vida de fiel servicio. Ya es hora, pues, de buscar a algún muchacho a quién traspasar esta terrible soledad que hace tanto tiempo me legara un viejo vagabundo.

 Por: Rafael Calmaestra

 


20 de Abril, 2007, 16:05: La direcciónHablando de...



Como evitar el Calentamiento Global
Consejos útiles


Después de la reunión de expertos de la ONU sobre Cambio Climático realizada en Paris Francia el 1 de febrero de 2007, se determinó que solo quedan 10 años para que entre todos podamos frenar la catástrofe ambiental y climática que se avecina, la responsabilidad NO es solo de políticos y empresarios,así que lo que cada habitante de la Tierra haga en contra de estos fenómenos es clave para salvar el planeta, nuestras vidas y las de nuestras futuras generaciones.
Así que no más protestas inútiles porque estas acciones y consejos SI hacen la diferencia…

1. EL AGUA:
Consume la justa.
Evita gastos innecesarios de agua con estos consejos:
Mejor ducha que baño. Ahorras 7.000 litros al año.
Manten la ducha abierta sólo el tiempo indispensable, cerrándola mientras te enjabonas.
No dejes la llave abierta mientras te lava los dientes o te afeitas.
No laves los alimentos con la llave abierta, utiliza un recipiente. Al terminar, esta agua se  puede aprovechar para regar las plantas.
No te enjabones bajo el chorro de agua,
Utiliza la lavadora y el lavavajillas sólo cuando estén completamente llenos.
No arrojes al inodoro bastoncillos, papeles,colillas, compresas, tampones o preservativos, no es el cubo de la basura.
Repara inmediatamente las fugas, 10 gotas de agua por minuto suponen 2.000 litros de agua al año desperdiciados.
Utiliza plantas autóctonas, que requieren menos cuidados y menos agua.
Reutiliza parte del agua que usa tu lavadora de ropa, esta te podrá servir para los baños, limpiar pisos, hacer aseo o lavar el frente de tu casa.
No vacíes el estanque del baño sin necesidad.
No tires el aceite usado por los lavaplatos,envásalos en plástico desechable. Flota sobre el agua y es muy difícil de eliminar.
No arrojes ningún tipo basura al mar, ríos o lagos.
Riega los jardines y calles con agua no potable.
El mejor momento para regar es la última hora de la tarde ya que evita la evaporación
El agua de cocer alimentos se puede utilizar para regar las plantas
El gel, el champú y los detergentes son contaminantes. Hay que usarlos con moderación y de ser posible optar por productos ecológicos.No olvides plantar un árbol por lo menos una vez en tu vida.

2. BASURAS:
Más de la mitad son reciclables ¿Por qué no las RECICLAMOS y AHORRAMOS?
La ley de las 3 Erres: RECICLAR, REDUCIR el consumo innecesario e irresponsable y REUTILIZAR los bienes.
Al recuperar cajas de cartón o envases que también son hechos con papel contribuyes a que se talen menos árboles, encargados de capturar metano y de purificar el aire. Al reutilizar 100 kilogramos de papel se salva la vida de al menos 7 árboles.
Separa las basuras que generas. Debes consultar en tu administración local o en tu unidad residencial si disponen de un sistema de selección de basuras.
Usa siempre papel reciclado y escribe siempre por los dos lados.
Usa RETORNABLES.
No derroches servilletas, pañuelos, papel higiénico u otra forma de papel.
Elije siempre que puedas envases de VIDRIO en lugar de Plástico, Tetrapack y Aluminio.
Recuerda que hay empresas dedicadas a la compra de materiales reciclables como papel periódico, libros viejos, botellas etc.

3. ALIMENTACIÓN:
Disminuye el consumo de carnes rojas ya que la cría de vacas contribuye al calentamiento global, a la tala de árbolesy la disminución de los ríos. Producir unkilo de carne gasta más agua que 365 duchas. Los productos enlatados consumen muchos recursos y energía. No consumas alimentos en lata especialmente
atún porque esta en vía de extinción. Evita consumir alimentos “transgenicos” (OMG Organismos manipulados genéticamente) ya que su producción contamina los ecosistemas deteriorando el medio ambiente.
No consumas animales exóticos como tortugas, chigüiros, iguanas, etc.
Consume más frutas, verduras y legumbres que carnes.
Nunca compres pescados de tamaños pequeños para consumir.
Si puedes consume alimentos ecológicos (sin pesticidas, sin insecticidas, etc.)

4. ENERGÍA:
No consumas de más
Usa agua caliente solo de ser necesario o solo la necesaria, conecta el calentador solo dos horas al día, gradúalo entre 50 y 60 grados y si puedes intenta bañarte con agua fría es mas saludable.
Evita usar en exceso la plancha, el calentador de agua o la lavadora, que gastan mucha energía y agotan los recursos para generarla. Esto lleva a que los países se vean en la necesidad de usar petróleo,carbón o gas para copar la oferta energética,combustibles que generan gases como el dióxido de carbono, que suben la temperatura.
Mejor cocinar con gas que con energía eléctrica. APAGA el TV, radio, luces, computador (pantalla) sino los estas usando.
En tu lugar de trabajo apaga las luces de zonascomunes poco utilizadas.
Utiliza bombillos de bajo consumo de energía.
Modera el consumo de latas de aluminio.
No uses o compres productos de PVC para nada,contamina muchísimo en su contaminación, contamina muchísimo y no es reciclable.

5. TRANSPORTE:
Modera el uso del vehiculo particular,haz un uso eficiente del automóvil
No viajes solo, organiza traslados en grupo o en transporte público. Infla bien las llantas de tu carro para que ahorre gasolina y el motor no la queme en exceso.
Empieza a utilizar la bicicleta en la medida lo posible.
Revisa la emisión de gases de tu vehiculo.
No aceleres cuando el vehiculo no este en movimiento.
Reduce el consumo de Aire Acondicionado pues este reduce la potencia y eleva el consumo de la gasolina.
Modera tu Velocidad: En carretera nunca sobrepases los 110 kilómetros por hora ya que mas arriba produce un exagerado consumo de combustible.
Nunca cargues innecesariamente tú vehiculo con mucho peso: A mayor carga mayor consumo de combustible.

6. PAPEL
Usa habitualmente papel reciclado
Fomenta el uso de productos hechos a partir de papel  usado
Reduce el consumo de papel
Usa las hojas por las dos caras
Haz sólo las fotocopias imprescindibles
Reutiliza los sobres, cajas, etc.
Rechaza productos de un sólo uso.

7. EDUCACIÓN:
Educa a los más jóvenes y a todo los que conozcas en el respeto a la naturaleza.

Seguro que ahora mismo se te están ocurriendo muchas más cosas para ayudar a crear una conciencia más ecológica, si consideras que esto vale la pena, te invitamos a compartirlas con los demás en este blog.

La Dirección.


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