En mi casa apareció una vez un ciempiés o algo así; al menos tenía muchas  patas. Imagino que en los hogares habrá insectos de todo tipo: cucarachas, hormigas, moscas... pero él se convirtió en uno bastante especial.
            Los bichos siempre me han parecido iguales, réplicas unos de otros. Ves una mosca y ya las has visto todas. A éste lo observé salir de debajo de mi cama por primera vez un día en que me aburría leyendo un libro. Lo había dejado a un lado y al final simplemente miraba el suelo bocabajo; me entretenía sintiendo la sangre bullir en mi cabeza, con esa sensación tan extraña en la que parece que tu cerebro, tu boca y tus ojos van a estallar. De repente entró en mi campo de visión; era un bichito negro, con múltiples patas y una especie de joroba que se movía ligero en dirección al pasillo. Cuando desapareció de mi vista me olvidé de él. Sé que no era exactamente un ciempiés porque si no, me habría molestado en matarlo.

         Al cabo de unos días me lo volví a encontrar cruzando, esta vez más lento, de la habitación de mi hermana a la de mi madre. Me sobresalté porque sabía que era el mismo y, sin embargo, al menos había triplicado su tamaño. Me quedé sin saber qué hacer; cogí una zapatilla y salí tras él, pero había desaparecido, seguramente detrás del armario. Sentí una extraña inquietud.
        Algunas noches después me despertó un rápido crujido continuo. Provenía de la salita; me levanté con un salto en el corazón. En la entrada me encontré con mi padre, que miraba como embobado un rincón que hay junto a la tele. Mi padre es bajo y está calvo. Intenté mirar yo también por encima de su cabeza y vi al insecto de nuevo. Estaba mucho más grande que la otra vez y se encontraba comiendo el pienso del gato, que permanecía allí por si algún día le daba por volver. Mi padre miraba en silencio, acariciándose el bigote. Yo reprimí una arcada y volví a la cama.
        A partir de entonces el bicho siguió creciendo y se hizo casi omnipresente. Cruzaba el pasillo, pasaba de una habitación a otra, se llegaba a la cocina. Antes sólo comía por la noche; después pasó a hacerlo cuando le venía en gana. A lo mejor estábamos toda la familia cenando alrededor de la mesa y asomaba él en dirección al comedero. Llegó a alcanzar el tamaño de un auténtico gato. Era grueso, con un caparazón duro por arriba y más bien blando por abajo; tenía multitud de patas, aunque muchas menos de cien, y una cabeza desproporcionadamente pequeña en comparación con el resto del cuerpo. Siempre que aparecía ante nosotros mi padre y mi hermana lo observaban con una especie de secreta delectación. A mí me seguía repugnando, pero por desgracia no podía hacer nada porque era ya como un pequeño animal.
        Lo peor ocurría a la hora de acostarme. Más de una vez me metía en la cama y al rato, con la luz apagada, escuchaba el ruido de sus patas moviéndose, acercándose. Después lo sentía arrastrarse por debajo y quedarse allí. Casi lograba oír su piel crujiente al respirar. Se podía pasar toda la noche bajo mi cama mientras yo era incapaz de pegar ojo. Sólo cuando me masturbaba se quedaba quieto, como si no respirara, y podía entonces hacerme la ilusión de que había desaparecido.
        Un día como otro cualquiera, mientras veíamos la tele, volvió a acercarse a la salita para comer. Se arrimó al recipiente del gato y comenzó su ritual de devorar uno por uno los trozos de pienso. Pero en esa ocasión mi madre masculló algo, se levantó, volvió con una escoba y, finalmente, lo reventó a golpes. El bicho ni se quejó, murió en silencio. Quedó una mancha en el suelo que nunca salió del todo.

 Por: Rafael Calmaestra
12.04.2007