20 de Abril, 2007, 16:52: Ricardo AbdahllahGeneral


 

    Creo que debieron preguntarse por qué yo venía tan contento, pero igual no les di explicaciones, quiubo Milton Bisagra, quiubo Tucsi (no estaba el otro, el que llaman “poresosmundos”), y ellos quiubo James Douglas y listo. Tampoco me preguntaron por qué llegué quince minutos tarde. Les dije que me había encontrado a una amiga, pero era mentira. La verdad es que ya venía bajando, cuando vi ese sol grande y cansado de atardecer, primero en los ventanales y luego de frente, y sentí la necesidad de buscar alguna terraza para verle la tristeza. Y eso hice, le pagué los dos mil pesos que tenía al celador de una construcción para que me dejara subir y esperé hasta que, como siempre desde que me acuerdo, llegó la noche. Ahí sentí que ese atardecer era el primer acto de una noche que iba a ser grande y sentí mucho miedo, tanto que hasta pensé no encontrarme con Tucsi y Milton Bisagra.Pero uno no debe echarse para atrás.        
    Hace tiempo, cuando salí de la ciudad de Nirvana, tuve malos ratos pero nunca me eché para atrás. “Por qué te metiste en esto James Douglas” escuché dentro de mi cabeza y no supe si era mi conciencia o la voz lejana de mi mamá o de mi amigo Martín Brownstone, que siempre era el que me daba consejos. De  todas maneras me contesté “Porque estoy mamado de vivir en esta puta olla y nunca me la habían pintado tan fácil”. Luego la voz otra vez (o quizás era una voz diferente) que me decía que yo no quería ser ladrón sino cantante y yo la ignoré y respiré profundo para que la luz de la noche se me metiera en los pulmones y me diera fuerza. “Los presagios no existen. Nueve vidas. Ojos de Gato” dije, suficientemente duro como para escucharme, y bajé corriendo. Y corriendo, me ayudó que el camino era de bajada, llegué a la cita. Los dos estaban recostados contra un murito, tranquilos, todos bronceados porque acababan de llegar de la costa. Después de saludarme, me dijeron que la empleada ya había salido, que fuéramos a tomarnos una gaseosa y volviéramos. Y por ahí estuvimos rato buscando una marica tienda abierta pero como no encontramos nada (era domingo) terminamos comiendo papas fritas en un carrito cerca al Cine Riviera. Tucsi no comió. Se limitó a sonreír mostrando los dientes y tenía cara de pensar trajes de sastre, autos con chofer, hoteles finos y grandes tabacos, chicas de rojo que bailan toda la noche, pieles, diamantes locos, pinturas en las paredes, camarera francesa, chef extranjero, casa grande con una cama king size. Con los últimos pesos de pobres que teníamos pagamos las papas y regresamos a la casa. Todas las luces estaban apagadas y Milton Bisagra, que era el que más sabía de la vaina, dijo que era porque el viejo Zacarías Usher ya se había acostado. Entonces saltamos el muro del jardín. La casa era igualita a como Brayan, el hermano de Tucsi que había trabajado ahí, nos la había pintado. Entramos suave, Tucsi era el que tenía que ir a vigilar al viejo Usher y yo tenía que subir al estudio y sacar todo lo que pudiera de los cajones del escritorio. Brayan nos había dicho que ahí estaban los dólares y las joyas y que el viejo Usher las guardaba sin seguro.
    Subir a oscuras por la escalera fue difícil y tropecé con algo que hizo ruido. Y me asusté pero seguí adelante. La puerta del estudio estaba abierta y entré cortando sombras con la luz de la linterna. Había muchos diplomas en las paredes, algunos en inglés y francés, creo, y un escudo de armas con un castillo dibujado. También mapas que me recordaron lo que Brayan nos había contado de la familia, que incluía un hermano aventurero que se internó en el cañón del Chicamocha y nunca volvió a aparecer. Mapas, diplomas y muchas fotos en blanco y negro firmadas “Joe” igual eso no valía nada. Tampoco la copa con un poco de vino que había sobre el escritorio y que desocupé con gusto. Entonces abrí el primer cajón y casi no pude creer que hubiera alguien tan confiado como para dejar semejante cantidad de dólares en un cajón que ni siquiera tenía llave. En ese momento sí me entró el cruel ataque de remordimiento, no sé si era la misma voz de antes, pero uno como que por más que intenta no puede librarse de eso. Me imaginé qué pensaría mi tío Adaulfo que fue el que me financió la salida de Nirvana y me puso a trabajar manejando un bus que tenía. Y qué pensarían mi amigo Andrés y mi amigo Martín, que yo creo que tenían fe de que yo sí iba a ser cantante. Pero cómo cantante sin un puto peso para comer. A Andrés puede que se le hiciera fácil porque él está en la universidad y los papás le dieron para que se comprara una guitarra eléctrica, pero a mí qué. Y mientras pensaba hacía cuentas de cuánto me tocaría cuando dividiéramos todo eso entre tres. Mucho. Hasta para comprar una guitarra eléctrica y formar una banda y algún día hacer un concierto con la banda que estaba formando Andrés, aunque él tocara en inglés y yo en español. Todo bien. Eché la plata en una tula que llevaba y me sentí triunfante. Y pensé en Alex H. y en todos los planes que tenía de casarse con su Yenny, hasta que ella se murió en una accidente de tránsito y él se volvió medio loco. Ahora lo he visto vendiendo dulces. Pensé que yo era un hombre afortunado, quizás el más afortunado del mundo, porque podría darle a mi Magdalena todas las cosas que siempre ha querido. Lo de las velas y la bañera, primero que todo, porque ella decía que quiere estar conmigo en una bañera rodeada de velas y yo le iba a dar gusto. Y hasta le pasaría una plata al Alex H. y otra buena plata a mi tío Hernando y a mis papás en Nirvana. Y así. Pensé “Un acto deshonesto en la vida se justifica de sobra si con eso uno saca de la olla a la gente que quiere” y abrí otro cajón. Nunca he sido bueno para avaluar joyas, pero me pareció que los dólares eran poquito, comparados con los relojes y cadenas que, ordenados en varios estuches, tenía frente a mis ojos. Mi futuro parecía más brillante que todo el oro que destellaba con gracia, como llamas avivadas por la luz de la linterna. Bendije al viejo Usher, a Brayan, a Tucsi y, más que todo, bendije mi suerte.
    Magdalena y yo vivíamos hace dos años en un cuartico pequeño en la carrera ventiuna. Al principio nos alcanzaba hasta para discotequear y tomarnos algo fino de vez en cuando, pero las cosas se habían puesto difíciles desde que mi tío vendió el bus. Ella siguió trabajando en una cafetería del Paseo del Comercio y traía su dinero, pero honestamente no alcanzaba y tocó ir saliendo de las cosas. Hasta varios discos los tuve que regalar por ni mierda para pagar el arriendo. Lo único que me quedaba era la ropa y una guitarra vieja, o mejor, envejecida a punta de años y canciones de todo tipo. Sé que Magdalena estaba cansada y soñaba con volver a su casa; pero le pedía que aguantara un poco más, que algún día, que así yo nunca fuera cantante íbamos a salir de esa. Que teníamos que seguirla guerreando. Al entrar a la casa del viejo Usher no tenía más que ese lance de dados y lo estaba ganando. Lo estábamos ganando. Mientras sacaba las joyas y arrojaba lejos los estuches, volví a sentir en mis venas el fluir acelerado de la sangre adolescente y me llené de sueños. Lo de las velas y la bañera sería sólo el principio.            
    Compraríamos un auto y en él empacaríamos nuestros viejos sueños de jóvenes, y recorreríamos el mundo. Como en las películas. Magdalena compraría mucha ropa bonita y yo no sólo una guitarra sino un bajo y una batería. Alcanzaría de sobra y ya teniendo los instrumentos sería fácil enganchar buenos músicos. Y cuando yo fuera cantante famoso me levantaría a las siete de la noche, estaría en el escenario a las nueve y a las once ya estaría otra vez bebiendo en el bus de gira. Dirían que James Douglas Solano había recorrido medio mundo en automóvil antes de cumplir los venticinco. Que empezó desde cero y salió adelante gracias a su talento y a su compañera la bella Magdalena C.. Que  nació en Nirvana y manejó bus en Bucaramanga y que el papá de ella colecciona cajas de pollo asado. Que su ascenso fue vertiginoso. Y yo grabaría muchos discos e invitaría a Andrés para que le metiera algo del rock viejo que le gusta tanto. Y yo cantaría en español pero tendría un traductor para cuando me entrevistaran en inglés. Y muy en secreto recordaría una noche que comenzó con un atardecer majestuoso. “El futuro ya no es incierto nunca más” pensé mientras echaba el último reloj en la tula. Luego revolqué los demás cajones pero sólo contenían papeles. No pensé que fuera necesario ordenar las cosas y decidí salir. Fue ahí cuando escuché que Tucsi estaba golpeando al señor Usher y eso fue lo primero que no me gustó. Luego vino el escándalo de Milton Bisagra que decía que bajáramos rápido porque había escuchado una patrulla de policía. La oí casi al tiempo pero no me pareció que fuera una sola y en ese momento sentí más miedo que el que nunca había sentido en la vida. Tucsi y Milton Bisagra comenzaron a gritar desesperados “Apúrele James Douglas que nos cayeron” y yo bajé corriendo con la tula apretada entre las manos. Al llegar al primer piso había alguien en el suelo, creo que era el viejo Usher. Le grité a Tucsi que cómo era tan bruto, que si al viejo Usher le pasaba algo nos iban a joder a todos. Estábamos histéricos y gritábamos todos al tiempo. Salimos al patio trasero y notamos nuestro terrible error de apreciación. La pared era mucho más alta por dentro que por fuera y la lluvia de los últimos días la había hecho resbalosa. No sé si fue Tucsi o Milton Bisagra el que, quién sabe cómo, vio una escalera y la recostó contra la pared. El salto al otro lado era para caer duro, pero al menos teníamos una oportunidad. Tucsi comenzó a subir y luego Milton Bisagra, pero los tres quedamos helados y paralizados cuando vimos las linternas y escuchamos las voces de los policías que habían entrado a la casa tumbando la puerta del frente. No pueden tocarme, nunca me van a alcanzar. Tucsi saltó la calle y escapó sin mirar atrás. Luego Milton Bisagra. No sé si fue la fuerza que él hizo para saltar lo que provocó que la escalera se desmoronara, dejándome colgado del muro con una sola mano. Lo escuché gritar varias veces “Qué pasó James Douglas” pero yo, luchando con todas mis fuerzas por terminar la escalada no pude contestarle. Luego echó un hijueputazo y salió corriendo. Entre tanto, comprendí que sólo podría pasar al otro lado impulsándome con mi peso y cruzando el muro sin detenerme para caer como fuera sobre el andén. Respiré profundo, cerré los ojos  y  lo hice. Mi vuelo fue mucho más largo de lo que imaginaba y caí de cara sobre el pavimento. Supuse huesos rotos pero no me importó. Sujeté de nuevo la tula y a pesar del dolor de las contusiones me puse de pie, listo para correr por mi vida.
    Pero no di ni un sólo paso, ni siquiera para tomar rumbo. Ellos eran muchos, tenían autos y motocicletas y me apuntaban con sus armas. Levanté los brazos como he visto que lo hacen en las películas y dejé caer la tula. Desde su interior rodó un reloj de oro tan brillante como hasta hace unos minutos me había parecido el futuro. Tan brillante como el atardecer que sirvió de presagio para esa noche.

    Por: Ricardo Abdahllah

20 de Abril, 2007, 16:28: RafaelGeneral


    Alcancías aparecía siempre a primeros de marzo, cuando la primavera comenzaba a abrirse camino, y quizás fuera por eso por lo que para mí no era un vagabundo más sino el que me traía el sabor de las manzanas. No era como Cucharón, que venía en otoño con su corte de gatos llorones, ni como Panimigas, que volaba cometas en el verano, o Zurrones, el de las lluvias tempranas. Alcancías era de otra manera. Vestía con los siete colores del arcoiris y bailoteaba tocando la pandereta mientras recitaba atroces canciones de ratones con alas y serpientes enamoradas. Yo veía en sus ojos la sabiduría profunda de los lagos. Cuando llegaba, rápidamente un coro de niños lo rodeaban y seguían hasta la plaza del pueblo, donde los mayores también celebraban más en secreto la venida del extranjero que anunciaba las nuevas del ancho mundo. Como en aquella época yo no era ni lo uno ni lo otro podía por disfrutar doblemente de él. Recuerdo que tenía ya casi quince años la última vez que vino, más cansado y achacoso que de costumbre. Lo vi llegar arrastrando los pies por la cuesta de la panadería; al percatarse de mi presencia intentó disimular tocando con brío la pandereta y llamando a todo el mundo a grandes voces, pero para mí ya era tarde pues había contemplado demasiado bien aquella vejez disfrazada. De todas formas también le seguí con los demás entre el barullo de la gente y, en la plaza, mientras se refrescaba, nos reconoció a todos ante la satisfacción de los adultos y acarició nuestros cabellos claros por el sol.

    –Vaya con el pequeño Andrés, que ya no es tan pequeño ¿Cuántos años tienes?  –me preguntó con voz cascada.

    –Cumpliré quince el mes que viene –le respondí algo tímido.

    –¿Y ya trabajas? Con tu padre, claro. ¿Serás boticario? Has de conocer bien las plantas, algo menos los animales, pero mejor que nada a las personas. ¿Las conoces ya, chico? Digo a las personas. Son todas diferentes, ¿verdad? Pero no creas, no, no lo creas. El pequeño Andrés ya no es tan pequeño, vaya, vaya.

     Así solían hablar aquellos vagabundos.

     Mi padre era el boticario del pueblo, una persona importante porque tenía los únicos ocho libros que había y que yo conocía de memoria a base de leerlos y releerlos una y otra vez. Cuando no se le adelantaba el alcalde, invitaba siempre a comer al vagabundo de turno y luego distribuía sus noticias con paciencia al resto de nuestros vecinos. El que mejor nos hacía soñar era Alcancías y, ahora que lo pienso, quizás fuera eso y no el sabor de las manzanas lo que tanto me gustaba de él. Mi padre solía preguntarle con avidez sobre la guerra, la comarca y el tiempo, por ese orden, pero Alcancías respondía sin su orden ni su concierto y, entre noticias verídicas, dejaba caer cuentos de los valles del sur, o la historia que le habían contado en una cantina de Bellasnubes sobre una mujer que era a la vez una flor. Más él no se rendía y volvía erre que erre sobre sus temas de costumbre.

    –¿Y la guerra, qué se cuenta de la guerra? –preguntaba con ansiedad.

    –La guerra, los soldados, siempre iguales. Hacen rum, rum cuando andan y rum, rum cuando comen,  yo he visto muchos.

    –¿Muchos? ¿Y cerca de aquí? –se sobresaltaba.

    –Buen boticario, los soldados son siempre muchos, pero a la vez son pocos, porque en realidad son un solo hombre que se repite muchas veces.

    Como mi padre era un apasionado de los trabalenguas solía enfrascarse con Alcancías en esas cosas. Siempre les tuvo miedo a los soldados; en aquél entonces yo todavía no había visto ninguno, aunque parece ser que una vez, cuando era muy pequeño, habían estado en el pueblo. Por lo visto robaron algunas gallinas y cometieron otras tropelías de la que nadie quiso volver a hablar. La guerra empezó antes de que yo naciera y antes de que naciera mi padre, y si tuvo algún motivo era algo de lo que solía discutirse a la hora del café en la taberna del señor Gori. Para mí ocurría muy lejos, en el cielo. La única vez que vislumbré algo de ella fue cuando tenía seis años, un día que estuvo tronando pese a no haber nubes y las montañas se iluminaron durante toda la noche. A mí me pareció divertido porque nunca me he asustado de las tormentas.

–Las casas se pintan de negro en los pueblos del sur –dijo Alcancías en aquella ocasión–. Cada vez hay más luto por todas partes. Pero cada vez hay también más ratones de campo que cantan durante la noche ¡Se hace difícil conciliar el sueño así, bajo los chaparros!
    Para no perder la costumbre de vivir al raso, los dos o tres días que se quedaba dormía en una esquina de la plaza que los vecinos acondicionaban con paja. Fina y yo le llevábamos de cenar y mi madre, junto con las otras mujeres del pueblo, dejaban su zurrón bien repleto de provisiones para el camino. Fina era mi mejor amiga; tenía dos años menos que yo y el pelo tan negro que parecía de carbón; hasta me sorprendía que no le manchara las manos cuando se lo tocaba. Creo recordar que nos conocimos una tarde de invierno en la que coincidimos los dos camino del horno. Ella iba tirando de un carrito y debía rondar los siete años. Yo tenía ya nueve.

     –¿Dondevás? –me preguntó así, hablando muy rápido.

     –A casa, ¿y tú? Ya es tarde.

     –Yollevoamimuñeca –me dijo casi trabándose la lengua. Me asomé a su carrito y vi que en él había una pequeña muñeca de trapo.

     –¿Llevas a tu muñeca en un carro? ¿Es que no sabe andar sola?

     –Es muy pequeña –me respondió.

     –Se parece a ti.

     –Claro, soysumamá –me espetó terminante. Luego apretó el pasó y se marchó. Fue la primera vez que pensé que en la vida podía haberme secretos vedados, y por eso lo recuerdo. A partir de aquél día ella se me pegó como una lapa y, aunque al principio no me gustaba la idea de que siempre estuviéramos juntos, por lo que pudieran decir los demás chicos del pueblo, luego lo acepté como un castigo que habría de sobrellevar por todas mis travesuras. Terminamos por hacernos amigos precisamente en esa edad en la que los niños y las niñas tendemos a una inamistad natural, antes de la condena definitiva del amor. Ella se convirtió con el tiempo en una niña lista y despierta de un sentido común indudable mientras que yo, por el contrario, siempre anduve perdido en las nubes, fantaseando sobre mil historias que había oído o que yo mismo inventaba. Y por eso nos complementábamos bien.

     La última noche de Alcancías en el pueblo la pasé con él. Esperé a que se disgregara la turba de niños que oían de sus labios las palabras mágicas de los viajes y los sueños y cuando se quedó solo me acerqué. Se encontraba echado sobre el montón de paja con cara de cansancio, esperando a que las últimas luces del día se apagaran. Me senté a su lado sin decir nada y observé largo rato su respiración, regular y ruidosa, y sus ojos, fijos en el cielo que se iba inundando de estrellas. Hasta pensé que no me había visto, pero al rato se dirigió a mí.

    –Joven Andrés, grande para ser un ratón, pequeño para ser una liebre. Te esperaba. ¿Dónde está tu amiga Fina? Ella es verdaderamente la noche que algún día habrás de buscar, querido pájaro. Y no la encontrarás, ya no.

     Calló durante otro rato. Yo no me atreví a decir nada.

     –¿Sabes por qué te esperaba? –me preguntó de nuevo.

     –No, no lo sé –dije al fin.

     –He de darte una cosa. A todos les he hecho algún regalo menos a ti y Alcancías podrá ser viejo y seco como la lengua de una piedra pero no roñoso.

Metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó algo grande, redondo y dorado.

     –¿Sabes lo que es?

Lo miré durante un buen rato antes de contestar.

     –Es un reloj. El señor Farra tiene uno parecido.

     –¿Sí? ¿Y el suyo funciona?

     –Sí, me tomó el pelo una vez con eso. Me dijo que era un animalito y me lo puso en la mano. Yo noté un corazoncillo latir y lo creí; así me tuvo meses...–; Alcancías se sonrió.

      –No deberías ser tan crédulo. Este no anda bien, se me paró hace unos días tras mucho tiempo de buen servicio. Pero no te lo doy porque esté averiado. Te lo doy por otra cosa que quizás algún día descubras. Tómalo, es tuyo.

      Me lo acercó con cuidado. Ya estábamos casi en tinieblas cuando lo cogí. Pero no pude guardarlo en mi bolsillo como era mi intención, pues algo seguía reteniéndolo junto al viejo vagabundo.

      –Perdona –me dijo sonriendo. Sacó un pequeño cortaúñas oxidado y partió la cadenita que lo unía a él por la mitad–. Verdaderamente era mi hijo. ¿No has visto nunca nacer a un niño, cómo lo separan de su madre? No, claro que no. Ve ahora, joven Andrés; tu familia te ha de estar esperando. Y en los días que están por venir sé fuerte y silba canciones de mujeres barbudas.

     Alcancías quedó tendido en el suelo, vencido por el sueño y yo me dirigí a casa con la sensación más extraña que había tenido nunca. A la mañana siguiente ya no estaba e intuí que no volvería a verlo jamás.

     No sé exactamente cuándo me di cuenta de que quería ser un vagabundo; quizás lo supe siempre, aunque puede que poco a poco fuera viéndolo más claro, sobre todo tras aquella noche. No dejaba de pensar en qué habría tras las lejanas montañas, dónde morirían los ríos o a qué lugar llevaban los antiguos caminos, y nadie parecía hacerse esas preguntas salvo yo. Con el paso de los días me sentía quemar por dentro porque quería irme siguiendo al sol. Ansiaba ser un vagabundo pero ¿serviría para ello? Esa era mi mayor duda. Mi familia notaba algo raro, sobre todo mis hermanos pequeños, que pensaron seriamente que me había mordido una serpiente de agua encantándome con el espíritu de los ríos. Pero sólo yo creía saber lo que me ocurría.

     Después de mucho meditarlo, finalmente un día reuní a mis padres en la cocina y se lo anuncié escuetamente.

     –Quiero ser vagabundo.

     Mi madre se ocultó tras el mantel y mi padre dio un salto.

     –¡Vagabundo! –exclamó–. ¿Pero tú sabes lo que estás diciendo?

     –Sí, padre. Lo he pensado mucho.

     –¡Hijo! –sollozó mi madre, con lágrimas en los ojos– No todo el mundo puede ser vagabundo. ¡Cómo se te ocurre! Se ha de ser especial y tener un nombre extraño: Piesligeros, Airefrío... 

      –El nombre lo da el camino, madre.

      –No, no puede ser, eres muy joven –volvió a reiterar mi padre.

      –Todo el mundo sabe que los vagabundos se hacen jóvenes, antes de que haya algo que les ate. 

      –¿Y tus padres, es que no somos nada para ti? –dijo enfadada mi madre. Tras eso se hizo un incómodo silencio. Luego ocurrió algo inesperado.

     –Los pájaros acaban por salir del nido –meditó mi padre con el ceño fruncido mientras buscaba una silla. Parecía derrotado pero yo sabía que en el fondo comenzaba a sentirse orgulloso ¡Uno de sus hijos, vagabundo! Era un honor para cualquier familia. Un vagabundo, el hombre que lleva las nuevas a todos los lugares, el que une, en los tiempos de las desgracias y las soledades, los corazones de las gentes. El hombre al que reservan en los pueblos y ciudades los honores de los reyes perdidos. Sabía que lo único que le disgustaba era la posibilidad de que yo no estuviera a la altura y fracasara. Tras una tensa espera se dirigió a mí, apoyando sus manos sobre mis hombros:

      –Hijo, piénsalo bien y sobre todo, toma tu decisión sólo si estás seguro. Tienes mi bendición y la de tu madre–. Así terminó aquella charla, con una esperanza.

     Siguieron pasando los días y mi convicción fue haciéndose más fuerte. Siempre me había gustado pasear por el campo, hacia las colinas rojas de amapolas que se encontraban tras la vieja ermita. Ahora lo hacía más que nunca, imaginándome que escalaba lejanas montañas o caminaba por las antiguas sendas negras y agrietadas que, dicen, aún pueden verse en el norte. Acababa muy cansado y solía tomarme un respiro en alguna de aquellas pequeñas cumbres. Un atardecer me encontré allí con Fina. Llevábamos muchos días sin vernos y era la primera vez que nos ocurría. La vi ascender ligera por el camino amarillo de los abedules y dirigirse resuelta hacia mí. Su pelo negro dejaba hilos oscuros en el aire suave de la primavera. Cuando llegó se sentó en silencio.

     –Dicen en el pueblo que te vas a ir, que vas a ser vagabundo­ –señaló al cabo de un rato.

      –Sí, eso dicen.

      –No me habías comentado nada.

      –Aún no estoy seguro –le contesté.

      –¿Por qué? –me preguntó ella, mientras ocultaba su rostro tras el pelo.

       –Porque aún no sé si de verdad sirvo para vagabundo.

       –Oh, yo creo que sí.

       –¿Sí? –le pregunté vivamente.

       –Sí. Los vagabundos saben muchas historias, igual que tú.

       –Yo me las invento.

       –¡Ellos también, no seas iluso! Y los vagabundos son muy cariñosos con los niños... como tú –dijo tímida.

       - Es cierto, yo siempre he sido muy cariñoso contigo, ¿verdad?

       –Sí, siempre lo has sido, Andrés. Y a los vagabundos les gusta besar a los niños en las mejillas.

       –Es cierto, yo te he besado muchas veces, Fina. Me gusta besar tus mejillas porque siempre están calientes y rojas como las manzanas de caramelo.

       –Y los vagabundos tienen tibias manos con las que acarician el pelo –prosiguió.

       –¡Como yo, Fina! ¿Acaso no he acariciado miles de veces tus cabellos negros, tan negros y largos?

       –Sí, Andrés, muchas veces he sentido tus manos en mi pelo, tus suaves manos y tus suaves labios. Serás un gran vagabundo.

       –Claro –exclamé yo más animado–. Gracias Fina, ahora estoy seguro de que lo seré. Me marcharé y veré las montañas, y los pueblos del sur, y hasta las grandes ciudades devastadas de las que hablan, llenas de silencios.

       –¿Y cuando te irás, Andrés?

       –Pronto.

       –¿Y cuando volverás?

       –Tarde. Al menos pasarán varios años antes de que regrese, para luego volver a partir en seguida... así será las primeras veces, pues he de viajar hasta muy lejos antes de volver. Luego espero venir más a menudo. Es la vida del vagabundo.

       Fina volvió a quedar en silencio un buen rato. En toda la conversación creo que no le vi la cara ni una sola vez. Luego lanzó un suspiro y se levantó.

       –He de irme, ya anochece.

       –Está bien. Yo... –de repente me quedé sin palabras. Pensé extrañado que todo el miedo que debía haber sentido al hablar con mis padres estaba presente ahora–. No te preocupes, Fina; cuando regrese tú serás la primera persona a quién vea, y besaré tus mejillas como hago ahora.

       –No, Andrés, no lo harás.

       –¡Claro que sí! Si lo haré con todos los niños, con más razón contigo, y también acariciaré tu pelo, con lo que me gusta.

        –No, te digo que no lo harás.

        –¿Pero por qué no? –dije enfadado. La agarré de un brazo y la obligué a que me mirara. Entonces me di cuenta de que tenía los ojos húmedos.

        –Porque yo ya no seré una niña, porque yo no te dejaré.

        Estuve un rato sin decir nada; solté su brazo y la observé mientras se iba yendo el sol.

        –Es cierto, Fina. Como siempre, tienes razón. Entonces algún día besaré a tus hijos, y acariciaré sus cabellos negros.

        –O rubios.

        –Eso es, rubios.

        –O castaños.

        –O como quieras, pero dime ¿es que piensas tener muchos niños? –le pregunté sombrío.

        –Sí, para que puedas acariciarlos en las primaveras, Andrés –asintió con la cabeza mientras dejaba escapar una sonrisa de sus labios. Tras eso volvió a quedarse seria; se giró lentamente y comenzó a caminar por el camino amarillo de vuelta al pueblo. La seguí con los ojos, esperando en cada momento a que ella se volviera para mirarme. Pero no lo hizo y al fin terminó de anochecer.

       Ya sólo me quedaba partir. Sabía que tenía que hacerlo en la noche, en cualquier noche, pero aún no me sentía llamado por, supongo, el camino. Mis padres ya se habían hecho a la idea y esperaban no verme tras algún amanecer, pero ahora era yo el que no me atrevía a marchar. Tenía todas mis cosas empacadas; el zurrón y una gran mochila, el sombrero de ala ancha que yo mismo me había confeccionado y un largo cayado esperaban, impávidos, a que finalmente me atreviera. Pero me faltaba el coraje para enfrentar la partida. Le daba mil vueltas a mis pensamientos y el temor me incapacitaba para tomar una decisión. Cada mañana que mis padres me veían con ellos era, a la vez que un gran alivio, un pequeño desengaño. Hasta que llegó la noche señalada.

Como tantas otras, yo me debatía en la cama. Como alguna vez, ya me había vestido y tenía todo el equipaje preparado pero, también como de costumbre, antes incluso de salir por la puerta algo me volvía a echar para atrás. Sólo que en aquella ocasión crucé el quicio y anduve algunos pasos más hasta las últimas casas del pueblo. El cielo despejado de mayo me saludó con el candor de los grillos. Me detuve a la altura de la última casa, la de Alberto el albañil, porque sabía que si iba más allá me marcharía. Dudé, de pié, bajo la luz de una luna llena del color de la arena. Y ya me iba a dar la vuelta cuando sentí algo nuevo y extraño, un segundo corazón latir al lado del mío. Saqué el reloj de Alcancías y observé, con asombro, que se había puesto en marcha. Con cuidado, y como a menudo había visto hacer al señor Farra, giré su ruedecilla hasta que lo puse más o menos en hora. A lo lejos me pareció oír el aullido lejano de una sirena que me llamaba. Comencé a andar a pequeños pasos y así comencé mi vida de vagabundo.

      En los pueblos y las ciudades se me conoció siempre como Ciencaminos, y ya nadie recordó nunca que una vez tuve otro nombre. Mi fama llegaba antes que yo y los hombres, las mujeres y los niños celebraron siempre mi llegada. He visto tantas cosas... los cuarenta gigantes de hierro pudriéndose bajo el sol varados en las playas de Roquel, las ciudades enormes y en ruinas donde las gentes no se conocen, las montañas azules de los monjes, las sonrisas de niños sin dientes, tan rosadas, e incluso alguna vez unos ojos que no me miraban en un largo camino amarillo, en algún sueño también amarillo. Fui testigo del final de la guerra, cuando el General San Juan, al mando de sus diez mil soldados descalzos, aceptó como prenda de buena voluntad el fusil de plata del Coronel Guajardo, y la reanudación de la misma, tras el furioso asalto de sus veinte hijos. He visto ennegrecer el cielo con los aviones asesinos, he visto el mar, enorme, hervir en hombres, he visto tantas caras, tantas lágrimas, tanto dolor y tanta felicidad que nunca he podido olvidar nada. Y ahora que soy viejo, tan viejo al menos como lo fue en su día Alcancías, me doy cuenta de que los años que a unos hacen fuertes y hermosos a otros nos marchitan. Y creo que ya va siendo hora de descansar. Me lo dijo su gastado reloj cuando dejó de funcionar tras toda una vida de fiel servicio. Ya es hora, pues, de buscar a algún muchacho a quién traspasar esta terrible soledad que hace tanto tiempo me legara un viejo vagabundo.

 Por: Rafael Calmaestra

 


20 de Abril, 2007, 16:05: La direcciónHablando de...



Como evitar el Calentamiento Global
Consejos útiles


Después de la reunión de expertos de la ONU sobre Cambio Climático realizada en Paris Francia el 1 de febrero de 2007, se determinó que solo quedan 10 años para que entre todos podamos frenar la catástrofe ambiental y climática que se avecina, la responsabilidad NO es solo de políticos y empresarios,así que lo que cada habitante de la Tierra haga en contra de estos fenómenos es clave para salvar el planeta, nuestras vidas y las de nuestras futuras generaciones.
Así que no más protestas inútiles porque estas acciones y consejos SI hacen la diferencia…

1. EL AGUA:
Consume la justa.
Evita gastos innecesarios de agua con estos consejos:
Mejor ducha que baño. Ahorras 7.000 litros al año.
Manten la ducha abierta sólo el tiempo indispensable, cerrándola mientras te enjabonas.
No dejes la llave abierta mientras te lava los dientes o te afeitas.
No laves los alimentos con la llave abierta, utiliza un recipiente. Al terminar, esta agua se  puede aprovechar para regar las plantas.
No te enjabones bajo el chorro de agua,
Utiliza la lavadora y el lavavajillas sólo cuando estén completamente llenos.
No arrojes al inodoro bastoncillos, papeles,colillas, compresas, tampones o preservativos, no es el cubo de la basura.
Repara inmediatamente las fugas, 10 gotas de agua por minuto suponen 2.000 litros de agua al año desperdiciados.
Utiliza plantas autóctonas, que requieren menos cuidados y menos agua.
Reutiliza parte del agua que usa tu lavadora de ropa, esta te podrá servir para los baños, limpiar pisos, hacer aseo o lavar el frente de tu casa.
No vacíes el estanque del baño sin necesidad.
No tires el aceite usado por los lavaplatos,envásalos en plástico desechable. Flota sobre el agua y es muy difícil de eliminar.
No arrojes ningún tipo basura al mar, ríos o lagos.
Riega los jardines y calles con agua no potable.
El mejor momento para regar es la última hora de la tarde ya que evita la evaporación
El agua de cocer alimentos se puede utilizar para regar las plantas
El gel, el champú y los detergentes son contaminantes. Hay que usarlos con moderación y de ser posible optar por productos ecológicos.No olvides plantar un árbol por lo menos una vez en tu vida.

2. BASURAS:
Más de la mitad son reciclables ¿Por qué no las RECICLAMOS y AHORRAMOS?
La ley de las 3 Erres: RECICLAR, REDUCIR el consumo innecesario e irresponsable y REUTILIZAR los bienes.
Al recuperar cajas de cartón o envases que también son hechos con papel contribuyes a que se talen menos árboles, encargados de capturar metano y de purificar el aire. Al reutilizar 100 kilogramos de papel se salva la vida de al menos 7 árboles.
Separa las basuras que generas. Debes consultar en tu administración local o en tu unidad residencial si disponen de un sistema de selección de basuras.
Usa siempre papel reciclado y escribe siempre por los dos lados.
Usa RETORNABLES.
No derroches servilletas, pañuelos, papel higiénico u otra forma de papel.
Elije siempre que puedas envases de VIDRIO en lugar de Plástico, Tetrapack y Aluminio.
Recuerda que hay empresas dedicadas a la compra de materiales reciclables como papel periódico, libros viejos, botellas etc.

3. ALIMENTACIÓN:
Disminuye el consumo de carnes rojas ya que la cría de vacas contribuye al calentamiento global, a la tala de árbolesy la disminución de los ríos. Producir unkilo de carne gasta más agua que 365 duchas. Los productos enlatados consumen muchos recursos y energía. No consumas alimentos en lata especialmente
atún porque esta en vía de extinción. Evita consumir alimentos “transgenicos” (OMG Organismos manipulados genéticamente) ya que su producción contamina los ecosistemas deteriorando el medio ambiente.
No consumas animales exóticos como tortugas, chigüiros, iguanas, etc.
Consume más frutas, verduras y legumbres que carnes.
Nunca compres pescados de tamaños pequeños para consumir.
Si puedes consume alimentos ecológicos (sin pesticidas, sin insecticidas, etc.)

4. ENERGÍA:
No consumas de más
Usa agua caliente solo de ser necesario o solo la necesaria, conecta el calentador solo dos horas al día, gradúalo entre 50 y 60 grados y si puedes intenta bañarte con agua fría es mas saludable.
Evita usar en exceso la plancha, el calentador de agua o la lavadora, que gastan mucha energía y agotan los recursos para generarla. Esto lleva a que los países se vean en la necesidad de usar petróleo,carbón o gas para copar la oferta energética,combustibles que generan gases como el dióxido de carbono, que suben la temperatura.
Mejor cocinar con gas que con energía eléctrica. APAGA el TV, radio, luces, computador (pantalla) sino los estas usando.
En tu lugar de trabajo apaga las luces de zonascomunes poco utilizadas.
Utiliza bombillos de bajo consumo de energía.
Modera el consumo de latas de aluminio.
No uses o compres productos de PVC para nada,contamina muchísimo en su contaminación, contamina muchísimo y no es reciclable.

5. TRANSPORTE:
Modera el uso del vehiculo particular,haz un uso eficiente del automóvil
No viajes solo, organiza traslados en grupo o en transporte público. Infla bien las llantas de tu carro para que ahorre gasolina y el motor no la queme en exceso.
Empieza a utilizar la bicicleta en la medida lo posible.
Revisa la emisión de gases de tu vehiculo.
No aceleres cuando el vehiculo no este en movimiento.
Reduce el consumo de Aire Acondicionado pues este reduce la potencia y eleva el consumo de la gasolina.
Modera tu Velocidad: En carretera nunca sobrepases los 110 kilómetros por hora ya que mas arriba produce un exagerado consumo de combustible.
Nunca cargues innecesariamente tú vehiculo con mucho peso: A mayor carga mayor consumo de combustible.

6. PAPEL
Usa habitualmente papel reciclado
Fomenta el uso de productos hechos a partir de papel  usado
Reduce el consumo de papel
Usa las hojas por las dos caras
Haz sólo las fotocopias imprescindibles
Reutiliza los sobres, cajas, etc.
Rechaza productos de un sólo uso.

7. EDUCACIÓN:
Educa a los más jóvenes y a todo los que conozcas en el respeto a la naturaleza.

Seguro que ahora mismo se te están ocurriendo muchas más cosas para ayudar a crear una conciencia más ecológica, si consideras que esto vale la pena, te invitamos a compartirlas con los demás en este blog.

La Dirección.


20 de Abril, 2007, 14:47: GladysGeneral

 AZUL

Azul cobalto, cyan, cielo, marino, turquesa, pálido; azul alegre, frío, caliente, tibio; azul de buen humor, de mal humor; azul lloroso, alegre, nostálgico, triste, pensativo; azul de pensamiento, de imagen de hombres de arena cabalgando sobre el infinito e infinitamente.

Adelante, siempre adelante marcados con el sino azul de una piel curtida de vida, agrietada de experiencias. Azul de manos, de cuellos, de rostros, de ojos guiñados, asombrados ante el fin del espectáculo del silencio; azul que se abre en la palma de tu mano y que habla de pies cansados, de risas muertas, de susurros de amor en medio del desierto... que por desgracia, ya no es azul.

Azul cambiante como los sirocos, como las dunas, hombres que aparecen y desaparecen, van mudando confundiendo, desbaratando esquemas, desestabilizando conciencias, son como los pensamientos azules que nos ahogan de madrugada y nos llenan de temor: raza azul, como rosas azules condenadas a la extinción por llevar en su esencia lo extraordinario del azul a flor de piel.


DORADO

Sol dorado de cuatro de la tarde aferrado a las paredes, resuelto a no perder su batalla diaria contra la noche; dorado sobreviviente a milenarias guerras, resucitado portento; dorado en trocitos de tu piel desnuda sobre una playa, encantador de espíritus, hipnotizador de visionarios; dorado veneno en el cerebro de alquimistas ilusos; oro derretido y candente, locura perseguida; dorado verdugo implacable que solo cede sus favores a quienes han logrado asesinar su propio corazón; dorado Midas, dorado eternizado en su propia cimiente.

 VERDE

Verde querido por el poeta; verde como la sabana; verde victima de los azules y los amarillos que te obligan a ser lo que no eres: esperanza de tontos, ilusión, quimera, fantasía, desvarío de los atormentados, delirio de los amantes; verde en la boca de los cándidos; verde aferrado a los dedos temblorosos de los moribundos; verde como los fluidos del cuerpo que con su presencia denuncian o confirman lo que somos, fuimos y siempre seremos; verde eternamente condenado a ser un compuesto, pendiente siempre de las partes que lo conforman, temeroso de que a cualquiera de sus dos creadores se les vaya la mano y de repente, pierda su esencia.

 ROJO

Rojo maximalista, excesivo, desbordante; rojo caudal; rojo labios; rojo sabor a ti, como en el bolero; rojo de mis amores, de mis pasiones, de mi sangre hirviendo cuando te acercas.

Rojo aliento que me anima, que me avasalla, que me envuelve y me eleva sobre el universo; rojo grandioso, rojo dios de la humanidad; rojo a quienes rendimos tributo todos aquellos enajenados de amor; rojo puro, incólume; rojo inyección de vida... al menos, eso creemos.

 AMARILLO

Amarillo maldito por la humanidad; amarillo residuo de malas lenguas, de enfermedades; amarillo contagioso tropical; amarillo de luz que entra en mi alma cuando te ve caminar; amarillo de tus cabellos, de esos retacitos de pasión que chisporrotean en tus pupilas cuando estamos solos, pero también amarillo de bosques, de otoños, de principios de decadencia con destellos de rebeldía negándose a morir al final de ciclo definitivo; amarillo de mis amores, de mis pesares, de mis rabias y de mis ancestros amarillos del oriente del sol naciente, de la luz creciente y de todo lo que me sabe a ti.

 NARANJA

Naranja como el sol hundiéndose entre mis montañas azules, sumergiéndose en el vértice de nuestros placeres, ahogándose ante la inmensidad de esto que no sabemos nombrar porque consideramos que el amor no cabe en ningún diccionario; naranja como la pulpa de un zapote, de un mordisco en esa pulpa que se pega al paladar y que se va deshaciendo inundando nuestra boca de dulce naranja; naranja que resbala por las gargantas que impide el habla, porque las palabras no son necesarias, son apenas convenciones que se inventa la gente para no entenderse; naranja como las aureolas de tus senos, con la mezcla justa de sol apaciguando la sangre hirviendo; naranja de combinaciones, de mundos unidos, de cuerpos entrelazados, de dientes chocando, manos apretando; naranja de bocas sedientas, de amores nuevos; naranja en la palma de mi mano abierta, dispuesta siempre, siempre naranja.

 VIOLETA

Violeta, amor; violeta color; violeta de los años bebidos; violeta de las nuevas interpretaciones, de los millones de combinaciones que tienen las rutinas; violeta de los días atados con cintas de colores primarios, en el primario deseo de que no se nos destiñan las emociones; violeta inexorable que en su esfuerzo por ser única va perdiendo su esencia; violeta de los amores tardíos, de las esperas, de las bocas que ya no se encuentran, de las manos que se distancian, se enfrían, se enredan y equivocan; violeta de las equivocaciones, de la resignación, de la aceptación, de la inexorabilidad; violeta con aroma de amores antiguos encerrada en un cajón que muy de vez en cuando abrimos.

 GRIS

Gris de cabellos; gris de ojos entornados, de ojos cubiertos por velos de vivencias ya antiguas; gris de ojos anegados de colores mil veces saboreados, ahítos, a punto de reventar; gris de tardes húmedas, de paraguas escurriendo por los rincones, de cafés viajando por trayectorias temblorosas hasta bocas que apenas reproducen palabras; gris de humo de tabacos, de paredes manchadas de nicotina, de miradas extraviadas en los años pasados, de regurgitar de amores; gris de tangos, de boleros que se niegan a atravesar los límites de lo audible; gris de labios temblorosos que parece que rezan, labios deformes producto de manos deformes que no mantienen el pulso para definir trayectorias, senderos antiguamente amados, labios que imploran, que añoran, cuando en realidad sólo desean que la batalla entre los colores acabe una buena vez.

 NEGRO

Negro exceso, devorador de luces, mar de vidas, precipicio natural del ser, remolino de existencias; negro lleno, absoluto; negro que ha perdido todos los colores, todas las emociones, todos los pesares, amores, pasiones; negro de tiempos soñados a tu lado, de minutos dormidos junto a tu carne caliente; negro de noches espiándote en la intimidad, cuando más libre de mi querías estar, cuando confiada cerrabas los ojos y te marchabas a esos mundos que no visitaste jamás conmigo, cuando tenías en ti misma tu razón de ser; negro de mis celos, de mi impotencia, de mi inseguridad, de mis miedos, de esa sensación de abandono que me invadía cuando te dormías; pero qué monstruo podría haber llegado a ser si hubiera encontrado el camino para seguirte en sueños; por eso, a pesar de mi tristeza, de mis negras noches, imaginaba que por esos mundos que tu viajabas, te iban acompañando mis besos, mis palabras, mis sabores adheridos a tu piel, entonces el negro se iba transformando, amanecía en mi alma como en nuestra ciudad útero y el negro, como cada noche, perdía su batalla.

 BLANCO

Blanco de mis pasiones, punta de fuga de mis deseos; blanco como tu mirada, blanco espiritual evanescente, blanco derritiéndose entre nuestros cuerpos, blanco en medio de nuestras caderas, de nuestras cinturas, de nuestros pechos, espacio entre nuestros cuerpos yacentes mirando al techo; blanco de amores regodiados, de años vividos, saboreados, paladeados, atragantados; blanco suma, blanco resultado; blanco final del espectro humano identificado como amor; blanco como la lápida que eterniza tu nombre en medio del verde ajeno, y como la mía que espera paciente a tu lado, como siempre, como hemos vivido desde que te conocí en nuestra etapa azul, cuando llegaste de las dunas como una rosa rara y que aunque lo intentamos, no pudimos evitar que lo que la gente y las convenciones sociales no pudieron modificar, la vida si, los años si, las rutinas si; tu azul maravilloso se destiñó, fue cambiando a través del arco iris como el camaleón hasta que la piel cansada se negó a absorber más, dijo basta, ahora quiero diluirme, quiero mezclar todo en un blanco puro, sin matices, sin sombras, sin arrugas, sin lentes distorsionadores y así quiero a mi amor, eso me decías a mi, a tu amor y estoy de acuerdo contigo, yo también soy enteramente blanco, no he desperdiciado nada de todo lo que me has dado, por eso ahora, aunque no me distingas entre tu mundo níveo, no dudes que estoy a tu lado.

Por: Gladys