5 de Mayo, 2007, 10:40: Elena MedelGeneral

L’enfant terrible

 

Mi chico azul surgió de un tren celeste.

Azul su discman y el CD de Los Planetas,

era tan frágil que sólo hablaba con monos ebrios

—colgados de farolas en medio del océano—

y acariciaba su codo con acento de verano en Irlanda.

En la arena, el hueco de su talón imitaba

al cortafuegos abierto por las mandíbulas de Hansel,

negándome la dulce perversión de sus paredes.

Diez minutos construyeron mi paraíso mirándole las uñas.

Sólo porque él fue mi fetiche —azul napoleónico de Elba—,

decidí cobijarle para siempre en mi mochila

—entre los libros de poemas y mis bragas—,

pero me rechazó con la distinción que le supuse.

Pez azul chocando contra mis tobillos,

el cielo de su boca se encapotó al querer cruzarlo:

demasiado azul, demasiado azul, demasiado azul.

Por: Elena Medel

                                                                                              De Vacaciones

5 de Mayo, 2007, 10:30: Elena MedelGeneral

             

Irène Némirovsky

 

Yo soy Elisabeth Gille llorando tu marcha:

éstas son mis cartas de cumpleaños quemadas.

Yo soy tu hija pequeña sin regalos de Navidad.

Persiguiendo a los nazis, saltando la valla.

Yo soy David Golder arruinado tras tu muerte.

Yo soy un acorde de piano cualquiera

que, de repente, en Issy-L’Evêque suena.

Yo soy Danièle Darrieux tirándose a un ministro nazi.

Yo soy la familia Kampf en un baile malogrado.

Yo soy las lágrimas que derramaste

en una cámara de gas en Auschwitz.

Yo soy el espíritu de la mala suerte.

Yo soy, como tú, una judía atea.

Yo también me exilié por la guerra.

Y soy un susurro al oído y un cuento de Chejov

y las moscas del otoño en un suburbio de Moscú

y soy un perro y soy un lobo

y soy un trago de vino de soledad…

Y soy tu todo y soy tu nada.

Y soy el cabrón alemán que te mató.

Y el germen de la semilla de tu ser.

Yo también me marché de Kiev.

Yo soy tú y a la vez yo.

Yo soy un insecto que por noviembre

merodea en los crematorios.

Yo soy la elegancia, el clasicismo y la frescura

de la boca que Hitler mandó callar un día.

Yo soy Grasset quemando todos tus fonemas

cuando tus hijas aún duermen a tu sombra.

Soy tu mano que acaricia sus cabellos

y que, dedos traviesos, imagina un nuevo cuento.

Y digo que este poema es Irène Némirovsky

lo mismo que yo soy Finlandia en 1918

y tú eres un corazón más en un mundo vacío.

Por: Elena Medel

                                                                                        De Mi primer bikini

5 de Mayo, 2007, 10:23: Rafael CalmaestraGeneral

ENTREVISTA A ELENA MEDEL

Por: Rafael Calmaestra - Córdoba - España

  1. Hace unas semanas cumpliste 21, tu juventud es lo primero que sorprende en una escritora ya con cierto recorrido... ganaste el Premio Andalucía Joven en el 2001 con Mi primer bikini ¿Qué supuso para ti ganar ese premio y publicar un libro con tan sólo 16 años?

Más que el propio premio, que no es más que —como todos los premios—  un reconocimiento basado en una mezcla de calidad y azar, lo importante para mí fue la publicación en DVD, una colección prestigiosa, con buena distribución y un catálogo —en septiembre repito— cuya coherencia y espíritu admiro. Su repercusión sobrepasó mis expectativas, la presión fue enorme… Lo pasé mal al principio, pero con el tiempo me he acostumbrado.

 

  1. En esos primeros poemas el color azul se convierte en un símbolo o metáfora muy importante (también en "L"enfant terrible", de Vacaciones) ¿Qué significación tiene?

Ni yo misma lo sé: supongo que un símbolo agridulce, metáfora del amor no correspondido en ese poema, del amor perdido en Tara, mi nuevo poemario… Además de, por supuesto, mi color favorito. Lo de diseccionarme no es mi especialidad.

 

  1. ¿Cómo ves ahora esos poemas? Fueron escritos en plena adolescencia. ¿Han envejecido bien? ¿Te sigues reconociendo en ellos?

Algunos han envejecido de manera aceptable, y otros, los pobres, nacieron ya marchitos. Mi primer bikini me ha parecido siempre, desde su publicación, poco más que una carta de presentación con la que no aspiraba a nada. Pero tampoco podría renegar de lo que contiene, que es mi vida, al fin y al cabo.

 

  1. En Mi primer bikini eras capaz de fusionar el imaginario casi infantil de las series de TV de dibujos animados con las cámaras de gas e Iréne Némirovsky... ¿hubo críticas a esta forma tan poco ortodoxa de concebir la poesía?

Por supuesto. Moderadas y asesinas, incluso, olvidando los argumentos y desembocando en el insulto. Lo de las vestiduras rasgadas es perfecto: malo o bueno, significa que lo que escribo se aleja de lo convencional.

 

  1. ¿Cómo ves la joven poesía cordobesa, consideras que tiene buena salud? ¿Qué echas en falta? ¿Qué supone un proyecto como La Bella Varsovia? (por cierto, ¿por qué ese nombre?)

Sobran razones —en forma de buenísimos autores— para el optimismo. También sobra, sin embargo, envidia y mala actitud: te pisotean si asomas la cabeza al exterior. Echo en falta, desde luego, más generosidad y compañerismo. Precisamente por eso formé La Bella Varsovia —escogimos el nombre por su belleza— con Alejandra Vanessa: nos apetecía luchar contra las zancadillas, echar una mano a los buenos nuevos autores. Impulsamos a escritores en los que creemos, mimamos sus textos e invertimos nuestro tiempo libre —escaso, pero nuestro— en difundir su obra.

 

  1. ¿Tienes manías a la hora de escribir? ¿Sueles hacerlo a una hora determinada? ¿Confías más en el trabajo o en la inspiración?

Depende. Los poemas me cuestan muchísimo. Suele ocurrírseme una idea, título o verso: lo apunto y, cuando tengo tiempo, lo desarrollo o continúo aportando ideas. El mecanismo de la prosa es diferente: necesito un chispazo que impulse, pero luego todo se basa en trabajar y corregir de manera incansable.

 

  1. ¿Qué poetas, o escritores en general, te han influido más?

Es curioso: releo sin descanso a poetas cuya influencia en lo que escribo es nula. Jorge Manrique, Luis de Góngora y Dámaso Alonso han actuado como guía para Tara, pero los amigos que lo han leído no identifican rastro alguno. Me gustan muchísimo, también, Sylvia Plath, Anne Sexton, Sharon Olds, Adrienne Rich, Elizabeth Bishop, Pere Gimferrer, García Lorca, Antonio Gamoneda, T.S. Eliot, Marianne Moore, Alda Merini, Louis Aragon, La Biblia… Me influyen, de igual forma, la música —es mi vocación frustada: mi estilo predilecto es el pop independiente—, el cine, las artes plásticas…

 

  1. ¿Recuerdas cuál fue el primer libro que leíste, o que te hizo pensar que te gustaría ser tú misma escritora?

Mi abuela me regaló, de muy niña, la colección de aventuras de Heidi: ahí me enganché a la lectura. El libro que desató mi pasión por la poesía fue Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca: no me enteré de nada, pero su potencia visual me encandiló.

 

  1. No utilizas rimas clásicas, aunque a tus poemas sí les encuentro musicalidad. ¿Por qué piensas que ya no se usan estas rimas en la poesía actual? ¿Has escrito alguna vez un soneto? ¿Piensas que todo esto puede venir motivado por la lectura de poesía foránea traducida al español, o por una evolución natural?

He escrito bastantes sonetos —todos, por suerte, inéditos—, en Mi primer bikini hay un poema compuesto exclusivamente por heptasílabos y otro por alejandrinos… Cada uno encuentra la forma en la que se siente más cómodo: la mía es el versículo. Por otra parte, no creo que las estrofas clásicas se hayan olvidado: confirman su vigencia libros magníficos como Las moras agraces, de Carmen Jodra, o 63, de Sofía Rhei, aunque sí es poco habitual entre las nuevas generaciones. ¿Motivos? Las formas clásicas tienen siglos y siglos de historia, algo que dota de lógica a la búsqueda de nuevos caminos.

 

  1. ¿Por qué elegiste la poesía como forma de expresión? ¿Has escrito o publicado en prosa (aparte de tus colaboraciones periodísticas)?

Escribo poesía y prosa, aunque mi bibliografía se limite a poemarios y el prólogo de una antología. Tengo bastantes cuentos, un libro que los recopile en proyecto, apuntes para una novela y un ensayo… El primer libro que terminé y decidí publicar fue de poesía y gracias a este género soy conocida, pero me considero más escritora que poeta.

 

  1. Imagino que, a la hora de pensar en literatura hispanoamericana, o colombiana en particular, siempre aparece el nombre de Gabriel García Márquez (yo, personalmente, soy un apasionado de Borges (argentino) y Vargas-Llosa (peruano)). ¿Crees que en el siglo pasado se ha producido un desplazamiento de calidad narrativa de la Península hacia América? ¿Sigues a algún poeta contemporáneo hispanoamericano, o más específicamente colombiano?

Por desgracia, mi desconocimiento de la literatura hispanoamericana es profundo: no me ha dado tiempo a leer tanto como quisiera, y mis gustos siempre han estado más cercanos a la tradición europea. ¿Nombres? Sin orden ni concierto: Alejandra Pizarnik, Xavier Villaurrutia y sus compañeros en Contemporáneos, Rodrigo Fresán...

 

  1. La poesía suele ser el medio más habitual para hablar de ese gran tema (y tan manido) que es el amor. También del deseo, del sexo... el primer poema que leí tuyo fue "Ragazza" y, francamente, me deslumbró su poder de evocación. Esta pregunta es, no sé, difícil o imposible, pero ¿qué es el amor para ti?

El amor es sinónimo de felicidad y calma: no sólo el amor hacia mi pareja, sino también a mi familia —el subtítulo de Tara es, casualidad de casualidades, "Una historia de amor"—, a mis amigos… En lo literario, no obstante, prefiero abordar espacios más tormentosos que los que describen "Ragazza", un poema ironiquísimo, o Vacaciones, mi segundo libro, que analiza las relaciones amorosas con una mirada excesivamente amable.

 

  1.  Ahora que Internet está en todas partes, ¿cuál es tu relación con esta tecnología? ¿La utilizas habitualmente, confeccionas algún blog?

No concibo mi vida sin Internet. Aunque apenas me conecto una hora cada dos o tres días, gracias a él trabajo, me comunico con amigos que viven en otras ciudades o países, navego y descubro nuevos artistas con los que disfruto… Leo algunos blogs (escolar.net, jenesaispop.com, lapetiteclaudine.com, por ejemplo), pero carezco del tiempo y el empeño suficientes como para poner en marcha una propio, aunque me apetecería.

 

 

 

Elena Medel nació en Córdoba en 1985. Es autora de los poemarios Mi primer bikini (Premio Andalucía Joven 2001; DVD, 2002), Vacaciones (El Gaviero, 2004) y Tara (DVD, en prensa). Ha publicado, también, la antología Todo un placer (Berenice, 2005), sobre narradoras españolas recientes, en la que se encargó del prólogo y la selección. Es una de las coordinadoras de las actividades de agitación cultural de La Bella Varsovia.

 

5 de Mayo, 2007, 10:12: GladysGeneral


Al principio fue como si una fuerza desconocida hasta ahora por mí, me impulsara unas veces hacía abajo, otras hacía arriba, sin que mi voluntad interviniera. Mi mundo de atmósfera amarilla, en el que desde tiempos inmemoriales tanto plantas como seres acuáticos conformaron mi entorno, en desfiles repetidos armónicamente ante mí; de repente, ahora se convulsiona, se retuerce en intermitentes sacudidas, transportándome a otro mundo más nítido, de colores definidos pero extrañamente estático.

No podría precisar cuanto tiempo duró aquel sismo, creo que perdí la conciencia de mi cuerpo. Cuando volví en mí, me hallaba amontonada junto a otras compañeras.

De un lado veía un mundo ondulante, pero rígido, en el otro se hallaba la superficie de lo que fue el mío y que reconocí por el canto eterno de las voces de las ninfas del agua que arrullaron mi existencia, y que aún hoy resuenan dentro de mí.

Noté con extrañeza que mi nuevo entorno, aunque se agitaba, necesitaba de una fuerza ajena a él para hacerlo, más tarde supe que eso se llamaba viento, que era una cosa invisible pero con la fuerza suficiente para mover las ramas de los árboles hacía donde se le antojara. Yo miraba con asombro todo y lo que no comprendía lo denominaba cosa, ente o fuerza, así, de ese lado donde me hallaba todo era absolutamente desconocido, mientras que al frente, en grupos acompasados de algas, líquenes y larvas que más tarde se convertirían en sapos que me arrullarían con su croar en cuanto la oscuridad llegara. También estaban las voces de las ninfas saltando de burbuja en burbuja, jugueteando a mi alrededor, contándome a veces, historias de seres diferentes a nosotros, de mundos extraños e ingratos, de los cuales no me preocupaba pues me bastaba con estar ahí. Vivía feliz esa existencia contemplativa e inerte. En cambio ahora, empezaba a sentir sensaciones molestas. Una especie de escalofrío me sacudía de vez en cuando. Unos seres reptantes y helados me recorrían dejándome impregnada de una baba pegajosa y algo que no sabría definir, se me metió dentro produciéndome un espasmo, que más tarde supe, era el dolor.

Cuando ya estaba acostumbrándome a este nuevo mundo, cuando me di cuenta que ya otras de mi misma especie habían llegado antes que yo,  y me legaban su conocimiento de este nuevo universo en el que me encontraba, sentí que algo tibio me levantaba en vilo, me mareé, sentí vértigo mientras duró la ascensión, luego, me sostuvieron fuerte, sin hacerme daño. Dos estrellas marrones con chispitas verdes se hallaban frente a mí.

Un apéndice de cinco ramificaciones me depositó sobre una mullida, cóncava y suave superficie, empezó a transmitirme un aliento vivificante, un olor que me recordaba mi recién perdido mundo, se mezcló con algo ácido que me aturdió por unos instantes. No tuve tiempo de asimilar estas nuevas emociones cuando uno de los apéndices empezó a deslizarse suavemente por mi superficie, una y otra vez mientras el cuerpo que me sostenía, saltaba entre las piedras del río, y una voz, que me recordaba vagamente a las ninfas entonaba algo así como: “dos caballitos de dos en dos…”

A lo lejos otras voces como la de mi portador se dejaban oír. Pero no cantaban nada de lo de los caballos, más bien parecían asustadas, hasta alcanzar el grado más alto de la histeria conformando un concierto ininteligible para mí, que poco a poco se iba confundiendo con el estallido de las aguas sobre las rocas más grandes del río, allí donde la fuerza de la corriente las reventaba con gran estrépito.

Un grito ensordecedor cortó de tajo el estallido de las aguas. Volé por los aires. La calidez del apéndice desapareció y me hundí nuevamente en mi mundo… reconocí las algas, los líquenes, los renacuajos, bailé otra vez con las ninfas de mis primeros recuerdos. Por algunos instantes volví a ver las dos estrellas marrones con puntitos verdes impregnadas de un brillo de desesperación. De la caverna por donde salía la canción de los caballitos salió esta vez una especie de grito que clamaba: ¡mamá!

Por: Gladys