Al principio fue como si una fuerza desconocida hasta ahora por mí, me impulsara unas veces hacía abajo, otras hacía arriba, sin que mi voluntad interviniera. Mi mundo de atmósfera amarilla, en el que desde tiempos inmemoriales tanto plantas como seres acuáticos conformaron mi entorno, en desfiles repetidos armónicamente ante mí; de repente, ahora se convulsiona, se retuerce en intermitentes sacudidas, transportándome a otro mundo más nítido, de colores definidos pero extrañamente estático.

No podría precisar cuanto tiempo duró aquel sismo, creo que perdí la conciencia de mi cuerpo. Cuando volví en mí, me hallaba amontonada junto a otras compañeras.

De un lado veía un mundo ondulante, pero rígido, en el otro se hallaba la superficie de lo que fue el mío y que reconocí por el canto eterno de las voces de las ninfas del agua que arrullaron mi existencia, y que aún hoy resuenan dentro de mí.

Noté con extrañeza que mi nuevo entorno, aunque se agitaba, necesitaba de una fuerza ajena a él para hacerlo, más tarde supe que eso se llamaba viento, que era una cosa invisible pero con la fuerza suficiente para mover las ramas de los árboles hacía donde se le antojara. Yo miraba con asombro todo y lo que no comprendía lo denominaba cosa, ente o fuerza, así, de ese lado donde me hallaba todo era absolutamente desconocido, mientras que al frente, en grupos acompasados de algas, líquenes y larvas que más tarde se convertirían en sapos que me arrullarían con su croar en cuanto la oscuridad llegara. También estaban las voces de las ninfas saltando de burbuja en burbuja, jugueteando a mi alrededor, contándome a veces, historias de seres diferentes a nosotros, de mundos extraños e ingratos, de los cuales no me preocupaba pues me bastaba con estar ahí. Vivía feliz esa existencia contemplativa e inerte. En cambio ahora, empezaba a sentir sensaciones molestas. Una especie de escalofrío me sacudía de vez en cuando. Unos seres reptantes y helados me recorrían dejándome impregnada de una baba pegajosa y algo que no sabría definir, se me metió dentro produciéndome un espasmo, que más tarde supe, era el dolor.

Cuando ya estaba acostumbrándome a este nuevo mundo, cuando me di cuenta que ya otras de mi misma especie habían llegado antes que yo,  y me legaban su conocimiento de este nuevo universo en el que me encontraba, sentí que algo tibio me levantaba en vilo, me mareé, sentí vértigo mientras duró la ascensión, luego, me sostuvieron fuerte, sin hacerme daño. Dos estrellas marrones con chispitas verdes se hallaban frente a mí.

Un apéndice de cinco ramificaciones me depositó sobre una mullida, cóncava y suave superficie, empezó a transmitirme un aliento vivificante, un olor que me recordaba mi recién perdido mundo, se mezcló con algo ácido que me aturdió por unos instantes. No tuve tiempo de asimilar estas nuevas emociones cuando uno de los apéndices empezó a deslizarse suavemente por mi superficie, una y otra vez mientras el cuerpo que me sostenía, saltaba entre las piedras del río, y una voz, que me recordaba vagamente a las ninfas entonaba algo así como: “dos caballitos de dos en dos…”

A lo lejos otras voces como la de mi portador se dejaban oír. Pero no cantaban nada de lo de los caballos, más bien parecían asustadas, hasta alcanzar el grado más alto de la histeria conformando un concierto ininteligible para mí, que poco a poco se iba confundiendo con el estallido de las aguas sobre las rocas más grandes del río, allí donde la fuerza de la corriente las reventaba con gran estrépito.

Un grito ensordecedor cortó de tajo el estallido de las aguas. Volé por los aires. La calidez del apéndice desapareció y me hundí nuevamente en mi mundo… reconocí las algas, los líquenes, los renacuajos, bailé otra vez con las ninfas de mis primeros recuerdos. Por algunos instantes volví a ver las dos estrellas marrones con puntitos verdes impregnadas de un brillo de desesperación. De la caverna por donde salía la canción de los caballitos salió esta vez una especie de grito que clamaba: ¡mamá!

Por: Gladys