12 de Mayo, 2007, 13:50: GladysGeneral


Yo me he hecho a mi mismo,
me he inventado entre renglón y renglón;
Soy ese cuento autosuficiente
que ignora las emociones de sus lectores,
que se inventa en cada frase,
que huye de las reglas de la gramática
y de los estilos literarios.
Soy un cuento humano,
un cuento que piensa,
siente y algunas veces se equivoca.
Un cuento con ilusiones: me encanta procrearme.
Como a todo el mundo;
antes de morir albergaré sentimientos enternecedores,
suspiraré por el tiempo ido
y cerraré mis ojos suavemente
para que mi cuerpo se vaya acartonando
como los papiros.
Soy también un cuento rebelde,
hace tiempo viví en una persona,
ésta me olvidaba y de repente decía mis plabras
como si fueran de ella;
quien las escuchaba
casi inmediatamente adoptaba mi estilo,
así, iba de una persona a otra,
de un cerebro a otro
en un constante divagar
hasta que decidí independizarme
y convertirme en emociones,
a veces soy una angustia en el pecho de una mujer,
una rabia avasalladora en la sangre de un hombre,
luego un brillo en los ojos,
una sombra de miedo,
una atolondrada frivolidad,
en fin,
puedo ser cualquier sentimiento;
lo malo de serlo
es que debo meterme en los cuerpos
y el día menos pensado
me hallaré en una fosa con una lápida gris taponándola
y quién sabe qué título me pongan.

Por: Gladys
12 de Mayo, 2007, 13:37: Luis AguileraGeneral





Todo parece indicar que la felicidad consiste

en despojar la rosa del tallo que la ofrece
y, celosos de perderla,
guardarla en la mano de hierro que la mata.

Tal vez la vida sea, mis amigos, esa rosa en esa mano.

Por: Luis Aguilera
12 de Mayo, 2007, 13:19: Luis AguileraGeneral





Nadie sabe bajo qué bandera

navega el desterrado
cuando viaja a las nostalgias
de su puño y letra describe,
en el aglomerado país
de sus recuerdos, noches de grillos
y perros conocidos,
sólo para llevar su corazón a casa
y quedarse adentro, dentro de un abrazo,
bajo el umbral de un pecho,
hasta sentirse a salvo. Y nadie sabe
si en su urgencia de perseguido intuye
que la piedra en su reposo oculta
la forma mas desesperada y sólida del fuego.

Por: Luis Aguilera
12 de Mayo, 2007, 13:07: Luis AguileraGeneral




Que alguien me alcance su mano y pronto:
me sumerjo.
La patria que era mía se me va.
Derivo hacia el terror de los déspotas,
ahora es lejano el cielo que me viera.

Desterrado,
la ausencia no curará a mi corazón de su despojo.
(Si volviera encontraría a mi padre
al fondo de la casa, con la mirada adentro,
bajo el cielo gris de su sombrero, transparente
en el humo del tabaco. Si volviera
reconocería en mi cara el rostro descarnado
de los hombres). Pero toda la música
que me acompañó a este punto está por olvidarse:
la memoria de los derrotados anula el tiempo
dorado de los cisnes. Quiero vivir otro país.
El mío como un barco hace nostalgia
y no queda otra realidad que su mentira.

Por: Luis Aguilera
12 de Mayo, 2007, 12:36: SelváticaGeneral


Lo que aprendí leyendo

el Diccionario Visual del Sexo 

del Círculo de Lectores

 

“Nadie es más que un artesano si antes de haber tomado por primera vez el material no conoce todas las reglas y leyes que gobiernan su oficio”

Filemón de Sausage

 

En la biblioteca de mi casa siempre hubo libros. ( no es obvio, en otras había bailarinas de porcelana) Recuerdo “La Rebelión de las Ratas”, la biografía del cura Camilo Torres por Joe Broderick, una biblioteca de filosofía de 100 tomos, toda la obra de García Márquez en las ediciones de Oveja Negra, “El triángulo de las Bermudas” y una edición viejísima de “Las mil y una noches”. También dos que todavía siguen dando vueltas por ahí ; uno que se llama “La solución del problema de la vida” que no leí nunca porque el título no me llamaba la atención y otro, editado por Círculo de Lectores, de lomo blanco con letras negras y foto de una pareja desnuda en la portada donde podía leerse  “Diccionario Visual del Sexo”.

No recuerdo cuándo comencé a hojearlo porque siempre había hecho parte del paisaje de la casa. Supongo que debió ser en algún momento antes de mis doce cuando me enteré que Sexo no era una palabra que debía venir seguida de “Masculino” o “Femenino”. Nunca me habían prohibido leer nada, pero era obvio que ese era un libro para leer a escondidas. La portada prometía, el título prometía más, sobre todo por la palabra “Visual”. Tal vez en ese libro (y no el otro, el gris firmado por Fernand Lelotte) estaba la solución del problema de la vida.

Y estaba, aunque no lo supe de momento porque la sensación inicial fue de decepción. Cierto que la primera frase impactaba (“El vocabulario sexual es dinamita”) pero las veinte páginas siguientes estaban dedicadas a las biografías de Kinsey, Freud, Sade y demás pioneros y liberadores. Luego se abordaban temas como la identidad sexual y la anatomía. En esa sección había una primera ilustración interesante, dos mujeres en trajes de baño que en esa época todavía no se llamaban “tangas”. Luego las gráficas volvían a ser aburridas y así seguía siendo en todo el resto del libro con excepción de un torso femenino con el pecho descubierto y una mariposa sobre el vientre ( una imagen que todavía me parece la esencia de lo erótico) y una página donde se mostraban las posiciones sexuales relacionadas con cada signo zodiacal que después vi reeditada en forma de calcomanías en varios buses de servicio urbano.

Y sin embargo lo leí completo, no una sino varias veces y la insatisfecha curiosidad infantil abrió paso a la lectura por la lectura. Así amplié el intellectual background con montones de cosas que nunca habría conocido sino fuera porque indirectamente tiene que ver con sexo. Fue por el DVS que supe de la existencia de Led Zeppelin (recuerdo la cita “Me encantaría conocer una mujer capaz de joder como Led Zeppelin I pero en una semana me dejaría en los huesos”), que John y Yoko se habían empelotado para protestar por la guerra (sección “naturismo”) y que D. H. Lawrence fue un liberador de la literatura inglesa. Fue en el DVS donde por primera vez leí sobre Scorsese (había una foto de Jodie Foster en Taxi Driver), Polanski (afiche de Rosemary’s Baby en la sección de “Incubos y Sucubos” donde también aparece un grabado que fue utilizado como contraportada en el áalbum Covenant  de Morbid Angel) y claro de B y su representación místico-erótica de los orgásmicos éxtasis de Santa Teresa. Aprendí que en una época lastimosamente lejana estuvo en boga la Terapia Subrogada (cambiar de pareja, con la bendición de un sicólogo, para aliviar la tensión sexual), que en otra época lastimosamente lejana existió el derecho de pernada  y que Mary Whitehouse fue una lider de la censura inglesa, dato éste sin el cual jamás habría entendido esa frase de « Pigs » en el Animals de Pink Floyd que decía “Hey you, Whitehouse, ha ha, charade you are”. Claro, los Floyd cantaban contra la censura, pero sin el DVS hubiera pensado, como piensan casi todos los floydianos, que le cantaban a la Casa Blanca.

 Eso por un lado; por otro, he aquí la gracia del asunto, en el DVS aprendí la teoría del sexo. Tardarían años (para mí, siglos) antes de que pudiera poner en práctica lo que había leído, pero supongo que el aprendizaje teórico sirvió porque cuando llegó el momento de besar sabía que no había que babear demasiado y que pasar la lengua por los dientes resultaba delicioso, que había que ir despacio y que si todo marchaba se podía pasar del necking al petting (deliciosos términos provenientes del inglés). Todavía pasaron un par de años antes de llegar a los dos deliciosos términos provenientes del latín pero, como les digo, dominada la teoría, se ahorró tiempo en el perfeccionamiento de la práctica.

Fue a través de los libros que Salgari pudo viajar por todo el mundo y que Borges pudo vivir en todas las épocas. También de sexo se puede aprender leyendo (qué tal unas paginitas de Miller) así que me imagino que cuando llegó el momento (a la edad promedio, no crean que uno por leer se pierde las mejores cosas de la vida) lo que había leído me sirvió para hacerlo siquiera un poquito mejor que los que se la habían pasado mirando Playboy y deseando cuerpos desnudos sin saber qué hacer después, sin saber, al menos , la complicada teoría del asunto.

Por: Ricardo Abdahllah

 

 

 

12 de Mayo, 2007, 12:24: ÁgataHablando de...
lavidadelosotros.jpg

Director: Florian Henckel-Donnersmark
Protagonistas: Ulrich Mühe, Martina Gedeck, Sebastian Koch, Ulrich Tukur

A estas horas, esta peli ya ha hecho su camino entre los espectadores, ha ganado el Oscar en 2006 a la mejor película de habla no inglesa, ha recibido premios del cine europeo, mejor película, mejor actor (Ulrich Mühe), consiguió once nominaciones a los premios de la Academia alemana y lo más importante: el voz a voz, como siempre más efectivo que la publicidad, dice de ella, que "retrata de una manera muy emotiva la historia de Alemania".
¿Qué se puede agregar para no caer en lugares comunes?
Sinceramente no mucho más, cada espectador sacará sus propias conclusiones una vez se levante de su butaca, ya terminada la función, lo que si puedo asegurar es que quien la ha visto regresa a su casa en vuelto en una nube de certidumbre pues siente que a veces el ser humano, revela su bondad.

Por: Ágata
12 de Mayo, 2007, 11:56: Charo GonzálezHablando de...



*

"Nos dan pedacitos para que construyamos opciones y además nos dan huequecitos para que quepan todas".

**

"Lo que pasa es que los dioses nos rodean y no estamos acostumbrados a tratar con ellos…."

***

"Las manos no entienden, las manos resuelven, los ojos no escuchan, los ojos atienden. Pero con las manos entienden lo que los ojos oyen cuando los oídos se niegan a seguir."

****

"Ve hacia ti, no dejes que las estanterías de tu mente se llenen de polvo."

*****

"Los fantasmas no desaparecen por ignorarlos, estallan en pedazos cuando, mirándoles a los ojos, les gritas que se vayan."

******

"Vuelve a mirar tras la puerta que abres cada día, vuelve a mirar porque la monotonía te ha vuelto ciego ante ella."

*******

"Abres las puertas del alma cada vez que parpadeas y dejas que entren y salgan las almas que te muestran el resto de parpadeos. No pertenecemos a los otros, somos en los otros y ellos no nos pertenecen, son en nosotros."

********

"Dejamos personas en senderos del pasado creando un increíble mapa de caminos de palabras, de caminos de caricias, de caminos de sonrisas, de caminos de lágrimas. Guardamos el mapa para que nuestra alma no se pierda en los reencuentros."

********

"Dulce niebla que envuelve el despertar de cada ser no permitas que la frescura de tus gotas se transforme en negra helada."

*********

"Podría ser bueno y llegar a ser perfecto,  pero no creo que pudiese ser perfecto y llegar a ser bueno."

Por: Charo González



12 de Mayo, 2007, 11:20: Rafael CalmaestraGeneral



       Godolés se agarró a la barandilla y echó a correr escaleras abajo. Sentía el aire atravesarle a borbotones la nariz, los ojos, la boca. Con sus pasos hacía crujir la madera, que parecía estar llena de ratones que chillaban al compás de sus pies; atravesó el recibidor y se metió como un huracán bajo la mesa dejando un rastro de manteles ondeantes. Allí aún no había llegado nadie. Asió una de las patas apretándola  fuertemente y, aunque era metálica y estaba fría, no la soltó. El aire seguía recorriéndole el cuerpo pero poco a poco se hizo más sosegado, menos ruidoso. Todo se iba calmando. El corazón también. Los ojos también. La nariz también. Los dedos de la mano izquierda también. Todo menos el pie. Ahora oía el silencio. Estaba solo. Bajo el mantel apenas veía una franja de realidad: losas pardas con intricados laberintos de líneas en los bordes, una pata de madera agrietada que sostenía la cómoda de la abuela, una hormiga. Se terminó de relajar y buscó una posición más cómoda, abandonando las cuclillas. Iba a conseguir un récord; estaba seguro de que los gemelos no lo encontrarían jamás, pero Rina era otra cosa, demasiado lista incluso para él. Seguro que era capaz de oler su rastro. Ahora estaría desesperada, perseguiría la sombra que dejó en el descansillo y no sabría qué rumbo tomar. Imaginaría que...

             -¡Aquí está! –retumbó una voz aguda. Godolés dio un respingo; se aplastó contra el suelo y vio unos zapatos morados seguidos de calcetines caídos. Al instante dos pares de zapatillas Paredes hicieron su aparición a través de la puerta, llevando consigo una bocanada de aire caliente.

             -¿Dónde?

             -Está bajo la mesa, el mantel se estaba moviendo solo, pero seguro que era Godolés que lo movía con el pie. Está debajo. Godolés siempre está moviendo el pie.

             -¿El mantel se movía solo? –preguntó uno de los gemelos sorprendido.

             -El mantel lo movía el pie de Godolés, que está debajo, tonto. ¿No lo ves? Está ahí, si no mira.

             -Mira tú.

             Rina apretó los dientes. Habría podido morderle a un elefante de lo enfadada que estaba. Se giró con furia agarrando una esquina del mantel y, cuando se disponía a tirar hacia arriba, Godolés salió disparado como un cohete buscando la salida; pasó rozando a uno de los gemelos, que del susto casi se dio contra el quicio de la puerta, y se perdió pasillo adelante.

             -¡Párate! –gritó desesperada Rina-; ¡te tienes que parar! Te hemos encontrado, tramposo. ¡Que te pares!

             Pero él la oía ya lejana; buscó a tientas cualquier habitación donde esconderse y al fin la encontró al otro lado de las escaleras, junto a la esquina del jarrón. Cuando entró todo estaba oscuro; en la pared había dos grandes ventanales con sus persianas casi echadas por completo. El corazón volvió a galoparle en el pecho, sentía de nuevo un aire que le recorría todo el cuerpo golpeándole los lados de la cabeza como un segundo corazón. Aún así miraba rápidamente a su alrededor en busca de algún hueco accesible y fue entonces, al acostumbrársele la vista a la oscuridad, cuando se encontró con el abuelo. Estaba sentado en una mecedora frente a él. Tuvo que mirarlo dos veces para poder darse cuenta.

             -Abuelo... –dijo quedamente.

             -¡Niño!

             Godolés se quedó quieto.

             -Abuelo –balbuceó-, ayúdame.

             -¿Quién eres? –preguntó adormecido sin apenas moverse de la mecedora.

             -Soy Godolés, abuelo. Me están persiguiendo.

             -¿Godolés? –dijo el abuelo negando con la cabeza. Lo miró fijamente y luego miró de reojo la entrada, como cegado por la luz exterior-. ¿Quiénes te persiguen?

             -Es que me van a coger –dijo Godolés mirando también a la puerta-. Escóndeme abuelo; si vienen diles que no me has visto.

             El abuelo no dijo nada. Siguió mirando hacia adelante como esperando a alguien que no era el chico. Godolés lanzó un suspiro de impaciencia y buscó dónde meterse; había otra mesa, pero sin mantel, y decidió que no tenía ganas de volver a esconderse en el mismo sitio. Vio tras ella, junto a uno de los ventanales, un gran armario de madera vieja. A su lado había también una cama muy bien hecha, con sábanas apretadas. Pensó en la cama pero también pensó en el orinal, así que se decidió por el armario. Lo abrió rápidamente y los ratones volvieron a chillar, aunque encontró un hueco suficiente entre largas camisas amarillentas. Apartó un par de botas que había en el entamado y se acurrucó, cerrando las puertas y dejando una delgada rendija por la que poder espiar y respirar. Allí adentro olía a medicinas y calcetines. Apenas habían pasado algunos segundos cuando aparecieron Rina y los gemelos. Entraron de sopetón, como había hecho él hacía un instante, e igualmente parecieron no reparar en la figura del abuelo hasta que hubieron echado un segundo vistazo a la habitación; los gemelos volvieron a asustarse, pero Rina no. Rina sabía.

             -Hola abuelo –dijo distraída, buscando y olfateando a su alrededor. El abuelo apenas hizo un gesto con la cabeza.

             Rina paseó lentamente, repasando con los ojos los objetos que la rodeaban. Se fijó en la cama y pasó la mano sobre la manta dura, estiradísima. Con un movimiento felino se agachó, metiendo la cabeza bajo los faldones que caían hasta el suelo. Defraudada, volvió prestamente a la posición vertical. Miró de nuevo las paredes, sombrías y desconchadas, los cuadros desdibujados y el abuelo. Éste seguía sin hacer nada.

             -¿Has visto a Godolés, abuelo? –le preguntó apretando los dientes.

             -¿Quién has dicho?

             -Godolés.

             -¿Quién es Godolés? –preguntó mientras le temblaba ligeramente la cabeza. Rina se mordió un labio. Los gemelos se miraron riéndose.

             -Da igual, abuelo.

             -¿Por qué lo buscáis? ¿Qué os ha hecho?–dijo el abuelo de repente. Los niños quedaron quietos por un instante; lo había preguntado en voz muy alta, casi gritando.

             -Se había escondido y lo descubrimos –balbuceó Rina algo insegura-. Es un fullero –remató. El abuelo volvió a relajarse; por un momento casi se había levantado de la mecedora; la mantilla con la que se tapaba los pies había resbalado pero sus ojos azules, que abrió desmesuradamente, se fueron entornando poco a poco.

             -¿Os cuento la historia de los aviones? –preguntó esbozando una sonrisa bobalicona mientras los ojos se le encendían de nuevo. Los niños hicieron una mueca de desagrado y recularon hacia atrás.

             -No abuelo, que tenemos prisa. Además siempre nos cuentas la misma historia –bufó Rina.

             -¿La misma historia, la de los aviones negros? Pero si no la he contado nunca a nadie.

             -¡No qué va! –exclamó uno de los gemelos.

             -¿La de los aviones negros? No puede ser. ¿Os he contado cómo hacían lazos en el aire? Cuando los veía pasar desde lo alto, tan alto.... ¿dónde estaría para verlos tan de cerca? Tenía que estar muy alto, encima de un edificio de esos con muchos pisos.

             -Joer, ni que fuera el único que ha visto un avión –masculló Rina; los gemelos rieron por lo bajini.

             -¡Yo los he visto sonreír!

             -¡Los aviones no sonríen porque no tienen boca! –protestó airada Rina.

             -¿Que no tienen boca? –el abuelo volvió a abrir los ojos mucho, eran ya casi como mares-. ¿Qué sabrás tú, niña rizada?

             Los gemelos rieron abiertamente, pero Rina se encontraba cada vez más furiosa.

             -Pues yo lo sé porque el año pasado fui con mis padres a Egipto y cogimos un avión, y el avión estaba lleno de gente, y la gente hablaba y se reía y todo eso pero el avión no porque no tiene boca, tiene nariz y dos alas y dos motores y ruedas para cuando se levanta y cuando se para y nada más. Y tú dices que has visto aviones pero yo me he montado en uno y tú no, que sólo los has visto de lejos.

             -¡Pero mis aviones no eran iguales que los tuyos! –protestó el abuelo indignado.

             -¿Ah, no?

             -No, los aviones que yo digo eran negros, y llenaban el cielo, y llevaban cada uno un piloto, un gato y dos ristras de bombas. Y sonreían debajo de las hélices. Y tenían cruces en las alas para que, si se estrellaban, los pilotos fueran al cielo. Porque los aviones de antes no son como los de ahora –gritó muy excitado.

             -Ea, al final nos contó la historia –refunfuñó el otro gemelo. Rina meneó la cabeza con desesperación.

             -Bueno abuelo, que si has visto a Godolés y si no nos vamos.

             El abuelo volvió a entornar los ojos y asintió lentamente; los miró con cansancio  y buscó la mantilla, colocándosela en los pies, acariciándose una rodilla con las manos huesudas. No dijo nada y los niños terminaron yéndose refunfuñando.

             Al rato Godolés abrió la puerta del armario. Salió andando de puntillas con mucho cuidado; estaba a punto de marcharse cuando se dio la vuelta. El abuelo seguía allí, con los ojos cerrados.

             -Gracias abuelo –se atrevió a decir en susurros. El abuelo ni se inmutó.

             -¡No dejes que te cojan! –dijo de repente, cuando ya casi había salido-. Si te cogen  te matarán, te pondrán contra una pared y te matarán.

             El chico asintió vagamente y salió rápido.

              

             En la cocina las madres trabajaban sin descanso. La de Godolés había terminado la tarta de manzana y la dejaba reposar en el alféizar. Las demás seguían con el pavo y la ensalada, mientras que la chacha pelaba patatas.

             -Están llenas de gusanos.

             -Tíralas entonces, Manuela –dijo la madre de Rina. Faenaba con una sartén que hacía entrechocar junto a las cacerolas a la manera de una campana. Los gusanos cayeron sobre el desagüe y la chacha abrió el grifo.

             -¿Estará para dentro de media hora?

             El horno se abrió. Un olor a carne y frutas amargas inundó la cocina, acabando con el tufo de las patatas. La madre de Godolés aspiró en secreto, apretando una servilleta entre las manos. Se sonrió y vio llegar a su hijo, cabizbajo.

             -Mira quién está aquí, ya era hora. ¿Y tus primos? –dijo, olvidando la servilleta sobre la mesa.

             -No sé.

             Le acarició la cabeza, sonriendo.

             -Venga, pronto comeremos.

             Godolés se acercó a la mesa baja sobre la que reposaban las cáscaras y las peladuras. Luego se arrimó al fregadero; vio algunos gusanos todavía aferrados a las paredes, mojados y luchando por no caer. Intentaban subir trabajosamente por la superficie de metal, aprovechando que Manuela andaba ahora guardando trastos. Observó cómo uno de ellos ya había conseguido llegar al reposa platos, aunque era el único. A los pocos segundos la chacha regresó, arrugó el entrecejo y abrió el grifo a toda presión, enjaguando bien el fregadero.

             -¿Has visto la de gusanos que tenían las patatas? –dijo forzando una sonrisa.

             -Sí.

             Seguía mirando quedamente el fregadero. Ahora estaba reluciente, como si nunca hubiera habido nada dentro de él aparte de agua.

             -¿Por qué tenían tantos gusanos? –preguntó de improviso. Manuela meneó la cabeza.

             -Se habían podrido. Si algo se guarda mucho tiempo se termina pudriendo.

             -¿Y por qué? –volvió a preguntar.

             -Porque es así –dijo la chacha suspirando-. Cuando se las coge del suelo hay que comerlas pronto; si no pasan estas cosas. Se llenan de gusanos.

             Godolés se acercó de nuevo a su madre, que ahora miraba por la ventana. La casa daba a un jardín descuidado de hierba oscura. Después de tres días lloviendo todo parecía tomar un color apagado. Observaba su vaho; aparecía y desaparecía con cada respiración. Lo daba y lo absorbía. Una y otra vez.

             -Lo tienes todo muy bien arreglado, Manuela. –dijo, apartándose súbitamente de los cristales-. Y eso que imagino que el abuelo te dará bastante trabajo.

             -No, no se crea –sonrió la chacha-. Cuando murió la abuela quizás, pero ya se conformó.

             -¿Cuántos cumple el abuelo? –le preguntó Godolés a su madre de improviso. Ésta no contestó, dudando.

             -Muchos. Tendrás que preguntarle a tu padre, yo no me acuerdo.

             -¡Al fin! –gritó de repente Rina desde el quicio de la puerta. Todos se giraron, sorprendidos; la niña entraba como una exhalación seguida de los gemelos y echando chispas-. ¡Fullero! Te tenías que parar, te vimos en la salita y tú te fuiste corriendo. Eso no vale. Fullero.

             -Esa boca –le regañó su madre. La agarró de la mano y se la llevó directa al lavabo haciendo caso omiso de protestas.

             -Qué manos. A lavarse que ya mismo comemos. Tú también, Godolés.

             Pero Godolés no la escuchó; aprovechando el revuelo había echado a correr furiosamente. Pasó junto a Manuela, que no pudo detenerlo, y atravesó el pequeño grupo compacto que formaban los gemelos empujándolos contra el suelo. Un coro de voces y gritos lo llamaron, manos salidas de algún lugar intentaron asirlo, pero sin éxito, porque Godolés no se detuvo. Llegó al pasillo, alcanzó la puerta de la entrada y la abrió, saliendo al exterior. Sintió un golpe de viento azotarle la cara. Su madre, viéndolo salir, alzó la ventana de la cocina y lo llamó por su nombre, gritando también. Pero él seguía corriendo sin hacer caso; corrió sobre la hierba parduzca y mojada, saltó la vaya del jardín y siguió adelante, pasando junto a las casas de los vecinos. Las voces se iban quedando atrás, cada vez más. Godolés sentía el aire recorrerle de nuevo el pecho, los brazos, las piernas, era como si lo empujara más y más lejos. Mientras se cerraba el cielo y comenzaba a llover sonreía al pensar en que ahora Rina no lo encontraría jamás. Ni los gemelos. Nadie. Allí afuera todo era demasiado grande; afuera los escondites son infinitos.  

     Por: Rafael P. Calmaestra.