Godolés se agarró a la barandilla y echó a correr escaleras abajo. Sentía el aire atravesarle a borbotones la nariz, los ojos, la boca. Con sus pasos hacía crujir la madera, que parecía estar llena de ratones que chillaban al compás de sus pies; atravesó el recibidor y se metió como un huracán bajo la mesa dejando un rastro de manteles ondeantes. Allí aún no había llegado nadie. Asió una de las patas apretándola  fuertemente y, aunque era metálica y estaba fría, no la soltó. El aire seguía recorriéndole el cuerpo pero poco a poco se hizo más sosegado, menos ruidoso. Todo se iba calmando. El corazón también. Los ojos también. La nariz también. Los dedos de la mano izquierda también. Todo menos el pie. Ahora oía el silencio. Estaba solo. Bajo el mantel apenas veía una franja de realidad: losas pardas con intricados laberintos de líneas en los bordes, una pata de madera agrietada que sostenía la cómoda de la abuela, una hormiga. Se terminó de relajar y buscó una posición más cómoda, abandonando las cuclillas. Iba a conseguir un récord; estaba seguro de que los gemelos no lo encontrarían jamás, pero Rina era otra cosa, demasiado lista incluso para él. Seguro que era capaz de oler su rastro. Ahora estaría desesperada, perseguiría la sombra que dejó en el descansillo y no sabría qué rumbo tomar. Imaginaría que...

             -¡Aquí está! –retumbó una voz aguda. Godolés dio un respingo; se aplastó contra el suelo y vio unos zapatos morados seguidos de calcetines caídos. Al instante dos pares de zapatillas Paredes hicieron su aparición a través de la puerta, llevando consigo una bocanada de aire caliente.

             -¿Dónde?

             -Está bajo la mesa, el mantel se estaba moviendo solo, pero seguro que era Godolés que lo movía con el pie. Está debajo. Godolés siempre está moviendo el pie.

             -¿El mantel se movía solo? –preguntó uno de los gemelos sorprendido.

             -El mantel lo movía el pie de Godolés, que está debajo, tonto. ¿No lo ves? Está ahí, si no mira.

             -Mira tú.

             Rina apretó los dientes. Habría podido morderle a un elefante de lo enfadada que estaba. Se giró con furia agarrando una esquina del mantel y, cuando se disponía a tirar hacia arriba, Godolés salió disparado como un cohete buscando la salida; pasó rozando a uno de los gemelos, que del susto casi se dio contra el quicio de la puerta, y se perdió pasillo adelante.

             -¡Párate! –gritó desesperada Rina-; ¡te tienes que parar! Te hemos encontrado, tramposo. ¡Que te pares!

             Pero él la oía ya lejana; buscó a tientas cualquier habitación donde esconderse y al fin la encontró al otro lado de las escaleras, junto a la esquina del jarrón. Cuando entró todo estaba oscuro; en la pared había dos grandes ventanales con sus persianas casi echadas por completo. El corazón volvió a galoparle en el pecho, sentía de nuevo un aire que le recorría todo el cuerpo golpeándole los lados de la cabeza como un segundo corazón. Aún así miraba rápidamente a su alrededor en busca de algún hueco accesible y fue entonces, al acostumbrársele la vista a la oscuridad, cuando se encontró con el abuelo. Estaba sentado en una mecedora frente a él. Tuvo que mirarlo dos veces para poder darse cuenta.

             -Abuelo... –dijo quedamente.

             -¡Niño!

             Godolés se quedó quieto.

             -Abuelo –balbuceó-, ayúdame.

             -¿Quién eres? –preguntó adormecido sin apenas moverse de la mecedora.

             -Soy Godolés, abuelo. Me están persiguiendo.

             -¿Godolés? –dijo el abuelo negando con la cabeza. Lo miró fijamente y luego miró de reojo la entrada, como cegado por la luz exterior-. ¿Quiénes te persiguen?

             -Es que me van a coger –dijo Godolés mirando también a la puerta-. Escóndeme abuelo; si vienen diles que no me has visto.

             El abuelo no dijo nada. Siguió mirando hacia adelante como esperando a alguien que no era el chico. Godolés lanzó un suspiro de impaciencia y buscó dónde meterse; había otra mesa, pero sin mantel, y decidió que no tenía ganas de volver a esconderse en el mismo sitio. Vio tras ella, junto a uno de los ventanales, un gran armario de madera vieja. A su lado había también una cama muy bien hecha, con sábanas apretadas. Pensó en la cama pero también pensó en el orinal, así que se decidió por el armario. Lo abrió rápidamente y los ratones volvieron a chillar, aunque encontró un hueco suficiente entre largas camisas amarillentas. Apartó un par de botas que había en el entamado y se acurrucó, cerrando las puertas y dejando una delgada rendija por la que poder espiar y respirar. Allí adentro olía a medicinas y calcetines. Apenas habían pasado algunos segundos cuando aparecieron Rina y los gemelos. Entraron de sopetón, como había hecho él hacía un instante, e igualmente parecieron no reparar en la figura del abuelo hasta que hubieron echado un segundo vistazo a la habitación; los gemelos volvieron a asustarse, pero Rina no. Rina sabía.

             -Hola abuelo –dijo distraída, buscando y olfateando a su alrededor. El abuelo apenas hizo un gesto con la cabeza.

             Rina paseó lentamente, repasando con los ojos los objetos que la rodeaban. Se fijó en la cama y pasó la mano sobre la manta dura, estiradísima. Con un movimiento felino se agachó, metiendo la cabeza bajo los faldones que caían hasta el suelo. Defraudada, volvió prestamente a la posición vertical. Miró de nuevo las paredes, sombrías y desconchadas, los cuadros desdibujados y el abuelo. Éste seguía sin hacer nada.

             -¿Has visto a Godolés, abuelo? –le preguntó apretando los dientes.

             -¿Quién has dicho?

             -Godolés.

             -¿Quién es Godolés? –preguntó mientras le temblaba ligeramente la cabeza. Rina se mordió un labio. Los gemelos se miraron riéndose.

             -Da igual, abuelo.

             -¿Por qué lo buscáis? ¿Qué os ha hecho?–dijo el abuelo de repente. Los niños quedaron quietos por un instante; lo había preguntado en voz muy alta, casi gritando.

             -Se había escondido y lo descubrimos –balbuceó Rina algo insegura-. Es un fullero –remató. El abuelo volvió a relajarse; por un momento casi se había levantado de la mecedora; la mantilla con la que se tapaba los pies había resbalado pero sus ojos azules, que abrió desmesuradamente, se fueron entornando poco a poco.

             -¿Os cuento la historia de los aviones? –preguntó esbozando una sonrisa bobalicona mientras los ojos se le encendían de nuevo. Los niños hicieron una mueca de desagrado y recularon hacia atrás.

             -No abuelo, que tenemos prisa. Además siempre nos cuentas la misma historia –bufó Rina.

             -¿La misma historia, la de los aviones negros? Pero si no la he contado nunca a nadie.

             -¡No qué va! –exclamó uno de los gemelos.

             -¿La de los aviones negros? No puede ser. ¿Os he contado cómo hacían lazos en el aire? Cuando los veía pasar desde lo alto, tan alto.... ¿dónde estaría para verlos tan de cerca? Tenía que estar muy alto, encima de un edificio de esos con muchos pisos.

             -Joer, ni que fuera el único que ha visto un avión –masculló Rina; los gemelos rieron por lo bajini.

             -¡Yo los he visto sonreír!

             -¡Los aviones no sonríen porque no tienen boca! –protestó airada Rina.

             -¿Que no tienen boca? –el abuelo volvió a abrir los ojos mucho, eran ya casi como mares-. ¿Qué sabrás tú, niña rizada?

             Los gemelos rieron abiertamente, pero Rina se encontraba cada vez más furiosa.

             -Pues yo lo sé porque el año pasado fui con mis padres a Egipto y cogimos un avión, y el avión estaba lleno de gente, y la gente hablaba y se reía y todo eso pero el avión no porque no tiene boca, tiene nariz y dos alas y dos motores y ruedas para cuando se levanta y cuando se para y nada más. Y tú dices que has visto aviones pero yo me he montado en uno y tú no, que sólo los has visto de lejos.

             -¡Pero mis aviones no eran iguales que los tuyos! –protestó el abuelo indignado.

             -¿Ah, no?

             -No, los aviones que yo digo eran negros, y llenaban el cielo, y llevaban cada uno un piloto, un gato y dos ristras de bombas. Y sonreían debajo de las hélices. Y tenían cruces en las alas para que, si se estrellaban, los pilotos fueran al cielo. Porque los aviones de antes no son como los de ahora –gritó muy excitado.

             -Ea, al final nos contó la historia –refunfuñó el otro gemelo. Rina meneó la cabeza con desesperación.

             -Bueno abuelo, que si has visto a Godolés y si no nos vamos.

             El abuelo volvió a entornar los ojos y asintió lentamente; los miró con cansancio  y buscó la mantilla, colocándosela en los pies, acariciándose una rodilla con las manos huesudas. No dijo nada y los niños terminaron yéndose refunfuñando.

             Al rato Godolés abrió la puerta del armario. Salió andando de puntillas con mucho cuidado; estaba a punto de marcharse cuando se dio la vuelta. El abuelo seguía allí, con los ojos cerrados.

             -Gracias abuelo –se atrevió a decir en susurros. El abuelo ni se inmutó.

             -¡No dejes que te cojan! –dijo de repente, cuando ya casi había salido-. Si te cogen  te matarán, te pondrán contra una pared y te matarán.

             El chico asintió vagamente y salió rápido.

              

             En la cocina las madres trabajaban sin descanso. La de Godolés había terminado la tarta de manzana y la dejaba reposar en el alféizar. Las demás seguían con el pavo y la ensalada, mientras que la chacha pelaba patatas.

             -Están llenas de gusanos.

             -Tíralas entonces, Manuela –dijo la madre de Rina. Faenaba con una sartén que hacía entrechocar junto a las cacerolas a la manera de una campana. Los gusanos cayeron sobre el desagüe y la chacha abrió el grifo.

             -¿Estará para dentro de media hora?

             El horno se abrió. Un olor a carne y frutas amargas inundó la cocina, acabando con el tufo de las patatas. La madre de Godolés aspiró en secreto, apretando una servilleta entre las manos. Se sonrió y vio llegar a su hijo, cabizbajo.

             -Mira quién está aquí, ya era hora. ¿Y tus primos? –dijo, olvidando la servilleta sobre la mesa.

             -No sé.

             Le acarició la cabeza, sonriendo.

             -Venga, pronto comeremos.

             Godolés se acercó a la mesa baja sobre la que reposaban las cáscaras y las peladuras. Luego se arrimó al fregadero; vio algunos gusanos todavía aferrados a las paredes, mojados y luchando por no caer. Intentaban subir trabajosamente por la superficie de metal, aprovechando que Manuela andaba ahora guardando trastos. Observó cómo uno de ellos ya había conseguido llegar al reposa platos, aunque era el único. A los pocos segundos la chacha regresó, arrugó el entrecejo y abrió el grifo a toda presión, enjaguando bien el fregadero.

             -¿Has visto la de gusanos que tenían las patatas? –dijo forzando una sonrisa.

             -Sí.

             Seguía mirando quedamente el fregadero. Ahora estaba reluciente, como si nunca hubiera habido nada dentro de él aparte de agua.

             -¿Por qué tenían tantos gusanos? –preguntó de improviso. Manuela meneó la cabeza.

             -Se habían podrido. Si algo se guarda mucho tiempo se termina pudriendo.

             -¿Y por qué? –volvió a preguntar.

             -Porque es así –dijo la chacha suspirando-. Cuando se las coge del suelo hay que comerlas pronto; si no pasan estas cosas. Se llenan de gusanos.

             Godolés se acercó de nuevo a su madre, que ahora miraba por la ventana. La casa daba a un jardín descuidado de hierba oscura. Después de tres días lloviendo todo parecía tomar un color apagado. Observaba su vaho; aparecía y desaparecía con cada respiración. Lo daba y lo absorbía. Una y otra vez.

             -Lo tienes todo muy bien arreglado, Manuela. –dijo, apartándose súbitamente de los cristales-. Y eso que imagino que el abuelo te dará bastante trabajo.

             -No, no se crea –sonrió la chacha-. Cuando murió la abuela quizás, pero ya se conformó.

             -¿Cuántos cumple el abuelo? –le preguntó Godolés a su madre de improviso. Ésta no contestó, dudando.

             -Muchos. Tendrás que preguntarle a tu padre, yo no me acuerdo.

             -¡Al fin! –gritó de repente Rina desde el quicio de la puerta. Todos se giraron, sorprendidos; la niña entraba como una exhalación seguida de los gemelos y echando chispas-. ¡Fullero! Te tenías que parar, te vimos en la salita y tú te fuiste corriendo. Eso no vale. Fullero.

             -Esa boca –le regañó su madre. La agarró de la mano y se la llevó directa al lavabo haciendo caso omiso de protestas.

             -Qué manos. A lavarse que ya mismo comemos. Tú también, Godolés.

             Pero Godolés no la escuchó; aprovechando el revuelo había echado a correr furiosamente. Pasó junto a Manuela, que no pudo detenerlo, y atravesó el pequeño grupo compacto que formaban los gemelos empujándolos contra el suelo. Un coro de voces y gritos lo llamaron, manos salidas de algún lugar intentaron asirlo, pero sin éxito, porque Godolés no se detuvo. Llegó al pasillo, alcanzó la puerta de la entrada y la abrió, saliendo al exterior. Sintió un golpe de viento azotarle la cara. Su madre, viéndolo salir, alzó la ventana de la cocina y lo llamó por su nombre, gritando también. Pero él seguía corriendo sin hacer caso; corrió sobre la hierba parduzca y mojada, saltó la vaya del jardín y siguió adelante, pasando junto a las casas de los vecinos. Las voces se iban quedando atrás, cada vez más. Godolés sentía el aire recorrerle de nuevo el pecho, los brazos, las piernas, era como si lo empujara más y más lejos. Mientras se cerraba el cielo y comenzaba a llover sonreía al pensar en que ahora Rina no lo encontraría jamás. Ni los gemelos. Nadie. Allí afuera todo era demasiado grande; afuera los escondites son infinitos.  

     Por: Rafael P. Calmaestra.