Ya estoy en la fila. Delante de mí, unas cuatrocientas personas con más de cuatrocientas ilusiones apretadas en el cerebro.

El cielo es profundamente azul, el blanco de la balaustrada del barco interrumpe rabiosamente el azul infinito, mientras mi alma se pregunta trémula, cómo he podido vivir sin tu carne tanto tiempo, cómo han podido mis sentidos funcionar si tu no estabas a mi lado para excitarlos.

Y mientras, la fila se mueve, me llega el olor de una mujer que espera justo enfrente de mí y de repente, la tibieza de un beso detrás de la oreja despierta mi piel; como una ola expansiva se extiende hasta el dedo gordo del pie y abro los ojos, pero no, no los abro como todos los días no, se me rasgan, las membranas de los párpados se agrietan, se van cuarteando, se van abriendo poco a poco y veo, veo, veo…

Veo una fila de más de cuatrocientas ilusiones esperando abordar a otras cuatrocientas personas, veo el azul del cielo, veo a la mujer que huele a humanidad, justo a mi lado… ¿todo es igual?

¡Mentira!

Ahora veo que estas a mi lado en una dimensión absoluta u definitiva.

II
Un día me preguntaste cómo sería, y qué pasaría si después de muertos volviéramos a encontrarnos, al menos un segundo.

Yo te miré y vi, en el resplandor de tus ojos, que hablabas en serio, que tus ojos habían alcanzado una dimensión infinita y te daban el don de mirar a través de mi, en esa visión yo era el paisaje que abarcaba la amplitud de tu mirada, y sin embargo, ese paisaje era totalmente desconocido para mi, lejano y sin embargo palpitante como la propia esencia de mi ser.

No supe que decirte, no sabia nada, sigo sin saberlo mientras que tu si tomaste la decisión inexorable. Te fuiste, convertiste en polvo tu cuerpo, te llevaste el calor de mi cama y me dejaste un hueco en la palma de mis manos.

Ahora yo he tenido que abrir los ojos todos los días para ir conociendo tu ausencia, he tenido que recoger arena para llenar el hueco de mis manos, he tenido que sacar tus cosas materiales para dejar entrar tu esencia, he saboreado el pan frío, la comida desabrida, he trastabillado por la vida hasta ir recobrando poco a poco el equilibrio, he roto mis oídos en la profundidad de la noche por si me llegaba desde el infinito tu señal.

Y aquí estoy, a punto de partir hacía ninguna parte, con dos millones de nudos en la barriga, y me pregunto si todo esto que hierve en mí es un prólogo a ese conocimiento del que me hablabas aquella noche en que descubriste un mundo diferente a través de mí, pero sin mí.

III

Y él se sienta a su lado, ella percibe un olor familiar, él sonríe pero sus ojos están pegados a la postal de montañas que se alejan del barco.

Luego la mira mientras siente que su cuerpo colma el vacío del asiento plenamente, como si fuera la pieza justa que faltaba a ese rompecabezas que llamamos vida.

Y las miradas se cruzan por primera vez, ¿o por enésima?

Y las pupilas titilan febrilmente.

Y los cuerpos se van acercando.

Y una urgencia demoledora les nace entre las piernas.

Y con los ojos pegados recorren el pasillo hasta el baño.

Y en ese diminuto recinto, cuando las ropas reaprenden un vuelo muchísimas veces practicado, las carnes se reconocen, se abren, se atraviesan, se inflan…

Y estallan.

Y la calma deja en sus pieles manchitas rojas, mientras se sientan de nuevo sin mirarse.

Sus billetes por favor.

Por: Gladys