
Era viernes, 9 de abril
de 1948, en la fría capital colombiana y nadie imaginaba aún la tormenta
que se avecinaba. No cesaban de ondearse las banderas del pueblo gaitanista, aún
regocijado por las infinitas virtudes de su caudillo, quien en una espléndida
defensa, acababa de conseguir la absolución del teniente Cortés, juzgado por
disparar y dar muerte al periodista Eudoro Galarza Ossa, según lo profirió el
fallo, en defensa legítima del honor del Ejército Nacional. Ya era mediodía y el reloj marcaba la una y cinco de la
tarde, cuando la pueril fuerza proletaria citadina se movilizaba por las calles
de la capital, en busca de “un bocadito” que les permitiese seguir
reproduciendo su subvalorada fuerza de trabajo. Una gélida ventisca se paseaba
por las calles de la aún provinciana Bogotá, contrastando con las humeantes
cocinas de restaurantes y cafés, que no parecían dar abasto a su concurrida
clientela. Sobre la carrera 13, casi a la altura de la avenida
Jiménez, un hombre caía al suelo, estrepitosamente, víctima de tres impactos de bala. El corazón
de la ciudad se estremecía y las gentes que se encontraban en los puntos
aledaños al lugar del tiroteo intentaban esclarecer lo acaecido. El pánico se
sembraba cuando al comprobarse que el hombre herido y al parecer muerto,
acababa de salir del edificio Agustín Nieto, donde se encontraba la oficina del
doctor Jorge Eliécer Gaitán. Entre tanto, a media cuadra del sitio, un policía
y un civil aprehendían al aparente francotirador, sin sospechar todavía la
magnitud de lo ocurrido. Hombres y mujeres corrían a socorrer al moribundo y al
asegurarse de que era el mismo Jorge Eliécer Gaitán quien allí yacía, se
desataba una vertiginosa onda de ira y sed de venganza, cuyo alcance nadie
hubiese previsto. Decenas de transeúntes, entre sollozos y maldiciones,
pregonaban que su Caudillo, el doctor Gaitán, acababa de ser asesinado. La
noticia se propagaba muy rápidamente, provocando el aglutinamiento progresivo
de una turba enardecida que inicialmente, se proponía “ajusticiar” al agresor,
quien se encontraba custodiado por dos hombres que luchaban por impedir los
propósitos de la masa. Inútil fue la pugna de los captores del presunto asesino,
quienes se refugiaron en la droguería Granada, diagonal al edificio Agustín
Nieto, con el fin de salvaguardar su vida. Muy tenue fue la resistencia que
lograron ejercer, ante la presión de una turba que poco tardó en derribar las
puertas del establecimiento, raptando al probable criminal, Juan Roa Sierra. El
hombre fue sometido a las más escalofriantes torturas; su organismo no fue
capaz de resistir la inhumana golpiza que recibió de parte de decenas o tal vez
cientos de indignados gaitanistas, quienes lo exhibieron como un trofeo que
transportaron por todo el centro de la ciudad. No se sabe cuánto tiempo habría
transcurrido cuando por fin advirtieron que el sujeto había fallecido. Tal vez una o dos horas después del atentado, la ciudad
entera era un caos generalizado. Las parcas avenidas de la capital se habían convertido
en un campo de batalla, una caldera donde se cosían los gritos indignados de un
pueblo que veía frustrada toda su esperanza. Miles de ciudadanos, ya fuera con
ruanas y alpargatas y algunos otros con elegantes ropajes, inundaban el espacio
público de una Bogotá que se había vestido con su mejor traje, para recibir la
Cumbre Panamericana y que, como la Cenicienta, súbitamente, había perdido su
mágico encanto. A la voz de una consigna un poco difusa, ríos de fervientes
seguidores gaitanistas expresaban su terrible dolor. Aún sin conocer lo sucedido, el señor presidente, don
Mariano Ospina Pérez, y su esposa, doña Bertha, se dirigían al palacio
presidencial, provenientes de la inauguración de la exposición Agropecuaria. En
la esquina de la carrera séptima con calle octava, observaban cómo una multitud
iracunda ostentaba el cadáver de un hombre, lanzando vivas al partido liberal y
a su máximo líder del momento, Jorge Eliécer Gaitán. Fue el general del
Ejército, Rafael Sánchez Amaya, quien puso al tanto de lo ocurrido a Ospina,
una vez alcanzó los linderos del palacio de San Carlos. Sólo hasta entonces, él
y la primera dama comprendieron que aquel cadáver que transportaban los
manifestantes era el del asesino de Gaitán, a quien más tarde identificarían como
Juan Roa Sierra. Mientras el presidente Ospina y Doña Bertha intentaban
ponerse al frente de la situación, en
las calles, la situación se hacía más dramática. Un ataque incontenible
de ira colectiva se propagaba, ya no sólo por la capital sino por casi todo el
país. Los informes oficiales y de las estaciones de radio, tomadas por el
movimiento gaitanista, retrataban los graves desórdenes que se presentaban en
las principales ciudades colombianas. Almacenes saqueados, tiroteos, incendios
y enfrentamientos de toda índole marcaban el estado de cosas que enfrentaba el
país. Mientras una turba incendiaba las oficinas del diario
conservador “El Siglo”, otra lo hacía con la casa de Laureano Gómez, su
director, director del partido y ministro de relaciones exteriores. En muy
pocas horas, las llamas aisladas se condensarían la una con la otra, ayudadas
por una masa que se consumía en su propio sentimiento de rabia, alentado,
además, por las consignas revolucionarias que emergían de las estaciones de
radio. Parecía que lo que se vivía era el carnaval de las iras, un carnaval
donde los desarrapados, aquellos sujetos marginados y excluidos cobrarían, por
primera vez, la histórica opresión a la que habían sido sometidos de parte de
la reducida, pero poderosa burguesía nacional. Una burguesía dueña de los
medios de producción y de todo el aparato político de una muy discutible
democracia. La situación se hacía inmanejable. La masa amenazaba con
tomarse el Palacio de San Carlos, apoyada por la sublevación de la policía
capitalina iniciada en la quinta división de ese ente, ubicada en la calle 28
con carrera 5ª. Desde allí, un grupo de hombres, entre quienes se encontraba el
hasta entonces líder estudiantil, Fidel Castro, se encargaban de distribuir las
armas y ofrecer instrucciones tácticas en pro del establecimiento de una
estrategia militar. Sólo 29 hombres del batallón Guardia Presidencial
custodiaban la sede del Gobierno central, mientras el movimiento rebelde crecía
en número y poderío armamentístico. Parecía que la caída del gobierno conservador sólo era
cuestión de horas y así lo indicaban las estaciones de radio, en cuyas
transmisiones no dejaba de invitarse a los ciudadanos a la movilización.
Mientras tanto, las calles reflejaban otra cosa bien distinta: muerte,
destrucción, saqueo y otros desmanes provocados por una masa inconsciente de
hombres, armados con cuanta cosa encontraran a su paso, varios de ellos,
visiblemente embriagados. El gobierno, preocupado por la información que
emitían las emisoras, promulgando su inminente caída, invitaba a los dirigentes
liberales para que nombrasen una comisión de negociación, según lo aseverara
posteriormente, con el fin de apaciguar los ánimos. Carlos Lleras Restrepo, Jorge Padilla, Darío Echandía y
Alfonso Araujo fueron los comisionados por el directorio liberal para debatir y
negociar las posibles soluciones con el gobierno conservador. Este hecho sería
erróneamente interpretado por varios medios, algunos de los cuales se
atrevieron a identificarlos como la selección de una junta provisional de
gobierno, que ponía fin al mandato de Ospina Pérez. Según lo afirmaran los
testigos, esto repercutió en la acción del movimiento rebelde, que disminuyó el
ímpetu de su ofensiva, una vez conocida la noticia. Por ejemplo, la policía de
varias regiones del Tolima, también sublevada y que se transportaba hacia
Bogotá para unirse al movimiento, detuvo su marcha para regresar y así celebrar
lo que creían era el triunfo de la “revolución”. Mientras el país se desangraba, el presidente Ospina se
devanaba los sesos buscando una salida a la grave crisis. Sin más protección
que la reducida tropa que vigilaba el palacio de San Carlos, no le quedaba más
remedio que esperar los refuerzos que venían de Boyacá, por lo que pensaba que
el proceso de negociación con los liberales le haría ganar un tiempo valioso. Infinitamente tensionante era
lo que se vivía en el palacio presidencial, donde más de un disparo había
penetrado la infraestructura y donde el jefe de gobierno no contaba con las
herramientas políticas ni militares para revertir la situación. Luego de una angustiosa espera, por fin llegaban los
refuerzos militares venidos desde tierras boyacenses. La multitud se
regocijaba, considerando las informaciones radiales, que aseguraban que el Ejército
se había sublevado, al igual que gran
parte de la policía. Poderosos tanques de guerra se dirigían por las
semidestruidas avenidas del centro de la ciudad, ante la bienvenida de los
manifestantes que los consideraban sus aliados. Su estado de estupefacción no
tardaría más que lo que tardarían los cañones de los tanques en acabar con sus
vidas y empezaba, desde entonces, la brutal respuesta represiva de las fuerzas
militares. Inspirados en el terror y en medio de una matanza
indiscriminada, el Ejército fue recuperando el control sobre la capital. Poco
tardaron en reestablecer el dominio estatal sobre las emisoras de radio y en
producir la dispersión de los manifestantes que lograban huir con vida de sus
pavorosos ataques. Reprimido el ímpetu de gran parte de las fuerzas rebeldes,
muchos optaron por atrincherarse en la quinta división de la policía. Más de
quinientos uniformados permanecían allí, cuando la radio anunciaba que si los
hombres que en ese lugar se daban cita no se rendían, las fuerzas armadas no
vacilarían en bombardearlos. Pese a las sugerencias de Fidel Castro para que el
comandante a cargo ordenara a los 500 efectivos tomarse el palacio
presidencial, el gobierno logró la voluntaria rendición de los policías que,
dos meses después, serían destituidos. Los tiroteos y las explosiones continuaban, pero ya no
como producto de la ira del pueblo sino por la reacción del estado, que
castigaba vengativamente a los perturbadores del orden. Cientos y cientos de
insubordinados caían muertos, víctimas de las balas del Ejército Nacional. Se
ahogaban así los gritos de justicia y los sueños de una horda que pugnaba por
su dignidad. No más que escombros, humo, algunas llamas y muchos cadáveres
permanecían en una escena donde el rojo de nuestra bandera volvería a cobrar
toda su vigencia simbólica. Cesaba la horrible noche, pero la libertad sublime
se mantenía en la penumbra. La respuesta del oficialismo, luego de la reunión con la
comisión liberal, decidió que el gabinete ministerial se repartiría nuevamente,
con el nombramiento equitativo de representantes de los dos partidos. Por supuesto, los integrantes de dicha comisión
tendrían su participación y el gran descabezado sería el polémico presidente
del directorio conservador, Laureano Gómez, quien perdería su cargo en el
Ministerio de Relaciones Exteriores. Todo volvería a la normalidad y la pomposa clase política
se mantendría en el poder, ante el progresivo desahucio económico del país y
los históricos dramatismos sociales, que parecen no querer abandonarnos. El
asesinato de Gaitán no dejaría de ser otro crimen político, felizmente para
nuestros dirigentes, absorbido por la impunidad. Ya era 11 de abril de 1948 y una ciudad en ruinas
demostraba que, muerto Gaitán, moría la esperanza de nuestro pueblo. Un pueblo
que hizo de él un héroe inalcanzable, en vez proponerse a superarlo, para que
la esperanza se mantuviese viva y algún día se transformase en realidad, pues,
si Gaitán era un pueblo, ¿por qué ese pueblo no podía ser Gaitán?
Por: Giovanni González Arango
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