25 de Mayo, 2007, 15:25: Charo GonzálezHablando de...



"¡Es increíble abrir los ojos cada mañana!."


"Lidera cada una de tus acciones como si nadie pudiese encontrar las rendijas."


"¿Qué duende tira de mis párpados hacia abajo?, ¿qué brujo usó su poción para mantenerme dormida?"

"Deliciosos sabores de conversaciones y gestos, la amistad es un exquisito manjar."

"Prefiere la luna ser un regular movimiento para alterar disimuladamente todos los sentimientos."

"Cubre las manos de quien, ya sin dedos, sigue dándote esperanzas."

"Fueron tantos los siervos que desapareció el rey"

"Ruegos que no se escuchan porque no se dirigen a nadie, súplicas al viento que vuelven como ecos de voces roncas. Sueño con cristalinas aguas que reflejen únicamente la esperanza."

"Juguemos a un juego,  las preguntas y los dados están trucados pero no son falsos."

"Flores en los caminos, piedras cubiertas de aromas y colores, el sonido del agua acompañará tus pasos."

Por. Charo González




25 de Mayo, 2007, 14:50: GladysGeneral


 

Carmen vive en el quinto piso, desde su ventana ve al gordo, calvo y pechi-peludo vecino; observa sus cochinas rutinas, sabe cuando se levanta, la manera lenta en que lleva la mano hasta los ojos y lo que hace luego con sus legañas. Sabe también cuanto tarda en arreglarse el calzoncillo, siempre el mismo modelo de franela blanco que debe conseguir en tiendas para ancianos pues esos hace tiempo que dejaron de fabricarlos. Después, desaparece unos cuantos minutos, Carmen imagina que va al baño, luego irá a la cocina y del fondo oscuro de la vivienda regresa con una humeante taza de café y se acomoda en el balcón a vigilar él también la madrugada.

Carmen se esconde tras las cortinas y se dice que mañana temprano ella también se preparará un café para no perder ni un minuto de vista a su vecino. No soporta verlo saborearse mientras ella pasa saliva escondida.

Cuado el vecino ha terminado, deja la taza suavemente sobre la baranda del balcón y echa una última mirada a la calle que ya empieza a clarear, justo cuando el vecino de la tienda de electrodomésticos de la esquina, se acerca por la acera con las llaves en la mano.

El sonido metálico de las rejas dan comienzo a la mañana laboral, el vecino de enfrente da la espalda a Carmen y desaparece, Carmen igual se aparta de la ventana, recoge su piel de mujer mayor y se dispone a esperar que las horas pasen, hasta que la oscuridad le devuelva la alegría de esos instantes de contemplación todas las madrugadas de su vida.

Carmen jamás se ha preguntado que hace su vecino cuando es tragado por el interior de su casa, qué vida tendrá, si trabajará o se dedicará a leer revistas porno mientras llega la hora de salir a dar un paseo por el parque o por la avenida. No, para ella, ese señor maduro solo existe de cuatro y treinta de la madrugada a seis de la mañana.

Lo demás no importa.

A las cuatro y veinte de la madrugada, una mano gruesa, callosa y con algo de vello se estira lentamente hasta oprimir el botón de la radio. La voz suave de la locutora da los buenos días a los radioescuchas y lee el menú del programa: educación a distancia: hoy tendremos ciencias, matemáticas y lenguaje.

Unos ojos marchitos se cierran mientras la locutora va desgranando los elementos de la ciencia, mientras la mano callosa, gruesa y velluda busca despertar a su pene, sabe que es tarea ardua, que cada día tiene que emplearse más a fondo, entonces piensa que en esos momentos su vecina de enfrente estará saliendo de sus sueños, que su mano también bajará a su pubis y se sonríe, pues imagina que ambos tienen la misma dificultad para despertar sus respectivos sexos.

Luego ella se levantará, no sin antes oler su mano mientras evoca los recuerdos sexuales de su antigua vida; después pasará esa misma mano sobre sus cabellos – a propósito, creo que lleva dos meses sin teñírselo – se lo recogerá con un cordón y caminará a oscuras por el pasillo hasta llegar a la ventana, entonces él sabrá que es el momento, sabrá que debe levantarse, limpiarse los ojos, arreglarse un poco los calzoncillos, ir al baño, prepararse el café y salir al balcón.

Ella lo contemplará detrás de las cortinas, esperará paciente a que se tome el café y después nada.

- Deja de existir para mí, como yo para ella -.

Por: Gladys

 

 

25 de Mayo, 2007, 14:38: ÁgataUn libro para ti


 

Empecé a conocer la literatura de Ishiguro por casualidad; un día que no tenía nada que hacer, entré a la biblioteca de Las Palmas y allí en medio de los anaqueles, con tantos libros a mi disposición, me sentía desolada, ¿qué leer?
Mientras caminaba dudaba entre escoger algún autor de mi gusto o lanzarme de lleno en alguno desconocido, corriendo el riesgo de que resultara todo un chasco.
No sé cuanto tiempo caminé entre esos libros, los tomaba, leía las reseñas, aparté algunos, pero no terminaba de decidirme, hasta que en el riguroso orden alfabético me encontré leyendo la portada de Los restos del día y me llamó la atención la siguiente frase: “una novela magistral que bascula sabiamente entre la belleza y la crueldad…” Decidí pasar por el trámite de llevármela a casa.
Apresuradamente empecé a leerla, fui descubriendo a un escritor que parecía estar en el salón de mi casa y que, mientras nos tomábamos un café, me contaba la vida de Stevens, el mayordomo del ya fallecido Lord Darlington, quien aprovechando unos días de vacaciones decide viajar por Inglaterra hasta llegar a Weymonuth donde reside la ya retirada ama de llaves miss Kenton. El autor, a medida que el relato avanza, va desnudando a un ser que encarna toda una institución en ese país y que en el colectivo de quienes somos ajenos a ese modelo de servidumbre, nos hemos acostumbrado a verlos como seres glaciales, educados, reservados y generalmente derrochando un gran sentido del humor. Poco a poco descubrimos que somos unos necios al prejuzgar de esa manera el código ético de un mayordomo, sería algo digno de imitar por algunos políticos, lamentablemente vivimos una época en la que su profesión es considerada anacrónica.
Stevens, después de conducir por varios días, de conocer su propio país, cosa que no había hecho nunca,  después de tener que someterse a la curiosidad de campesinos, médicos, transportistas, borrachos y funcionarios, quienes no se explican por qué un señor como él anda por esos mundos de Dios, finalmente logra encontrarse con miss Kenton, se toman un té y hablan del pasado cuidándose mucho de faltar al respeto que le deben a su antiguo patrón.
Parece un tanto prosaico, puede que a muchos de ustedes no le despierte la curiosidad, no hay grandes aventuras, no hay sexo, no hay asesinatos, ni grandes conspiraciones, aunque Lord Darlington haya sido deshonrado por esa causa, eso no es lo importante, lo que seduce de este autor es la forma como narra una realidad monótona, una vida gris dedicada al servicio de la realeza, una despersonalización del ser que llega incluso a negarse el placer que su cuerpo le exige, hecho que a nosotros, en estos tiempos ni siquiera tomamos en cuenta.

Finalmente, el autor y yo nos tomamos el último sorbo de café.

Cierro el libro y en mi cerebro queda grabada la siguiente frase: “usted solo ve pasar las cosas, sin pararse a pensar en lo que significan”. 

Desespero porque amanezca para devolver el libro y buscar otro del mismo autor.

 
Los inconsolables, otro libro de Ishiguro que va en mi bolso rumbo a casa mientras mi ánimo enfebrecido paladea de antemano el apacible placer que me proporciona este autor.
"Ryder, un famoso pianista es invitado a dar un concierto en alguna ciudad de Europa central. Sus habitantes adoran la música y es recibido como el salvador. Pronto Ryder se da cuenta de que de un salvador se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás curadas y también, demandas insaciables."
Ahora ya no es el sofá de mi casa, no es el café calentito, no hay tiempo para la charla sosegada, Ryder se apodera de mi ser y me lleva a esa ciudad, tiemblo al contemplar las caras de los burgueses que buscan redimir sus vidas absurdas con la música, me estremezco ante lo patético que resulta contemplar y sufrir la interpretación de alguien que no tiene ningún don para la música, creyéndose ser un gran tenor y su afán por manipular a sus vecinos para que se lo confirmen cada vez que la ocasión lo amerite y ahora que tienen a alguien reconocido universalmente, necesitan de él un apoyo sincero a esa mentira absurda, para poder seguir viviendo con algo parecido a la dignidad. Y entre esas comedias humanas el artista se enreda, reconoce que le falta el valor para aclarar las cosas, no lo hizo en el momento en que llegó y se da cuenta que es demasiado tarde, además ¿quién es él para poner delante de todos los principales del pueblo, el espejo que reflejará su mediocridad?
Al cerrar el libro pienso y recuerdo todas las mentiras que han formado lo que otros llaman mi cultura, nos han mentido desde que nacimos, nos prometieron un salvador, nos hablaron de un  mundo mejor, ¿dónde?

Busqué otro libro de Ishiguro.

Nunca me abandones
Kathy H. se nos identifica en el primer renglón de este libro, nos habla de la edad que tiene, de sus amigos más íntimos, del sitio donde vive: el internado de Hailsham, nos presenta a sus amigos Ruth y Tommy.

Todo parece claro, sencillo, real y entonces creo que la verdad empieza a aparecer en la obra de Ishiguro, en ese convencimiento me mantengo la primera parte del libro, claro que de vez en cuando van apareciendo ciertas frases, ciertas acciones que me llaman la atención, pero que no alcanzo a juzgar con plena conciencia y así, de un momento a otro siento saltar la mentira como si de fuegos artificiales se tratara, ahí está, no solo una, toda una gran mentira y me doy cuenta que estoy leyendo una novela de ciencia ficción.

¡Vaya, vaya con el autor! ¡Qué jodido!

Sí, es una obra de ficción, pero lamento desilusionar a los amantes del género que buscan robots rebeldes, vengadores o intrincadas traiciones a la raza humana. Nunca me abandones es “una utopia gótica, fábula (in) moral, peculiar ciencia ficción científica con ecos de Blade Runner y de Soylent Green…” según la reseña consignada en la portada.
¿Qué es la mentira? ¿Por qué mentimos y nos lo creemos? Uno sabe que algo es mentira pero se aferra fervientemente a ello, dándose millones de explicaciones con el fin de poder seguir creyendo en ello. Se niega la realidad porque es la mentira lo que nos produce placer.

“Qué tenía de especial esa canción? Bueno, lo cierto es que no solía escuchar con atención toda la letra; esperaba a que sonara el estribillo: <<oh, baby, baby, baby…nunca me abandones…>> y me imaginaba a una mujer a quien le habían dicho que no podía tener hijos, y que los había deseado con toda el alma toda la vida. Entonces se produce una especie de milagro y tiene un bebé y lo estrecha con fuerza contra su pecho y va de un lado para otro cantando: <<oh, baby, baby, baby…nunca me abandones…>>, en parte porque se siente tan feliz y en parte porque tiene miedo de que suceda algo, de que el bebé se ponga enfermo, o de que se lo lleven de su lado. Incluso en aquella época me daba cuenta de que no podía ser así, de que tal interpretación no cuadra con el resto de la letra. Pero a mi no me importaba. La canción trataba de lo que yo decía, y la escuchaba una y otra vez a solas siempre que podía”.

Y así las mentiras adquieren dominio sobre los seres humanos, viven con nosotros, están ahí entre los silencios de las amigas, en la cama con el amante, en la mesa con los amigos… son inevitables.
¿Qué ya lo sabemos? Por supuesto que si, Ishiguro no descubre nada, simplemente estira las arrugas para que veamos lo que esconden, mientras nos narra al oído sus particulares historias.

 * Otras obras del autor: Pálida luz en las colinas, un artista del mundo flotante,  Cuando fuimos huérfanos.

Por: Ágata


 

 

  

 

 

 

25 de Mayo, 2007, 14:32: Ricardo AbdahllahGeneral

El arquetipo del macho alfa en la especie humana podría muy bien estar representado por Humprey Boggart (seductor), Groucho Marx (provocador), Cortázar (intelectual), Fidel Castro (líder), Hemingway (vital) o el hombre Marlboro (aventurero ) y los seis malditos fuman en cantidades industriales. A pesar de tantas campañas tontas para desestimular el consumo, prevalece la idea de que un hombre, un verdadero hombre debe fumar. Raro, sí, porque el cigarro es un objeto fálico, pero hasta Freud fumaba y eso es suficiente excusa para evitar perderse en los laberintos del sicoanálisis. 
Yo, en cambio, no fumo y no porque pueda declararme vencedor de una lucha personal contra el hábito y tenga los brazos llenos de parches de nicotina, sino porque simplemente nunca aprendí a fumar. Y conste que lo intenté, que hice todo lo posible para que superar, al menos en el campo del tabaquismo, las dificultades de coordinación motora que me impidieron ser guitarrista, deportista o cirujano cerebral. Fue inútil, a pesar de mis esfuerzos no logré realizar la sencilla operación de inhalar, pasar, regurgitar y expulsar el humo.
Eso no quiere decir que nunca me haya hecho el que fumo. Obvio que sí, hay un momento de la vida en que si uno no fuma no ha crecido. En ese entonces comenzaba ir a bares (eran los días felices en los que uno podía ir a un bar a pesar de ser menor de edad)  y escuchaba Nirvana dejando que los cigarrillos se deshicieran solos. Todo hubiera marchado hasta que un amigo sospechó. Le parecía extraño que mis cigarros durarán más que los del resto y que encenderlos me tomara tanto tiempo. Era obvio. Para prender un cigarro (lo sabría después) había que chupar y  yo esperaba que el tabaco alcanzara por sí solo el punto de ignición. Mi amigo se dio cuenta, pero no dijo nada. Para que su maquiavélica idea estuviera completa tenía que haber mujeres presentes. Algunos días después, a plena luz y delante de dos amigas. Me ofreció un cigarro. Lo prendí con disimulo. Luego anunció una de esas competencias absurdas de las que depende la vida social de un adolescente : “Miremos quién puede lanzar más lejos el humo. Abdahllah , usted va primero” .
Recuerdo esa humillación mejor de lo que recuerdo los que deberían ser los momentos inolvidables de mi vida y recuerdo también que a partir de ese momento empecé una lucha infructuosa por empezar a fumar y mi máximo logro fue aprender a prender un cigarrillo. Sirvió, de todas maneras, y por un par de años cargué un encendedor en el bolsillo. Un encendedor puede necesitarse en cualquier momento y gracias a un encendedor he conocido mujeres interesantes  (y no tan interesantes pero fáciles) e incluso he conocido mujeres que hacen anillos con el humo. A eso menos puedo aspirar, pero sí hubo alguien que me pasaba el humo boca a boca. Yo le devolvía el favor con vino o cerveza. Sustancias que siempre se me han hecho más manejables.
Los que saben, que siempre son otros y nunca hablan claro, dicen que al principio, antes de desarrollar la adicción a la nicotina, la gente fuma porque el cigarrillo es un “objeto de desplazamiento”, algo que permite tener las manos ocupadas y llenar los vacíos de la conversación. Tienen razón. Si uno está de fiesta y no es un conversador brillante o un bailador consagrado habrá momentos en los que se quede sin hacer nada y si uno está en una fiesta sin hacer nada se ve bastante tonto. Entonces fuma. O toma, pero una cerveza vale por lo menos diez veces lo que cuesta un cigarrillo. El cigarrillo no hace ver interesante a la gente, pero no deja que la gente se vea tonta, que para efectos sociales es lo mismo.
La gente que dice que dejar de fumar es difícil me da risa. Lo difícil es aprender a fumar y yo nunca pude. Debe ser por eso, por un deseo frustrado, que los personajes de los cuentos que he escrito fuman por montones y que la reglamentación al consumo del cigarrillo me parece una intromisión inadmisible del estado en la vida personal. También debe ser por eso que me gustó mucho “Nicotina” y que en la filmografía de  Alain Resnais prefiero “Smoking” a “No Smoking”.
Por mi parte, cuando la ocasión lo exige, me trago el humo y eso me basta. Ahora ya no me importa admitir mi inexperiencia y como no me voy a morir de cáncer de pulmón, vivo tranquilo al saber que la cirrosis y la úlcera gástrica tendrán el camino libre para llevar a cabo la tarea que Dios les ha encomendado.

Por: Ricardo Abdahllah

25 de Mayo, 2007, 14:07: Rafael CalmaestraGeneral

           

             Cuando salió de casa, Tania vio en el cielo dos delicadas bestias grises luchando por una corona de oro y pensó que era un buen augurio. Sintió una primera gota en la mejilla al poco de llegar a la parada del autobús; se resguardó tímida de los golpeteos que se iban tornando cada vez más rápidos y fuertes, pues pronto toda la calle se inundó con el olor de los naranjos mojados. Las madres corrían a refugiarse de la violencia del agua mientras dejaban a sus niños felices, sin amparo de manos o paraguas, sobre los recientes charcos. Arriba todo era ahora oscuro. Tania recordó con satisfacción las sagradas palabras del Veneidrime Ayapanuhivera: “La verdad se encuentra bajo el cielo velado; la mentira, en el sol radiante”. La gente se agolpó sobre el autobús, que apareció de repente, sin ruido, desbaratando los pensamientos de Tania y despidiendo el agua del asfalto sobre todos ellos. Cuando subió comprobó que la extraña estampa seguía en el bolsillo; la miró una vez más con detenimiento: parecía el dibujo muy antiguo de un extraño hombre con un pelo rizado y superlativo. Aparentaba ser una caricatura algo descolorida. ¿Cómo lo había llamado Luis? Ahora no lo recordaba. No alcanzaba a comprender que una cosa así pudiera costar tanto dinero, el suficiente al menos para poder conseguirse un arma. De repente un escalofrío la recorrió de pies a cabeza: el arma. La munición también, por supuesto. Y tendría que obtenerla de unos cenobitas, precisamente. Tania reprimió un nuevo estremecimiento. Al fin llegó a la parada que le había indicado Luis. Al bajarse se dio cuenta demasiado tarde de que se había olvidado el paraguas dentro del autobús. Corrió a refugiarse bajo un portal; la gente esquivaba, gris, cualquier mirada. Comprobó que el número del portal coincidía con el que estaba buscando. Era aquí, entonces. La puerta se encontraba abierta y subió directamente hasta el piso catorce. Había un olor extraño en todo el edificio, como a almendras fritas con mucho aceite de girasol. Pero todo estaba en silencio, ni un llanto de niño, ni una carcajada, ni un suspiro. Sólo el agua, inmisericorde, golpeando la ciudad. Tocó a la puerta y le abrieron al instante. Ante ella aparecieron dos gemelos que parecían albinos.
    –¿Sois Yuno y Cacique, no? –dijo Tania al ver que la miraban sin decir nada.
    –¿Te envía Luis? No nos lo dijo, pensamos que vendría él. ¿Es Luis quién te envía, verdad? –dijo uno de ellos muy nervioso.
    –Sí, Luis me envía, él no podía venir.
    –¿Lo has traído? –preguntó el otro, también nervioso.
    –Sí, aquí lo tengo...
    –¡No! No lo saques, hazlo...
    –...dentro, aquí hay muchos ojos, demasiados. Nos odian. Somos...
    –...cenobitas. ¿Tienes algún problema con eso? Te advirtió Luis que éramos cenobitas, ¿no?
    Tania reprimió un escalofrío. Los gemelos hablaban atropellándose el uno al otro. Eran raros, demasiado raros. Pero esperaban en el rellano y decidió entrar. Ellos la acompañaron hasta un pequeño salón y cerraron la puerta. En un rincón ardía una llama anaranjada junto a dos palillos de incienso. Era su dios, Ceno, consumiéndose eternamente en el centro de algún universo que no era éste. Había dos sillones rojos y ningún cuadro en las paredes. Los gemelos, demasiado rubios, aguardaban tras una mesita muy pequeña de metal en la que Tania no había reparado. Entonces, viendo su impaciencia, sacó la pequeña estampa del bolsillo y se la acercó a uno de ellos. El gemelo la examinó muy interesado; sonrió. El otro también sonrió y Tania, por qué no, hizo lo mismo.
    –El actor secundario Bob –dijo satisfecho el que la había cogido–. Luis no nos engañó, está bien conservada para ser tan antigua, muy bien conservada. Es del 97, y original...
    –...sí, es original, hay que tener cuidado con eso, en este mercado ya se sabe... –terminó de decir el otro. Sacó una gran lupa y examinó cuidadosamente la estampa, por delante y por detrás.
    –Entonces es buena, es lo que queríais. Bien, yo aún no tengo lo que quería –dijo Tania, impacientándose. Lo que quería era salir de allí cuanto antes.
Un gemelo le sonrió sombrío.
    –¿Tiene Luis más como esta? Pagaríamos bien por una de Homer.
    –¿De quién, de Boomer has dicho?
    Los gemelos observaron a Tania con detenimiento.
    –¿Cómo puede Luis confiar en alguien tan ignorante? Limítate a preguntarle si tiene más material como éste, mujer, y cuida tus modales con nosotros. Aquí tienes que dejar tus imperativos, eso no le agrada a nuestro Dios, seguidora del Veneidrime Ayapanuhivera.
    La miraban con una ligera sonrisa, una sonrisa doble en un espejo. Tania no quería morder el anzuelo. Le importaba un comino saber cómo ellos sabían... sólo quería cerrar el trato.
    –Yo no vengo a imponer nada, sólo quiero que se cumpla el acuerdo al que llegasteis con Luis. Os he entregado la estampa, os ha satisfecho, bien; ahora vosotros me entregáis el arma y yo también quedaré satisfecha.
    –Si te hubieras topado con otros...
    –... ya estarías muerta, soñadora. Pero no temas, nosotros somos muy pacíficos y tenemos un profundo respeto por el Ayapanuhivera. Está equivocado, pero lo respetamos. Tu Dios nos resulta divertido, tú también. No te preocupes más, Cacique irá ahora a por lo que tanto te interesa. ¿Sabes? –dijo, mientras su hermano salía de la habitación–. Empiezo a ver la estrategia de Luis al mandarte a ti. No somos célibes, mujer, pero sí fuertes. Eres hermosa. ¿Qué pretendía conseguir así, un mejor trato? No trates de engañarnos.
    –No me tomes el pelo, cenobita –dijo Tania simulando estar furiosa. Cada vez tenía más miedo–. Desde que he entrado aquí no me habéis mirado ni una sola vez, sé lo que os interesa y ya lo tenéis. Dadme lo mío y quedemos en paz.
    El gemelo se sentó tranquilamente sobre uno de los sillones. Ella seguía de pié, oyendo la lluvia de afuera. El otro no venía y éste le enseñaba unos dientes blancos y perfectos.
    –Sé lo que significa ser de nuestro credo –siguió diciendo muy satisfecho–. Veo el miedo en los corazones de los demás. ¿Lo ves tú en el mío? Yo no tengo miedo; sé que no moriré, sé que Ceno el Venerado guardará mi lóbulo izquierdo en una caja de cristal cuando el tránsito comience, soñadora. Entonces todos sentiréis su aliento naranja y lloraréis, y tú no tendrás tu libro sagrado para que te consuele, y te arrepentirás de haber tratado con ligereza a unos cenobitas. Todo eso llegará.
    –Fuisteis vosotros los que volasteis aquél edificio...
    –Fueron hermanos nuestros, sí. Pero ya te he dicho que nosotros no somos violentos. Hacemos pequeños negocios y tratamos de sobrevivir. No somos terroristas ¿Lo eres tú? Pero es cierto, qué me importa. No temas más, para ciertas cosas dejamos la religión a un lado, aunque veo que tú no haces lo mismo. Ya llega Cacique con tu anhelada alma negra y fría.
    El otro gemelo apareció repentinamente. Dejó la pistola y dos cajas de munición sobre la mesita. Tania comprobó que era una Kastcha retocada con balas de punta hueca.
    –No te engañaremos, mujer. Lo que nos has dado vale mucho más que eso. Podríamos conseguir bastante dinero por la estampa, aunque quizás la guardemos para nosotros. Te entregamos algo más  –dijo Cacique dejando caer dos tarjetas de plástico al lado del arma.
    –Con esto conseguirás chocolate por un mes. Sabemos que a las mujeres os gusta el chocolate –dijo, tratando de sonar pícaro. A Tania le entró un sudor frío.
    –A mí no. ¿Conseguiré leche con eso?
    –¿Leche? –rió el otro con sorna– Ya no hay vacas, ¿recuerdas?
    –Pero sigue habiendo perras, que yo sepa. Vuestras tarjetas de racionamiento no valen nada, yo misma puedo conseguirlas mejores. De todas formas no importa, no desprecio nunca un regalo. Gracias. Ahora me marcharé.
    –Nos importa, soñadora, aunque te dejaremos marchar. Aún somos arañas pequeñas, se nos escapan las moscas más sabrosas. Pero pronto tejeremos mejores telas, mujer. No nos has dicho como te llamas, hazlo antes de irte. Gírate y sal luego. Espero que no cerráramos la puerta con llave; si así lo hicimos no podrás marcharte. Quizás...
    –... nuestra tela es más gruesa de lo que pensábamos.
    Ella se dio la vuelta muy lentamente. Tenía el arma pero ¿podría defenderse con ella? ¿Acaso no habrían previsto algo así? Giró el pomo y la puerta se abrió.
    –Me llamo...
    –... Tania –dijo el gemelo llamado Yuno a sus espaldas. Ella cerró la puerta y salió. Afuera el cielo se había despejado y a duras penas brillaba el sol mortecino de abril.
    Ya era tarde. Hacía mucho tiempo que había anochecido y Luis aún no llegaba. Tania se paseaba nerviosa de un lado para otro, mirando el reloj y mordiéndose los labios. No quería asomarse a la ventana, aún le daban miedo las estrellas. Las cortinas estaban echadas y se alumbraba pobremente con una pequeña vela. La electricidad, como todos los días, había sido cortada a las diez. Cuántas sombras puede producir una pequeña llama, pensó. Y bailan mejor de lo que yo llegaré a bailar nunca, y hacen que los muebles se acerquen a mí e intenten atraparme. Se quedó quieta en un rincón, amarillenta y asustada. Un ruido. La puerta se abrió y al fin apareció Luis.
    –¿Dónde te habías metido? –le asaltó, furiosa. Luis entró fatigado y se dirigió a la primera silla que vio.
    –Por favor, no empieces. Estoy reventado. ¿Qué dónde me he metido? Me he metido en un agujero que se llama fábrica, como todos los días. Hemos tenido que hacer dos horas de más. ¿Tú crees que los tornillos crecen en las farolas?
    –El toque de queda fue hace apenas una hora...
    –Eso cuéntaselo a otro. Me he tenido que venir andando desde el centro.
    –Y a oscuras.
    –Mejor a oscuras. Han pasado dos patrullas y ni me han visto.
    Luis comenzó a descalzarse. Observó la habitación: las tres sillas de siempre, la mesa rota, los armaritos, el televisor que no funcionaba. Y las ventanas cerradas, con sus cortinas bien extendidas. Miró a Tania con ojos turbios.
    –Hace calor aquí dentro.
    –Como de costumbre –respondió Tania, ausente.
    –Ya estamos con tus tonterías.
    –¿A qué te refieres? –saltó dolida.
    –Tu miedo a las estrellas, el tener que estar como en una celda por culpa de eso.
    –Vete a la mierda. Salte al balcón si quieres y duerme allí.
    Luis se levantó de la silla y se dirigió a la gran ventana que dominaba el salón. Con fuerza descorrió las cortinas. Todas las estrellas parecieron querer entrar a la vez, atropellándose las unas a las otras. Ya no había ni rastro de las nubes de la mañana y la luna no salía hoy. Tania escondió su cara entre las manos y lo odió.
    –Míralas, no te van a comer.
    –Maldito seas...
    –¡Que las mires te digo! –gritó él. La cogió de la cabeza y la obligó a mirar afuera. Ella abrió los ojos, que se le llenaron de estrellas mojadas. Luego la soltó y Tania, poco a poco, dejó de llorar. Se volvió a sentar en un rincón, en el suelo a la luz de la vela. Luis se calmó y corrió de nuevo la cortina. Se sentó también en el suelo, a su lado, descalzado y con la camisa abierta. Comenzó a acariciarle el pelo, las mejillas. Ella se dejó querer un poquito; luego se levantó y empezó a hablar, lejos de él.
    –Yo era muy pequeña cuando me gustaba mirar las estrellas antes de dormir, eso ya lo sabes. Les hablaba y ellas me sonreían. Todas las noches, desde mi cuarto, las veía temblar de frío. Y aquella noche de hace tanto tiempo mamá me había castigado. Recuerdo que estaba muy enfadada. Entonces, mientras miraba al cielo, vi una estrella fugaz. Se movía veloz, parecía que venía a verme a mí. Rápidamente pedí un deseo, antes de que despareciera. Yo estaba feliz y la seguía con la mirada. Y la estrella caía y caía... parecía que quería alcanzarme de veras. Al fin desapareció tras unos edificios que había por aquél entonces en el centro y que eran muy altos. Pasaron uno o dos segundos. Al instante, un sol enorme estalló delante de mis ojos. Un día radiante, furioso, entró en mi habitación. No sentí nada, ni oí nada, pero la ciudad despareció ante mí mientras un viento muy fuerte me arrastraba hacia dentro. Estuve ciega seis meses. Mis padres murieron, como tantos, y terminé en un orfanato. Creo que tengo derecho a temer a las estrellas. Cuando las miro pienso que todas van a moverse, que van a empezar a caer una tras otra.
    Luis, cabizbajo, sonrió con tristeza.
    –¿Qué deseo pediste?
    –No lo sé, no lo recuerdo. Quizás que mi madre muriera.
    –No te creo –dijo Luis. En realidad nunca se había tragado esa historia. Los ojos de Tania siempre habían tenido demasiada luz como para que alguna vez hubieran estado cegados. Y ella no parecía haberse criado en un orfanato. Él sí lo había hecho y conocía demasiado bien aquellos sitios. Había perdido a sus padres en la guerra, como casi todos, y sin embargo no necesitaba inventarse románticas historias de explosiones atómicas. Pero ya hacía mucho tiempo de eso, de aquél mundo que quedó habitado casi en exclusiva por niños. Tania, Tania, ¿qué hacía él con una soñadora del Veneidrime Ayapanuhivera?
    –Esta mañana fui a por el arma.
    Luis dio un respingo.
    – ¡Cómo! ¿Esta mañana? Quedamos en que iríamos los dos pasado mañana. Los cenobitas son gente peligrosa, no debías de haber ido sola, por Dios, Tania, a veces pienso que estás loca.
    –¿Loca? –gritó ella–. ¿Quieres que te echen de la fábrica por faltar? ¿Qué haríamos entonces? Te conozco, Luis. Te haces el sorprendido pero bien que me detallaste la dirección de esos gemelos. Sabías que iría, y sabías que lo haría hoy.
    Luis se acercó hasta ella y la abrazó con cuidado. Tania se dejó por un rato. Luego fue hasta el cuarto y volvió con la pistola y la caja de municiones. Se las enseñó a Luis, que las examinó con atención.
    –Bien, una Kastcha. Los cartuchos también están en orden, sin caducar. ¿Cómo se portaron contigo esos tipos?
    –¿Los cenobitas? –Tania suspiró–. Supongo que como con todo el mundo. Creo que intentaron ligar conmigo, no sé. Pasé un poco de miedo. ¿Cómo los conociste?
    –Un contacto –dijo Luis distraído; seguía examinando el arma–. Son traficantes de muchas cosas, entre ellas de antigüedades.
    –Me dijeron que podías haber conseguido mucho dinero por aquella estampa. Creo que hicieron un buen negocio.
    –Quizás por eso sigues viva. No quería que fueras sola, pienses lo que pienses. Pero estás bien y ya no volveremos a verlos más.
    –¿Tienes más estampas como esa, Luis? –preguntó Tania remolona. Se fue hacia la cocina y comenzó a preparar un té en la cocina de gas. De paso encendió algunas velas más.
    –No, y esta la guardaba para una buena ocasión. La conseguí hace mucho en un lugar que no importa. Ya no me queda nada, ahora soy pobre de solemnidad.
    –Te quedo yo.
    –Quién sabe.
    La tetera comenzó a silbar. Afuera se oía acercarse un deslizador. Ambos zumbidos se fueron diluyendo en el silencio de la ciudad mientras ellos soplaban sobre sus vasos.
    –Entonces lo haremos el viernes –dijo Luis. Miraba el pelo de Tania, tan moreno y largo. Cuántas veces lo he besado, pensó, y ahora esa maldita castidad...– Me dijiste que sabías manejar una pistola.
    –Ya te conté lo de la milicia –respondió Tania distraída.
    –Mi pequeña terrorista...  Sabes lo que tienes que hacer. Te colocarás detrás de él y le dispararás justo en la nuca. Tiene el cráneo recubierto de litio, así que olvídate de la cabeza, y la espalda está bien protegida por un chaleco... Recuerda, en el mismo centro de la nuca. Creo que esos guardaespaldas también se recubren la columna vertebral pero con una protección muy ligera, muy flexible. Suficiente para una bala normal, pero no para una de punta hueca como la que vas a usar tú. Entonces te quitarás de enmedio y apareceré yo. Agarraré a su protegido, ese ciudadano riuki, y le arrebataré su maletín. Ni me verá venir. Luego nos volveremos a encontrar aquí.
    –¿Te imaginas? –dijo Tania con una sonrisa–. Vivir en el campo, no tener nunca más temor de nada. No volver a pasar hambre.
    –No tocaremos el dinero hasta que pase un tiempo, no debemos despertar sospechas –comentó Luis ceñudo.
    –Tendremos suficiente, ¿verdad?
    –Sí. Podremos sobornar al Comisario de migraciones y aún nos sobrará para comprar la casa y demás.
    –¿Qué arma llevará el guardaespaldas? –preguntó Tania. Otra vez volvía a morderle el miedo.
    –Un disruptor. Por eso no puedes fallar.
    –El ciudadano riuki...
    –Los ciudadanos no van armados, no te preocupes. Y si lo estuviera ya me encargaría yo. Prefiero evitarte eso.
    Otra vez el silencio. Tania recogió los vasos y los dejó en el fregadero. Comenzó a apagar las velas una por una hasta que se hizo la más completa oscuridad. Luis la cogió por la cintura.
    –¿Qué haces? Ya sabes que no puedes tocarme, suéltame.
    –No es eso, escucha...
    Los dos volvieron a quedar en silencio. Tania aguzó el oído.
    –¿Lo oyes?
    Se esforzó todo lo que pudo y al fin percibió unas lejanísimas explosiones, muy sordas, apenas perceptibles.
    –¿Lo oyes ahora? Van a Marte.
    –¿El qué va a Marte? –preguntó Tania, incrédula.
    –Los cohetes, cientos. Tendrías que haberlos visto. Se preparan durante meses y luego salen todos los días por decenas. Los de la fábrica tuvimos que ir a trabajar allí hace poco. Eran como lanzas de bronce, Tania, dispuestos unos junto a otros, apuntando hacia el cielo con sus cabezas puntiagudas. Son cohetes mineros. De todos ellos sólo regresan unos cuantos que traerán ese mineral tan extraño e imprescindible con el que continuar la guerra. Pero era una bella visión verlos formar en aquél devastado lugar tan lejos de aquí, en el campo de Marte... –de repente quedó callado.
    Tania lo abrazó con cariño. Luis lloraba. Ambos se acurrucaron en el viejo colchón del cuarto. Secó sus lágrimas como haría una madre.
    -Te amo, Tania, te quiero y sé que el viernes moriremos los dos.
    Ella le acarició la cabeza.
    -Calla, no digas eso.
    Luis se sorbió la nariz y la miró con ojos enrojecidos.
    –Vaya, mírame, estoy desvelado y mañana me esperan catorce horas en la fábrica. ¿Y tú te dices una soñadora? –se quejó medio sonriendo.
    –¿Quieres que te teja un sueño? –le preguntó solícita.
    –Sí, téjeme uno sencillo, Tania. Necesito descansar.
    –Está bien –respondió mientras seguía acariciándole sus rizos castaños–. Pero tienes que hacerme caso. Te daré un hilo que no debes soltar.
    Ella se sentó a su lado mientras él permanecía tumbado. Comenzó a hablar en un susurro dulcemente. Cierra los ojos, le dijo. Eres un niño que mira al cielo. Es azul, enorme. Un hilo se mueve delante de ti, flota en el aire. Intenta cogerlo. Tiene anudado varios lacitos rojos, Luis. ¿Lo tienes ya? Es el rabo de una cometa. Vuela, vuela con ella. Ahora te eleva con suavidad. ¿Ves la cometa? ¿Qué colores tiene? No es blanca, sino amarilla con dos manchas negras. Míralas bien, se mueven. Ya no es una cometa, Luis. Es una mariposa que bate sus alas. Agárrate fuerte de sus antenas, no te vayas a caer. O tú eres muy pequeño o ella es muy grande, tú eliges. ¿Te gustan sus alas? Se acercan y separan con lentitud. Mira, se ha parado en un árbol. Ahora las extiende. Sus manchas negras se hacen muy grandes. Pero no son manchas, Luis. Son dos ojos. Te miran. Ya no es una mariposa, es la cara de un gato. ¡Rápido! Cógete de su cola o se te escapará... Así. Cógela con fuerza. Ahora el gato corre como el viento y tú vas colgado detrás. Tiene un pelo suave que te acaricia. El gato te sonríe. Marcháis rápido, muy rápido. Te estás resbalando, Luis; se te escapa el gato. Su cola se hace más y más delgada, no es más que un delgado hilo con un lacito rojo. Así, cógelo con fuerza. Pero ya no es un gato, ahora es una cometa. Vuela, vuela con ella.
    Tania lo dejó dormido. Los sueños circulares son los más fáciles, pensó. Pero ahora sería ella la que no podría dormir. Cogió la pistola y se acurrucó en un rincón intentando no pensar en nada. Estaba fría. Cerró los ojos; veía decenas de cohetes fantásticos que despegaban hacia Marte, hacia sus odiadas estrellas blancas. Apenas podían escucharse ya sus explosiones.
    El autobús estaba repleto de gente, pero Tania había encontrado un buen asiento junto a la ventanilla. Veía pasar distraída las altas chimeneas de las fábricas vomitando su humo gris, los edificios en ruinas del centro, algunos deslizadores repletos de soldados mal vestidos y hambrientos que marchaban al frente. En el autobús parecía que viajaban sólo pantalones y sombreros. Sentía la presión del arma en su cintura, su frío. Tania cerró los ojos por un instante, imaginando que todo había pasado ya. Al abrirlos descubrió frente a ella a un chaval en el que no había reparado antes; tendría doce años y vestía el uniforme de las Juventudes, que le venía algo grande. No dejaba de mirarla. Tania le sonrió mientras descruzaba las piernas. El chico se ruborizó hasta las cejas y miró a otro lado. Bien, al menos esta noche alguien pensaría en ella, en las piernas y los labios de una muerta.
    Anduvo por el bulevar intentando serenarse. Era inútil. Recordó las sagradas palabras del santo discípulo Anivenda: “Prueba el miedo; es el alimento del valiente y el veneno del cobarde”. Ella era más bien lo segundo. El Banco se encontraba próximo; el ciudadano riuki y su guardaespaldas llegarían sobre las doce. Aún tenía media hora. Se dedicó a pasear por las calles cercanas aparentando indolencia. Luis ya tendría que estar por allí; habían decidido no verse antes de la acción. Él permanecería escondido en el kiosco junto a la entrada del banco; cuando ella eliminara a su objetivo se acercaría rápido como un rayo hasta el ciudadano y desaparecería por las callejuelas del Ayuntamiento. Ella debía hacer lo mismo. Tania seguía andando abstraída, mirando sin ver. Ah, cuánta gente encierra la ciudad. ¿Cómo sería matar? Ella aún no lo había hecho, y oportunidades no le habían faltado, sobre todo estando en la milicia. Pero nunca se lo había planteado seriamente hasta que Luis le propuso aquél plan. No parecía demasiado difícil. Se colocaría detrás... Tania eligió a un hombre que marchaba delante de ella. Tenía la cabeza rapada, era gordo y alto. Anduvo un rato detrás de él. Cuando lo tuvo muy cerca imaginó que sacaba el arma y le apuntaba a la nuca, esa nuca rapada y sudorosa que tenía enfrente. Súbitamente aquél señor se giró. La miró espantado y apretó el paso. Tania quedó parada en mitad de la acera, con un sudor frío que le recorría todo el cuerpo.
    El guardaespaldas debía medir dos metros. El ciudadano riuki, por el contrario, apenas sobrepasaba el 1,60. Los dos se bajaron de un pequeño deslizador y comenzaron a andar en dirección al Banco, que se encontraba en una zona peatonal. Tenían un buen trecho por delante. Tania se colocó detrás de ellos a cierta distancia. Los siguió mientras ellos andaban despreocupados. La calle parecía llenarse de más y más gente; por fortuna no había ningún soldado. Ya casi había llegado a su altura. Con cuidado deslizó su mano hacia atrás en busca del arma. Estaba helada. Descorrió el seguro, ajustó el cargador. Miró a la nuca del guardaespaldas. Extendió las manos con la pistola. O el tipo se movía demasiado al andar o era ella la que movía las manos presa de un ataque de histeria, pero la nuca no acababa de entrar en la mirilla. Sin embargo, no podía esperar más, tenía la sensación de que todo el mundo la miraba. Disparó una vez. Vio como la oreja derecha de aquél gigantón saltaba echa pedazos. Volvió a disparar. La bala se incrustó esta vez en la cabeza. Quedó allí como un pegote de plomo, aplastada sin poder atravesar el cráneo. Al tercer disparo el guardaespaldas ya había desaparecido. Entonces todo comenzó a girar. Tania ya no veía más que colores y figuras que se movían muy rápidas. El ciudadano no estaba, el guardaespaldas tampoco. Echó a correr hacia su derecha, lo mismo daba. ¿Dónde estaría Luis? Todo había salido mal pero aún podían huir. De pronto sintió la urgente necesidad de echarse al suelo. Lo hizo tras un viejo deslizador aparcado y se cubrió la cabeza. En un instante el deslizador se desintegró. Tania gritó, pero no podía oír nada. Sólo miraba, presa del terror, cómo media acera salía disparada hacia arriba chisporroteando mientras el edificio que tenía a sus espaldas crujía de forma espantosa. Intentó serenarse de alguna manera. Aquél guardaespaldas le había disparado con su disruptor y la seguía. Cuando intentó salir de allí un profundo dolor la paralizó. Se miró el brazo. La ropa y la piel habían desaparecido, ahora no era más que un colgajo sanguinolento. Sabía que el rayo apenas la había rozado, pero aquello era más que suficiente para acabar con ella. Aullando de dolor consiguió salir de allí. Corría intentando no desmayarse, convencida de que un monstruo terrible la seguía muy de cerca. Al doblar una esquina oyó de nuevo un estruendo y muchos gritos. Algunos trozos de metralla saltaron a su encuentro sin lograr alcanzarla. Ella seguía corriendo, sangrando y llorando. Ya quedaba poco para llegar a los callejones pero estaba dejando un rastro de sangre demasiado claro. Se quedaba sin fuerzas, estaba mareada. Aquello sería una trampa. Pero no tenía otro sitio a donde ir. ¿Dónde se habría metido Luis? Él tampoco podría ayudarla. Otro zumbido. Un camión que se encontraba aparcado delante de ella estalló alcanzado por el disruptor. La onda expansiva aturdió a Tania, que quedó tendida en el suelo. No podía quedarse allí, el monstruo la alcanzaría. Ahora sangraba por todo su cuerpo. Volvió a incorporarse y echó a correr de nuevo, cojeando y maldiciendo. Por fin llegó a uno de los estrechos callejones que circundaban el Ayuntamiento. Quizás podría despistarlo allí. Dios, verdaderamente iba a morir. ¿Cómo sería eso, dejar de existir? No sentir nada, no ver ni oír, ni pensar, ni sufrir. Nada. Se dejó caer en un oscuro portal al que desembocaba una de las callejas. Ya no podía seguir huyendo más, le dolía todo el cuerpo y había perdido demasiada sangre. Oyó unos pasos que se acercaban. Allí apenas llegaba ninguna luz pero presintió una figura que se dibujaba lentamente. Alzó temblorosa el arma aún sabiendo que ello no le serviría de nada y esperó.  Frente a ella apareció Luis.
    –¡Luis, Luis! –gritó desesperada –Todo ha salido mal, vete, no puedes hacer nada, déjame aquí, lárgate, ¡rápido! Me persigue un monstruo de dientes terribles. Huye, márchate, yo ya estoy perdida.
    Luis se acercó a ella muy sorprendido. La miró detenidamente. Su brazo destrozado, su piel, roja y brillante, bañada en sangre, sus ropas echas jirones le perturbaban enormemente.
    –Tania, ¿qué te ha ocurrido, cómo es que te encuentras así? –dijo sorprendido.
    –¿Cómo? –preguntó Tania incrédula. –Pero, ¿qué te pasa? ¿Es que no lo has visto?
    Luis quedó un momento callado. Se sentó junto a ella tímidamente.
    –Yo sólo estaba buscando mi cometa.
    Tania lo miró con estupor. Poco a poco se fue calmando. Le acarició la cabeza, los rizados cabellos castaños. Respiró profundamente.
    –¿Y cómo ha sido eso? –dijo con suavidad.
    –Me dijiste que no soltara el hilo pero me entretuve y caí. Volaba tan alto... creí que me mataba. ¿Me ayudarás a encontrarla de nuevo? –preguntó con miedo.
    -Claro -dijo ella. Con cuidado se puso de pie y ambos echaron a andar.
    –¿Te duele eso? –le preguntó Luis mirando su brazo destrozado.
    –No, no te preocupes, ya no me duele nada. Estoy bien. Marchemos a buscar tu cometa y dejemos este lugar de una vez.
     Mientras andaban por las calles desiertas de la ciudad, Tania recordó las sagradas palabras que ponían término al venerado Veneidrime Ayapanuhivera, aquellas que decían lo siguiente: “Los sueños son las voces del viento de la noche. Escuchadlas y aprenderéis, soñadores, a vivir en este mundo de dioses y moscas.” Tania decidió que aún era joven y que no volvería a ver a Luis.

 

Por: Rafael Calmaestra