El arquetipo del macho alfa en la especie humana podría muy bien estar representado por Humprey Boggart (seductor), Groucho Marx (provocador), Cortázar (intelectual), Fidel Castro (líder), Hemingway (vital) o el hombre Marlboro (aventurero ) y los seis malditos fuman en cantidades industriales. A pesar de tantas campañas tontas para desestimular el consumo, prevalece la idea de que un hombre, un verdadero hombre debe fumar. Raro, sí, porque el cigarro es un objeto fálico, pero hasta Freud fumaba y eso es suficiente excusa para evitar perderse en los laberintos del sicoanálisis. 
Yo, en cambio, no fumo y no porque pueda declararme vencedor de una lucha personal contra el hábito y tenga los brazos llenos de parches de nicotina, sino porque simplemente nunca aprendí a fumar. Y conste que lo intenté, que hice todo lo posible para que superar, al menos en el campo del tabaquismo, las dificultades de coordinación motora que me impidieron ser guitarrista, deportista o cirujano cerebral. Fue inútil, a pesar de mis esfuerzos no logré realizar la sencilla operación de inhalar, pasar, regurgitar y expulsar el humo.
Eso no quiere decir que nunca me haya hecho el que fumo. Obvio que sí, hay un momento de la vida en que si uno no fuma no ha crecido. En ese entonces comenzaba ir a bares (eran los días felices en los que uno podía ir a un bar a pesar de ser menor de edad)  y escuchaba Nirvana dejando que los cigarrillos se deshicieran solos. Todo hubiera marchado hasta que un amigo sospechó. Le parecía extraño que mis cigarros durarán más que los del resto y que encenderlos me tomara tanto tiempo. Era obvio. Para prender un cigarro (lo sabría después) había que chupar y  yo esperaba que el tabaco alcanzara por sí solo el punto de ignición. Mi amigo se dio cuenta, pero no dijo nada. Para que su maquiavélica idea estuviera completa tenía que haber mujeres presentes. Algunos días después, a plena luz y delante de dos amigas. Me ofreció un cigarro. Lo prendí con disimulo. Luego anunció una de esas competencias absurdas de las que depende la vida social de un adolescente : “Miremos quién puede lanzar más lejos el humo. Abdahllah , usted va primero” .
Recuerdo esa humillación mejor de lo que recuerdo los que deberían ser los momentos inolvidables de mi vida y recuerdo también que a partir de ese momento empecé una lucha infructuosa por empezar a fumar y mi máximo logro fue aprender a prender un cigarrillo. Sirvió, de todas maneras, y por un par de años cargué un encendedor en el bolsillo. Un encendedor puede necesitarse en cualquier momento y gracias a un encendedor he conocido mujeres interesantes  (y no tan interesantes pero fáciles) e incluso he conocido mujeres que hacen anillos con el humo. A eso menos puedo aspirar, pero sí hubo alguien que me pasaba el humo boca a boca. Yo le devolvía el favor con vino o cerveza. Sustancias que siempre se me han hecho más manejables.
Los que saben, que siempre son otros y nunca hablan claro, dicen que al principio, antes de desarrollar la adicción a la nicotina, la gente fuma porque el cigarrillo es un “objeto de desplazamiento”, algo que permite tener las manos ocupadas y llenar los vacíos de la conversación. Tienen razón. Si uno está de fiesta y no es un conversador brillante o un bailador consagrado habrá momentos en los que se quede sin hacer nada y si uno está en una fiesta sin hacer nada se ve bastante tonto. Entonces fuma. O toma, pero una cerveza vale por lo menos diez veces lo que cuesta un cigarrillo. El cigarrillo no hace ver interesante a la gente, pero no deja que la gente se vea tonta, que para efectos sociales es lo mismo.
La gente que dice que dejar de fumar es difícil me da risa. Lo difícil es aprender a fumar y yo nunca pude. Debe ser por eso, por un deseo frustrado, que los personajes de los cuentos que he escrito fuman por montones y que la reglamentación al consumo del cigarrillo me parece una intromisión inadmisible del estado en la vida personal. También debe ser por eso que me gustó mucho “Nicotina” y que en la filmografía de  Alain Resnais prefiero “Smoking” a “No Smoking”.
Por mi parte, cuando la ocasión lo exige, me trago el humo y eso me basta. Ahora ya no me importa admitir mi inexperiencia y como no me voy a morir de cáncer de pulmón, vivo tranquilo al saber que la cirrosis y la úlcera gástrica tendrán el camino libre para llevar a cabo la tarea que Dios les ha encomendado.

Por: Ricardo Abdahllah