Carmen vive en el quinto piso, desde su ventana ve al gordo, calvo y pechi-peludo vecino; observa sus cochinas rutinas, sabe cuando se levanta, la manera lenta en que lleva la mano hasta los ojos y lo que hace luego con sus legañas. Sabe también cuanto tarda en arreglarse el calzoncillo, siempre el mismo modelo de franela blanco que debe conseguir en tiendas para ancianos pues esos hace tiempo que dejaron de fabricarlos. Después, desaparece unos cuantos minutos, Carmen imagina que va al baño, luego irá a la cocina y del fondo oscuro de la vivienda regresa con una humeante taza de café y se acomoda en el balcón a vigilar él también la madrugada.

Carmen se esconde tras las cortinas y se dice que mañana temprano ella también se preparará un café para no perder ni un minuto de vista a su vecino. No soporta verlo saborearse mientras ella pasa saliva escondida.

Cuado el vecino ha terminado, deja la taza suavemente sobre la baranda del balcón y echa una última mirada a la calle que ya empieza a clarear, justo cuando el vecino de la tienda de electrodomésticos de la esquina, se acerca por la acera con las llaves en la mano.

El sonido metálico de las rejas dan comienzo a la mañana laboral, el vecino de enfrente da la espalda a Carmen y desaparece, Carmen igual se aparta de la ventana, recoge su piel de mujer mayor y se dispone a esperar que las horas pasen, hasta que la oscuridad le devuelva la alegría de esos instantes de contemplación todas las madrugadas de su vida.

Carmen jamás se ha preguntado que hace su vecino cuando es tragado por el interior de su casa, qué vida tendrá, si trabajará o se dedicará a leer revistas porno mientras llega la hora de salir a dar un paseo por el parque o por la avenida. No, para ella, ese señor maduro solo existe de cuatro y treinta de la madrugada a seis de la mañana.

Lo demás no importa.

A las cuatro y veinte de la madrugada, una mano gruesa, callosa y con algo de vello se estira lentamente hasta oprimir el botón de la radio. La voz suave de la locutora da los buenos días a los radioescuchas y lee el menú del programa: educación a distancia: hoy tendremos ciencias, matemáticas y lenguaje.

Unos ojos marchitos se cierran mientras la locutora va desgranando los elementos de la ciencia, mientras la mano callosa, gruesa y velluda busca despertar a su pene, sabe que es tarea ardua, que cada día tiene que emplearse más a fondo, entonces piensa que en esos momentos su vecina de enfrente estará saliendo de sus sueños, que su mano también bajará a su pubis y se sonríe, pues imagina que ambos tienen la misma dificultad para despertar sus respectivos sexos.

Luego ella se levantará, no sin antes oler su mano mientras evoca los recuerdos sexuales de su antigua vida; después pasará esa misma mano sobre sus cabellos – a propósito, creo que lleva dos meses sin teñírselo – se lo recogerá con un cordón y caminará a oscuras por el pasillo hasta llegar a la ventana, entonces él sabrá que es el momento, sabrá que debe levantarse, limpiarse los ojos, arreglarse un poco los calzoncillos, ir al baño, prepararse el café y salir al balcón.

Ella lo contemplará detrás de las cortinas, esperará paciente a que se tome el café y después nada.

- Deja de existir para mí, como yo para ella -.

Por: Gladys