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Cuando salió de casa, Tania vio en
el cielo dos delicadas bestias grises luchando por una corona de oro y pensó
que era un buen augurio. Sintió una primera gota en la mejilla al poco de
llegar a la parada del autobús; se resguardó tímida de los golpeteos que se
iban tornando cada vez más rápidos y fuertes, pues pronto toda la calle se
inundó con el olor de los naranjos mojados. Las madres corrían a refugiarse de
la violencia del agua mientras dejaban a sus niños felices, sin amparo de manos
o paraguas, sobre los recientes charcos. Arriba todo era ahora oscuro. Tania recordó
con satisfacción las sagradas palabras del Veneidrime Ayapanuhivera: “La verdad
se encuentra bajo el cielo velado; la mentira, en el sol radiante”. La gente se
agolpó sobre el autobús, que apareció de repente, sin ruido, desbaratando los
pensamientos de Tania y despidiendo el agua del asfalto sobre todos ellos.
Cuando subió comprobó que la extraña estampa seguía en el bolsillo; la miró una
vez más con detenimiento: parecía el dibujo muy antiguo de un extraño hombre
con un pelo rizado y superlativo. Aparentaba ser una caricatura algo
descolorida. ¿Cómo lo había llamado Luis? Ahora no lo recordaba. No alcanzaba a
comprender que una cosa así pudiera costar tanto dinero, el suficiente al menos
para poder conseguirse un arma. De repente un escalofrío la recorrió de pies a
cabeza: el arma. La munición también, por supuesto. Y tendría que obtenerla de
unos cenobitas, precisamente. Tania reprimió un nuevo estremecimiento. Al fin
llegó a la parada que le había indicado Luis. Al bajarse se dio cuenta
demasiado tarde de que se había olvidado el paraguas dentro del autobús. Corrió
a refugiarse bajo un portal; la gente esquivaba, gris, cualquier mirada.
Comprobó que el número del portal coincidía con el que estaba buscando. Era
aquí, entonces. La puerta se encontraba abierta y subió directamente hasta el
piso catorce. Había un olor extraño en todo el edificio, como a almendras
fritas con mucho aceite de girasol. Pero todo estaba en silencio, ni un llanto
de niño, ni una carcajada, ni un suspiro. Sólo el agua, inmisericorde,
golpeando la ciudad. Tocó a la puerta y le abrieron al instante. Ante ella
aparecieron dos gemelos que parecían albinos. –¿Sois Yuno y Cacique, no? –dijo
Tania al ver que la miraban sin decir nada. –¿Te envía Luis? No nos lo dijo,
pensamos que vendría él. ¿Es Luis quién te envía, verdad? –dijo uno de ellos
muy nervioso. –Sí, Luis me envía, él no podía
venir. –¿Lo has traído? –preguntó el otro,
también nervioso. –Sí, aquí lo tengo... –¡No! No lo saques, hazlo... –...dentro, aquí hay muchos ojos,
demasiados. Nos odian. Somos... –...cenobitas. ¿Tienes algún
problema con eso? Te advirtió Luis que éramos cenobitas, ¿no? Tania reprimió un escalofrío. Los
gemelos hablaban atropellándose el uno al otro. Eran raros, demasiado raros.
Pero esperaban en el rellano y decidió entrar. Ellos la acompañaron hasta un
pequeño salón y cerraron la puerta. En un rincón ardía una llama anaranjada
junto a dos palillos de incienso. Era su dios, Ceno, consumiéndose eternamente
en el centro de algún universo que no era éste. Había dos sillones rojos y
ningún cuadro en las paredes. Los gemelos, demasiado rubios, aguardaban tras
una mesita muy pequeña de metal en la que Tania no había reparado. Entonces,
viendo su impaciencia, sacó la pequeña estampa del bolsillo y se la acercó a
uno de ellos. El gemelo la examinó muy interesado; sonrió. El otro también
sonrió y Tania, por qué no, hizo lo mismo. –El actor secundario Bob –dijo
satisfecho el que la había cogido–. Luis no nos engañó, está bien conservada
para ser tan antigua, muy bien conservada. Es del 97, y original... –...sí, es original, hay que tener
cuidado con eso, en este mercado ya se sabe... –terminó de decir el otro. Sacó
una gran lupa y examinó cuidadosamente la estampa, por delante y por detrás. –Entonces es buena, es lo que
queríais. Bien, yo aún no tengo lo que quería –dijo Tania, impacientándose. Lo
que quería era salir de allí cuanto antes. Un gemelo le sonrió sombrío. –¿Tiene Luis más como esta?
Pagaríamos bien por una de Homer. –¿De quién, de Boomer has dicho? Los gemelos observaron a Tania con
detenimiento. –¿Cómo puede Luis confiar en
alguien tan ignorante? Limítate a preguntarle si tiene más material como éste,
mujer, y cuida tus modales con nosotros. Aquí tienes que dejar tus imperativos,
eso no le agrada a nuestro Dios, seguidora del Veneidrime Ayapanuhivera. La miraban con una ligera sonrisa,
una sonrisa doble en un espejo. Tania no quería morder el anzuelo. Le importaba
un comino saber cómo ellos sabían... sólo quería cerrar el trato. –Yo no vengo a imponer nada, sólo
quiero que se cumpla el acuerdo al que llegasteis con Luis. Os he entregado la
estampa, os ha satisfecho, bien; ahora vosotros me entregáis el arma y yo
también quedaré satisfecha. –Si te hubieras topado con otros... –... ya estarías muerta, soñadora.
Pero no temas, nosotros somos muy pacíficos y tenemos un profundo respeto por
el Ayapanuhivera. Está equivocado, pero lo respetamos. Tu Dios nos resulta
divertido, tú también. No te preocupes más, Cacique irá ahora a por lo que tanto
te interesa. ¿Sabes? –dijo, mientras su hermano salía de la habitación–.
Empiezo a ver la estrategia de Luis al mandarte a ti. No somos célibes, mujer,
pero sí fuertes. Eres hermosa. ¿Qué pretendía conseguir así, un mejor trato? No
trates de engañarnos. –No me tomes el pelo, cenobita
–dijo Tania simulando estar furiosa. Cada vez tenía más miedo–. Desde que he
entrado aquí no me habéis mirado ni una sola vez, sé lo que os interesa y ya lo
tenéis. Dadme lo mío y quedemos en paz. El gemelo se sentó tranquilamente
sobre uno de los sillones. Ella seguía de pié, oyendo la lluvia de afuera. El
otro no venía y éste le enseñaba unos dientes blancos y perfectos. –Sé lo que significa ser de nuestro
credo –siguió diciendo muy satisfecho–. Veo el miedo en los corazones de los
demás. ¿Lo ves tú en el mío? Yo no tengo miedo; sé que no moriré, sé que Ceno
el Venerado guardará mi lóbulo izquierdo en una caja de cristal cuando el
tránsito comience, soñadora. Entonces todos sentiréis su aliento naranja y
lloraréis, y tú no tendrás tu libro sagrado para que te consuele, y te
arrepentirás de haber tratado con ligereza a unos cenobitas. Todo eso llegará. –Fuisteis vosotros los que
volasteis aquél edificio... –Fueron hermanos nuestros, sí. Pero
ya te he dicho que nosotros no somos violentos. Hacemos pequeños negocios y
tratamos de sobrevivir. No somos terroristas ¿Lo eres tú? Pero es cierto, qué
me importa. No temas más, para ciertas cosas dejamos la religión a un lado,
aunque veo que tú no haces lo mismo. Ya llega Cacique con tu anhelada alma
negra y fría. El otro gemelo apareció
repentinamente. Dejó la pistola y dos cajas de munición sobre la mesita. Tania
comprobó que era una Kastcha retocada con balas de punta hueca. –No te engañaremos, mujer. Lo que
nos has dado vale mucho más que eso. Podríamos conseguir bastante dinero por la
estampa, aunque quizás la guardemos para nosotros. Te entregamos algo más –dijo
Cacique dejando caer dos tarjetas de plástico al lado del arma. –Con esto conseguirás chocolate por
un mes. Sabemos que a las mujeres os gusta el chocolate –dijo, tratando de
sonar pícaro. A Tania le entró un sudor frío. –A mí no. ¿Conseguiré leche con
eso? –¿Leche? –rió el otro con sorna– Ya
no hay vacas, ¿recuerdas? –Pero sigue habiendo perras, que yo
sepa. Vuestras tarjetas de racionamiento no valen nada, yo misma puedo
conseguirlas mejores. De todas formas no importa, no desprecio nunca un regalo.
Gracias. Ahora me marcharé. –Nos importa, soñadora, aunque te
dejaremos marchar. Aún somos arañas pequeñas, se nos escapan las moscas más
sabrosas. Pero pronto tejeremos mejores telas, mujer. No nos has dicho como te
llamas, hazlo antes de irte. Gírate y sal luego. Espero que no cerráramos la
puerta con llave; si así lo hicimos no podrás marcharte. Quizás... –... nuestra tela es más gruesa de
lo que pensábamos. Ella se dio la vuelta muy
lentamente. Tenía el arma pero ¿podría defenderse con ella? ¿Acaso no habrían
previsto algo así? Giró el pomo y la puerta se abrió. –Me llamo... –... Tania –dijo el gemelo llamado
Yuno a sus espaldas. Ella cerró la puerta y salió. Afuera el cielo se había
despejado y a duras penas brillaba el sol mortecino de abril. Ya era tarde. Hacía mucho tiempo
que había anochecido y Luis aún no llegaba. Tania se paseaba nerviosa de un
lado para otro, mirando el reloj y mordiéndose los labios. No quería asomarse a
la ventana, aún le daban miedo las estrellas. Las cortinas estaban echadas y se
alumbraba pobremente con una pequeña vela. La electricidad, como todos los
días, había sido cortada a las diez. Cuántas sombras puede producir una pequeña
llama, pensó. Y bailan mejor de lo que yo llegaré a bailar nunca, y hacen que
los muebles se acerquen a mí e intenten atraparme. Se quedó quieta en un
rincón, amarillenta y asustada. Un ruido. La puerta se abrió y al fin apareció
Luis. –¿Dónde te habías metido? –le
asaltó, furiosa. Luis entró fatigado y se dirigió a la primera silla que vio. –Por favor, no empieces. Estoy
reventado. ¿Qué dónde me he metido? Me he metido en un agujero que se llama
fábrica, como todos los días. Hemos tenido que hacer dos horas de más. ¿Tú
crees que los tornillos crecen en las farolas? –El toque de queda fue hace apenas
una hora... –Eso cuéntaselo a otro. Me he
tenido que venir andando desde el centro. –Y a oscuras. –Mejor a oscuras. Han pasado dos
patrullas y ni me han visto. Luis comenzó a descalzarse. Observó
la habitación: las tres sillas de siempre, la mesa rota, los armaritos, el
televisor que no funcionaba. Y las ventanas cerradas, con sus cortinas bien
extendidas. Miró a Tania con ojos turbios. –Hace calor aquí dentro. –Como de costumbre –respondió
Tania, ausente. –Ya estamos con tus tonterías. –¿A qué te refieres? –saltó dolida. –Tu miedo a las estrellas, el tener
que estar como en una celda por culpa de eso. –Vete a la mierda. Salte al balcón
si quieres y duerme allí. Luis se levantó de la silla y se
dirigió a la gran ventana que dominaba el salón. Con fuerza descorrió las
cortinas. Todas las estrellas parecieron querer entrar a la vez, atropellándose
las unas a las otras. Ya no había ni rastro de las nubes de la mañana y la luna
no salía hoy. Tania escondió su cara entre las manos y lo odió. –Míralas, no te van a comer. –Maldito seas... –¡Que las mires te digo! –gritó él.
La cogió de la cabeza y la obligó a mirar afuera. Ella abrió los ojos, que se
le llenaron de estrellas mojadas. Luego la soltó y Tania, poco a poco, dejó de
llorar. Se volvió a sentar en un rincón, en el suelo a la luz de la vela. Luis
se calmó y corrió de nuevo la cortina. Se sentó también en el suelo, a su lado,
descalzado y con la camisa abierta. Comenzó a acariciarle el pelo, las
mejillas. Ella se dejó querer un poquito; luego se levantó y empezó a hablar,
lejos de él. –Yo era muy pequeña cuando me
gustaba mirar las estrellas antes de dormir, eso ya lo sabes. Les hablaba y
ellas me sonreían. Todas las noches, desde mi cuarto, las veía temblar de frío.
Y aquella noche de hace tanto tiempo mamá me había castigado. Recuerdo que
estaba muy enfadada. Entonces, mientras miraba al cielo, vi una estrella fugaz.
Se movía veloz, parecía que venía a verme a mí. Rápidamente pedí un deseo,
antes de que despareciera. Yo estaba feliz y la seguía con la mirada. Y la
estrella caía y caía... parecía que quería alcanzarme de veras. Al fin
desapareció tras unos edificios que había por aquél entonces en el centro y que
eran muy altos. Pasaron uno o dos segundos. Al instante, un sol enorme estalló
delante de mis ojos. Un día radiante, furioso, entró en mi habitación. No sentí
nada, ni oí nada, pero la ciudad despareció ante mí mientras un viento muy
fuerte me arrastraba hacia dentro. Estuve ciega seis meses. Mis padres
murieron, como tantos, y terminé en un orfanato. Creo que tengo derecho a temer
a las estrellas. Cuando las miro pienso que todas van a moverse, que van a
empezar a caer una tras otra. Luis, cabizbajo, sonrió con
tristeza. –¿Qué deseo pediste? –No lo sé, no lo recuerdo. Quizás
que mi madre muriera. –No te creo –dijo Luis. En realidad
nunca se había tragado esa historia. Los ojos de Tania siempre habían tenido
demasiada luz como para que alguna vez hubieran estado cegados. Y ella no
parecía haberse criado en un orfanato. Él sí lo había hecho y conocía demasiado
bien aquellos sitios. Había perdido a sus padres en la guerra, como casi todos,
y sin embargo no necesitaba inventarse románticas historias de explosiones
atómicas. Pero ya hacía mucho tiempo de eso, de aquél mundo que quedó habitado
casi en exclusiva por niños. Tania, Tania, ¿qué hacía él con una soñadora del
Veneidrime Ayapanuhivera? –Esta mañana fui a por el arma. Luis dio un respingo. – ¡Cómo! ¿Esta mañana? Quedamos en
que iríamos los dos pasado mañana. Los cenobitas son gente peligrosa, no debías
de haber ido sola, por Dios, Tania, a veces pienso que estás loca. –¿Loca? –gritó ella–. ¿Quieres que
te echen de la fábrica por faltar? ¿Qué haríamos entonces? Te conozco, Luis. Te
haces el sorprendido pero bien que me detallaste la dirección de esos gemelos.
Sabías que iría, y sabías que lo haría hoy. Luis se acercó hasta ella y la abrazó
con cuidado. Tania se dejó por un rato. Luego fue hasta el cuarto y volvió con
la pistola y la caja de municiones. Se las enseñó a Luis, que las examinó con
atención. –Bien, una Kastcha. Los cartuchos
también están en orden, sin caducar. ¿Cómo se portaron contigo esos tipos? –¿Los cenobitas? –Tania suspiró–.
Supongo que como con todo el mundo. Creo que intentaron ligar conmigo, no sé.
Pasé un poco de miedo. ¿Cómo los conociste? –Un contacto –dijo Luis distraído;
seguía examinando el arma–. Son traficantes de muchas cosas, entre ellas de
antigüedades. –Me dijeron que podías haber
conseguido mucho dinero por aquella estampa. Creo que hicieron un buen negocio. –Quizás por eso sigues viva. No
quería que fueras sola, pienses lo que pienses. Pero estás bien y ya no
volveremos a verlos más. –¿Tienes más estampas como esa,
Luis? –preguntó Tania remolona. Se fue hacia la cocina y comenzó a preparar un
té en la cocina de gas. De paso encendió algunas velas más. –No, y esta la guardaba para una
buena ocasión. La conseguí hace mucho en un lugar que no importa. Ya no me
queda nada, ahora soy pobre de solemnidad. –Te quedo yo. –Quién sabe. La tetera comenzó a silbar. Afuera
se oía acercarse un deslizador. Ambos zumbidos se fueron diluyendo en el
silencio de la ciudad mientras ellos soplaban sobre sus vasos. –Entonces lo haremos el viernes
–dijo Luis. Miraba el pelo de Tania, tan moreno y largo. Cuántas veces lo he
besado, pensó, y ahora esa maldita castidad...– Me dijiste que sabías manejar
una pistola. –Ya te conté lo de la milicia
–respondió Tania distraída. –Mi pequeña terrorista... Sabes lo que tienes que hacer. Te colocarás
detrás de él y le dispararás justo en la nuca. Tiene el cráneo recubierto de
litio, así que olvídate de la cabeza, y la espalda está bien protegida por un
chaleco... Recuerda, en el mismo centro de la nuca. Creo que esos
guardaespaldas también se recubren la columna vertebral pero con una protección
muy ligera, muy flexible. Suficiente para una bala normal, pero no para una de
punta hueca como la que vas a usar tú. Entonces te quitarás de enmedio y
apareceré yo. Agarraré a su protegido, ese ciudadano riuki, y le arrebataré su
maletín. Ni me verá venir. Luego nos volveremos a encontrar aquí. –¿Te imaginas? –dijo Tania con una
sonrisa–. Vivir en el campo, no tener nunca más temor de nada. No volver a
pasar hambre. –No tocaremos el dinero hasta que
pase un tiempo, no debemos despertar sospechas –comentó Luis ceñudo. –Tendremos suficiente, ¿verdad? –Sí. Podremos sobornar al Comisario
de migraciones y aún nos sobrará para comprar la casa y demás. –¿Qué arma llevará el
guardaespaldas? –preguntó Tania. Otra vez volvía a morderle el miedo. –Un disruptor. Por eso no puedes
fallar. –El ciudadano riuki... –Los ciudadanos no van armados, no
te preocupes. Y si lo estuviera ya me encargaría yo. Prefiero evitarte eso. Otra vez el silencio. Tania recogió
los vasos y los dejó en el fregadero. Comenzó a apagar las velas una por una
hasta que se hizo la más completa oscuridad. Luis la cogió por la cintura. –¿Qué haces? Ya sabes que no puedes
tocarme, suéltame. –No es eso, escucha... Los dos volvieron a quedar en
silencio. Tania aguzó el oído. –¿Lo oyes? Se esforzó todo lo que pudo y al
fin percibió unas lejanísimas explosiones, muy sordas, apenas perceptibles. –¿Lo oyes ahora? Van a Marte. –¿El qué va a Marte? –preguntó
Tania, incrédula. –Los cohetes, cientos. Tendrías que
haberlos visto. Se preparan durante meses y luego salen todos los días por
decenas. Los de la fábrica tuvimos que ir a trabajar allí hace poco. Eran como
lanzas de bronce, Tania, dispuestos unos junto a otros, apuntando hacia el
cielo con sus cabezas puntiagudas. Son cohetes mineros. De todos ellos sólo
regresan unos cuantos que traerán ese mineral tan extraño e imprescindible con
el que continuar la guerra. Pero era una bella visión verlos formar en aquél
devastado lugar tan lejos de aquí, en el campo de Marte... –de repente quedó
callado. Tania lo abrazó con cariño. Luis
lloraba. Ambos se acurrucaron en el viejo colchón del cuarto. Secó sus lágrimas
como haría una madre. -Te amo, Tania, te quiero y sé que
el viernes moriremos los dos. Ella le acarició la cabeza. -Calla, no digas eso. Luis se sorbió la nariz y la miró
con ojos enrojecidos. –Vaya, mírame, estoy desvelado y
mañana me esperan catorce horas en la fábrica. ¿Y tú te dices una soñadora? –se
quejó medio sonriendo. –¿Quieres que te teja un sueño? –le
preguntó solícita. –Sí, téjeme uno sencillo, Tania.
Necesito descansar. –Está bien –respondió mientras seguía
acariciándole sus rizos castaños–. Pero tienes que hacerme caso. Te daré un
hilo que no debes soltar. Ella se sentó a su lado mientras él
permanecía tumbado. Comenzó a hablar en un susurro dulcemente. Cierra los ojos,
le dijo. Eres un niño que mira al cielo. Es azul, enorme. Un hilo se mueve
delante de ti, flota en el aire. Intenta cogerlo. Tiene anudado varios lacitos
rojos, Luis. ¿Lo tienes ya? Es el rabo de una cometa. Vuela, vuela con ella.
Ahora te eleva con suavidad. ¿Ves la cometa? ¿Qué colores tiene? No es blanca,
sino amarilla con dos manchas negras. Míralas bien, se mueven. Ya no es una
cometa, Luis. Es una mariposa que bate sus alas. Agárrate fuerte de sus
antenas, no te vayas a caer. O tú eres muy pequeño o ella es muy grande, tú
eliges. ¿Te gustan sus alas? Se acercan y separan con lentitud. Mira, se ha
parado en un árbol. Ahora las extiende. Sus manchas negras se hacen muy
grandes. Pero no son manchas, Luis. Son dos ojos. Te miran. Ya no es una
mariposa, es la cara de un gato. ¡Rápido! Cógete de su cola o se te escapará...
Así. Cógela con fuerza. Ahora el gato corre como el viento y tú vas colgado
detrás. Tiene un pelo suave que te acaricia. El gato te sonríe. Marcháis
rápido, muy rápido. Te estás resbalando, Luis; se te escapa el gato. Su cola se
hace más y más delgada, no es más que un delgado hilo con un lacito rojo. Así,
cógelo con fuerza. Pero ya no es un gato, ahora es una cometa. Vuela, vuela con
ella. Tania lo dejó dormido. Los sueños
circulares son los más fáciles, pensó. Pero ahora sería ella la que no podría
dormir. Cogió la pistola y se acurrucó en un rincón intentando no pensar en
nada. Estaba fría. Cerró los ojos; veía decenas de cohetes fantásticos que
despegaban hacia Marte, hacia sus odiadas estrellas blancas. Apenas podían escucharse
ya sus explosiones. El autobús estaba repleto de gente,
pero Tania había encontrado un buen asiento junto a la ventanilla. Veía pasar
distraída las altas chimeneas de las fábricas vomitando su humo gris, los
edificios en ruinas del centro, algunos deslizadores repletos de soldados mal
vestidos y hambrientos que marchaban al frente. En el autobús parecía que
viajaban sólo pantalones y sombreros. Sentía la presión del arma en su cintura,
su frío. Tania cerró los ojos por un instante, imaginando que todo había pasado
ya. Al abrirlos descubrió frente a ella a un chaval en el que no había reparado
antes; tendría doce años y vestía el uniforme de las Juventudes, que le venía
algo grande. No dejaba de mirarla. Tania le sonrió mientras descruzaba las piernas.
El chico se ruborizó hasta las cejas y miró a otro lado. Bien, al menos esta
noche alguien pensaría en ella, en las piernas y los labios de una muerta. Anduvo por el bulevar intentando
serenarse. Era inútil. Recordó las sagradas palabras del santo discípulo
Anivenda: “Prueba el miedo; es el alimento del valiente y el veneno del
cobarde”. Ella era más bien lo segundo. El Banco se encontraba próximo; el
ciudadano riuki y su guardaespaldas llegarían sobre las doce. Aún tenía media
hora. Se dedicó a pasear por las calles cercanas aparentando indolencia. Luis
ya tendría que estar por allí; habían decidido no verse antes de la acción. Él
permanecería escondido en el kiosco junto a la entrada del banco; cuando ella
eliminara a su objetivo se acercaría rápido como un rayo hasta el ciudadano y
desaparecería por las callejuelas del Ayuntamiento. Ella debía hacer lo mismo.
Tania seguía andando abstraída, mirando sin ver. Ah, cuánta gente encierra la
ciudad. ¿Cómo sería matar? Ella aún no lo había hecho, y oportunidades no le
habían faltado, sobre todo estando en la milicia. Pero nunca se lo había
planteado seriamente hasta que Luis le propuso aquél plan. No parecía demasiado
difícil. Se colocaría detrás... Tania eligió a un hombre que marchaba delante
de ella. Tenía la cabeza rapada, era gordo y alto. Anduvo un rato detrás de él.
Cuando lo tuvo muy cerca imaginó que sacaba el arma y le apuntaba a la nuca,
esa nuca rapada y sudorosa que tenía enfrente. Súbitamente aquél señor se giró.
La miró espantado y apretó el paso. Tania quedó parada en mitad de la acera,
con un sudor frío que le recorría todo el cuerpo. El guardaespaldas debía medir dos
metros. El ciudadano riuki, por el contrario, apenas sobrepasaba el 1,60. Los
dos se bajaron de un pequeño deslizador y comenzaron a andar en dirección al
Banco, que se encontraba en una zona peatonal. Tenían un buen trecho por
delante. Tania se colocó detrás de ellos a cierta distancia. Los siguió
mientras ellos andaban despreocupados. La calle parecía llenarse de más y más gente;
por fortuna no había ningún soldado. Ya casi había llegado a su altura. Con
cuidado deslizó su mano hacia atrás en busca del arma. Estaba helada. Descorrió
el seguro, ajustó el cargador. Miró a la nuca del guardaespaldas. Extendió las
manos con la pistola. O el tipo se movía demasiado al andar o era ella la que
movía las manos presa de un ataque de histeria, pero la nuca no acababa de
entrar en la mirilla. Sin embargo, no podía esperar más, tenía la sensación de
que todo el mundo la miraba. Disparó una vez. Vio como la oreja derecha de
aquél gigantón saltaba echa pedazos. Volvió a disparar. La bala se incrustó
esta vez en la cabeza. Quedó allí como un pegote de plomo, aplastada sin poder
atravesar el cráneo. Al tercer disparo el guardaespaldas ya había desaparecido.
Entonces todo comenzó a girar. Tania ya no veía más que colores y figuras que
se movían muy rápidas. El ciudadano no estaba, el guardaespaldas tampoco. Echó
a correr hacia su derecha, lo mismo daba. ¿Dónde estaría Luis? Todo había
salido mal pero aún podían huir. De pronto sintió la urgente necesidad de
echarse al suelo. Lo hizo tras un viejo deslizador aparcado y se cubrió la
cabeza. En un instante el deslizador se desintegró. Tania gritó, pero no podía
oír nada. Sólo miraba, presa del terror, cómo media acera salía disparada hacia
arriba chisporroteando mientras el edificio que tenía a sus espaldas crujía de
forma espantosa. Intentó serenarse de alguna manera. Aquél guardaespaldas le
había disparado con su disruptor y la seguía. Cuando intentó salir de allí un
profundo dolor la paralizó. Se miró el brazo. La ropa y la piel habían
desaparecido, ahora no era más que un colgajo sanguinolento. Sabía que el rayo
apenas la había rozado, pero aquello era más que suficiente para acabar con
ella. Aullando de dolor consiguió salir de allí. Corría intentando no
desmayarse, convencida de que un monstruo terrible la seguía muy de cerca. Al
doblar una esquina oyó de nuevo un estruendo y muchos gritos. Algunos trozos de
metralla saltaron a su encuentro sin lograr alcanzarla. Ella seguía corriendo,
sangrando y llorando. Ya quedaba poco para llegar a los callejones pero estaba
dejando un rastro de sangre demasiado claro. Se quedaba sin fuerzas, estaba
mareada. Aquello sería una trampa. Pero no tenía otro sitio a donde ir. ¿Dónde
se habría metido Luis? Él tampoco podría ayudarla. Otro zumbido. Un camión que
se encontraba aparcado delante de ella estalló alcanzado por el disruptor. La
onda expansiva aturdió a Tania, que quedó tendida en el suelo. No podía quedarse
allí, el monstruo la alcanzaría. Ahora sangraba por todo su cuerpo. Volvió a
incorporarse y echó a correr de nuevo, cojeando y maldiciendo. Por fin llegó a
uno de los estrechos callejones que circundaban el Ayuntamiento. Quizás podría
despistarlo allí. Dios, verdaderamente iba a morir. ¿Cómo sería eso, dejar de
existir? No sentir nada, no ver ni oír, ni pensar, ni sufrir. Nada. Se dejó
caer en un oscuro portal al que desembocaba una de las callejas. Ya no podía
seguir huyendo más, le dolía todo el cuerpo y había perdido demasiada sangre.
Oyó unos pasos que se acercaban. Allí apenas llegaba ninguna luz pero presintió
una figura que se dibujaba lentamente. Alzó temblorosa el arma aún sabiendo que
ello no le serviría de nada y esperó.
Frente a ella apareció Luis. –¡Luis, Luis! –gritó desesperada
–Todo ha salido mal, vete, no puedes hacer nada, déjame aquí, lárgate, ¡rápido!
Me persigue un monstruo de dientes terribles. Huye, márchate, yo ya estoy
perdida. Luis se acercó a ella muy
sorprendido. La miró detenidamente. Su brazo destrozado, su piel, roja y
brillante, bañada en sangre, sus ropas echas jirones le perturbaban
enormemente. –Tania, ¿qué te ha ocurrido, cómo
es que te encuentras así? –dijo sorprendido. –¿Cómo? –preguntó Tania incrédula.
–Pero, ¿qué te pasa? ¿Es que no lo has visto? Luis quedó un momento callado. Se
sentó junto a ella tímidamente. –Yo sólo estaba buscando mi cometa. Tania lo miró con estupor. Poco a
poco se fue calmando. Le acarició la cabeza, los rizados cabellos castaños.
Respiró profundamente. –¿Y cómo ha sido eso? –dijo con
suavidad. –Me dijiste que no soltara el hilo
pero me entretuve y caí. Volaba tan alto... creí que me mataba. ¿Me ayudarás a
encontrarla de nuevo? –preguntó con miedo. -Claro -dijo ella. Con cuidado se
puso de pie y ambos echaron a andar. –¿Te duele eso? –le preguntó Luis
mirando su brazo destrozado. –No, no te preocupes, ya no me
duele nada. Estoy bien. Marchemos a buscar tu cometa y dejemos este lugar de
una vez. Mientras andaban por las calles
desiertas de la ciudad, Tania recordó las sagradas palabras que ponían término
al venerado Veneidrime Ayapanuhivera, aquellas que decían lo siguiente: “Los
sueños son las voces del viento de la noche. Escuchadlas y aprenderéis,
soñadores, a vivir en este mundo de dioses y moscas.” Tania decidió que aún era
joven y que no volvería a ver a Luis.
Por: Rafael
Calmaestra
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