cae la noche

...y las palabras emergen por los rincones de la ciudad...

Junio del 2007


Luna express

Publicado el 30 de Junio, 2007, 12:59. en Alaprima.
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Debo enviar unas cartas a la luna.
Las termino.
Hablo con el mensajero. Le pregunto cómo lo hará
Él se ríe de mi.
Se queda callado mirándome.
Soy un bicho raro.
Sigue el procedimiento
Yo lo veo y me decepciono.
No es bueno ser tan romántica.

Por: Selvática

Mundos posibles (7)

Publicado el 30 de Junio, 2007, 12:41. en Hablando de....
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"Cuando las señales coinciden en el tiempo y el espacio la rueda ha comenzado nuevos ciclos en sus giros."

"Firmeza en las manos que sujetan la rabia, la paciencia del que acaricia inundará las voces de flores"

"Varios es una infinidad, palabras sin límites nos ayudan a dejar abiertos los espacios."

"De espaldas a la abrumadora inmesidad, con sonidos expresa su ser, sonidos que antes de nacer ya están registrados en nuestras almas y aún sabiendo permanecemos de espaldas."

"Zarpas cubiertas de algodón, rugidos de pájaros despistados, aleteos de serpientes frustradas, visiones de un mundo desorientado."

Por: Charo González



Estado inestable....

Publicado el 30 de Junio, 2007, 12:20. en General.
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ESTADO INESTABLE DE UN SISTEMA
DE PARTÍCULAS ELEMENTALES EN
INTERACCIÓN

    Mi calle es como una mujer orgullosa que mira por encima de sus hombros la ciudad. Altiva se aleja ondulante de las humanidades que la pueblan y a cada metro en ascendencia construye una tapia de concreto para ahogar los sonidos vibrantes de ocho millones de almas en ebullición; entonces, a medida que los pasos avanzan, se escucha el monótono conversar de las piedras, éstas, con sus roncas voces reviven las cadenas que ataron miles de tobillos, los azotes que se estrellaban contra las espaldas sangrantes, los callos de los pies descalzos y curtidos, pero también evocan los susurros, las voces dulces de las mujeres, las promesas de los enamorados.

    Unos metros más adelante ese murmullo épico se confunde con las voces guardadas en la madera de los balcones, con las historias lanzadas de balcón a balcón por las comadres, con los gritos de los vendedores y las madres llamando a sus hijos.

    A la derecha, los eucaliptos también tienen cosas que decir, unen sus ramas para escucharse mejor sin delatarse, insinuando apenas secretos milenarios negados a los débiles oídos de los humanos. Si continuo por ahí, si me introduzco en el laberinto vegetal, sé que pronto oiré el lamento de los guijarros al sentir mis pisadas, los graznidos de la verja de hierro oxidado, que hace muchos años guardó mi casa y si el ánimo me acompaña abriré la puerta y el sonido de tu risa me golpeará la cara, me espantará mi habitual modorra andina como una cachetada poderosa que haría que mis pies se posaran de nuevo en esta tierra.

    Por eso sigo adelante, le dirijo una mirada temerosa y mis pasos avanzan presurosos hasta la próxima esquina, hasta que la curva demarcada por las nuevas construcciones oculten la visión de todo aquello que amé.

    Sé que me tacharás de cobarde, y tal vez tengas razón, pero voy a confesarte, de una vez por todas, que no me hace falta subir esta altiva calle hasta tu casa para oírte. Mi cuerpo, con los años se ha convertido en un ataúd que guarda celosamente todos los sonidos que compusieron nuestra historia, aquí, dentro de mis costillas permanece en un estado inestable, tu sistema de partículas elementales eternamente en interacción.

                   V DE LA VIDA, DEL AMOR Y DE LA MUERTE

Por: Gladys

 

 

 


Poesía como aspirina

Publicado el 30 de Junio, 2007, 10:56. en General.
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En medio de esta guerra queremos levantar una hoja en blanco con la esperanza de que los que nos apuntan retiren, al menos por unos instantes, el fusil de sus ojos y contemplen lo que están haciendo. ¿Es esto lo que soñaron?

Y mientras transcurren esos segundos de vida que aún nos quedan, traguemos estas aspirinas en forma de poesía.

Mi primer bikini

Sólo yo sé cuándo sobrevivimos.

Lo sé porque mis dedos
se transforman en lápices de colores.
Lo sé porque con ellos
dibujo en las paredes de tu casa
mujeres con rostro de epitafio.
Porque, a la caricia de la punta,
comienza el derrame de los cimientos
formando arco iris en la noche.
Porque, al escribir testamentos
en el suelo, se remueven las vísceras
de azúcar, y trepan tus raíces.

Grabo versos de colores fríos
en tu piel, de arquitrabe a basa,
y les llueve y los diluye, y compruebo
que la lluvia suena como hacen al caer
las canicas brillantes y naranjas
que cambiaba en el patio del recreo,
poco antes de calzar mi primer bikini.

Hoy guardo las canicas, como un apagado
tesoro, en los huecos de otras espaldas.

Pinto también en la terraza de enfrente
un jardín de lápidas cálidas y hermosas.
Trazo como una medusa de bronce,
un paraíso de cadenas hendiendo en mantillo
el valle diminuto que proclama que es frágil
y sin embargo, dirás tú, sobrevive.

Por: Elena Medel


I will survive

Tengo una enorme colección de amantes.
Me consuelan y me aman y con ellos mi ego
se expande y extramuros alcanza la azotea.
Cuando estoy con cualquiera de ellos,
o con todos a la vez, siento la pesada carga
de millones de pupilas subidas a mi grupa,
y a mi oído lo acosan millones de improperios,
se habrá visto niña más desvergonzada / pobrecita,
Dios le libre del problema que suponen / habría
que encerrarlas a todas. Languidezco.
Quiero volar y volar y volar como Campanilla
                —blanco y radiante cuerpo celestial,
                pequeño cometa, pequeño cometa—
de la mano mis amantes, que dicen cosas bonitas
como estigma, princesa, miss cabello bonito, asteroide.

Todo sea por mis amantes, que no son dignos de elogio:
son minúsculos, y redondos, y azules,
azules o blancos, o azules y blancos,
y su boquita de piñón es invisible,
y para besarles introduzco a los pitufos
en mi boca, y para gozar de ellos
los trago, porque me sé mantis religiosa.
Quién soy, quién soy, ni siquiera sé quién soy.
Sólo los necesito cuando me desdoblo en dos,
cuando mi ego se encoge incomprensiblemente
e intramuros alcanza un punto mínimo,
cuando lloro demasiado o río demasiado,
y entonces los llamo y ellos, decidme vosotros
quién soy, mi pequeño y urgente consuelo,
se adentran en mi boca sin dudarlo, complacidos,
y me recorren por dentro, y al fin sonrío, soy,
sonrío tras sus cuatro, cinco, seis besos azules,
un balanceo en mi regazo, la sonrisa desencajada,
quién soy ahora, quién soy realmente ahora,
quizá sea una muñeca de trapo, me toman prestada,
sonrío con sus besos fríos color pitufo, color papá pitufo,
besos de colores, ligero toque frío y plástico en mi lengua,
quién soy ahora, quién soy realmente ahora.
 
Les comparto con muchas otras, Sylvia, Anne,
ay mis amantes pluriempleados, no lo he dicho,
mis amantes que son minúsculos, redondos y azules,
apuestos príncipes de un cuento de hadas,
cuando hago como que duermo
creen que soy la Bella Durmiente,
y entonces quiebran el relato y me besan,
y son como cualquier beso que lo es para dormirse,
buenas noches pequeñas plásticas azules y blancas,
quién soy, ya no quiero responder, no sé quién soy,
y contradigo el cuento y mi sueño es más profundo,
y no quiero despertar, no quiero, sólo quiero más
besos azules, quién, besos blancos,
besos porque mi ego tambalea en el centro de mi estómago,
quién soy, besos redondos o cilíndricos,
no importa quién soy, quién soy realmente,
falo químico para mi sonrisa, quién soy ahora,
falo químico de colores para mi cabeza baja.

 
De Mi primer bikini

Por: Elena Medel


El Ahora

Arrastro mis ojos
hasta el pálido reflejo
- me veo muerto y lo disfruto -.
Sobre él extiendo un beso
que más parece un llanto
y vuelvo mi rostro hacía el ahora
- ese espacio polvoriento
que colma de desilusión mi memoria –

Por: Mario Echeverry


Esplendor de mariposa

He vuelto a aquella casa
rodeada de ceniza,
de besos incompletos,
de grandes puertas
detenidas con guijarros.

En silencio,
bajo el pórtico,
he recordado tu cuerpo
y tu abdomen
esplendor de mariposa.

Por: Mario Echeverry


Caido

Soy un hombre solo
caido en sueños sin hazañas.
Sólo un hombre solo
sin historia. Desfallezco
sobre la tierra de mi infancia,
abrazo la soledad,
soy mi silencio. Ahora no me ciega
el estallido sangriento de las bombas
y cesa el cruce mortal de los fusiles.

Por fin la patria perdida
se hace cierta, debela en mí
al vencido, cae la máscara.
Madre: sólo quise morir
con un cielo más libre en la mirada.

Por: Luis Aguilera


Historia Leve

"Es muy poco tiempo
para estar tan viejo"
dijo para adentro
Eliécer González
mirando de memoria
el retrato hablado
de sus 76 años. Fue una tarde
de 1967. En la habitación contigua
alguien tosía un olor barato
a jabón de baño. A Eliécer
lo filtraba la luz apoltronada
al fondo de la sala.

Lo debió pensar esa mañana
frente al espejo
mientras despuntaba hirsuto
su bigote negro, el que prestaba
sombra a sus palabras de árbol.

Y si fue una conclusión o una queja
o la idea final que anuncia
la otra orilla devanada del ovillo,
eso no lo sabremos nunca. (Debo
recordar que todo muerto es un extranjero).

Pero fueron necesarios más de 24 años
para que su frase nos volviera a reunir
en esa casa grande y mal vestida
donde a tontas y a locas
nos sigue la memoria. Fue ayer
- La Eternidad se puede desordenar
en un segundo - cuando al levantar los ojos
y desestibar mis días palpé,
en el espejo de cuerpo entero que me acecha,
al viejo que ha venido robándome la cara.

Eliécer tenía razón: historia leve,
dos saetas son en dirección contraria
el corazón y el tiempo.

Por: Luis Aguilera


Poema roto

HUESOS de sombra
remecen su memoria de algas
en que se enreda lo que fue y no ha sido.

Para la luz, toda rosa es de oro,
y los cuchillos, hojas sin viento que mover.
Y se doblan.
            Gime un pestillo que se niega
a ofrecer el umbral: de su trabajo
tan solo el mar conoce.

Son
lo que ya olvidaron y lo que nunca fueron
y recuerdan, a veces, en la luz incierta
como la bruma de un parque de París
por la que ella paseaba. Los árboles,
los otros paseantes, enganchados
en la niebla de aquel atardecer - lo he dicho
pero vuelve - nunca lo vieron.
                             Su traje gris
como una nube más entre las otras nubes.

Por: Julia Uceda



Con música antigua

CRUZÓ un ráfaga de sombra.
Su mano dijo adiós desde el lugar
que ya no está en el tiempo.
No cruzó la frontera.
Sólo se vio su gesto y su humo.
                          Al despertar
quedó la huella de una frente
que fue y estuvo
en el espacio cóncavo de luz.

Por: Julia Uceda







Luto en Colombia

Publicado el 29 de Junio, 2007, 9:26. en General.
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Perder el tiempo

Publicado el 24 de Junio, 2007, 5:57. en Hablando de....
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Alguien hace un par de años comentó, que si a un niño se le empezaba a enseñar cosas desde antes de su nacimiento, se ganaría tiempo en su educación.

Y “ese ganar tiempo” no suena un tanto absurdo. Ganar tiempo ¿para qué? Para poner a producir a las crias mucho tiempo antes de la edad consideraba apropiada y obtener ganancias de toda índole.

¿Se beneficiaria en realidad un chico o chica con aprender desde el vientre de la madre, o ganarían más sus padres?, ¿la sociedad?, ¿la humanidad?

¿Qué quiere decir en realidad GANAR TIEMPO?

En un artículo escrito por Lisa Belkin y publicado en el The New York Times, la periodista cita varios estudios realizados por empresas especializadas en el que se concluye que la gente trabaja en realidad tres días a la semana y desperdicia dos, deduciendo que sólo trabajamos una hora y media todos los días, el resto de horas lo desperdiciamos en internet, o asistiendo a las numerosas juntas innecesarias e improductivas, o en arreglar el escritorio, o en el cotilleo antes del primer café y por supuesto atendiendo al teléfono.

Entonces, cómo podemos entender que la gente viva ocupada las 24 horas del día,  y cómo podemos ser tan ineficientes si trabajamos tanto.

No será que nos estamos escondiendo tras esa fachada “de la fiebre productiva” para evitar pensar que en realidad no hacemos nada que contribuya al pleno y armónico desarrollo de la raza humana.

La Dirección


Sombras

Publicado el 24 de Junio, 2007, 4:29. en Alaprima.
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Estoy acostada. Pasa una sombra negra por el suelo. Se acerca a un agujero pequeño que hay en la pared.
A la altura de los patas de mi cama. La sombra es muy grande para ese agujero. Logra pasar.
Me asusto. Mis pies caben perfectamente en el agujero que se tragó a la sombra.
Aparece ahora una sombra gris. Va hacía el agujero. Ahora es un snaucer gris, es devorado por el agujero. Tengo miedo. Ese agujero come lo que sea.
¿Mis pies caben ahí?

Por: Selvática

Mundos posibles (6)

Publicado el 23 de Junio, 2007, 5:41. en Hablando de....
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"Recital de miradas entonando una misma dirección."

"No tires los dados si ves la carta del contrario y mueve retrocediendo en cada apuesta, el juego limpio no está de acuerdo con el rugido del pavimento"

"Duerme siendo niño y al despertar descubre el pasado como presente y el futuro por terminar, páginas que escribir en el siguiente sueño."

"Cuatro veces, cuatro giros, cuatro vientos, cuatro destinos, en el tercero estoy y olvidé los anteriores para enfrentarme al cuarto."

"Los mensajes permanecen en casa esperando ser escuchados."

"Enreda tus dedos entre las letras, deja que ambos encuentren el abrazo creador de palabras."

"En la oscuridad de las decisiones individuales brilla la luz de los consejos de la libertad."

"Y sabiéndolo desde siempre lo olvidamos diariamente, deja que su puerta se abra cuando quiera, no dudes de la idéntica capacidad de la individualidad."

"Muda el rostro que muestra en la dirección de su mirada sin ojos, depende del dévil y evita al fuerte."

"Y la luz rompió en colores los hogares de los indecisos, las puertas se abrieron para inundar las estancias."

Por: Charo González


Aromas

Publicado el 23 de Junio, 2007, 5:27. en General.
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    Los pies cansados se lamentan, los dedos agarrotados de mundo se paralizan, enmudecen y tercamente se niegan a obedecer, a pesar de que el cerebro los conmina a continuar. Pero, ¿a dónde van a ir? Si los caminos ya no son rectos, si ese pobre ser humano ahora sólo se mueve en círculos, rodeando su futuro una y otra vez sin atreverse a dar el primer paso. Y sin embargo no sólo se trata de sus pies cansados, sus manos también se niegan a apartarse de los costados de su cuerpo, los ojos se negaron a abrirse y se perdieron en el negro absoluto de la inconsciencia, los oídos se cerraron a los borboteos exuberantes de la vida, pero en alguna rendija de ese cuerpo una débil fuerza espera expectante una señal; desde lo más profundo de las entrañas se halla alerta y obliga a ese pobre ser  atormentado a levantar la cabeza, a olfatear el aire, a esperar que de un momento a otro los vientos cambien de dirección y sean ellos los encargados de traer de nuevo ese olor tan amado.
    Poco a poco ese rayito de luz va cobrando fuerza, va horadando el cerebro y muy lentamente revive, en extraña alquimia, los olores que un día le dieron la vida y que por ello se guardaron latentes hasta que fue necesario revivirlos.
    Ahí están el olor a leche tibia de su madre, un olor que su instinto identificaba con la savia vital, y que la obligaba a prenderse de esos pechos y succionar hasta que la sensación de bienestar la desmadejaba y se sumía en el dulce sopor del sueño satisfecho. Más tarde fue el olor a asado de su casa, el olor de las sábanas secadas al sol, del jabón que usaba su madre para la ropa blanca, los ácidos olores de la escuela, el azahar de su profesora de lenguaje y cuando se sorprendió con la sangre entre las piernas, también supo que algo decisivo se cocinaba en  su ser, por eso emanaba aquel olor a mar, un olor que no alcanzaba a definirse por aquellas fechas hasta que encontró el amor, entonces el olor ya no necesitó de elementos extraños para aposentarse primero en su nariz, luego en su cerebro y por último en su alma.
    Recordó que al llegar tarde a casa, se detenía un momento antes de encender la luz, cerraba con llave cuidándose de no despertar al amor, luego, ya plenamente segura de estar a salvo dentro de su territorio, cerraba los ojos y dejaba que su nariz la guiara hasta el lecho, como un ciego levantaba sus manos y recorría a tientas los caminos que el olor del cuerpo amado le describía. Entonces retardaba la acción, se detenía un momento para almacenar grandes dosis de aquel olor y cuando se encontraba totalmente llena, dejaba que fueran los otros sentidos quienes se desbordaran en las lides amorosas.
    Esta madrugada repite cada uno de los pasos sabidos mientras intenta hacer que su memoria se narcotice, uno a uno va repitiendo los movimientos y al llegar al lecho nota que algo le pasa a su nariz, a su cuerpo entero, instintivamente salta  hasta el techo, se aferra a la lámpara y desde allí contempla aquella cama completamente lisa.
    Al poco tiempo los vecinos organizaron una brigada para descubrir a esa gata lastimera que no los deja dormir en paz.

             IV DE LA VIDA, DEL AMOR Y DE LA MUERTE

Por: Gladys

Un solo dilema

Publicado el 23 de Junio, 2007, 5:10. en General.
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    Muchas veces en la vida no sabemos realmente que o quienes somos: simplemente nos reflejamos en el espejo como un sin número de imágenes que parecen más un flash de incongruencias que un recuerdo. Tal era el caso de Jaime; joven solo pero tolerante, abstraído pero consiente, ilógico pero realista, soñador pero insatisfecho: en fin, simplemente un ser humano.
    En uno de sus tantos paseos al atardecer, dados mil y unas veces por la pasarela gris en que se han convertido las calles de nuestra ciudad (circo urbano de estéticas y frivolidades), Jaime fue sorprendido por una insospechada sorpresa: él mismo.
    La presencia del único ser que había visto hecho a su imagen y semejanza, en medio de una ciclo ruta y justo en frente del más desdichado de todos los árboles (nefasto inodoro de los más sucios perros del sector), lo llevó a tal extremo de perplejidad, que las lagrimas salieron de sus ojos en un impulso de impotencia por no poder entender lo que veía. Miedo, ansiedad, soledad, sensaciones indescriptibles comenzaron a recorrer  cada partícula de lo que podríamos decir que era Jaime.
    Jaime siempre caminaba en sentido contrario de las manecillas del reloj por su afán inconsciente de vencer el tiempo, y al ver que, luego de que su espasmo de sorpresa pasara, su imagen caminaba en el mismo sentido que lo hacía el segundero de su Casio, no toleró ser una pieza más de la pluralidad; siempre había rechazado la idea de ser un objeto cualquiera en el mundo.
    Una mirada de admiración se posó sobre él y experimentó la sensación de ser juzgado por cada acto de su vida.

 -       La banana en el comedor de Juana
no fue mi culpa.
-       Da lo mismo. Usted se la aventó a la
cara.
-       Los cigarrillos estaban sobre la mesa
-       Su mamá murió de cáncer en el
pulmón.
 

-       La bicicleta esta abandonada en el parque.
-       El dueño era su mejor amigo.
- Ella no me daba el beso en sano juicio.
- Su papá perdió una mano ebrio. 

    Tantos pensamientos para un solo segundo era algo que Jaime no podía soportar.

     Pasó la calle sin temor alguno al transporte público, que amenazante invadía una de las tantas “arterias principales” de la ciudad; él mismo seguía ahí… siguió a empujones entre la gente, que bajo el cielo nublado esperaba con ansiedad el bus que los llevaría quien sabe donde; él mismo seguía ahí… corrió desesperado entre calles llenas de polución, pasó frente a construcciones antiguas que rememoraban el esplendor de otras épocas, saltó bolardos en su intento por no caer como el mejor atleta nunca antes visto; pero él seguía ahí.

-       Simplemente era un poema.
-       El bibliotecario se lo advirtió. 

-       Error. Yo lo escribí.
-       Mentira. Igual que usted.

-       Él lo aceptó.
-       No. Desprecio. 

- Envidia. Igual que todos.
- Soy usted. 

-       No. Yo soy usted.
-       Usted no es nadie. 

-       Da igual. Así es todo.
-       No. Yo soy todo.

     Luchando contra él mismo, absorto por sus recuerdos y esperanzas, había vuelto al mismo punto donde antes se encontró.

    No es fácil regresar al punto de inicio cuando este se convierte en el principio del limbo, y así lo había entendido Jaime; imposibilitado por el cansancio y las lágrimas que nunca dejaron de caer de sus ojos, en un arranque heroico por su vida, sin otro objetivo que entender, enfrentó a su imagen-reflejo-recuerdo, con la misma valentía con la que en las mañanas se enfrentaba al espejo.

    Sentirse juzgado por la mortalidad de un ser hecho a su imagen y semejanza, fue la causadle estridente grito que expulsó Jaime desde lo más profundo de sus pulmones, asustando de muerte al perro que en aquel instante utilizaba, fisiológicamente, el mencionado árbol, y por controversias del viento, causando una invasión de hojas secas, caídas de los árboles en todo el ambiente de aquella cuadra citadina.

    Él mismo se llevo sus manos a la cabeza, imitando los gestos de Jaime, sintiendo como se desvanecía su presencia entre las hojas y su juicio se perdía en las profundidades de la conciencia de Jaime, entregándole la más anhelada libertad de humanidad y creación…

    Un cuerpo incoloro calló sobre el cemento dejando ver un delgado hilo de sangre que salía de sus fosas nasales como si fuese el río por el cual navegan los instantes del recuerdo y se pierden entre las rejas de la alcantarilla más cercana.

    La luz fatídica de un vehículo que pasaba, pegó tan fuerte en sus ojos que lo trajo de nuevo al mundo de la urbe; los pitos de buseta y la iluminación de los postes de luz, le recordaron a Jaime que eran sobre las siete y media de la noche y debía volver a su apartamento a recibir la llamada del hombre al que le había escrito su primer poema.

    Al subirse en el primer bus que pasó, luego de cruzar la registradora, puerta al incógnito campo de la guerra del centavo, sentarse al lado de una ventana en la ultima silla y recostar su cabeza sobre el vidrio, sintió la tranquilidad de volver a ser el mismo; la piquiña insidiosa en el cerebro, de ser alguien, volvía a su cuerpo.

    Sintiéndose el resultado de cada uno de los pensamientos de los demás pasajeros, Jaime tomó la firme decisión: no correría más riesgos, suspendería del todo sus caminatas al atardecer.

Por: DANIEL VALERO…

Fayetteville flashback

Publicado el 23 de Junio, 2007, 4:49. en General.
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    Nunca me siento tan destrozada como entre dos picos de borrachera; sí, eso debe ser lo peor, aquel momento en que se experimenta al mismo tiempo la completa conciencia remordimiento completo. Ahí es donde puede llegar el sueño, el vomito o un nuevo trago. El nuevo trago es lo mejor, porque el sueño suele venir envuelto en visiones que deliciosamente analizaría si las pudiera simplemente ver sin estar dentro de ellas, pero que son vívidas y reales y es imposible pensarlas. Sólo se puede sufrirlas. El vomito era un alivio en otros tiempos, cuando representaba la liviandad y la detención de los giros del mundo, pero ahora duele como si no sólo el contenido del estómago saliera por la boca sino también el estómago se saliera. Además el mundo ya no gira nunca y ya no siento mareos, sólo ese temblor terrible que incluso la primera vez me pareció gracioso “Mira, estoy llegando al delirium tremens” le dije a mi prima, la que vive conmigo,  o más bien la que me da posada. A ella no le hizo gracia. “Zelanda”, me dijo “el trago te va a acabar de joder. Vas a terminar como Harold”.  Dicen que Harold está llevado, que está viviendo en la Calle del Muro que es la peor calle de Santa Marta y que para fumar enciende las colillas que encuentra en la calle.  Yo no lo he visto. Incluso a veces  he pasado por ahí en taxi, he mirado y no lo he visto. Pero ya varias personas me han dicho o sea que debe ser medio cierto. Si Harold está viviendo allá debe también estar metiendo mucho.  Tenaz, pero no creo que yo llegué a terminar en la Calle del Muro. No creo, sinceramente.
    Aunque sí he metido, pero sólo un par de veces. Ni comparación a lo que he tomado.  Y coca sólo una vez, la misma noche que regresé a Santa Marta y pasé por el hotel donde Harold tocaba en otro tiempo. Esperé a la salida a Carreño, uno de sus compañeros de orquesta, y él se emocionó de verme. Caminamos por la playa y nos sentamos a tomar cerveza frente a la Gobernación. Cuando lo conocí él no metía, pero demostró maestría al servir un cuartico de tubo, inhalarlo y pasarme otro cuartico. Me preguntó si yo había metido coca en Estados Unidos (con la pinta de Johnny B., supongo que Carreño se imaginaba que nos la pasábamos metiendo). Le dije que sí, pero era mentira porque Johnny B. sólo metía marihuana. Me acerqué la mano a la nariz y chupé como él había hecho. Se me vino la sangre, pero antes la boca me supo a mierda y se me secó la lengua. Sólo entonces, sin que yo preguntara, me habló de Harold. Dijo que había salido de pelea con todos y ya no tocaba con ellos. Que la gringa que se había traído a vivir lo había dejado al mes. Que estaba jodido. Que vivía en la calle.

    Lo de la calle era nuevo para mí, pero que ya no tocaba con ellos ya lo había notado. Cuando llegué esa noche al hotel, la orquesta estaba tocando y, aunque  la mayoría de los músicos eran los mismos que dos años atrás, no tuve ni que buscar a Harold para darme cuenta que no estaba. Él siempre destacaba. Era el más alto de todos y no sólo eso, tenía porte. El tipo que ocupaba su puesto también era alto pero flacuchento y encorvado. Toda la orquesta se veía miserable sin él. Ningún empresario que pasara por ahí volvería a llevarlos a una gira por los Estados Unidos.
    Aunque para qué gira si uno regresa en las mismas.  Así sea tarde como yo, pero regresa en las mismas. Y sí uno se demora peor, porque, a pesar de la cara de alegría que iba haciendo el día que me por fin me largué, salir de Fayetteville no fue fácil. Ni siquiera a los latinos del pueblo les caía bien y si tuve que vender las dos guitarras que Johnny había dejado en la casa fue porque ni siquiera ellos me ayudaron para el pasaje de regreso. Le pedí dinero a todo mundo, al fin y al cabo no pensaba a volver. Incluso al tipo que me vendía el trago y a una rumana que de vez en cuando tomaba conmigo. Ella era amable, tal vez era la única persona que, no sólo prestado, me hubiera regalado el dinero; pero había perdido su trabajo dos semanas antes y no podía disponer de sus ahorros. Sólo a ella, en la misma semana en que perdió su trabajo, le conté que mi intención era largarme. Sólo a ella, si me hubiera prestado el dinero, me habría importado pagárselo. Éramos buenas amigas; llevaba años viviendo en Fayetteville y tenía dos hijos. Su esposo había muerto cuando tuvo la brillante idea de viajar a Rumania para ayudar a las guerrillas. No combatió ni un sólo día, murió en el camino en un accidente de tren y el gobierno de Ceausescu cayó sin su ayuda. Desde entonces tomaba y era la ebria del pueblo, hasta que  yo  llegué y empecé a tomar con ella. Sola también, pero muchas veces con ella. Se llamaba Helena o Elena y creo que para ella yo era Zelanda o Selanda o tal vez Celanda. Tomaba lo que fuera. Le iba a hacer falta pero igual tenía que irme.   
    Tenía que irme porque  yo sabía que en una de sus giras Johnny B. no iba a volver y si él no volvía  yo no podría seguir soportando Fayetteville. Yo sabía cómo eran esas giras,  yo  sabía que aunque había perdido casi todos los dientes de enfrente en peleas y se le veían los huecos, él era capaz de sacar una sonrisa a labio puro. Estaba de gira en el norte de California y luego iría a San Francisco. El día que se fue dijo que buscaría trabajo en Frisco y volvería por mí. Pero lo mismo había dicho cuando estuvo en Baton Rouge y en Kentucky y cuando duró dos meses tocando con su banda en cuanto café los dejara tocar en Nueva York.
    Fue durante esa gira cuando por primera vez compré una botella y me la tomé sola. “En Fayetteville, Georgia perdí a Harold, en Fayetteville conocí a Johnny y en Fayetteville me voy a volver alcohólica” pensé y aunque era un chiste tenía razón. En Fayetteville cualquiera se vuelve alcohólico. En medio de la quietud calurosa de un mediodía que dura todo el día no hay otro camino. En ese largo mediodía el aire asfixia como si uno todo el tiempo respirara frente a una hoguera. Y si uno está solo pues bebe. “Voy a terminar como la rusa esa” pensé, también en chiste, mientras servía la primera copa. Y no era rusa sino rumana, pero en el fondo da lo mismo. El vino que me tomé era californiano y también da lo mismo. En la única licorera grande de Fayetteville los vinos estaban organizados por países y regiones, pero yo escogí ese porque el nombre me recordó una canción. Había salido de la casa con ganas de tomar vino, quizás porque antes me había tomado cuatro cervezas. Las cuatro que quedaban del twelve pack que Johnny compró la noche antes de que se fuera de gira.
    Esa noche tomamos las otras ocho y también fumamos un poco. Cuando Johnny estaba en casa todo marchaba bien. Llevábamos un año juntos y ya hablábamos de hijos, lo que de paso me serviría para legalizar mi situación y poder trabajar en algo. Johnny sólo decía que tan pronto tuviera un contrato fijo lo haríamos. Yo le decía que por supuesto, que iba a llegar el gran día, que esperaba con paciencia. Yo estaba feliz aunque en la mañana habíamos medio peleado. Se levantó tarde y me habló emocionado de Nueva York, a donde nunca habíamos ido. También mencionó otra cantidad de pueblos.
    “Irónico” le dije casi regañándolo “Empecé a ser tu amante cuando Harold me dejó tirada en Fayetteville por irse de gira y ahora tú haces lo mismo. Mala hora en la que me dio por enamorarme de músicos con talento”. La frase no me salió a la ligera, llevaba tiempo pensándolo, dándole vueltas. Qué hacía yo atrapada en Fayetteville, el pueblo más aburrido que conocí en mi vida. Por qué me había quedado con Johnny B. si Harold era más hermoso, tenía los dientes completos y no fumaba marihuana (no que a mí no me gustara la marihuana sino que uno crece con la idea de que una persona que no fuma marihuana es mejor que una que sí). Pero el que regresó fue Johnny. Me dijo que Harold se devolvía para Colombia con una gringa, que ya había terminado la gira y que no iba a recogerme.
    Yo lo sabía, o me lo suponía. El día en que de entre todos los músicos de todos los grupos invitados al “Fayetteville World Music Festival”  los organizadores sacaron una orquesta de Jazz Latino. Harold no sabía qué putas era el Jazz pero se le hacía que podía tocarlo. Johnny B, era el bajista, ya me lo habían presentado. Era de California y no tenía dientes. Johnny me miraba a mí y Harold miraba a una de las coristas. Era gringa y bonita, la única de todos los seleccionados que había estudiado música en la universidad. Eso lo dijeron el último día del festival, que de todas las orquestas iban a sacar músicos para hacer una orquesta de jazz latino para una gira de un mes. Cuando nombraron a Harold yo lo besé, antes estábamos abrazados con todos los de la orquesta. A Johnny y a la corista ya los habían nombrado. A ningún otro de la orquesta, ni siquiera a Carreño que era el que más tiempo llevaba, lo llamaron.
    Fue un final emocionante para un festival emocionante. La orquesta de Harold había tocado el día anterior y ya todos estábamos borrachos. Y lo mismo el día anterior y lo  mismo el día anterior y en una de esas borracheras conocí a Johnny y me pareció buen tipo. Y sí era buen tipo. Lo fue por un tiempo. Qué iba yo a saber qué camino tomarían las cosas. Era sólo rumba y nos encantaba Fayetteville.
    Nos encantó desde el principio, desde el primer día que llegamos.  A pesar del calor y de que nos dijeron que no llovía nunca y que el pueblo sólo se sentía vivo durante los cuatro días que duraba el Festival. Esa primera noche le dije a Harold que me gustaría quedarme a vivir en Fayetteville. Pero no sé si era en serio,  yo estaba feliz de viajar con él y le hubiera dicho la misma bobada en cualquier lugar del mundo. No, ni siquiera viajar. Era el hecho de estar con él, de que me miraran y dijeran que  yo estaba con el tipo más pinta del festival. Era el hecho de que en Santa Marta decían lo mismo y a pesar de eso la gente nos quería.
    Tanto que el gerente del hotel no dudó en regalarme uno de los cuatro cupos que sobraron cuando a toda la orquesta le salió viaje a un festival en Estados Unidos. La razón era clara, uno de los promotores del festival había pasado una temporada en Santa Marta y se había enamorado de la orquesta. Ahora los invitaba a Fayetteville. Nadie, ni siquiera el gerente, sabía dónde quedaba Fayetteville, tocó buscar en unos libros. El gerente dijo que quedaba en Georgia. Nadie sabía dónde quedaba Georgia. El gerente llamó a una agencia de viajes y luego a otra y luego a otra hasta que le dijeron que quedaba cerca de Miami. Pues no tan cerca, pero más o menos. El viaje de toda la orquesta debía costar mucho dinero, pero el Festival lo pagaba todo. Hasta los acompañantes.
    Harold se había enterado desde antes y me había dicho que me tenía una sorpresa. El gerente del hotel habló con él antes de anunciárselo al resto. Y eso que Carreño era el más veterano. Pero Harold era el fundamental. Los de los cupos extras estaba arreglado. Harold y yo llevábamos un año saliendo y dos meses viviendo juntos y  como yo no estaba trabajando siempre iba a verlo a los ensayos.  Siempre desde el día en que le dije a mi prima que me iba porque Harold me había invitado a vivir con él. Mi prima estaba un poco ebria cuando se lo dije pero me felicitó. Ella se embriaga con dos cervezas, pero se tomó una tercera conmigo. Le conté todo con detalles.
    Le conté que  me dijo que si me quería ir a vivir y yo le dije que sí. Así de simple porque los momentos cumbres son momentos simples. Antes de que me lo dijera habíamos tomado champaña y me sentí un poco mareada. En esos días me mareaba un poco con el trago, pero su propuesta me quitó el mareo. Pero lo veía venir, lo veía venir desde la primera noche que pasamos juntos. Antes de que me desnudara le dije a Harold que nunca íbamos a abandonarnos, que íbamos a estar juntos toda la vida. Yo sólo confirmaba lo que él había dicho cuando entramos al cuarto alumbrado con una lámpara de kerosene en el hotelucho cerca a la playa. “Nunca te voy a abandonar” dijo “Siempre vamos a estar juntos”.  Y  yo  le creí. No estoy segura pero creo que le creí. Creo que le creí porque había estado esperando que dijera esas palabras desde la primera vez que hablamos. O tal vez desde antes, desde la noche de mi baile de despedida del colegio, cuando al terminar una canción me quedé mirando a los ojos al músico más hermoso de la orquesta.

Por:   Ricardo Abdahllah


Amigas

Publicado el 20 de Junio, 2007, 14:58. en F1 Portal Sur.
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(En una casa humilde,
se encuentran la
Sra.
Elo
y la Sra. Venancia,
ambas muy tristes,
hablando entre susurros)

Sra. Elo:    (Sollozando) No me lo puede creer, ¡mi niño! He enterrado hoy a mi niño. Me he quedado sola. ¿Tan mala he sido? Primero mi marido, luego mi único hijo, y yo aquí sola. ¿Por qué Dios mío, por qué?

Sra. Venancia:   (Cogiéndole con todo el cariño la cabeza, y mirándola a los ojos) Por favor, no digas eso. Sabes que es mentira. No he visto mejor persona que tú. Ni he tenido una amiga tan sincera y leal. Aún recuerdo cuando se murió mi pobre marido. La única persona que estuvo dándome ánimos en aquellos momentos tan duros y terribles, fuiste tú.

             Perdóname por no haberte acompañado en el funeral de tu adorado hijo. Perdóname. La verdad es que no me he sentido tan mal en mi vida. Pero mi Javi estrenaba su primer gran trabajo en el cine como guionista. Desgraciadamente todo coincidió en el tiempo. Me hubiese encantado haberte acompañado en ese momento tan doloroso.

Sra. Elo:    (Llorosa) Nunca, jamás me he encontrado con una amiga tan bien como contigo. Sé que hubo un gran estreno, y también sé que tu hijo tuvo mucho éxito. Gracias por haberme llamado. 

Sra. Venancia:   Es lo mínimo que debía hacer. Me enteré de la noticia cuando fui al kiosco de Paulino y me dijo lo que había sucedido. Me siento como si hubiese vivido entre Luces y Sombras. No pude celebrar el triunfo de mi hijo, sabiendo que al lado de mi casa, una buena amiga había perdido lo mejor de su vida. Mi hijo me sugirió, incluso me obligó a venir contigo. Pero mi obligación de madre me decía que debía estar allí. 

Sra. Elo:    Si no fuera por el dolor que tengo, diría que es una broma de muy mal gusto de la Vida. Cada una de nosotras hubo de acompañar a su niño, yo por última vez, tú, en su triunfo profesional. Ambas cumplimos nuestro deber que nos dio la naturaleza. Yo… lo cumplí a mí pesar.

Sra. Venancia:   (Abrazándola) Pues hoy toca cumplir el papel de amigas, así que te vienes a vivir conmigo una temporada, hasta que tu Sombra se convierta en Penumbra, para ello yo te daré toda la Luz que pueda conseguir.

 

                              Por:Jimul


El filón de la novela histórica

Publicado el 18 de Junio, 2007, 12:36. en Un libro para ti.
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Otros días, otros juegos
Autor: Manuel Vicent
Editorial Alfaguara.

Manuel Vicent, escritor valenciano, es también periodista. Ha publicado además Tranvía a la Malvarrosa, Jardín de Villa Valeria, Las Horas paganas, Son de mar, la Novia de Matisse, entre otras. Colaborador habitual del periódico El País.

Este autor goza de gran prestigio dentro de ciertos círculos literarios, sus artículos en ese periódico se leen con cierta sensación de placer, igual pasa con sus novelas. En ésta que decidimos exponer hoy, el autor nos pasea por la historia reciente de España, por las páginas del libro desfilan los personajes que terminaron influyendo en la vida política del país, al lado de personas anodinas, enredadas en sus miserias particulares, luchando por ser felices en la sociedad que se estaba transformando.

El transito de niño a adulto, el cambio del campo a la ciudad y de la ciudad antigua y pacata a la moderna y liberal, la dictadura al socialismo. Todo ello narrado, a veces desde la íntima reflexión y otras desde la fria mirada de la historia. Bien narrado, agradable de leer, pero al cerrar el libro, en mi cerebro baila el eterno interrogante, ¿no es más de lo mismo?

Dudo. Acaso los seres humanos tenemos que contarnos una y otra vez nuestra historia para no repetirla, o ya está bien, punto final y a otra cosa?

O, y me remito al anterior artículo sobre la critica literaria, ¿será que la novela histórica está viviendo su época dorada y las editoriales quieren exprimir al máximo este filón?

Por: Ágata



A propósito de crítica literaria

Publicado el 18 de Junio, 2007, 12:08. en Un libro para ti.
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Hasta hace unas décadas, cuando un escritor publicaba una obra no dormía pensando en lo que iban a escribir los críticos en la prensa. Sentía que su vida dependía totalmente de ese “docto” señor que firmaba la columna literaria del periódico.

Hoy esa figura se ha diluido. Los artículos dedicados a la critica literaria no son más que una homilía de halagos, casi siempre, pagados por la industria editorial para impulsar las ventas. Y si alguien se atreve a pensar de manera diferente, inmediatamente se le lanzan, artículo en ristre, toda la cofradía de periodistas especializados o escritores que quieren hacer meritos, en defensa del autor promocionado. Estos movimientos, desde luego, logran levantar ciertas voces que repercuten en la caja registradora.

En medio de eso se halla el lector, anonadado por tal cantidad de libros, de comentarios, de sugerencias, de modas o conveniencias. ¿Qué leer?

La globalización lo paraliza, puede leer absolutamente de todo y ese ámbito, que debería ser ideal, pues tiene la libertad de escoger, se convierte en un revulsivo. No encuentra nada que agite la calma chicha de su rutina.

De una parte, la escaza critica que encuentra no le basta; de otro lado, la oferta es tan amplia que se pierde en ambiguedades, y cansado de recurrir al viejo recurso de releer los clásicos, se atreve con lo nuevo. Voy a leer este – piensa el lector - que acaba de ganar un premio en Barcelona, o Madrid, Buenos Aires, Mejico o Bogotá. Así que con recelo lo compra, va caminando hacía la tranquilidad de su sala con el libro bajo el brazo, saboreando de antemano esas páginas nuevas, de un autor nuevo, pero a medida que camina, algo le revolotea en su cerebro, ¿será bueno? y si resulta que el ganador de este premio fue elegido porque pertenece a un país del tercer mundo y hay que ayudarlo, o es amigo del gerente regional de la editorial que pretende hacer negocios con la Europa del este, y como están haciendo meritos para ingresar al primer mundo, pues hay que darles un reconocimiento, o simplemente el autor tiene la suerte de ser sobrino del mayor accionista de la editorial. O el escritor ganó el último reality del año, o es hijo de la famosa X, o denunció la corrupción de cierto político... el menú, como pueden ver, es demasiado amplio.

Nuestro lector finalmente llega a su casa, abre el libro, sus ojos se despliegan por los renglones y a pesar de que lo lee con cierta facilidad, los hechos narrados y la forma como están aderezados literariamente no lo desilucionan, ni lo obligan a cerrar el libro tirándolo a un rincón. Más bien, llega en dos días a la página final, cierra el libro, se queda mirando al frente. ¿Y?

Igual pasa con la literatura en la red. Se escribe mucho, se publica de todo y los comentarios que llegan a las webs especializadas o a los blogs, casi que se copian unos a otros. Lo que en principio se pensó que iba a ser una puerta abierta a más opciones, más diversidad de opiniones, una especie de exposición a cielo abierto de los escritores frente a sus lectores, resultó ser un gran fracaso. La gente que critica no lo hace desde una perspectiva imparcial, sino que vomita sus conceptos de la forma más abrupta posible, mientras que el otro bando se niega a poner por escrito sus opiniones, conformándose con criticar u opinar fuera de la página o blog, allí en la tibieza de su cuarto, ante unos pocos amigos o en lo más íntimo de su mente. Sólo muy pocos se atreven a dejar su opinión y gracias a ellos, o quizás por ellos mismos, las cabezas que están tras las webs o los blogs,  siguen insistiendo en sus publicaciones, siguen facilitando las herramientas para la participación.

Ahí está el punto culminante de la critica, cada vez se escribe más, se escribe mejor, estructuralmente hablando, pero no haría falta otra cosa, un relámpago en la oscuridad, una arruga qué alisar, un resquicio por donde respirar.

Una cosa es cierta, ya no hay critica, las personas encargadas de ese trabajo han perdido su credibilidad, el lector está solo ante la avalancha de obras, resultado de las leyes del marketing. ¿Era eso lo que queríamos?

A lo mejor resulta que el mundo ya no necesita de esa figura y es una absoluta tontera lo que he escrito.

Por: Ágata


Plastilina

Publicado el 18 de Junio, 2007, 11:03. en Alaprima.
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Es noche de navidad. No tengo con quien pasar la noche. Voy a casa de una señora pobre. Los pisos son de tierra. Las camas muy juntas.Tienen muchos hijos pero en casa quedan unos pocos. Las camas están muy juntas y no podemos pasar por entre ellas. No habrá cena de navidad. No hay bombillos de colores. No hay árbol de navidad, ni belén. Los niños más pequeños amasan vírgenes y ángeles de barro. Me acerco a ellos. Voy a ayudarles. Vamos a hacer un belén. Meto mis manos en el barro y hablo con ellos. Cuando los miro a los ojos, me doy cuenta que los niños son de plastilina, delgados, frágiles. Los tomo con cuidado y los coloco en la palma de mi mano. Se convierten en arañas. En la casa ya no hay nadie. Llamo a una tia, a una prima, nadie me responde.

Salgo a la calle. Desolación, miedo a la calle vacía. Aprieto mi bolso, que es un cartón de Ariel de 5 kilos. Me siento a salvo.

Por: Selvática

Sabor a cielo

Publicado el 17 de Junio, 2007, 13:50. en General.
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¿Recuerdas aquella tarde en el bosque de Eucaliptos? ¿recuerdas el tono del cielo, el olor a tierra húmeda, los frutos que recogimos y restregamos en la palma de las manos?

Sí alguna vez pasas por un camino bordeado de Eucaliptos, sí alguna vez el cielo vuelve a estar tan azul como aquella tarde y sí a tus pies caen los frutos maduros del Eucalipto, deten tus pies un instante, aléjate de quien esté a tu lado, recorre solo ese camino, cierra los ojos y piensa en mi. Porque en aquel sendero, en aquella tarde azul, mientras tu dormías con el cuerpo agotado, mientras tus ojos se cerraban y tus labios sonreían de placer, yo absorbía la esencia de todas aquellas cosas que nos rodeaban y las iba mezclando lentamente con la savia de tu ser; allí, en medio del paladar y agitado por mi lengua preparaba el brebaje que te haría inconfundible, muy despacito, de una manera concienzuda y metódica mi boca se convirtió en mortero y guardó en su vientre profundo el secreto de una formula que sólo yo conocería y reconocería en el mundo: tu sabor.

Ahora me sabes a cielo, a Eucalipto, a fruto maduro, a universo, a sudor y saliva, ahora me sabes a ti y tengo miedo, muchísimo miedo de agotar el elixir, presiento con espanto e imagino, al borde de la desesperación, lo que sucederá dentro de muy poco tiempo; sé que el cielo se nublará, los Eucaliptos morirán y sus frutos se fosilizaran, entonces ya mi boca no podrá volver a saborearte, porque el condimento indispensable ya no está a mi lado.                                                

Por: Gladys 
 III DE LA VIDA, DEL AMOR, DE LA MUERTE


¡Todavía existo!

Publicado el 17 de Junio, 2007, 13:42. en General.
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Yo apenas era un escuincle que, desde muy tempranito, empezaba a sentir todas las pinches cabronadas de la vida. Corría el año de 1968 y todos los chavos empezaban a gustar del rock and roll, la canción social, el hippismo y el marxismo. El ambiente en el DF no era tan chido por esos días, sobre todo, entre los estudiantes, que marchaban en contra del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, un güey de los más conservadores del PRI.

Mediaba septiembre. Yo vivía en el departamento de mi tía y me causaba reteharta curiosidad lo que hacían y decían mis primos, cuando se reunían con su reguero de cuates barbudos y de cabello largo. Me parecían muy padres todas sus discusiones sobre las formas de lucha, la movilización, la conciencia de clase y muchos otros temas que, luego luego, me hicieron unirme a ellos.

Recuerdo que mi tía le rezaba todas las noches a la Virgencita de Guadalupe haber si mis primos “enderezaban el camino” y dejaban esas ideas “infernales” del comunismo. A mí me parecía que eso que ella llamaba infernal era lo más cristiano que en toda la pinche vida había escuchado, pero no decía nada por no encabronar a nadie, pues si se lo decía a mi tía me castigaría por “hereje” y si se lo decía a mis primos me dirían que estaba alienado por conductas “proburguesas” que jodían nuestros intereses de clase.

Llevaba muy poco asistiendo a las reuniones que mis primos y sus cuates realizaban cuando salió lo de la marcha. Sería mi primera incursión como activista y estaba reteemocionado. Tuve un pedo muy fuerte con mi tía, para que me dejara ir, pero al fin me fui con ellos. No iban tantos chavos como yo imaginé, pero parece que estábamos los que debíamos estar. Me cae que estaba retenervioso por los pinches azules, que apenas nos veían cómo andábamos y, luego luego, se fueron encima de nosotros y pusieron como camote a más de un güerito. Tanto fue así que a uno de nosotros lo mandaron al hospital; esos cabrones le rompieron la madre a nuestro cuate, hasta que lo chingaron. Nuestro cuate, más bien, el cuate de mis primos, no aguantó la refreguera  y se nos murió.

Las cosas se iban poniendo más feas con el pasar de los días, mientras yo me iba apasionando más por todo lo que mis primos y sus cuates, que ya eran los míos también, hacían. Ellos pensaban que yo me les iba chiviar por lo de la marcha y el muertito que nos dejaron esos pinches pelados. Pero nada, yo no me iba rajar, al contrario, estaba más interesado que nunca en seguir con ellos. Todos vieron que yo no era ningún rajón y fueron tan buena honda conmigo que me invitaron a participar de la marcha en La plaza de las tres culturas, en Tlatelolco.

Cuando llegamos todo se sentía muy padre. Había un reguerotote de chavos con pancartas en contra de Díaz, de los pinches gringos y de las olimpiadas. Entonábamos canciones al Che, a ocho días de que cumpliera el año muerto, escribíamos grafittis en las peredes, repartíamos panfletos y, en fin, demostrábamos, como nos era posible, toda nuestra bronca. La neta que me sentía muy chido ese día.

Por supuesto que esperábamos la respuesta de nuestros carnales, los azules, pero nunca nos imaginamos que iban a reaccionar de la manera como lo hicieron. Estos cabrones se aparecieron en la plaza como hijos de su chinga madre, con sus tanques, camiones y todo su mugre aparataje, para reventarnos a tiros. Así, de un momento a otro, se armó la bronca; todos corríamos despavoridos para salvar el pellejo, huyéndole a sus pendejas balas, sus gases, sus granadas. Todo el centro del DF era una campo de batalla; ráfagas, explosiones, llantos, gemidos, sangre, muerte, drama y terror. Todo era caos.

Corríamos y corríamos sin un rumbo fijo, buscando un refugio y sin saber dónde hallarlo; parecía que todos viniéramos de afuera y que no conociéramos la ciudad; todo era producto de la angustia, del drama, pues no se sabía a qué hora te iban a partir de un balazo. Como los demás, me sentía desorientado y no se me ocurría adónde cuernos resguardarme del condenado ataque. Al fin, vi que unos chavos empezaron a entrar a un edifico y hacia allí me dirigí, tan velozmente como pude. De pronto, sentí como un fogonazo, algo que me atravesó todo el cuerpo, quemándome las entrañas. Caí al suelo, sin poder moverme ni decir una pinche palabrota.

Como que me desmayé o algo parecido, porque, después de eso, recuerdo que estaba en un departamento con todos los vidrios quebrados, donde decenas de chavos se escondían de las ráfagas de metralla.

No sé cuánto tiempo pasó desde ese momento, pero el caso es que lo siguiente de lo que recuerdo es que estaba tirado en una camilla como de hospital, donde unas enfermeras muy chulas me estaban atendiendo. Al principio estaba reteadolorido, pero, poco a poco, me fui componiendo hasta que casi casi estaba recuperado. Lo único malo era que no sentía las pendejas piernas y no las podía mover. Yo, viendo que pasaban los días y yo nada que caminaba, me encabroné y le dije al doc que por qué me estaba pasando eso. Entonces, este güey me dijo que yo no volvería a caminar nunca más. Ahí me entró la chillona, parecía una escuincla babosa a la que le quitaron su muñeca. Era como si, de repente, se me hubiera acabado la vida.

Retegacho recordar qué mala honda fue todo eso, pero más gacho todavía soportar este encierro al que me han condenado estos pelados militares ¡hijos de su puerca madre!. Tenía 15 años cuando lo de Tlatelolco, cuando imaginé, como muchos de mis cuates, que el DF sería como La Habana y que toda América Latina se contagiaría con los mensajes buena honda de Sandino, Farabundo Martí y el Che Guevara. Qué tiempos chidos los que auguraba en esa época.

Hoy, a mis 40 años de edad, no sólo no pude hacer nada para que la sociedad justa por la que empezaba a luchar fuera una realidad, tampoco pude ser culpable de que eso no hubiera sucedido; no puedo sentirme fracasado ni aliviado de que esos propósitos no se hubieran cumplido y no pude hacer parte de ninguno de los procesos que lo impidieron. Todo fue un imposible y todo fue negado para mí, porque, desde que esa bala atravesó mi espina dorsal, mi vida y mi mundo fueron una realidad paralela a la que han vivido todos ustedes.

Me despido, desde no sé qué lugar de la tierra, rogando para que estos pinches militarse no me cachen y pueda compartirles mi amargo, pero padre relato.

Por Giovanni González Arango