4 de Junio, 2007, 18:18: GladysGeneral




          La palma de su mano tiembla bajo las aguas inquietas del río, ella se empeña en mantenerla ahí, inmóvil mientras sus ojos intentan seguir el curso del líquido deslizándose sobre la línea de la vida, de su vida, y piensa que ésta sería maravillosa si los acontecimientos se deslizaran sobre su existencia igual que las aguas de ese río; piensa en Ofelia y la envidia. Sería tan lindo dejarse ir como ella, permitir que las olas la arrullaran, que las temblorosas ramas de los sauces acariciaran sus mejillas a su paso, que los peces la siguieran en un multitudinario cortejo hasta el inmenso mar.

          Pero para eso tendría que dar un paso, tendría que hundir sus pies sobre la arena y avanzar, avanzar, avanzar; ¿pero, cómo arrancar esa raíz tan enorme que la ata a la tierra? ¿Dónde hallar una sierra lo suficientemente poderosa para cortarla?

          Sus ojos buscan en la nada y nada encuentran. Sobre su mano, ahora el sol deposita cristales irisados, diminutos mundos que saltan ante su mirada incrédula, colores cálidos y juguetones que sin embargo se deshacen como pompas de jabón sobre la línea de su vida, una línea que nace justo al comienzo de su muñeca y que avanza profundamente definida hacía el espacio medio entre el pulgar y el índice, a lo largo de esta curva casi perfecta débiles y diminutas líneas se disputan el derecho a figurar en su destino, la atraviesan perpendicularmente como lanzas marcando un ancestral territorio que clama ser protegido a toda costa.

          Una atrevida rama de sauce se interpone ahora entre su visión y la palma húmeda, una especie de fresco susurro la acaricia, pero es tan rápida la sensación que casi no alcanza a tomar forma en su cerebro, ocupado ahora en examinar la línea del amor, un enorme surco que nace en la blanda y sonrosada almohada exterior  dibujándose a través de toda la palma hasta unirse, justo un centímetro antes con la de la vida. ¡El amor y la vida! Tan fáciles, tan identificables, tan íntimos ahí en el paisaje de su mano y por el contrario, tan extraños, tan fríos, tan volátiles en ese exterior perverso. Si bastara sólo con cerrar suavemente la mano, con doblar cada uno de sus dedos para protegerlos, para guardarlos en lugar seguro, ¿pero qué piensas? ¿De qué lugar seguro hablas? Si puede suceder que en un segundo, un descuido de su inquieta imaginación la obligara a cerrar con fuerza los dedos y poner punto final a esa vida y ese amor, que sin duda morirían por asfixia.

          No hay salvación posible, no hay tregua, los cristales avanzan sobre la palma de su mano y ella empieza a sentir crecer un sapo en su estómago, los cristales se estrellan contra la línea de la muerte y ella no quería darse cuenta. Cuánto daría por perder los ojos en ese instante, cuánto daría porque la oscuridad la borrara de la superficie de la tierra, pero el milagro no ocurre, los párpados no obedecen, parece que unas pinzas de hierro la obligaran a mantener los ojos abiertos y entonces la ve, la ve nacer en el borde exterior de la almohadilla de su palma, justo un centímetro sobre la línea del amor, ahí nace y para poder identificar su origen tendría que girar un poco su mano, inclinar el dedo meñique y notar la fuerza con que esa línea fatídica se aferra a sus carnes, desafiante e impetuosa se dibuja nítidamente hasta el nacimiento del dedo corazón.

          El agua ahora se ha puesto helada, sus dedos empiezan a tornarse rígidos, el rosado de su carne va volviéndose violeta y una cantidad infinita de arrugas van desdibujando las líneas de su mano.

Los ojos se le retraen, se dan vuelta dentro de sus órbitas y ahora le revelan una sobria oficina y un grupo de hombres que la miran y esperan, esperan, esperan. 

I De la vida, del amor y de la muerte


Por: Gladys    

4 de Junio, 2007, 18:14: Giovanni GonzálezGeneral



 

Ante la inmensa conmoción que para el país ha traído el hallazgo de la verdad, no podría este humilde servidor conformarse con la simple noticia, mucho menos si se advierte el objeto de esta profesión, que pareciera convertirnos en sus persecutores. Era, pues, nuestra ineludible tarea enfrentarnos a la reveladora noticia.
Así, un equipo de reporteros y yo decidimos emprender la marcha hacia Jerusalem, en busca del “heroico” descubridor. José de Arimatea era quien, en ese entonces, merecía tanta atención y no podía atribuírsele menos, siendo poseedor de tan preciado tesoro.
Esperaba encontrarme con el más suntuoso relato y transportarme, con él, por los más alucinantes lugares; allí donde el día y la noche, simultáneamente, aparecieran, abrigando los besos y caricias que el sol le brindase a la luna. Premonitoriamente, vislumbraba diversidad, amplitud, un mundo lleno de contrariedades, pero igualmente equilibrado, donde el sí y el no se tomasen de la mano y la divergencia adquiriese visos de complementariedad.
La decepción fue crasa, pues el hallazgo, muy lejos de lo que prometía, resultó ser aterrador. Jamás esperé encontrarme con un discurso más retardatario, totalitarista y reduccionista como el ofrecido por José de Arimatea. Sus punzantes aseveraciones hacían de la verdad el más estrecho y excluyente camino que, según él mismo, no recibiría a más que unos cuantos “privilegiados”, condenando a los más crueles padecimientos a quienes no alcanzasen la mencionada “fortuna”. Sus palabras fueron humillantes, completamente desgarradoras y, debo decirlo, desde todo punto de vista, desdeñables.
Era sorprendente cómo este hombre encontraba glorioso su descubrimiento, aún cuando retratase sus represivos alcances. Osó señalar a la humanidad entera como pecaminosa y, por tanto, merecedora de los más dolorosos castigos, con un convencimiento tal que ni el cinismo hubiese podido yo atribuirle; -esa es la verdad- puntualizaba José de Arimatea, ante cada una de sus escalofriantes afirmaciones, en tanto que yo no abandonaba mi estado de estupefacción.
Aunque lo pareciesen, ya lo había dicho, no podía calificar de cínicas las palabras de aquel hombre, pues me parecía un poco presuroso. Pensé que había algo más de fondo y que mi tarea era hacer una investigación un poco más exhaustiva, ya no inspirado en la noticia sino interesado en conocer el origen de sus matices. Fue así como averigüé el pasado del aparente predicador y encontré que él, como yo, había dedicado gran parte de su vida  a la búsqueda de la verdad. Descubrí que el noble Jesús, recientemente condenado por algunos judíos, fue quien más influyó en lo que éste aseguraba era el hallazgo de la verdad, y había sido su enseñanza a la que José concedía el inconmensurable rótulo.
Al final, comprendí que la visión altruista del nazareno Jesús había sido tergiversada por numerosos patricios que, en su afán por acrecentar su poder, recurrieron a su discurso, reconstruyéndolo a su acomodo. Vislumbraron su poder disuasivo y fue entonces cuando acudieron a José de Arimatea, el más conocido persecutor de la verdad del que se tuviera noticia en Jerusalem, así como el más convencido de los seguidores de Jesús. ¿Qué podría ser más grandioso para un ferviente admirador de Jesús y que anhelaba la verdad, sino encontrar en sus palabras una única “verdad”? Por supuesto, fue a la voz de esta concepción, estratégicamente expuesta por tales patricios, la que llevó a José de Arimatea a autoconcederse el mentado descubrimiento.
Difícilmente superables los logros obtenidos al culminar este relato, pues de él obtuve una importante enseñanza que, me parece, podría ser útil también para los lectores. Lo que pude concluir de la rica historia es que mi tarea y la de mis colegas no es internarse en la búsqueda de la verdad sino ofrecer las diferentes perspectivas que de los hechos puedan surgir, sin causar ni respaldar riña alguna, respecto de la misma. Lo único aseverable aquí es que la verdad sigue siendo una quimera y que si esta respaldase la exclusión y los totalitarismos, no sería digna de ser alcanzada sino atacada. ¿Cómo calficar entonces el descubrimiento expresado a través de estas línes? ¡Júzguenlo ustedes!

 
Por Pilatos (Giovanni González Arango 

4 de Junio, 2007, 18:08: Mario EcheverryGeneral


 

Arrojado bajo el naranjo

el hombre cubre su rostro con la sombra;

a sus pies,

un perro de ceniza

siente el viento erizar su lomo

o quizá es la mano

de la abandonada soledad

que tras muchos años

regresa a tenderse junto a su amo.

Por: Mario H. Echeverry Beltrán


4 de Junio, 2007, 18:02: Mario EcheverryGeneral

 

I

Con la mano izquierda

sostengo tu llanto.

 

II

Te observo desde el balcón

mientras tu vestido negro,

inútilmente, intenta contener

las bravías olas que expulsa tu cuerpo.

 

III

Presiona con tus dedos la soga

sin importar el ahogo de tu cuello.

 

IV

Llevas la barca

y un olor fallecido

crea una leve espuma

sobre la mar agitada.

 

V

Sobre una pequeña silla negra

la infancia se mece

y mis dedos

no dejan de dibujar recuerdos:

el ave que sonríe en el tejado,

el piso de casa convertido en barca,

las pequeñas bailarinas

atadas a la porcelana.

 

VI

Tendido bajo la sombra

veo el pastizal moverse,

busco a mi lado

una voz que me sostenga

pero mi mano izquierda

encuentra la huella de una lágrima.

Por: Mario H. Echeverry Beltrán

 

4 de Junio, 2007, 17:48: Ricardo AbdahllahGeneral

 

A pesar de haber sido tema de un buen número de reseñas, artículos de prensa y estudios literarios en los años que siguieron a la muerte del poeta, hubo al menos un viejo asunto que no tuvo cabida entre los recuerdos revolcados y vueltos a la luz a propósito del centenario del nacimiento de Pablo Neruda. Se trata del libro “El motín del Santa Marta”, que un oscuro escritor polaco de nombre Jakub Smolak publicó, según se dijo en alguna época, precisamente gracias a los oficios del poeta nacional chileno.
Es probable que ya nadie recuerde al francamente mediocre Smolak, que no sólo fue admirador del poeta desde que lo conoció en Batavia en 1930, cuando Neruda, por entonces de ventiseís años, ejercía como representante consular de Chile, sino que vivió toda su vida en función de los logros del Nobel, lo persiguió hasta atosigarlo y sólo recibió dos atenciones de su parte, una invitación nunca concretada para visitarlo en su casa de Isla Negra y una nota, cuya existencia siempre se ha puesto en duda, extendida a Salvador Allende en favor de la publicación de la única novela de Smolak, que según la tesis planteada por algunos académicos norteamericanos en los últimos años de la década del 70, es de principio a fin un homenaje a Neruda.
Dicho planteamiento fue mal recibido en Chile y despectivamente se llamó “smolaquianos” a quienes los sustentaron; según los intelectuales chilenos, buena parte de ellos en el exilio por ese entonces, la obra de Smolak no es más que un mal libro de aventuras y es absurdo que Neruda, a pesar de su ya entonces grave estado de salud, recomendara la publicación de una obra mediocre. La edición por parte de la Imprenta Nacional de Chile, dicen quienes niegan la intervención del poeta, se debió a una solicitud hecho por Smolak de acuerdo a la facultad que tenía dicha entidad para imprimir por encargo a cualquier particular que pagara por ello.
Treinta años después el debate parece cerrado. De hecho desde 1982 no se han publicado textos en defensa de Smolak y el círculo que lo defendía prefirió desintegrarse antes que continuar arriesgando su prestigio al dudar del profesionalismo de uno de los escritores más admirados del siglo XX. Sin embargo, antes de rechazar de plano los argumentos de los que afirmaban que “El Motín del Santa Marta” era prácticamente una obra escrita para Neruda, vale la pena revisar algunos detalles del desafortunado libro de Smolak que parecen demostrar que una discusión doble (el libro como homenaje a Neruda y la intervención de Neruda para su publicación) se convirtió en una cuestión única de orgullo nacional. El silencio de los “smolaquianos” dio la razón a los chilenos que convencieron al mundo de que Neruda nunca intervino para la publicación de la novela ; pero también les sirvió para decir que “El motín del Santa Marta” no es un homenaje al poeta y esta última afirmación tiene mucho de falsa.
Tomó la carta y pensó en guardarla con la última foto de Jurek ; luego la quemó y junto a las cenizas dejó la nota donde explicaba al Sr. Mankewitz que partía en un buque rumbo a América del Sur. Ya de camino a Kolobrzeg pensó que, al encontrar la nota, su padre partiría a buscarla ; pero Julius Mankewitz leyó la carta con frialdad y la arrugó dejándola sobre las cenizas de la carta de Jurek. No dio detalles a su esposa. “Se ha ido” le dijo y eso fue todo.
Así se inicia la novela. Silvia Mankewitz, hija de un exdiplomático polaco, quema la carta donde su prometido, establecido en Tánger, le anuncia que no regresará a Polonia y desesperada inicia una travesía por mar hasta Chile donde espera reunirse con su hermano, llamado Jakub como el autor, que encabeza un movimiento de resistencia clandestina contra el presidente González Videla. Aunque a lo largo del texto no se mencionan fechas, los hechos históricos descritos permiten perfectamente situarla en 1949, precisamente el año en el que Neruda “desaparece” por dos meses luego de huir clandestinamente de Chile. Es entonces cuando Smolak, que no lo veía desde 1936, (en ese año, como respuesta a sus cartas, Neruda le había concedido una audiencia en París), se reencuentra con su admirado poeta. Cayendo en un abuso de confianza que francamente disgusta al poeta, Smolak le sugiere regresar a Chile. Neruda desestima la sugerencia que le representaría el destino que la protagonista de la novela decide seguir.
Después de viajar hasta Liverpool, Silvia se embarca en el “Santa Marta” un pequeño vapor de carga comandado por un capitán excéntrico que, sin una razón aparente, comienza a racionar la comida de la tripulación, hasta que los marineros, sufriendo hambre en un barco con las bodegas llenas, deciden ponerle preso. El ambiente del barco antes de la sublevación y el carácter del protagonista parecieran de hecho basarse en el poema “El fantasma del buque de carga” incluido en Residencia en la Tierra de 1933, mientras la escena de Liverpool nos remite a “Pasajera de Capri” de Las uvas y el viento, libro publicado por Neruda en 1954, cuando Smolak debía estar escribiendo la obra. La noche antes del motín, cuando Silvia se dirige al capitán parecen calcar algunos versos de Neruda.
“Todo regresa del mar” dijo Silvia al capitán Ludwing, “todos los barcos que se traga serán despojos que regresan a la playa”

La semejanza con el poema XIV del Canto General es obvia :

Toda tu fuerza vuelve a ser origen

sólo entregas despojos triturados

cáscaras que apartó tu cargamento.

Borges decía que una sola línea magistral justificaba toda la obra de un autor. Si estamos de acuerdo, la novela se justificaría en una de las escenas que siguen a la detención del capitán. Hambrientos, los marineros rebeldes suben a cubierta todos los toneles de vino y una serie de sacos donde han metido a los animales vivos que el excéntrico capitán conservaba en las bodegas. Para todo mundo, excepto para Smolak, es claro que es poco práctico llevar animales vivos para sacrificarlos en altamar, pero la inverosimilitud de la escena no le resta dramatismo :

Los hombres que habían bajado arrojaron los costales sobre la cubierta. Caían algunas gotas de lluvia y el silbido del viento se mezclaba con los quejidos de las gallinas y los cerdos que, envueltos en los sacos, parecían imaginar su destino. Fue Wyszynsky, quien seguramente quedaría al mando del barco y decidiría si continuaba el viaje hacia América, el que asestó el primer golpe de cuchillo a los costales. Silvia se cubrió la cara horrorizada y solamente escuchó el horrible chillido de los animales. El resto de los marineros se unió a Wyszynsky y, en medio de la algarabía, la sangre fue inundando la cubierta. Por varios minutos continuó la carnicería frenética de los marineros. Cuando Silvia volvió a mirar aún algo parecía retorcerse dentro del costal. Luego sintió el horrible aliento de Wyszynsky que le ofrecía como si fuera del todo natural un pedazo informe de carne cruda y ensangrentada. “Por fin, tenemos comida, señorita Mankewitz” le dijo sonriente y satisfecho. Silvia se retiró asqueada y vomitó toda la noche escuchando en sueños los berridos de los animales sacrificados en tan salvaje espectáculo de coraje y bravura. Sintió repugnancia al ver desayunando a los marineros la mañana siguiente, pero esa noche cenó con ellos y llevó algo de comida al capitán.
Es a partir de este punto donde lo que podría haber sido una buena novela con un mal comienzo se transforma en un periplo sin sentido que mezcla conflictos que parecen sacados de las mejores páginas de Conrad con reflexiones políticas comunistas para nada pertinentes a la trama. Silvia Mankewitz sufre una conversión milagrosa y pasa de ser la niña que huye de casa a una estratega que planea durante el viaje el curso que deberá tomar la revolución en Chile. Parece obvio que cuando Silvia arribe a Chile el país se habrá salvado ; así ella cumpliría en la ficción el papel que Smolak quería para Neruda en la vida real. El capitán Ludwing es liberado en Panamá y el barco finalmente llega a Valparaíso. Sí, la trama suena estupenda, pero la lectura del libro es insoportable, las parrafadas de la heroína sobre la igualdad de los hombres se hacen repetitivas y extensas y las descripciones del mar, brillantes en los capítulos iniciales, alcanzan una monotonía insufrible conforme se avanza en la lectura. No es fácil terminar el libro, pero si uno lo hace se dará cuenta que no sólo abundan los plagios a Neruda (al acercarse a Valparaíso, Silvia dice “Ola de luz en la que se asoma la que será mi patria” en clara referencia al poema “Mares de Chile” Mar de Valparaíso, ola de luz sola y nocturna, ventana al océano en la que se asoma la estatua de mi patria) sino las referencias directas e indirectas a la vida del poeta. La madre del marinero Kluger, confiesa él ya en el tramo final del viaje, ha muerto (como la de Neruda) a los pocos meses de su nacimiento y la hermana de Kortaczyk, otro de los marineros, lleva inexplicablemente el nombre hispano de Marina, el mismo de la hija del poeta. La descripción física y sicológica que se hace de este personaje corresponde, casi miméticamente, a la que Neruda hizo de su madrastra Trinidad Candía.
Aparentemente ya en 1957, Smolak envió a Neruda manuscritos de su novela solicitándole a un tiempo consejos y ayuda para su publicación. Aun molesto por la impertinencia recurrente, el poeta contesta con recomendaciones breves que al parecer Smolak acepta sin mayores cuestionamientos, quebrantando aún más la frágil unidad estilística y temática de la obra. Durante la década del sesenta, ya con su novela terminada y viviendo entre Edimburgo, donde su tío tiene una pequeña fabrica de calzado, y Cracovia, Smolak continúa escribiendo a cartas a Neruda y recibiendo sus escuetas aunque usualmente corteses respuestas. Smolak sigue a Neruda en sus giras por Europa y aunque en muchas ocasiones no consigue cruzar con él más que un par de palabras, comienza a escribir artículos y estudios sobre la obra del chileno. Aunque la mayoría de ellos distan de ser interesantes y se publican en revistas de temas generales caracterizadas por su falta de seriedad, las traducciones que Smolak realiza al polaco y al alemán de varias conferencias y discursos del poeta merecen ser consideradas aparte por su limpieza y profesionalismo. Es en razón a la traducción de uno de sus discursos, publicada en medios académicos polacos, que Neruda invita a Smolak a su casa en Isla Negra. Las razones por las que el polaco nunca realizó dicha visita siempre serán un misterio.
Inútilmente Smolak intenta contactar a Neruda en Suecia luego de que el poeta recibiera el Premio Nobel ; el último encuentro se daría dos años más tarde, cuando, acompañando en viaje a su compatriota el empresario Sebastian Gertsmann que intenta abrir explotaciones de cobre en Tierra del Fuego, Smolak, ya casi de setenta años, logra finalmente conocer Chile.
Por tierra el polaco se desplaza hasta Santiago. Son tiempos difíciles, corre 1973 y ya han pasado los meses de gloria del gobierno de la Unidad Popular y las presiones internas, apoyadas desde el exterior, resquebrajan el gobierno de Allende. Cuando recibe a Smolak, Neruda se encuentra enfermo y a puertas de una intervención quirúrgica. Pocos amigos lo visitan y Smolak se encarga de él en los días previos a su ingreso al hospital. Es entonces cuando Neruda probablemente extendió al presidente Allende, la nota cuya existencia enfrentó años después a los “smolaquianos” con los académicos chilenos. Con nota o sin ella, “El motín del Santa Marta” se imprime en agosto de 1973. El lanzamiento del libro se prevé para el 23 de septiembre, pero el 11 cuando sólo algunos ejemplares han sido entregados a librerías y periódicos en calidad de cortesía, el gobierno de Allende es derrocado y las fuerzas militares destruyen toda la producción existente en las bodegas de la Litografía Nacional. La orden verbal fue justificada a posteriori argumentando que “la totalidad de los libros impresos desde mayo del presente año hasta la fecha contenía propaganda procubana y prosoviética.”
Aún durante los días posteriores al golpe, Smolak visita a Neruda, un personaje muy mal visto por el gobierno militar, y hay quien afirma que las visitas a Neruda fueron la causa de la detención de Smolak en noviembre de ese mismo año. Neruda había muerto el 23 de septiembre, precisamente el día previsto para el lanzamiento del libro donde tal vez el Premio Nobel habría hablado en favor de la obra del polaco. Muchos trabajadores acompañaron los funerales de Neruda, celebrados casi de manera clandestina y bajo estrecha vigilancia policial ; en cambio, pocos amigos lo hicieron. La mayoría había abandonado el país o se encontraban en la clandestinidad. Smolak pronunció un corto discurso que, sin embargo, es recordado como el menos solemne y el más honesto de los cuatro que se pronunciaron esa tarde.
En los archivos oficiales puede encontrarse una referencia a “Jakub Smolak, ciudadano polaco deportado en el buque Caridad el día 25 de Noviembre”, pero ningún pasajero polaco descendió del buque ni durante su escala en La Habana ni a su arribo en Portugal. La historia le niega un lugar y fecha de fallecimiento al hombre que vivió a la sombra de Neruda y fue una de las personas que lo visitó en sus últimos días, cuando pocas cosas eran más peligrosas en Chile que visitar a uno de los más famosos intelectuales comunistas de América. Nunca se sabrá si existió la nota de Neruda a Allende, pero, en justicia, si a Neruda le importaba más el hombre que el a veces banal oficio literario, es bien probable que el poeta nacional de Chile haya tenido por lo menos una atención con el único amigo que le duró toda la vida.

Por: Ricardo Abdahllah

 

 

 

4 de Junio, 2007, 17:03: JimulF1 Portal Sur


(Las Sras. Elo y Venancia hablan en una parada del autobús, sentadas en el banco, debajo de la marquesina, hablan como si les fuera la vida en ello)

SRA. ELO:  

                    (Con mucha ironía)Hay que ver cómo hemos triunfado ante los ladridos de aquellas fier que nos iban a comer a todos. Menudos domadores de fieras que no saben ni como aparentar domesticarlos.

SRA. VENANCIA:           

                            Sí, hay que ver cómo se han puesto las cosas en estas elecciones. Pensaban que ganarían como siempre los Morados, pero ya se sabe, cambiaron de color a un amarillo pálido y casi terminan muertos.

SRA. ELO:                  No pretenderá Sra. Venancia que la honradez de este país se vaya al carajo por un simple cambio de color. Vamos, que la gente no es tan tonta  como nos hacen creer algunos.

SRA. VENANCIA:            Ya, y ahora dirá que usted vota por propia convicción y que nadie le influye a la hora de ejercer su derecho. Eso no se lo cree ni su gato Félix. Nos manejan como quieren y eso lo sabe usted perfectamente.

SRA. ELO:                 No creerá usted que nosotros hacemos lo que quieren unos pocos. Eso si no recuerdo mal es dictadura, y esa ya la pasamos. ¿No es eso lo que dicen los de “su cuerda”?

SRA. VENANCIA:            Los de “mi cuerda” como usted dice, manipulan igual que los demás. No son más que unos listillos que intentan aprovechar el tirón y progresar sólo ellos y su entorno. Lo de siempre, vamos.

 SRA. ELO:                 Vaya, ahora va a ser usted una de esas anti sistema, de las que vuelcan autobuses y queman todo lo que pillan por delante.

 SRA. VENANCIA:            Eso es lo que usted quisiera, pero en el fondo soy una descreída, porque me han dado muchas razones para ello. Bueno ya es la hora de que venga el autobús, como siempre tarde. Esto sí que no lo arreglan ni los “suyos” ni los “míos”

 SRA. ELO:                  Si estuviera “mi Paco” vivo solucionaría esto en un santiamén, vaya que sí. Era un hombre de carácter.

SRA. VENANCIA:            (Con una mirada muy pícara) ¿Mucho “carácter o lo normal”?

SRA. ELO:                 (Con el mismo tono) Bastante carácter.

Por: Jimul


4 de Junio, 2007, 16:59: JimulGeneral


    Se levantó muy pronto por la mañana, tenía una vitalidad radiante. Se desnudó y orgullosa se presentó ante el espejo, una mano le iba acariciando cada una de sus formas, las cuales se iban despertando de una forma sensual y apasionada. La belleza que aquella imagen le estaba devolviendo, sobrepasaba con creces el regalo que ella esperaba de aquel día.

Fue entonces cuando un escalofrío le recorrió el cuerpo y provocando el leve fluído que se derramaba por el suelo.

  El primer orgasmo 51 había sido delirante. Tal vez los siguientes fuesen aún mejores. La edad tiene estas cosas.

Por: Jimul

 


4 de Junio, 2007, 16:46: Charo GonzálezHablando de...

"Duermen aquellos que sin necesidad de sonidos escuchan latidos en los cuadros, duermen cansados de vigilias vacías de comunicación."

"Este es el que encuentra y deja, para que pueda ser vuelto a encontrar aquello que él encuentra. Este es mi no-ego." 

"Aprende quien se sorprende día a día y ningún muro le parece infinitamente alto."

"Aquellos que escuchan cuando piden reciben bienes atemporales."

"Pequeñas pinceladas en texturas que desaparecen en el interior de los moldes para regenerarse nuevamente al trasluz de la mañana."

"Existe en el momento de estar, está fuera de la existencia y vuelve para mostrar su no ser."

"Espera en la ventana a que una de ellas caiga justo en su maceta iluminando el rostro de las flores que le acompañan cada noche."

"Muestra su libro girando el rostro, sin necesidad de hablar, permanece absorta en los pensamientos de aquellos que le devuelven la mirada desde el inicio del pasado."

"Espera con superioridad aquello que vendrá, sin molestarse en mirarlo."

Por:Charo González