17 de Junio, 2007, 13:50: GladysGeneral

 














             

¿Recuerdas aquella tarde en el bosque de Eucaliptos? ¿recuerdas el tono del cielo, el olor a tierra húmeda, los frutos que recogimos y restregamos en la palma de las manos?

Sí alguna vez pasas por un camino bordeado de Eucaliptos, sí alguna vez el cielo vuelve a estar tan azul como aquella tarde y sí a tus pies caen los frutos maduros del Eucalipto, deten tus pies un instante, aléjate de quien esté a tu lado, recorre solo ese camino, cierra los ojos y piensa en mi. Porque en aquel sendero, en aquella tarde azul, mientras tu dormías con el cuerpo agotado, mientras tus ojos se cerraban y tus labios sonreían de placer, yo absorbía la esencia de todas aquellas cosas que nos rodeaban y las iba mezclando lentamente con la savia de tu ser; allí, en medio del paladar y agitado por mi lengua preparaba el brebaje que te haría inconfundible, muy despacito, de una manera concienzuda y metódica mi boca se convirtió en mortero y guardó en su vientre profundo el secreto de una formula que sólo yo conocería y reconocería en el mundo: tu sabor.

Ahora me sabes a cielo, a Eucalipto, a fruto maduro, a universo, a sudor y saliva, ahora me sabes a ti y tengo miedo, muchísimo miedo de agotar el elixir, presiento con espanto e imagino, al borde de la desesperación, lo que sucederá dentro de muy poco tiempo; sé que el cielo se nublará, los Eucaliptos morirán y sus frutos se fosilizaran, entonces ya mi boca no podrá volver a saborearte, porque el condimento indispensable ya no está a mi lado.                                                

Por: Gladys 
 III DE LA VIDA, DEL AMOR, DE LA MUERTE

17 de Junio, 2007, 13:42: Giovanni GonzálezGeneral




















Yo apenas era un escuincle que, desde muy tempranito, empezaba a sentir todas las pinches cabronadas de la vida. Corría el año de 1968 y todos los chavos empezaban a gustar del rock and roll, la canción social, el hippismo y el marxismo. El ambiente en el DF no era tan chido por esos días, sobre todo, entre los estudiantes, que marchaban en contra del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, un güey de los más conservadores del PRI.

Mediaba septiembre. Yo vivía en el departamento de mi tía y me causaba reteharta curiosidad lo que hacían y decían mis primos, cuando se reunían con su reguero de cuates barbudos y de cabello largo. Me parecían muy padres todas sus discusiones sobre las formas de lucha, la movilización, la conciencia de clase y muchos otros temas que, luego luego, me hicieron unirme a ellos.

Recuerdo que mi tía le rezaba todas las noches a la Virgencita de Guadalupe haber si mis primos “enderezaban el camino” y dejaban esas ideas “infernales” del comunismo. A mí me parecía que eso que ella llamaba infernal era lo más cristiano que en toda la pinche vida había escuchado, pero no decía nada por no encabronar a nadie, pues si se lo decía a mi tía me castigaría por “hereje” y si se lo decía a mis primos me dirían que estaba alienado por conductas “proburguesas” que jodían nuestros intereses de clase.

Llevaba muy poco asistiendo a las reuniones que mis primos y sus cuates realizaban cuando salió lo de la marcha. Sería mi primera incursión como activista y estaba reteemocionado. Tuve un pedo muy fuerte con mi tía, para que me dejara ir, pero al fin me fui con ellos. No iban tantos chavos como yo imaginé, pero parece que estábamos los que debíamos estar. Me cae que estaba retenervioso por los pinches azules, que apenas nos veían cómo andábamos y, luego luego, se fueron encima de nosotros y pusieron como camote a más de un güerito. Tanto fue así que a uno de nosotros lo mandaron al hospital; esos cabrones le rompieron la madre a nuestro cuate, hasta que lo chingaron. Nuestro cuate, más bien, el cuate de mis primos, no aguantó la refreguera  y se nos murió.

Las cosas se iban poniendo más feas con el pasar de los días, mientras yo me iba apasionando más por todo lo que mis primos y sus cuates, que ya eran los míos también, hacían. Ellos pensaban que yo me les iba chiviar por lo de la marcha y el muertito que nos dejaron esos pinches pelados. Pero nada, yo no me iba rajar, al contrario, estaba más interesado que nunca en seguir con ellos. Todos vieron que yo no era ningún rajón y fueron tan buena honda conmigo que me invitaron a participar de la marcha en La plaza de las tres culturas, en Tlatelolco.

Cuando llegamos todo se sentía muy padre. Había un reguerotote de chavos con pancartas en contra de Díaz, de los pinches gringos y de las olimpiadas. Entonábamos canciones al Che, a ocho días de que cumpliera el año muerto, escribíamos grafittis en las peredes, repartíamos panfletos y, en fin, demostrábamos, como nos era posible, toda nuestra bronca. La neta que me sentía muy chido ese día.

Por supuesto que esperábamos la respuesta de nuestros carnales, los azules, pero nunca nos imaginamos que iban a reaccionar de la manera como lo hicieron. Estos cabrones se aparecieron en la plaza como hijos de su chinga madre, con sus tanques, camiones y todo su mugre aparataje, para reventarnos a tiros. Así, de un momento a otro, se armó la bronca; todos corríamos despavoridos para salvar el pellejo, huyéndole a sus pendejas balas, sus gases, sus granadas. Todo el centro del DF era una campo de batalla; ráfagas, explosiones, llantos, gemidos, sangre, muerte, drama y terror. Todo era caos.

Corríamos y corríamos sin un rumbo fijo, buscando un refugio y sin saber dónde hallarlo; parecía que todos viniéramos de afuera y que no conociéramos la ciudad; todo era producto de la angustia, del drama, pues no se sabía a qué hora te iban a partir de un balazo. Como los demás, me sentía desorientado y no se me ocurría adónde cuernos resguardarme del condenado ataque. Al fin, vi que unos chavos empezaron a entrar a un edifico y hacia allí me dirigí, tan velozmente como pude. De pronto, sentí como un fogonazo, algo que me atravesó todo el cuerpo, quemándome las entrañas. Caí al suelo, sin poder moverme ni decir una pinche palabrota.

Como que me desmayé o algo parecido, porque, después de eso, recuerdo que estaba en un departamento con todos los vidrios quebrados, donde decenas de chavos se escondían de las ráfagas de metralla.

No sé cuánto tiempo pasó desde ese momento, pero el caso es que lo siguiente de lo que recuerdo es que estaba tirado en una camilla como de hospital, donde unas enfermeras muy chulas me estaban atendiendo. Al principio estaba reteadolorido, pero, poco a poco, me fui componiendo hasta que casi casi estaba recuperado. Lo único malo era que no sentía las pendejas piernas y no las podía mover. Yo, viendo que pasaban los días y yo nada que caminaba, me encabroné y le dije al doc que por qué me estaba pasando eso. Entonces, este güey me dijo que yo no volvería a caminar nunca más. Ahí me entró la chillona, parecía una escuincla babosa a la que le quitaron su muñeca. Era como si, de repente, se me hubiera acabado la vida.

Retegacho recordar qué mala honda fue todo eso, pero más gacho todavía soportar este encierro al que me han condenado estos pelados militares ¡hijos de su puerca madre!. Tenía 15 años cuando lo de Tlatelolco, cuando imaginé, como muchos de mis cuates, que el DF sería como La Habana y que toda América Latina se contagiaría con los mensajes buena honda de Sandino, Farabundo Martí y el Che Guevara. Qué tiempos chidos los que auguraba en esa época.

Hoy, a mis 40 años de edad, no sólo no pude hacer nada para que la sociedad justa por la que empezaba a luchar fuera una realidad, tampoco pude ser culpable de que eso no hubiera sucedido; no puedo sentirme fracasado ni aliviado de que esos propósitos no se hubieran cumplido y no pude hacer parte de ninguno de los procesos que lo impidieron. Todo fue un imposible y todo fue negado para mí, porque, desde que esa bala atravesó mi espina dorsal, mi vida y mi mundo fueron una realidad paralela a la que han vivido todos ustedes.

Me despido, desde no sé qué lugar de la tierra, rogando para que estos pinches militarse no me cachen y pueda compartirles mi amargo, pero padre relato.

Por Giovanni González Arango

 


17 de Junio, 2007, 13:29: Daniel ValeroGeneral




















 

Danzar en la magia de la imaginación
Suele ser la gloria de los seres,
Pues es allí donde se conjugan la razón y el sentimiento
Para darle forma a los misteriosos sueños…
 

En lo más profundo de la mente humana
Se pasea un solitario y enigmático ángel,
Culpable eterno de que todo aquel que ame
Sea pasajero predilecto en el navío de la existencia…
 

Una poética un tanto indescifrable
Nace del silencioso bosque del pasado,
Torrentoso lugar, de mil caminos diferentes,
Donde habita el inolvidable recuerdo…
 

Grandeza celestial posee el intelecto,
Pues en él se encuentra la majestuosa luna del pensamiento
Que, con su ondeante y filosófica luz,
Ilumina el camino del hombre hacia la trascendencia…


Descifrar el secreto de la esencia humana
Será privilegio que algún día alcanzará
El dichoso ser que descubra el etéreo orden
De la paradisíaca fantasía de la ensoñación mental…
 

Cuando estamos en el crepúsculo de nuestro tiempo
Y nos acercamos cada vez más al fatídico fin perpetuo,
Hallamos en nosotros una sabia pero oscura verdad:
Entramos en la encrucijada la nacer y salimos al morir…

 

Por :  Daniel Valero
17 de Junio, 2007, 13:15: Ricardo AbdahllahGeneral

 

 










   


Si las historietas no nos engañan (pienso en Condorito y el pato Donald) los tíos son más importantes que los padres. Fue por su tía Olivia que el desagradable Cocoliso conoció al agradable Popeye y su pipa llena de hierba mágica  y (esto ya no tiene que ver con historietas) fue una tía la que le dio a Kurt Cobain los primeros discos de los Beatles y. Yo me crié con mi madre, pero a la hora de pensar en un personaje de mi familia, pensaría de inmediato en mi tío Hernando.

Vivía la calle 24 abajo de la Caracas en un apartamento que ocupaba la mitad del sexto y último piso de un edificio en su mayor parte abandonado. Mi familia lo llamaba “El palomar” y no tenía timbre ni línea telefónica porque mi tío Hernando había anunciado desde mediados de los 80 que no tendría teléfono hasta que a Colombia llegaran los teléfonos “unicelulares”, lo que terminó siendo cierto. La única manera de que mi tío supiera que le había llegado visita era gritándole desde la calle.  Él siempre se asomaba sin camisa justo cuando el visitante estaba a punto de irse. A veces botaba las llaves, a veces simplemente decía “No hay nadie”; entonces no había forma de convencerlo de que abriera la puerta.

En mi familia decían que mi tío había viajado hasta Perú en autostop y comenzado varias carreras universitarias. Sus fotos de los setenta lo mostraban de afro y botacampana como todos. Fue el primero en emigrar de la casa, estuvo afiliado a varias sociedades místicas comunistas y se casó sin avisar ni invitar a nadie. En los ochenta, cuando lo visitábamos en El Palomar, sólo conservaba el afro parcialmente. Los botacampana los había remplazado por ropa que, a petición de mi abuela le donaban mis tíos. Él aceptaba con gusto con una razón contundente : Es más fácil recibir ropa que ponerse a escogerla.

Su hija y su esposa vivían con él en El Palomar. Ella trabajaba en Telecom, él nunca tuvo oficio remunerado. Salía todas las mañanas a caminar por el centro, por Chapinero o por la Plaza de Paloquemao que le quedaba cerca. Llevaba una mochila y en la mochila, pepinos. Si le daba hambre sacaba un pepino y se lo comía. Sin partirlo, sin echarle nada, sin dejar de caminar.

De hecho se comía poco en El Palomar. Mi tío Hernando y su esposa siempre ofrecían galletas de soda untadas con paté y no importaba qué tanto tiempo tuviera uno para buscar, nunca hallaba nada diferente a paté y galletas de soda compradas al por mayor. En cambio, encontraba bolsas plásticas llenas de cascaras de huevo, plátanos olvidados a su suerte y un cuarto completamente lleno con cajas de pollo asado de la Surtidora de Aves original de la Calle 22.

Quizás en mi familia se recuerde sobre todo el detalle de las cajas de pollo, en particular porque, como ha quedado dicho, a mi tío nunca se lo vio comiendo algo diferente a pepinos, galletas y paté;  yo en cambio recuerdo que mi tío hablaba por horas, conocía las últimas noticias y era capaz de relacionarlas con cualquier suceso de la historia colombiana y universal de los últimos dos siglos, escuchaba a Los Visconti y, claro, a Leonardo Favio, cantautor argentino (esa es la debilidad familiar) y aunque en su casa no había libros sino revistas de Vanidades, había leído todo lo que yo no voy a alcanzar a leer en la vida. Recuerdo que en El Palomar todos los muebles eran de mimbre, que tuvieron reproductor de discos compactos antes que nosotros y que su hijita era la envidia de mi hermana porque tenía toda la colección de la Barbie.

Y, claro, me acuerdo del aguardiente que complementaba la dieta de mi tío Hernando y su esposa. Me acuerdo de la botella que mi tío Hernando metió camuflada en su mochila a mi cena de primera comunión y que obligó por parte del restaurante a cobro de descorche y por parte de la familia a amonestación general con amenaza de cambios en la repartición de eventuales herencias. Recuerdo el aguardiente de mi tío Hernando que en cierta forma lo explica y que a nadie más, nunca, he visto tomar con clase.

Porque llegarían los días en los que uno se da cuenta que es posible tomar con gente diferente a los tíos y entonces la familia se vuelve aburrida y por años sería imposible admirar a alguien del clan.

Con el tiempo, mi tío Hernando dejó El Palomar, su esposa se jubiló y su hija se casó y vive en Tokio. Ella sí avisó y la ceremonia fue sencilla. El esposo no es japonés, es colombiano pero trabaja en Tokio. En la fiesta sirvieron aguardiente y hubo baile con organetista en vivo. Mi prima de vez en cuando les manda postales, en todas sale el monte Fuji. 

Ahora mi tío y su esposa, escuchan a Los Visconti y comen paté con galletas de soda en una casa de niveles en los cerros. Si uno abre un cajón puede encontrar o una cajetilla de cigarros llena de ceniza o una botella con agua depositada ahí en caso de una emergencia nuclear, pero por más que busque entre todas las habitaciones de la casa (y eventualmente dé con una cabeza de pescado abandonada por meses en una olla) no encontrará la colección de cajas de pollo.

Fui a visitarlo una vez, ya tiene muchas canas y eso es lo que queda de su afro, pero todavía habla de todo. Me dijo que en la casa de enfrente vivía Don Chinche. Me asomé muchas veces y no lo vi por ningún lado.

Por: Ricardo Abdahllah