18 de Junio, 2007, 12:36: ÁgataUn libro para ti


Otros días, otros juegos
Autor: Manuel Vicent
Editorial Alfaguara.

Manuel Vicent, escritor valenciano, es también periodista. Ha publicado además Tranvía a la Malvarrosa, Jardín de Villa Valeria, Las Horas paganas, Son de mar, la Novia de Matisse, entre otras. Colaborador habitual del periódico El País.

Este autor goza de gran prestigio dentro de ciertos círculos literarios, sus artículos en ese periódico se leen con cierta sensación de placer, igual pasa con sus novelas. En ésta que decidimos exponer hoy, el autor nos pasea por la historia reciente de España, por las páginas del libro desfilan los personajes que terminaron influyendo en la vida política del país, al lado de personas anodinas, enredadas en sus miserias particulares, luchando por ser felices en la sociedad que se estaba transformando.

El transito de niño a adulto, el cambio del campo a la ciudad y de la ciudad antigua y pacata a la moderna y liberal, la dictadura al socialismo. Todo ello narrado, a veces desde la íntima reflexión y otras desde la fria mirada de la historia. Bien narrado, agradable de leer, pero al cerrar el libro, en mi cerebro baila el eterno interrogante, ¿no es más de lo mismo?

Dudo. Acaso los seres humanos tenemos que contarnos una y otra vez nuestra historia para no repetirla, o ya está bien, punto final y a otra cosa?

O, y me remito al anterior artículo sobre la critica literaria, ¿será que la novela histórica está viviendo su época dorada y las editoriales quieren exprimir al máximo este filón?

Por: Ágata


18 de Junio, 2007, 12:08: ÁgataUn libro para ti




Hasta hace unas décadas, cuando un escritor publicaba una obra no dormía pensando en lo que iban a escribir los críticos en la prensa. Sentía que su vida dependía totalmente de ese “docto” señor que firmaba la columna literaria del periódico.

Hoy esa figura se ha diluido. Los artículos dedicados a la critica literaria no son más que una homilía de halagos, casi siempre, pagados por la industria editorial para impulsar las ventas. Y si alguien se atreve a pensar de manera diferente, inmediatamente se le lanzan, artículo en ristre, toda la cofradía de periodistas especializados o escritores que quieren hacer meritos, en defensa del autor promocionado. Estos movimientos, desde luego, logran levantar ciertas voces que repercuten en la caja registradora.

En medio de eso se halla el lector, anonadado por tal cantidad de libros, de comentarios, de sugerencias, de modas o conveniencias. ¿Qué leer?

La globalización lo paraliza, puede leer absolutamente de todo y ese ámbito, que debería ser ideal, pues tiene la libertad de escoger, se convierte en un revulsivo. No encuentra nada que agite la calma chicha de su rutina.

De una parte, la escaza critica que encuentra no le basta; de otro lado, la oferta es tan amplia que se pierde en ambiguedades, y cansado de recurrir al viejo recurso de releer los clásicos, se atreve con lo nuevo. Voy a leer este – piensa el lector - que acaba de ganar un premio en Barcelona, o Madrid, Buenos Aires, Mejico o Bogotá. Así que con recelo lo compra, va caminando hacía la tranquilidad de su sala con el libro bajo el brazo, saboreando de antemano esas páginas nuevas, de un autor nuevo, pero a medida que camina, algo le revolotea en su cerebro, ¿será bueno? y si resulta que el ganador de este premio fue elegido porque pertenece a un país del tercer mundo y hay que ayudarlo, o es amigo del gerente regional de la editorial que pretende hacer negocios con la Europa del este, y como están haciendo meritos para ingresar al primer mundo, pues hay que darles un reconocimiento, o simplemente el autor tiene la suerte de ser sobrino del mayor accionista de la editorial. O el escritor ganó el último reality del año, o es hijo de la famosa X, o denunció la corrupción de cierto político... el menú, como pueden ver, es demasiado amplio.

Nuestro lector finalmente llega a su casa, abre el libro, sus ojos se despliegan por los renglones y a pesar de que lo lee con cierta facilidad, los hechos narrados y la forma como están aderezados literariamente no lo desilucionan, ni lo obligan a cerrar el libro tirándolo a un rincón. Más bien, llega en dos días a la página final, cierra el libro, se queda mirando al frente. ¿Y?

Igual pasa con la literatura en la red. Se escribe mucho, se publica de todo y los comentarios que llegan a las webs especializadas o a los blogs, casi que se copian unos a otros. Lo que en principio se pensó que iba a ser una puerta abierta a más opciones, más diversidad de opiniones, una especie de exposición a cielo abierto de los escritores frente a sus lectores, resultó ser un gran fracaso. La gente que critica no lo hace desde una perspectiva imparcial, sino que vomita sus conceptos de la forma más abrupta posible, mientras que el otro bando se niega a poner por escrito sus opiniones, conformándose con criticar u opinar fuera de la página o blog, allí en la tibieza de su cuarto, ante unos pocos amigos o en lo más íntimo de su mente. Sólo muy pocos se atreven a dejar su opinión y gracias a ellos, o quizás por ellos mismos, las cabezas que están tras las webs o los blogs,  siguen insistiendo en sus publicaciones, siguen facilitando las herramientas para la participación.

Ahí está el punto culminante de la critica, cada vez se escribe más, se escribe mejor, estructuralmente hablando, pero no haría falta otra cosa, un relámpago en la oscuridad, una arruga qué alisar, un resquicio por donde respirar.

Una cosa es cierta, ya no hay critica, las personas encargadas de ese trabajo han perdido su credibilidad, el lector está solo ante la avalancha de obras, resultado de las leyes del marketing. ¿Era eso lo que queríamos?

A lo mejor resulta que el mundo ya no necesita de esa figura y es una absoluta tontera lo que he escrito.

Por: Ágata

18 de Junio, 2007, 11:03: SelváticaAlaprima






















Es noche de navidad. No tengo con quien pasar la noche. Voy a casa de una señora pobre. Los pisos son de tierra. Las camas muy juntas.Tienen muchos hijos pero en casa quedan unos pocos. Las camas están muy juntas y no podemos pasar por entre ellas. No habrá cena de navidad. No hay bombillos de colores. No hay árbol de navidad, ni belén. Los niños más pequeños amasan vírgenes y ángeles de barro. Me acerco a ellos. Voy a ayudarles. Vamos a hacer un belén. Meto mis manos en el barro y hablo con ellos. Cuando los miro a los ojos, me doy cuenta que los niños son de plastilina, delgados, frágiles. Los tomo con cuidado y los coloco en la palma de mi mano. Se convierten en arañas. En la casa ya no hay nadie. Llamo a una tia, a una prima, nadie me responde.

Salgo a la calle. Desolación, miedo a la calle vacía. Aprieto mi bolso, que es un cartón de Ariel de 5 kilos. Me siento a salvo.

Por: Selvática