23 de Junio, 2007, 5:41: Charo GonzálezHablando de...

 


"Recital de miradas entonando una misma dirección."

"No tires los dados si ves la carta del contrario y mueve retrocediendo en cada apuesta, el juego limpio no está de acuerdo con el rugido del pavimento"

"Duerme siendo niño y al despertar descubre el pasado como presente y el futuro por terminar, páginas que escribir en el siguiente sueño."

"Cuatro veces, cuatro giros, cuatro vientos, cuatro destinos, en el tercero estoy y olvidé los anteriores para enfrentarme al cuarto."

"Los mensajes permanecen en casa esperando ser escuchados."

"Enreda tus dedos entre las letras, deja que ambos encuentren el abrazo creador de palabras."

"En la oscuridad de las decisiones individuales brilla la luz de los consejos de la libertad."

"Y sabiéndolo desde siempre lo olvidamos diariamente, deja que su puerta se abra cuando quiera, no dudes de la idéntica capacidad de la individualidad."

"Muda el rostro que muestra en la dirección de su mirada sin ojos, depende del dévil y evita al fuerte."

"Y la luz rompió en colores los hogares de los indecisos, las puertas se abrieron para inundar las estancias."

Por: Charo González

23 de Junio, 2007, 5:27: GladysGeneral


    Los pies cansados se lamentan, los dedos agarrotados de mundo se paralizan, enmudecen y tercamente se niegan a obedecer, a pesar de que el cerebro los conmina a continuar. Pero, ¿a dónde van a ir? Si los caminos ya no son rectos, si ese pobre ser humano ahora sólo se mueve en círculos, rodeando su futuro una y otra vez sin atreverse a dar el primer paso. Y sin embargo no sólo se trata de sus pies cansados, sus manos también se niegan a apartarse de los costados de su cuerpo, los ojos se negaron a abrirse y se perdieron en el negro absoluto de la inconsciencia, los oídos se cerraron a los borboteos exuberantes de la vida, pero en alguna rendija de ese cuerpo una débil fuerza espera expectante una señal; desde lo más profundo de las entrañas se halla alerta y obliga a ese pobre ser  atormentado a levantar la cabeza, a olfatear el aire, a esperar que de un momento a otro los vientos cambien de dirección y sean ellos los encargados de traer de nuevo ese olor tan amado.
    Poco a poco ese rayito de luz va cobrando fuerza, va horadando el cerebro y muy lentamente revive, en extraña alquimia, los olores que un día le dieron la vida y que por ello se guardaron latentes hasta que fue necesario revivirlos.
    Ahí están el olor a leche tibia de su madre, un olor que su instinto identificaba con la savia vital, y que la obligaba a prenderse de esos pechos y succionar hasta que la sensación de bienestar la desmadejaba y se sumía en el dulce sopor del sueño satisfecho. Más tarde fue el olor a asado de su casa, el olor de las sábanas secadas al sol, del jabón que usaba su madre para la ropa blanca, los ácidos olores de la escuela, el azahar de su profesora de lenguaje y cuando se sorprendió con la sangre entre las piernas, también supo que algo decisivo se cocinaba en  su ser, por eso emanaba aquel olor a mar, un olor que no alcanzaba a definirse por aquellas fechas hasta que encontró el amor, entonces el olor ya no necesitó de elementos extraños para aposentarse primero en su nariz, luego en su cerebro y por último en su alma.
    Recordó que al llegar tarde a casa, se detenía un momento antes de encender la luz, cerraba con llave cuidándose de no despertar al amor, luego, ya plenamente segura de estar a salvo dentro de su territorio, cerraba los ojos y dejaba que su nariz la guiara hasta el lecho, como un ciego levantaba sus manos y recorría a tientas los caminos que el olor del cuerpo amado le describía. Entonces retardaba la acción, se detenía un momento para almacenar grandes dosis de aquel olor y cuando se encontraba totalmente llena, dejaba que fueran los otros sentidos quienes se desbordaran en las lides amorosas.
    Esta madrugada repite cada uno de los pasos sabidos mientras intenta hacer que su memoria se narcotice, uno a uno va repitiendo los movimientos y al llegar al lecho nota que algo le pasa a su nariz, a su cuerpo entero, instintivamente salta  hasta el techo, se aferra a la lámpara y desde allí contempla aquella cama completamente lisa.
    Al poco tiempo los vecinos organizaron una brigada para descubrir a esa gata lastimera que no los deja dormir en paz.

             IV DE LA VIDA, DEL AMOR Y DE LA MUERTE

Por: Gladys
23 de Junio, 2007, 5:10: Daniel ValeroGeneral

 
    Muchas veces en la vida no sabemos realmente que o quienes somos: simplemente nos reflejamos en el espejo como un sin número de imágenes que parecen más un flash de incongruencias que un recuerdo. Tal era el caso de Jaime; joven solo pero tolerante, abstraído pero consiente, ilógico pero realista, soñador pero insatisfecho: en fin, simplemente un ser humano.
    En uno de sus tantos paseos al atardecer, dados mil y unas veces por la pasarela gris en que se han convertido las calles de nuestra ciudad (circo urbano de estéticas y frivolidades), Jaime fue sorprendido por una insospechada sorpresa: él mismo.
    La presencia del único ser que había visto hecho a su imagen y semejanza, en medio de una ciclo ruta y justo en frente del más desdichado de todos los árboles (nefasto inodoro de los más sucios perros del sector), lo llevó a tal extremo de perplejidad, que las lagrimas salieron de sus ojos en un impulso de impotencia por no poder entender lo que veía. Miedo, ansiedad, soledad, sensaciones indescriptibles comenzaron a recorrer  cada partícula de lo que podríamos decir que era Jaime.
    Jaime siempre caminaba en sentido contrario de las manecillas del reloj por su afán inconsciente de vencer el tiempo, y al ver que, luego de que su espasmo de sorpresa pasara, su imagen caminaba en el mismo sentido que lo hacía el segundero de su Casio, no toleró ser una pieza más de la pluralidad; siempre había rechazado la idea de ser un objeto cualquiera en el mundo.
    Una mirada de admiración se posó sobre él y experimentó la sensación de ser juzgado por cada acto de su vida.

 -       La banana en el comedor de Juana
no fue mi culpa.
-       Da lo mismo. Usted se la aventó a la
cara.
-       Los cigarrillos estaban sobre la mesa
-       Su mamá murió de cáncer en el
pulmón.
 

-       La bicicleta esta abandonada en el parque.
-       El dueño era su mejor amigo.
- Ella no me daba el beso en sano juicio.
- Su papá perdió una mano ebrio. 

    Tantos pensamientos para un solo segundo era algo que Jaime no podía soportar.

     Pasó la calle sin temor alguno al transporte público, que amenazante invadía una de las tantas “arterias principales” de la ciudad; él mismo seguía ahí… siguió a empujones entre la gente, que bajo el cielo nublado esperaba con ansiedad el bus que los llevaría quien sabe donde; él mismo seguía ahí… corrió desesperado entre calles llenas de polución, pasó frente a construcciones antiguas que rememoraban el esplendor de otras épocas, saltó bolardos en su intento por no caer como el mejor atleta nunca antes visto; pero él seguía ahí.

-       Simplemente era un poema.
-       El bibliotecario se lo advirtió. 

-       Error. Yo lo escribí.
-       Mentira. Igual que usted.

-       Él lo aceptó.
-       No. Desprecio. 

- Envidia. Igual que todos.
- Soy usted. 

-       No. Yo soy usted.
-       Usted no es nadie. 

-       Da igual. Así es todo.
-       No. Yo soy todo.

     Luchando contra él mismo, absorto por sus recuerdos y esperanzas, había vuelto al mismo punto donde antes se encontró.

    No es fácil regresar al punto de inicio cuando este se convierte en el principio del limbo, y así lo había entendido Jaime; imposibilitado por el cansancio y las lágrimas que nunca dejaron de caer de sus ojos, en un arranque heroico por su vida, sin otro objetivo que entender, enfrentó a su imagen-reflejo-recuerdo, con la misma valentía con la que en las mañanas se enfrentaba al espejo.

    Sentirse juzgado por la mortalidad de un ser hecho a su imagen y semejanza, fue la causadle estridente grito que expulsó Jaime desde lo más profundo de sus pulmones, asustando de muerte al perro que en aquel instante utilizaba, fisiológicamente, el mencionado árbol, y por controversias del viento, causando una invasión de hojas secas, caídas de los árboles en todo el ambiente de aquella cuadra citadina.

    Él mismo se llevo sus manos a la cabeza, imitando los gestos de Jaime, sintiendo como se desvanecía su presencia entre las hojas y su juicio se perdía en las profundidades de la conciencia de Jaime, entregándole la más anhelada libertad de humanidad y creación…

    Un cuerpo incoloro calló sobre el cemento dejando ver un delgado hilo de sangre que salía de sus fosas nasales como si fuese el río por el cual navegan los instantes del recuerdo y se pierden entre las rejas de la alcantarilla más cercana.

    La luz fatídica de un vehículo que pasaba, pegó tan fuerte en sus ojos que lo trajo de nuevo al mundo de la urbe; los pitos de buseta y la iluminación de los postes de luz, le recordaron a Jaime que eran sobre las siete y media de la noche y debía volver a su apartamento a recibir la llamada del hombre al que le había escrito su primer poema.

    Al subirse en el primer bus que pasó, luego de cruzar la registradora, puerta al incógnito campo de la guerra del centavo, sentarse al lado de una ventana en la ultima silla y recostar su cabeza sobre el vidrio, sintió la tranquilidad de volver a ser el mismo; la piquiña insidiosa en el cerebro, de ser alguien, volvía a su cuerpo.

    Sintiéndose el resultado de cada uno de los pensamientos de los demás pasajeros, Jaime tomó la firme decisión: no correría más riesgos, suspendería del todo sus caminatas al atardecer.

Por: DANIEL VALERO…
23 de Junio, 2007, 4:49: Ricardo AbdahllahGeneral


    Nunca me siento tan destrozada como entre dos picos de borrachera; sí, eso debe ser lo peor, aquel momento en que se experimenta al mismo tiempo la completa conciencia remordimiento completo. Ahí es donde puede llegar el sueño, el vomito o un nuevo trago. El nuevo trago es lo mejor, porque el sueño suele venir envuelto en visiones que deliciosamente analizaría si las pudiera simplemente ver sin estar dentro de ellas, pero que son vívidas y reales y es imposible pensarlas. Sólo se puede sufrirlas. El vomito era un alivio en otros tiempos, cuando representaba la liviandad y la detención de los giros del mundo, pero ahora duele como si no sólo el contenido del estómago saliera por la boca sino también el estómago se saliera. Además el mundo ya no gira nunca y ya no siento mareos, sólo ese temblor terrible que incluso la primera vez me pareció gracioso “Mira, estoy llegando al delirium tremens” le dije a mi prima, la que vive conmigo,  o más bien la que me da posada. A ella no le hizo gracia. “Zelanda”, me dijo “el trago te va a acabar de joder. Vas a terminar como Harold”.  Dicen que Harold está llevado, que está viviendo en la Calle del Muro que es la peor calle de Santa Marta y que para fumar enciende las colillas que encuentra en la calle.  Yo no lo he visto. Incluso a veces  he pasado por ahí en taxi, he mirado y no lo he visto. Pero ya varias personas me han dicho o sea que debe ser medio cierto. Si Harold está viviendo allá debe también estar metiendo mucho.  Tenaz, pero no creo que yo llegué a terminar en la Calle del Muro. No creo, sinceramente.
    Aunque sí he metido, pero sólo un par de veces. Ni comparación a lo que he tomado.  Y coca sólo una vez, la misma noche que regresé a Santa Marta y pasé por el hotel donde Harold tocaba en otro tiempo. Esperé a la salida a Carreño, uno de sus compañeros de orquesta, y él se emocionó de verme. Caminamos por la playa y nos sentamos a tomar cerveza frente a la Gobernación. Cuando lo conocí él no metía, pero demostró maestría al servir un cuartico de tubo, inhalarlo y pasarme otro cuartico. Me preguntó si yo había metido coca en Estados Unidos (con la pinta de Johnny B., supongo que Carreño se imaginaba que nos la pasábamos metiendo). Le dije que sí, pero era mentira porque Johnny B. sólo metía marihuana. Me acerqué la mano a la nariz y chupé como él había hecho. Se me vino la sangre, pero antes la boca me supo a mierda y se me secó la lengua. Sólo entonces, sin que yo preguntara, me habló de Harold. Dijo que había salido de pelea con todos y ya no tocaba con ellos. Que la gringa que se había traído a vivir lo había dejado al mes. Que estaba jodido. Que vivía en la calle.

    Lo de la calle era nuevo para mí, pero que ya no tocaba con ellos ya lo había notado. Cuando llegué esa noche al hotel, la orquesta estaba tocando y, aunque  la mayoría de los músicos eran los mismos que dos años atrás, no tuve ni que buscar a Harold para darme cuenta que no estaba. Él siempre destacaba. Era el más alto de todos y no sólo eso, tenía porte. El tipo que ocupaba su puesto también era alto pero flacuchento y encorvado. Toda la orquesta se veía miserable sin él. Ningún empresario que pasara por ahí volvería a llevarlos a una gira por los Estados Unidos.
    Aunque para qué gira si uno regresa en las mismas.  Así sea tarde como yo, pero regresa en las mismas. Y sí uno se demora peor, porque, a pesar de la cara de alegría que iba haciendo el día que me por fin me largué, salir de Fayetteville no fue fácil. Ni siquiera a los latinos del pueblo les caía bien y si tuve que vender las dos guitarras que Johnny había dejado en la casa fue porque ni siquiera ellos me ayudaron para el pasaje de regreso. Le pedí dinero a todo mundo, al fin y al cabo no pensaba a volver. Incluso al tipo que me vendía el trago y a una rumana que de vez en cuando tomaba conmigo. Ella era amable, tal vez era la única persona que, no sólo prestado, me hubiera regalado el dinero; pero había perdido su trabajo dos semanas antes y no podía disponer de sus ahorros. Sólo a ella, en la misma semana en que perdió su trabajo, le conté que mi intención era largarme. Sólo a ella, si me hubiera prestado el dinero, me habría importado pagárselo. Éramos buenas amigas; llevaba años viviendo en Fayetteville y tenía dos hijos. Su esposo había muerto cuando tuvo la brillante idea de viajar a Rumania para ayudar a las guerrillas. No combatió ni un sólo día, murió en el camino en un accidente de tren y el gobierno de Ceausescu cayó sin su ayuda. Desde entonces tomaba y era la ebria del pueblo, hasta que  yo  llegué y empecé a tomar con ella. Sola también, pero muchas veces con ella. Se llamaba Helena o Elena y creo que para ella yo era Zelanda o Selanda o tal vez Celanda. Tomaba lo que fuera. Le iba a hacer falta pero igual tenía que irme.   
    Tenía que irme porque  yo sabía que en una de sus giras Johnny B. no iba a volver y si él no volvía  yo no podría seguir soportando Fayetteville. Yo sabía cómo eran esas giras,  yo  sabía que aunque había perdido casi todos los dientes de enfrente en peleas y se le veían los huecos, él era capaz de sacar una sonrisa a labio puro. Estaba de gira en el norte de California y luego iría a San Francisco. El día que se fue dijo que buscaría trabajo en Frisco y volvería por mí. Pero lo mismo había dicho cuando estuvo en Baton Rouge y en Kentucky y cuando duró dos meses tocando con su banda en cuanto café los dejara tocar en Nueva York.
    Fue durante esa gira cuando por primera vez compré una botella y me la tomé sola. “En Fayetteville, Georgia perdí a Harold, en Fayetteville conocí a Johnny y en Fayetteville me voy a volver alcohólica” pensé y aunque era un chiste tenía razón. En Fayetteville cualquiera se vuelve alcohólico. En medio de la quietud calurosa de un mediodía que dura todo el día no hay otro camino. En ese largo mediodía el aire asfixia como si uno todo el tiempo respirara frente a una hoguera. Y si uno está solo pues bebe. “Voy a terminar como la rusa esa” pensé, también en chiste, mientras servía la primera copa. Y no era rusa sino rumana, pero en el fondo da lo mismo. El vino que me tomé era californiano y también da lo mismo. En la única licorera grande de Fayetteville los vinos estaban organizados por países y regiones, pero yo escogí ese porque el nombre me recordó una canción. Había salido de la casa con ganas de tomar vino, quizás porque antes me había tomado cuatro cervezas. Las cuatro que quedaban del twelve pack que Johnny compró la noche antes de que se fuera de gira.
    Esa noche tomamos las otras ocho y también fumamos un poco. Cuando Johnny estaba en casa todo marchaba bien. Llevábamos un año juntos y ya hablábamos de hijos, lo que de paso me serviría para legalizar mi situación y poder trabajar en algo. Johnny sólo decía que tan pronto tuviera un contrato fijo lo haríamos. Yo le decía que por supuesto, que iba a llegar el gran día, que esperaba con paciencia. Yo estaba feliz aunque en la mañana habíamos medio peleado. Se levantó tarde y me habló emocionado de Nueva York, a donde nunca habíamos ido. También mencionó otra cantidad de pueblos.
    “Irónico” le dije casi regañándolo “Empecé a ser tu amante cuando Harold me dejó tirada en Fayetteville por irse de gira y ahora tú haces lo mismo. Mala hora en la que me dio por enamorarme de músicos con talento”. La frase no me salió a la ligera, llevaba tiempo pensándolo, dándole vueltas. Qué hacía yo atrapada en Fayetteville, el pueblo más aburrido que conocí en mi vida. Por qué me había quedado con Johnny B. si Harold era más hermoso, tenía los dientes completos y no fumaba marihuana (no que a mí no me gustara la marihuana sino que uno crece con la idea de que una persona que no fuma marihuana es mejor que una que sí). Pero el que regresó fue Johnny. Me dijo que Harold se devolvía para Colombia con una gringa, que ya había terminado la gira y que no iba a recogerme.
    Yo lo sabía, o me lo suponía. El día en que de entre todos los músicos de todos los grupos invitados al “Fayetteville World Music Festival”  los organizadores sacaron una orquesta de Jazz Latino. Harold no sabía qué putas era el Jazz pero se le hacía que podía tocarlo. Johnny B, era el bajista, ya me lo habían presentado. Era de California y no tenía dientes. Johnny me miraba a mí y Harold miraba a una de las coristas. Era gringa y bonita, la única de todos los seleccionados que había estudiado música en la universidad. Eso lo dijeron el último día del festival, que de todas las orquestas iban a sacar músicos para hacer una orquesta de jazz latino para una gira de un mes. Cuando nombraron a Harold yo lo besé, antes estábamos abrazados con todos los de la orquesta. A Johnny y a la corista ya los habían nombrado. A ningún otro de la orquesta, ni siquiera a Carreño que era el que más tiempo llevaba, lo llamaron.
    Fue un final emocionante para un festival emocionante. La orquesta de Harold había tocado el día anterior y ya todos estábamos borrachos. Y lo mismo el día anterior y lo  mismo el día anterior y en una de esas borracheras conocí a Johnny y me pareció buen tipo. Y sí era buen tipo. Lo fue por un tiempo. Qué iba yo a saber qué camino tomarían las cosas. Era sólo rumba y nos encantaba Fayetteville.
    Nos encantó desde el principio, desde el primer día que llegamos.  A pesar del calor y de que nos dijeron que no llovía nunca y que el pueblo sólo se sentía vivo durante los cuatro días que duraba el Festival. Esa primera noche le dije a Harold que me gustaría quedarme a vivir en Fayetteville. Pero no sé si era en serio,  yo estaba feliz de viajar con él y le hubiera dicho la misma bobada en cualquier lugar del mundo. No, ni siquiera viajar. Era el hecho de estar con él, de que me miraran y dijeran que  yo estaba con el tipo más pinta del festival. Era el hecho de que en Santa Marta decían lo mismo y a pesar de eso la gente nos quería.
    Tanto que el gerente del hotel no dudó en regalarme uno de los cuatro cupos que sobraron cuando a toda la orquesta le salió viaje a un festival en Estados Unidos. La razón era clara, uno de los promotores del festival había pasado una temporada en Santa Marta y se había enamorado de la orquesta. Ahora los invitaba a Fayetteville. Nadie, ni siquiera el gerente, sabía dónde quedaba Fayetteville, tocó buscar en unos libros. El gerente dijo que quedaba en Georgia. Nadie sabía dónde quedaba Georgia. El gerente llamó a una agencia de viajes y luego a otra y luego a otra hasta que le dijeron que quedaba cerca de Miami. Pues no tan cerca, pero más o menos. El viaje de toda la orquesta debía costar mucho dinero, pero el Festival lo pagaba todo. Hasta los acompañantes.
    Harold se había enterado desde antes y me había dicho que me tenía una sorpresa. El gerente del hotel habló con él antes de anunciárselo al resto. Y eso que Carreño era el más veterano. Pero Harold era el fundamental. Los de los cupos extras estaba arreglado. Harold y yo llevábamos un año saliendo y dos meses viviendo juntos y  como yo no estaba trabajando siempre iba a verlo a los ensayos.  Siempre desde el día en que le dije a mi prima que me iba porque Harold me había invitado a vivir con él. Mi prima estaba un poco ebria cuando se lo dije pero me felicitó. Ella se embriaga con dos cervezas, pero se tomó una tercera conmigo. Le conté todo con detalles.
    Le conté que  me dijo que si me quería ir a vivir y yo le dije que sí. Así de simple porque los momentos cumbres son momentos simples. Antes de que me lo dijera habíamos tomado champaña y me sentí un poco mareada. En esos días me mareaba un poco con el trago, pero su propuesta me quitó el mareo. Pero lo veía venir, lo veía venir desde la primera noche que pasamos juntos. Antes de que me desnudara le dije a Harold que nunca íbamos a abandonarnos, que íbamos a estar juntos toda la vida. Yo sólo confirmaba lo que él había dicho cuando entramos al cuarto alumbrado con una lámpara de kerosene en el hotelucho cerca a la playa. “Nunca te voy a abandonar” dijo “Siempre vamos a estar juntos”.  Y  yo  le creí. No estoy segura pero creo que le creí. Creo que le creí porque había estado esperando que dijera esas palabras desde la primera vez que hablamos. O tal vez desde antes, desde la noche de mi baile de despedida del colegio, cuando al terminar una canción me quedé mirando a los ojos al músico más hermoso de la orquesta.

Por:   Ricardo Abdahllah