8 de Julio, 2007, 13:14: Charo GonzálezHablando de...



"Sólo cuando es pasado nos damos cuenta del absurdo de no dejarnos sentirlo plenamente."

"En un libro encontré espacio para escribir el futuro de la propia vida. En un cuadro descubrí los intensos tonos de la existencia."

"Aquel que no tiene que estar a la defensiva conoce bien a su enemigo."

"Un día, muchos lugares, una voz, muchas palabras. Únicos y tan iguales….cruzó y se confundió con el universo. Manos de estrellas, ojos de cometas, uno en el todo y uno en la inmensidad de la nada."

"Descubre la realidad dentro de la fantasía de una luz esférica rota en minúsculos encuentros contigo."

Por: Charo González

8 de Julio, 2007, 13:05: GladysGeneral

 

    Yo no tengo la culpa. No sé cómo explicárselo. No sé de qué forma le puedo hacer entender lo que en realidad sucedió. Mire usted, llevo aquí más de tres horas repitiéndole lo mismo; cosa que me hace dudar – y perdone que se lo diga – de la capacidad de su cerebro. Yo no tuve la culpa, me entiende: n o  t u v e  l a  c u l p a; fueron ellas o más bien ellos, sus negros y gruesos abrigos que me hechizan cada vez que llegan las lluvias, los que me impulsan a tocarlos con la punta de acero, es una ebullición de adrenalina en estado puro, ¿le sucedido alguna  vez algo parecido? No, creo que no. Pues bien, al principio me siento un tanto cohibido, es algo así como retardar el placer, como cuando uno deja un trozo de chocolate sobre la lengua y espera que se derrita un poco hasta que las muelas no aguantan más y se hincan sobre éste inundándonos la boca de partículas que... ay, perdone que me salga del tema. Bueno, recapitulo. Luego me lanzo directamente a las costillas de los pasajeros y no me detengo hasta encontrar el hueso, seguidamente me escondo entre los pliegues de la tela de raso, a veces cambio de sitio, más que nada para evitar la rutina, y así una y otra vez hasta que inevitablemente me entra el aburrimiento, entonces me dirijo a los huesos de los pies, sobre todo de las mujeres, aunque ahora con esas botas. ¡Es la moda, sabe! Pero no nos extraviemos. Ahora que lo pienso, también me atraen los placeres lentos, como el ir acercándome despacito hasta las piernas de las colegialas y cuando ya casi estoy rozando su piel, me estremezco como poseído de un arrebato epiléptico y les lanzo todas las gotas que he acumulado. Entonces ellas saltan, chillan o me lanzan improperios dignos de las mejores verduleras de antaño. ¡Hay que verlas sí señor!

    Por último y para no aburrirlo demasiado, a veces me entra la nostalgia, entonces me enrosco sobre el espaldar del asiento, en algún bar, donde aún me dejan entrar, claro, y voy dejando caer poco a poco la lluvia acumulada mientras se van dibujando mundos que jamás habitaré. Sí, usted dirá que esas son chiquilladas en cambio lo del cóctel de ojos es una burrada. Pero ¿qué quiere? Tiene que entenderlo, son muchos meses escondido en un cajón del armario.

 
Por: M. Gladys Fuentes G.

8 de Julio, 2007, 12:55: Latina UnidaGeneral





Al norte de Paraguay, entre un cordón de sierras, se encontraba Caimaá, el pueblo más antiguo del país.

Sobre la sierra más alta, vivía Juayká la última indígena guaraní. Un día comenzó a llorar sin detenerse, porque su raza  se había ido con el siglo, y con la mano del hombre blanco. 

Al mismo tiempo, el pueblo de Caimaá se vio desbordado por una lluvia, que como un diluvio apocalíptico amenazaba  inundar toda la zona. 

"Algo está pasando allá arriba" se dijo Artemio, el más joven de los pueblerinos, y el más bondadoso de los corazones.  En la suma de virtudes, también el más sabio.  Escaló la sierra, y llegó hasta donde estaba Juayká, sentada sobre un tronco bajo el prisma  que proyectaba la luz  la luna. Allí arriba no llovía. 

-     Por favor cheraá, ya no llores, mi pueblo abajo se morirá-

-     El mío omanó  hace tiempo- le respondió.

-     ¿Qué puedo hacer por vo´cheraá?-

-     Procrear mi raza nuevamente, sólo tenés  que mirarme con los ojos del alma-

Apenas ella terminó de decir esas palabras, toda su figura se transformó, vistió su juventud nuevamente, y era la india más bella que los ojos de Artemio vieron jamás.

Ella alzó sus ojos negros, y en su lengua guaraní le dijo:

 

Renací de mi misma

Quiero sembrar mis genes

Resucitar mi estirpe

Escucha los tambores

De mis senos...

La grieta de mi tierra

Se abre a tu deseo.

Vamos a copular

Sobre la hierba

Lejos de la mirada moral

Del hombre blanco

Voy a parir de nuevo

La simiente ancestral

Multiplicar raíces

Y ser un solo árbol.

Vamos! Ya vuelo

Hasta mi origen

En mi caballo alado

Bebamos la utopía

Del cáliz de mi vientre

Y sembremos de hijos

Este suelo sagrado.

 

Al otro día, Artemio la buscó entre sus brazos, pero Juayká ya no estaba, en su lugar, había un árbol de maité.

Abajo en el pueblo de Caymaá, había cesado la lluvia. Nueve meses después,  nacieron en el pueblo doce niños, y doce niñas. Nunca y por más que lo intentaron, pudieron aprender el español, sólo hablaban guaraní.

Nota:

Cheraá= mi querida
Omanó= Morir.
 

Por: Blanca Acosta Latinaunida

 

8 de Julio, 2007, 12:40: SelváticaAlaprima



Ante mis ojos aparece la playa cortada en dos pedazos muy bien definidos:

Uno cálido,
soleado,
la arena quema y arde en la planta de los pies,
asfixia;
el otro está en penumbra,
es tibio,
grato
y alli el amor aguarda por mí.

Por: Selvática
8 de Julio, 2007, 12:26: Ricardo AbdahllahGeneral

ironic that  they go for the eyes first[1]

    Aunque sabía con certeza que no vería una nueva noche, el viejo Alcibiades Vanegas, Alcibiades Mostaza para los amigos, se levantó temprano, a la hora en que los buses comenzaban a arrojar el humo casi sólido sobre el andén donde dormía. Escondió su colchón y sus cobijas en un lote baldío, se arregló a ciegas la barba con una cuchilla oxidada e inició su rutina de buscar cualquier trabajo. Sabía que había cometido un error y se consolaba tratando de convencerse que ella no lo notaría. Se decía que esa mujer tenía que estar loca para haberle pedido que hiciera lo que hizo, pero sabía que no era así, que ella llegaría tarde o temprano y le haría pagar.
    “Hace tiempo que no sentía tristeza” dijo, limpiándose la cara con el reverso de la manga “Cuando era niño encontré un gato enfermo y se me murió en las manos. Desde ese entonces.” “No le va a pasar nada, Alcibiades Mostaza, aquí todos vamos a estar pendientes” “Ella me va a encontrar y me va a cobrar el error”. “Un error es un error, Viejo Alcibiades. Todo mundo se equivoca” “Ojo por ojo, diente por diente”
    Una mañana, creo que era un miércoles pero a mi edad es mejor afirmar poco sobre todo en asuntos de memoria, caminaba por la calle 36 empujando el carrito de reciclaje. Es cierto, cualquiera que me viera me diría que no es cierto, que ya no tengo fuerzas, que este cuerpo que ha durado más que muchos países no podría empujar un carro cargado, pero aún lo hago aunque esté lleno de botellas de vino y latas de zinc que son las cosas que más pesan.  A veces me duele la espalda, pero eso es todo. Lo demás funciona, tengo fuerza en las piernas y escucho conversaciones a una distancia más o menos razonable. Además ella no me hubiera llamado si no viera que podía hacer el trabajo. No se por qué no buscó alguien más joven, quizás él no hubiera fallado y yo andaría igual, y ese joven tendría los bolsillos llenos. Pero el caso es que las cosas sucedieron como sucedieron. Había llovido y me detuve para recoger unas latas medio sumergidas en un charco y ella apareció no sé de dónde. Manejaba un carro lujoso y aunque hubiera venido a pie era el tipo de mujer que llama la atención. Esa pudo ser la razón por la que la saludé haciendo una pequeña venia y luego me quité el sombrero. Vestía de negro, tenía el cabello negro y también sus gafas eran negras, como de ciego. Sí uno pudiera pensar que una mujer bonita podía estar ciega hubiera pensado eso. Me preguntó si quería ganar algún dinero y le contesté que sí. Uno siempre contesta que sí. Las dos posibilidades que me cruzaron por la cabeza fueron una jornada de jardinería o un trabajo recogiendo escombros. Algo así. Me puso una cita para las seis de la tarde del día siguiente y llegué con diez minutos de retraso. Ella no estaba y como no sabía si ya se había ido o todavía no había llegado me senté a esperarla en el andén.
    “¿Es una mujer la que lo tiene asustado?. No, viejo Alcibiades. No es posible” “Así usted me crea o no, negro Harold, ella va a venir” “ ¿Y qué?’” “Usted no sabe lo que he hecho” “Si no me cuenta no voy a saber” Mientras decía esto, el joven sacó una colilla de un montón en su bolsillo y la encendió, un plon profundo, luego otro y eso fue todo. “Mierda, las colillas cada vez me duran menos” “Ya le he dicho que no fume delante mío” “Tranquilo Alcibiades, sígame contando”  “No le estoy contando nada” “Claro que no, lo que usted me está contando no es nada. A mí desde que me vine de Santa Marta no me ha hablado una vieja en un carro bonito” “¿Allá sí?” “No, allá tampoco, pero a veces los tipos que llegaban a comprarme mercancía me visitaban en buenos carros y con buenas viejas” “¿Y qué más?” “Nada más, viejo, usted es el que está contando” “Ella no llegó, la esperé hasta las ocho y no llegó” “O quizás se había ido antes de que usted llegara”.
    Por segundo día la mujer del automóvil lujoso encontró a Alcibiades Vanegas. No fue difícil porque Mostaza era un viejo conocido de la calle. Un hombre gordo, con una gordura irónica que parecía fruto de la buena vida; de cara cansada y con aire de sabiduría callejera, tal vez por la barba encanecida. Lo primero que hizo la mujer, de nuevo llevaba gafas oscuras, fue reprocharle su impuntualidad. Alcibiades se disculpó haciendo la misma reverencia que había hecho el día anterior. Muy despacio y con muchos detalles insignificantes, como queriendo dar a entender que se lo decía todo para  evitar preguntas, la mujer le explicó cuál era su misión. Le mostró una fotografía, era una mujer más joven y ciertamente más bella. El viejo miró incrédulo, pero no supo qué preguntar, entonces la mujer anotó el nombre de la joven en el reverso. Para asegurarse del todo le dijo que la muchacha de la foto andaba todos las noches con un gabán azul oscuro y tenía un tatuaje grande en la muñeca izquierda. Ángeles formando mandalas. La mujer repitió todas las instrucciones mientras Alcibiades se recostaba en la ventanilla del automóvil y finalizó con una lista de lugares que la mujer de la fotografía frecuentaba. Prometió una paga generosa pero exigió a cambio un compromiso absoluto por parte de Alcibiades. La tarea debería cumplirse en un máximo de dos semanas y en las mismas condiciones en que había sido acordada. Alcibiades hubiera podido no aceptar, de hecho hubiera debido no aceptar, pero aceptó. Afirmó con la cabeza y cuando lo hizo tuvo que sujetar su viejo sombrero con la mano izquierda para que no cayera al suelo. La mano derecha la destinó para recibir la mano pálida y suave de su cliente y sellar el trato. El automóvil arrancó bruscamente mientras la mujer subía el vidrio. Alcibiades tomó su propia mano derecha con la izquierda para comprobar si la suavidad de la piel de la mujer se le había, de alguna manera, contagiado, pero su piel era la misma piel vieja de antes con las mismas arrugas y las mismas venas gruesas y llenas de bultos. Desde esa misma tarde comenzó a seguir a la muchacha de la fotografía. Era muy joven y delgada, tenía el cabello largo y claro, casi encanecido y sus ojos eran por cierto difíciles de definir. La primera vez que los vio de cerca, una tarde mientras ella esperaba algún bus que la haría imposible de seguir por el resto del día, el viejo Alcibíades pensó que ese brillo inusual hacía que no fuera tan descabellado que alguien quisiera robárselos. Vivía en un edificio del centro y siempre salía sola, pero saludaba a mucha gente por la calle. Frecuentaba cafés sin ser fiel a ninguno. Lo del tatuaje era cierto, se le veía de lejos sobre la muñeca izquierda, y también era cierto lo del gabán; lo usaba casi siempre, incluso si hacía calor. La eficacia de los disfraces que el viejo Alcibiades utilizaba para seguirla era muy dudosa, pues una copiosa barba blanca y un estómago cultivado con años de esfuerzo son difíciles de ocultar. A pesar de eso concluyó que no trabajaba, o al menos no tenía ninguna rutina de trabajo, y la única manera de interceptarla sería seguirla hasta que por casualidad decidiera cruzar algún callejón solitario.
    Quince días exactos habían transcurrido sin que me hubiera sido posible llevar a cabo la misión. Valeria, la mujer de la fotografía, elegía calles concurridas o avenidas transitadas para sus desplazamientos diurnos y en las noches, alguno de sus conocidos la llevaba a casa. El plazo estaba a punto de cumplirse y no podía quedarle mal a la mujer del automóvil. El compromiso era claro. Antes de la medianoche del quinceavo día. No tenía duda de que hablaba en serio y tan fácil cómo me había conseguido a mí conseguiría alguien más para cumplir su amenaza. Esperé toda la tarde cerca de su casa. Cuando ya hacía mucho había anochecido, calculo algo más de las diez, se inició una fuerte tormenta que me hizo buscar refugio en un techo saliente. Unos minutos después un fuerte relámpago apagó todas las luces de la ciudad. Debo confesar que estaba asustado, que pensé que con esa lluvia y esa oscuridad recién nacida ella preferiría quedarse en casa hasta mucho más de medianoche y yo incumpliría mi parte del trato.
    Entonces la vi salir, llevaba el gabán azul oscuro y lo utilizaba también para cubrir su cabeza. Se despidió de alguien en el pórtico del edificio y comenzó a caminar despreocupada, la vi pasar casi a mi lado sin mirarme y comencé a seguirla. Hubiera podido hacerlo ahí mismo, pero en mi mente estaba tan fija la idea del callejón que no hacía más que implorar que ella escogiera alguna ruta con callejones. Caminó por el Paseo España y tomó la calle 37 para cruzar la avenida en frente de las ruinas del Teatro Municipal. Entonces supe que tomaría el callejón que pasa por el costado izquierdo del viejo edificio. Aceleré mis pasos y le di alcancé, sujetándola por la espalda. No creo que comprendiera, la lluvia no la dejó escucharme y su vida tiñó rápidamente los charcos, tal vez pensó que era una pesadilla y una voz dulce la invitaba a despertar. La dejé deslizarse sobre la calle y saqué de mi bolsillo el pequeño cofre en el que debería guardar sus ojos. Hice todo de acuerdo a las instrucciones y le di vuelta al cuerpo para ocultar su rostro. Al ponerme de pie, no sin cierta dificultad pues el esfuerzo me había agotado, la pequeña navaja se enredó en sus ropas desgarrando la manga  izquierda de su gabán. La sujeté por la muñeca para liberar el jirón de tela y con un horror que superaba el horror del crimen cometido me di cuenta de que todo había salido mal. De que estaba absolutamente perdido y condenado.
    Valeria miró por la ventana, las calles estaban inundadas y las luces de magnesio aún tenían  la incandescencia púrpura que les queda cuando se apagan. Su amiga insistió en una caminata pero no le sonó la idea. Mitad por la lluvia y mitad por el apagón la calle le pareció insegura, como habitada por quién sabe qué moradores de las tinieblas. “¿Si no quieres ir, tienes algo de ropa abrigada que me prestes?” Valeria no dijo nada, aunque en su cabeza se reforzó la idea de que su amiga estaba tres cuartos de loca. Para al menos evitarle una pulmonía, le prestó una de sus prendas favoritas, un gabán azul oscuro que un amigo le había traído del extranjero. Cuando su amiga salió, cantando y golpeando la puerta sin más intención que la de anunciar su salida con una voz más fuerte que la de la lluvia, Valeria comenzó a calentar agua para tenerle un café a su regreso que supuso pronto, aunque esperaba no tan pronto para que, al menos, el café estuviera listo.
    No tenía ningún tatuaje. Nada. En esos instantes de pánico pensé que quizás la lluvia se lo había  borrado. Luego busqué, sabía que era una búsqueda inútil, en su muñeca derecha. El gabán era el mismo, pero, demasiado tarde, vi que el color de su pelo era diferente, rubio pero no tan claro. Mi suerte estaba echada, pero aún pude decirme “Todos los ojos son lo mismo”. Luego cerré la cajita y corrí a buscar a la mujer del carro. Cuando me abrió le costó trabajo reconocerme, creo que el porche de su casa estaba demasiado oscuro.  Le entregué la cajita con los ojos adentro y me entregó el dinero. Aparentaba contarlo pero me di cuenta que tenía que palparlo con las manos.
    “No entiendo” “Yo tampoco, Harold, al principio pensaba que era una venganza pero me he convencido que ella realmente necesitaba sus ojos” “Pero no sería mejor ir a un hospital, aquí o afuera, en lugar de pagarle a un reciclador para que hiciera el trabajo” “Son cosas extrañas y me van a matar antes de que llegue a entenderlas” “La mujer del carro estaba loca y la otra era la amante del marido. Debió ser por eso y no lo van matar” “Usted sabe que sí” “Le apuesto tres días de almuerzos a que no le va a pasar nada y usted sigue vivo mañana.” “Créame, Negro Harold, si después de esta noche lo vuelvo a ver lo invitaré con gusto”
    Los dos hombres se separaron; el más joven, se llamaba Harold según había dicho el mayor, se fue caminando rumbo al norte. El otro se quedó sentado en su esquina viendo el atardecer sobre las montañas del occidente y las siluetas de los edificios como figuras de cartulina negra pegadas sobre un fondo de todos los demás colores. Entonces apareció el automóvil lujoso. La mujer no conducía, pero Alcibiades no pudo ver quién era el conductor. “Podría ser cualquiera”, pensó. Ella se bajó del auto ayudándose con un bastón de ciego que dominaba con facilidad como si toda su vida hubiera pasado entre intervalos de luz y ceguera.   La mujer se quitó los anteojos negros para intentar dirigir al viejo una mirada de desprecio. Llega aquí el momento de decir que esos ojos fueron la última cosa que Alcibiades Vanegas vio en su vida.
    De ella no se supo nada,  nadie excepto Alcibiades la vio nunca, pero seguramente existió. A él, al viejo Mostaza, todavía se le ve por las calles.  Dejó de hablar por mucho tiempo pero, según el negro Harold, ha vuelto a hacerlo “Incluso a veces hace bromas sobre nuestra apuesta y dice que no me va a pagar porque después de que la hicimos no volvió a verme.  Yo le digo que no se preocupe y él se ríe”.
    Me consta, lo he visto reírse. Pide limosna cuando los automóviles se detienen en los semáforos del centro y siempre agradece a sus ocasionales benefactores. Su carácter sólo cambia cuando alguien pone en duda su ceguera. Entonces no tiene reparo en levantar sus anteojos oscuros y mostrar, despiadadamente, sus cuencas vacías. 

Por: Ricardo Abdahllah


[1] “Irónico que ellos empiezan por los ojos” . La frase se encuentra como epígrafe de la canción “Last Exit” en el cuadernillo del álbum Vitalogy de Pearl Jam. No hay referencias al autor.